1892, coches de Punto en Santa Cruz.

1892, coches de Punto en Santa Cruz.

El 26 de julio de 1892 el Diario de Tenerife anuncia en su página 4.

Diario de Tenerife. 26 de julio de 1892
Diario de Tenerife. 26 de julio de 1892

GRAN NOVEDAD

Coches de punto. — Estos coches, que por primera vez se establecen en esta Capital, tienen por objeto facilitar los medios de locomoción en el interior de la ciudad.

CARRERA DEL COCHE

Saliendo de la plaza de la Constitución, seguirá las calles del Castillo, Plaza de Weyler, Callao de Lima, Constructura, D. Bernabé Rodríguez, Amargura, Toscal y San Francisco hasta el punto de partida.

PRECIOS
Desde la plaza de la Constitución hasta la de la Constructora, 16 céntimos.
Desde la plaza de la Constructora hasta el término de la carrera, 10 céntimos más.
Los viajes serán desde las 10 y media de la mañana hasta las 4 de la tarde.

Notas.—Además dicho coche saldrá de la Laguna para esta Capital todos los días a las 9 de la mañana, y regresará á las 5 de la tarde.
Se admiten anuncios de todas clases a precios sumamente económicos.
Exíjese el billete a la entrada.

1892 Trayecto coche de Punto, en discontinuo ruta alternativa.
1892 Trayecto coche de Punto, en discontinuo ruta alternativa.
1892 Posible coche de Punto
1892 Posible coche de Punto, en el inicio de su recorrido, foto de Miguel Bravo.

 

Ya a principios de 1893, con el servicio mejorando, se le recrimina a la Guardia Municipal el que no permita que el coche de punto pare en la parte alta de la Plaza de la constitución:

«No sabemos si por propia  iniciativa o por orden del Sr. Alcalde, los guardias municipales no consienten que el coche de punto que se situaren la plaza de la Constitución permanezca allí parado más de media hora; pero sea como quiera, la orden nos parece abusiva, puesto que en todas partes los coches de punto aguardan que haya quien los tome, y aquí, además, donde no hay sino uno sólo, que por cierto empieza a prestar un buen servicio al público, nada estorba en aquel sitio.»

1893-01-18 Los guardias municipales no les dejan parar más de media hora.
1893-01-18 Los guardias municipales no les dejan parar más de media hora.

 

 

Guión del Batallón Expedicionario 282 del Puerto de la Cruz. (26 de junio de 1937)

Guión del Batallón Expedicionario 282 del Puerto de la Cruz. (26 de junio de 1937)

Puerto de la Cruz.

OBRA HERÁLDICA

«Hoy tenemos el gusto de dar cuenta a nuestros lectores del «GUIÓN LEGIONARIO» que, bordado en sedas policromadas y en hilos metálicos, ha sido ejecutado por distinguidas señoras y señoritas, pertenecientes al «Taller Patriótico» de esta población, para ser donado al Batallón expedicionario de guarnición en esta plaza, el que en breve marchará al frente de los campos de batalla, obra que, ejecutada bajo la dirección y conforme a la ciencia heráldica y arte del blasón, ha producido nuestro buen amigo e ilustre cronista oficial de las islas Canarias, don Francisco P. Montes de Oca García, hijo predilecto del pueblo de su natalicio y que es el siguiente;

  • Primero. En campo azul y orlado el todo por galón de flecos oro, aquél representando el límpido cielo portuense, iluminado por su sol calenturiento, luce en banda, la enseña de la Patria española, la que abarca el (fondo con gracia diagonal por ambas caras.
  • Segundo (En el ángulo primero del campo azul y surmontado por corona mural, luce el escudo del pueblo, que reposado y señorial, descansa sobre un disco blancoplata, y en el segundo y de idéntico color, un león de oro rampante, sin coronar, pero de brava actitud, que trata de tirar sus zarpas a los enemigos de las gloriosas tradiciones del solar hispano.
Foto del Guión.
Foto del Guión.

Lleva una bandolera-portadora de color azul, ribeteada de vivos rojos y oro, y en su frente y centro, un pequeño disco blanco-plata, donde campea otro león rampante oro, de la propia forma de la pieza descrita en el guión, y como signo distintivo. En ella descansa el asta de madera preciosa y primorosamente labrada, la que remata en puntiaguda flecha, fundida con blanco metal, con contera proporcionada a la que va asido el guión; y sujeto por cordones dobles, del que penden nutridas iberias rojas y  gualdas que le adornan graciosamente.
Por esta obra de arte, y por su originalidad tan adecuada, vaya nuestro aplauso, unido a los parabienes de los hijos de esta población al autor, y especialmente, a las señoras y señoritas del Taller Patriótico, que han sabido interpretar felizmente la producción descriptiva, lo propio que al Comandante de la fuerza señor Espejo, quien, según versiones, trata dé celebrar con gran solemnidad la entrega del mencionado guión en un acto público, con Misa de Campaña en la plaza de la Constitución, y al que asistirán todos los organismos militares y civiles galantemente por él invitados y con tiempo oportuno y hora adecuada. 
La señora que actuará de madrina, no hemos podido aún saber su nombre, pero ya lo daremos a conocer tan pronto se confeccione el programa de dicho festival.» (La Gaceta de Tenerife 26 de junio de 937, pág. 3)

Unos días después, el 11 de julio de 1937, aprovechando las fiestas del Gran Poder, se realiza la entrega de la Bandera en la plaza de la Constitución, (plaza del Charco) con misa de campaña, siendo la madrina doña Adela Topham de Miranda, y entregando el Guión mientras pronuncia este discurso:

Palco de autoridades.
Palco de autoridades.

«Señor Comandante Jefe del Batallón expedicionario de este Puerto: Ante el Santo y Bendito Madero de la Cruz, símbolo de redención y de justicia, sublime enseña que enarbolan los esforzados guerreros de la gran epopeya que hoy vive nuestra Patria, a quien humildemente reverencio, yo, la más inmerecida de sus hijas, hago entrega, poniendo en vuestras manos la presente ofrenda, laborada con patriotismo y entusiasmo enaltecedores, para que, bajo sus dolores gloriosos, Dios lleve a usted y a vuestros soldados a la victoria rotunda que ha de liberar a nuestra amada Patria del opresor yugo de las hordas que la estragan, salvando para la posteridad nacional y la civilización del Mundo nuestra Religión de caridad y amor y todas las encauzadoras tradiciones de nuestra España inmortal. Y ya que me cabe la honra de ser Madrina de este Batallón, designación inmerecida, pero que de corazón no rechazo, para todos y cada uno de sus componentes vaya mi fervoroso rezo y ante el símbolo eterno de la Cruz, gritad conmigo: ¡Viva Cristo Rey. Viva España. Arriba España. Viva nuestro Caudillo el invicto general Franco!»  (La Gaceta de Tenerife 13 de julio de 1937, pág. 2)

Tropas en parada.
Tropas en parada.

Continua la crónica:

«Enseguida tuvo lugar el desfile de las fuerzas ante las autoridades. Desfile marcialísimo, de fuerzas aguerridas y preparadas para la lucha .como se revela en el continente y en el gesto. El espíritu militar que se les ha infundido se hace visible, mereciendo los mayores elogios y cosechando los más fervorosos aplausos.

A renglón seguido, el comandante señor Espejo obsequia a las autoridades y asistentes con un bien servido refresco en el Hotel Marquesa.

Solemne misa de Campaña.
Solemne misa de Campaña.

A la vez ha comenzado en la parroquia la Misa solemne, con orquesta, ante la imagen del Poder de Dios. Un conocido orador pondrá por la tarde el colofón cantando las excelencias de este Poder de Dios que se manifiesta en da creación y conservación del mundo, .en las relaciones con el hombre en la profecía, en el milagro, en el Evangelio,
en la Iglesia, en las grandes crisis de los pueblos, en la historia y en la actualidad de la Patria española. Pero antes, ha tenido lugar la grandiosa procesión que ha paseado la sacrosanta imagen por las calles más céntricas, por en medio de un pueblo enfervorecido, al compás de las marchas solemnes.

Un día, pues, completo. Así se lo manifestamos cuando nos despedimos, al señor conde de Sietefuentes, que patrocina todos los años esta fiesta. Y también al comandante señor Espejo, que con todo acierto, ha contribuido este año a darle el mayor realce y la nota del recuerdo imperecedero.»


Fotos cedidas por el cabo primero Buenaventura Yagüe del Museo Histórico Militar de Canarias.
Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Recortables Milicias de Tenerife
Recortables Milicias de Tenerife

HISTORIA DE LAS MILICIAS CANARIAS

Emilio Abad Ripoll

1.  Los  inicios  y  el  siglo  XVI

Aunque se emplee comúnmente la denominación de Milicias Canarias, con mayor propiedad se las debería nombrar comoMilicias Provinciales de Canarias, pues formaron parte de aquellos cuerpos de reserva del Arma de Infantería que con la denominación de milicias provinciales subsistieron en España desde el siglo xvi hasta 18671 .

Milicias Provinciales de Tenerife

Aquí, en Canarias, a finales del siglo xv había terminado la conquista del archipiélago y, tanto en las islas de realengo como en las de señorío, había comenzado la labor colonizadora, es decir, empleando palabras de Rumeu, «la tarea pacífica». No obstante, —«herencia» del espíritu de la Reconquista— una ola de expansión impregnaba todos los ambientes 2.

En el archipiélago, tanto los que habían llegado de la península, o de otras tierras, como los naturales de estirpe nobiliaria, (por ejemplo, Fernando de Guanarteme), deseaban, imbuidos de ese afán de expansionismo, ampliar los territorios de dominación española, en nuestro caso a costa de las cercanas tierras del oeste africano. Era una empresa que necesitaba de lo que hoy, en el léxico militar, se denominan «fuerzas de proyección».

Pero, además, las islas tenían ya una larga tradición, que no se iba a ver interrumpida con la llegada de los europeos: la de sufrir con mucha frecuencia ataques piráticos que a veces, como en el segundo tercio del siglo xvi, revistieron gran peligro3 . Canarias era también frontera, como dijo un fiscal de la Real Audiencia, Zuaznávar, añadiendo que por eso «nuestras milicias fueron más de primera que de segunda línea».

Como consecuencia, y tanto por motivaciones ofensivas como defensivas, el espíritu bélico no se apagaba por estos roques. Se creaban unidades mercenarias, provisionales o temporales, para las operaciones en la costa africana; pero también, para la defensa de las islas, nacían otras unidades con un marcado carácter de permanencia. A estas últimas, que aparecieron de forma espontánea, porque la necesidad las obligó a ello, las podemos considerar antecesoras de las milicias canarias.

Eran unidades que también podíamos clasificar como autónomas, pues los cabildos tuvieron que improvisarlas por islas, de forma aislada e independiente, en función de la amenaza que se cernía sobre cada una de ellas. Lógicamente, en principio contaban con rudimentarios recursos, que se irían perfeccionando con el paso de los años a la vez que se dictaban normas y disposiciones que fueron ordenando y reglamentando aquellos incipientes cuerpos castrenses.

Aquellas masas, poco coherentes y poco disciplinadas, nos dice Darias que eran dirigidas y mandadas por un cuerpo eventual de oficiales, «elegido por los cabildos respectivos entre las clases hidalga y acomodada»; podemos leer entre líneas y añadir que, en bastantes casos, con poca aptitud para el ejercicio de las armas

Pero, ¿desde cuando podemos hablar realmente de milicias canarias? No hay acuerdo entre los investigadores del tema; algunos creen que su origen puede datarse en los momentos en que unidades (si se les puede llamar así) de isleños, bajo el mando de castellanos, partieron de Lanzarote para conquistar Gran Canaria, mientras que otros consideran que nacieron mucho después, y que se pueden denominar por vez primera milicias canarias a los contingentes de indígenas que, bajo el mando de Fernando de Guanarteme, se pusieron al servicio de Alonso Fernández de Lugo para la conquista de Tenerife.

Colón de Larreátegui afirma que la antigüedad de nuestras milicias proviene desde finales del siglo xv, cuando al terminar la conquista de las islas, pese a la costumbre de licenciar a las tropas una vez concluida la guerra, no sucedió así con las que pasaron a Canarias, porque «siendo estas codiciadas de portugueses y de otras naciones, hubo que mantener en ellas aquel trozo de ejército que fue reemplazándose con los mismos naturales» que debían ser elegidos entre «los más limpios, honrados y conocidos del pueblo».

Esa autoridad en la materia que es don Antonio Rumeu de Armas, en su obra Canarias y el Atlántico, nos da, en mi opinión, la clave de la respuesta. Y aunque reconoce que es muy difícil su determinación exacta, escribe así el ilustre historiador:

«No se puede hablar en Canarias de un Ejército permanente, ni de una auténtica organización militar hasta los tiempos de Rodrigo Manrique de Acuña y Pedro Cerón [1551], en que las Milicias se estructuran y organizan, no ya para una acción determinada, como el ejército de la conquista, sino como algo permanente y estable, encargado de la defensa del país frente a sus invasores».

Quiero resaltar aquí que en aquella fecha (1551) que Rumeu fija como la del inicio de la existencia de las Milicias, la organización se produjo solamente en la isla de Gran Canaria, pero que pronto, apenas un par de años después, el sistema se imitará y copiará en Tenerife y en 1554 en La Palma.

El alistamiento, tal y como se estableció con Acuña y Cerón, era universal y solamente masculino, pues tenían la obligación de servir en filas todos los varones de entre 16 y 60 años (aunque esta edad varió hacia arriba y hacia abajo en función de las disponibilidades de personal), a los que se intentó inculcar las primeras nociones de disciplina y técnica militar. Cerón, en Las Palmas, reclutó 1.800 hombres y los distribuyó en compañías de 200 mandadas por un capitán. Nacieron también las compañías de a caballo, en las que se alistaban los nobles. Cuando La Palma tome como modelo y patrón la organización de las milicias de Gran Canaria, nacerán en 1554, un año después del ataque de Pie de Palo, un número indeterminado de compañías.

Hay que llamar la atención sobre un importante hecho diferencial entre las milicias canarias y las peninsulares. Allí la designación de los capitanes de compañía se producía mediante nombramiento real, mientras que aquí eran los cabildos los que los designaban. A su vez, los capitanes nombraban el alférez, los sargentos y los cabos de su compañía. Este tema de los nombramientos dará lugar a continuas disputas entre los cabildos y los mandos militares regionales o insulares, divergencias que se recogen extensamente en los trabajos de Rumeu de Armas, Darias, Bonet, etc.

Felipe ii, en 1554, promulgó una Real cédula en la que reconocía la situación creada «de hecho» en Canarias y sancionaba, de manera implícita, la intervención de los cabildos en el nombramiento de cargos a que antes hice mención. En resumen, y en palabras de Rumeu, al pasar el ecuador del siglo xvi, las milicias canarias han dejado de ser organizaciones «de creación espontánea» y pasaban a formar parte del «ejército regular».

En ese mismo documento real se fijaban las obligaciones a que debía atenerse el visitador militar (que más tarde se llamará inspector y visitador de milicias); entre ellas figuraban las de inspeccionar las compañías, fijar fechas para la realización de ejercicios (días festivos), revistar el estado del armamento y mantener la disciplina.

El verdadero organizador de las milicias palmeras fue el mismo de Tenerife, Juan López de Cepeda. Apenas dos años después, en 1556, elevaba un informe al Consejo de Guerra en el que hacía constar que en caso de alarma podía concentrar hasta 2.000 hombres, 400 de ellos con arcabuces y el resto mal armados. No hay indicios de coronelías, ni tercios en estos primeros momentos, por lo que hay que suponer que la unidad básica sería la compañía. Lo confirma Rumeu cuando escribe que:

«Antes de la aparición de los tercios la organización era en base a compañías más o menos desconectadas que, según las exigencias, se agrupaban momentáneamente bajo un mando común».

Y en cumplimento de lo ordenado en la Real cédula citada más arriba, en 1559 se producía en La Palma el primer «alarde» o revista pública ante el visitador Alonso de Pacheco, sin datos del número de hombres que formó, posiblemente en La Caldereta.

Son los tiempos en que en la península están naciendo nuestros famosos tercios, y Canarias no será una excepción en la orgánica militar hispana. Un tercio tipo español estaba constituido por 8 Compañías de coseletes (armados con picas) y otras 2 de arcabuceros, todas de 300 hombres y mandado el conjunto por un maestre de campo que llevaba como 2º Jefe a un sargento mayor. En Canarias el número de compañías de cada tercio de milicias oscilará entre 3 y 12, de acuerdo con las disponibilidades humanas de la isla o zona de ubicación de la unidad. Como curiosidad señalar que en Fuerteventura y Lanzarote hubo compañías de moriscos y berberiscos, que pueden considerase antecesoras de nuestros Regulares.

Hemos dicho que hacia 1559 no aparecían datos numéricos, pero apenas un cuarto de siglo después vamos a saber algo más acerca del contingente miliciano de La Palma. Por un informe del ingeniero Torriani, enviado por Felipe ii para estudiar las defensas del archipiélago, conocemos que en ocasión del ataque de Drake (1585), se elevaba a 2.045 hombres, 600 de ellos arcabuceros y el resto, 1.445, armados con lanzas.

En cuanto a los mandos, Rumeu encontró en el Archivo Municipal de La Laguna unas ordenanzas datadas el 3 de abril de 1554 que tratan de las obligaciones y deberes de los mandos. Estos debían ser de «clase hidalga y acomodada», como también nos decía Darias, y según una Real cédula de 30 de julio de 1583 «personas de limpia calidad, práctica y experiencia para las cosas de la guerra».

La lógica falta de unidad en el orden castrense condujo a que Felipe ii, en 1589, introdujera un cambio radical: reunir el mando político, militar y judicial en la figura de un capitán general, que iba a tener, prácticamente, las atribuciones de un virrey. En enero de aquel año nombró a don Luis de la Cueva y Benavides «gobernador y capitán general de las islas de Canarias y presidente de la Real Audiencia que en ellas reside».

No es el objeto de estas palabras comentar lo que casi unánimemente se califica como desafortunada actuación la de este primer capitán general, cuyos cinco años de estancia en Canarias fueron fuente casi permanente de quejas ante supuestos abusos. Pero sí hay que detenerse en que, con su presencia, cesaron muchas de las atribuciones castrenses encomendadas a los cabildos y el ejército regional quedó bajo dependencia directa del capitán general. Y también quiero llamar la atención sobre la prudencia que se refleja en las instrucciones que Felipe ii dio a De la Cueva cuando le ordenaba, por ejemplo, que debería…

«estudiar la forma de milicia que los naturales tienen entre sí para su defensa y seguridad y pareciéndoos que conviene reformarla, lo haréis tratando con los mismos naturales para que se haga con su beneplácito».

Luis de la Cueva, que fijó su residencia en Gran Canaria, porque allí se encontraba la sede de la Real Audiencia, alteró en aquella isla la organización establecida, pero en las demás se limitó a controlar las designaciones de mandos, sin modificar o suprimir unidades.

Cuando De la Cueva abandonó el archipiélago (1594), los cabildos recuperaron todas las perdidas atribuciones.

Y voy a cerrar este siglo xvi, significando que no he citado, ni citaré cuando hable del xvii y el xviii,  las numerosísimas ocasiones en que las unidades de milicias acudieron a impedir invasiones, saqueos o incursiones porque si lo hiciera, sería absolutamente imposible ceñirme al tiempo señalado. Por ello me limito a remitirles a la citada obra de Rumeu, Canarias y el Atlántico.

Pero sí vamos a cerrar aquella centuria con un párrafo de ese autor en la misma obra. Dice así Rumeu de Armas:

«Hay que reconocer y confesar que ningún ejército regional puede presentar una ejecutoria tan brillante de triunfo y acciones favorables; que el ejército del archipiélago se podía medir en eficiencia y disciplina con el mejor de la Península en su clase y que ninguno ha prestado servicios tan constantes y notorios a la patria».

No busca el historiador la comparación con los legendarios tercios, aquellas unidades españolas que adquirieron fama de invencibles en toda Europa, sino con las milicias provinciales peninsulares, por lo que no puede ser tachado de exagerado. Es claro que se refiere Rumeu a las acciones de defensa del territorio que nuestras milicias habían llevado a cabo durante sus primeras décadas de existencia.

2. Los  siglos  XVIII  y  XIX

Es importante destacar que la organización de las milicias canarias difería muy poco de una a otra isla; en principio porque, como quedó dicho, en Tenerife y La Palma se copió lo que se hizo en Gran Canaria, luego porque los capitanes generales fueron asumiendo atribuciones conferidas a los cabildos, lo que llevó a una normalización archipielágica, y por fin porque, con el cambio de dinastía, los vientos centralizadores que soplaron desde inicios del siglo xviii ayudarían también a ello.

Bien, hecho este inciso, retomemos el hilo de lo expuesto recordando que cuando don Luis de la Cueva regresó a la corte, los cabildos se apresuraron a recuperar sus prerrogativas de designación de cargos. Pero apareció entonces una asombrosa proliferación de fantásticos cargos y títulos, sin  ningún contenido ni necesidad castrense, que sólo parecieron crearse para satisfacer ambiciones personales, lucir entorchados en los alardes y revistas, y, posiblemente, contribuir a aliviar la casi siempre precaria situación de las arcas cabildeñas como agradecimiento por las designaciones.

Pero la cosa iba a cambiar cuando en 1625 el rey nombrara capitán general de Canarias y reformador militar a un veterano de gran prestigio, don Francisco González de Andía, que en aquellos momentos era visitador general del Ejército. De cual sería la situación antes de su arribada al archipiélago baste decir que, apenas a los tres meses de su llegada, y sólo en Tenerife, había eliminado 14 cargos y ordenado que ni se restituyeran esos cargos a sus anteriores usufructuarios, ni se usasen títulos extraños, ni se acrecentara el número de Tercios ni el de cargos, etc. A grandes rasgos, sus reformas consistieron en lo siguiente:

a) Supresión de cargos, mejoras en el adiestramiento de los milicianos y limitación en el número de unidades, que quedaron reducidas prácticamente al 50 % contando ahora con 3 Tercios en Tenerife, 2 en Gran Canaria y 1 en cada una de las demás islas.

b) Limitación de las atribuciones de los cabildos —lo que no gustó en absoluto a éstos— en cuanto a las designaciones de cargos para los mandos de las milicias. Reglamentó que los maestres de campo, así como los sargentos mayores, siguiendo la pauta a escala nacional, fuesen designados por el rey, a través del Consejo de Guerra, mientras que para el mando de compañías, es decir, los capitanes, el cabildo perdiera la atribución de designarlos directamente; ahora su labor consistiría en proponer una terna de candidatos al capitán general, quien la ordenaría a su gusto y la haría llegar al Consejo de Guerra, donde se decidiría entre los propuestos.

Como insinúa Rumeu de Armas, quizás para compensar el disgusto de los cabildos, Andía propuso al rey, que era Felipe iv en aquellos momentos, la concesión de algunas preeminencias o ventajas a los milicianos. La principal de ellas era que, a semejanza de las milicias provinciales peninsulares, se aplicara el fuero militar a los milicianos (hasta el momento sólo disfrutaban de él los maestres de campo y los sargentos mayores) cuando estuvieran efectuando algún servicio fuera de su lugar de residencia. Pero la situación de riesgo que se vivía en Canarias hacía que esos servicios fueran muy frecuentes, por lo que durante buena parte del tiempo los milicianos no estarían bajo la jurisdicción de la Real Audiencia (lo que disgustaba profundamente a ésta, dado el alto porcentaje de milicianos entre los habitantes de las islas). No es momento de tocar el tema, pero sirva como recordatorio que el asunto fue motivo de fricciones entre la audiencia y los capitanes generales durante más de un siglo.

Los milicianos seguían viendo pasar muchos años de sus vidas pendientes de la aparición de amenazantes velámenes en el horizonte, trabajando con el martillo en las talleres o con la azada y el arado en los campos, pero con las armas de que podían disponer, compradas en la mayoría de los casos a sus expensas, a mano, pues en cualquier momento —y ello sucedía con harta frecuencia— podían ser congregados para la defensa de su terruño, de este trozo de España tan lejano de la corte.

También tenían servicios que cubrir: Además del día de instrucción mensual, y las citadas alarmas, acudían a formaciones, «velas nocturnas» y atalayas. Por cierto, en el tema de las velas (guardias) nocturnas, Dacio Darias resalta que estaba muy bien organizado en La Palma. Había «velas» en los castillos de San Miguel y Santa Cruz del Barrio del Cabo: 16 soldados, cada uno de los cuales cobraba 15 pesos al mes. El dinero se recaudaba entre los vecinos de los pueblos (hasta 1808), quedando exentas las viudas.

Los años siguieron pasando y a lo largo de aquel xvii, y pese a lo reglamentado por Andía, se iba a ir incrementando el número de tercios.

De todos es conocido que al pasar la hoja del calendario entre los siglos xvii y xviii se iba a producir en España, desde el punto de vista estatal, una variación trascendental: el cambio de la dinastía que regía los destinos de la nación. A partir de ahora, la política española iba a seguir las pautas de la francesa y los ejércitos no serían un caso distinto en esa «homologación» a Francia.

Como consecuencia, se produjo la desaparición de los tercios, de tanta raigambre hispana, que fueron sustituidos por los regimientos, lo que no gustó a muchos que no veían la necesidad del cambio a una unidad que era de todo, menos táctica. Los antiguos maestres de campo iban a ser sustituidos por los coroneles y en el ámbito regimental aparecieron las figuras del teniente coronel, en la plana mayor, y del teniente en las compañías.

Esa modificación, que se produjo en Canarias poco tiempo después del ataque de Jennings a Tenerife (1706), estableció que, por lo que a infantería se refiere, en la isla del Teide existieran 9 regimientos, en Gran Canaria 3, en La Palma, Fuerteventura y Lanzarote 1 por isla y «compañías sueltas» en El Hierro y La Gomera. En cuanto a caballería contaban con 1 compañía Tenerife, Gran Canaria y La Palma.

En 1723 desapareció también la denominación de capitán general para la máxima autoridad militar del archipiélago, que pasó a titularse comandante general. Y a lo largo del siglo xviii fueron apareciendo nuevos cargos en la administración militar de las islas, como el de segundo comandante general (1767) —que en 1775 pasaría a denominarse teniente de rey— o los de comandante de ingenieros y comandante de artillería, pero para las milicias iba a revestir una especial importancia la promulgación de unas nuevas ordenanzas en 1766 y, sobre todo, la llegada a Canarias, tres años después, del hombre encargado de aplicarlas: el coronel don Nicolás Mazía Dávalos, designado por Carlos iii como segundo comandante general y con la misión exclusiva de instruir y disciplinar a las milicias

La verdad es que Mazía no empezó con buen pie su andadura canaria, porque por un lado el comandante general no veía con buenos ojos su designación, ante una posible pérdida de atribuciones, y por otro los cabildos y los pueblos no se sentían muy felices ante la perspectiva de tener que alojar a los «soldados veteranos» que acompañaban al Coronel (172 hombres: 15 oficiales, 60 sargentos, 90 cabos y 7 tambores y pífanos). Pero también hay que hacer justicia a su trabajo y reconocer que cumplió con creces lo ordenado.

 

Batallón de Infantería de Canarias
Batallón de Infantería de Canarias

En su actuación cabe distinguir dos temas distintos. El primero fue el de las guarniciones «fijas», es decir, la de la creación de unidades que, por su consideración de «permanentes», estaban formadas por gente dedicada exclusivamente a la defensa.  Era un propósito ya antiguo —tenía el antecedente del «presidio» de Las Palmas— y su finalidad era doble: la de constituirse en el principal soporte humano de la defensa (lo que descargaba a los milicianos de acudir a todas las alarmas que se pudieran producir) y la de instruir a las milicias. Mazía organizó 3 compañías fijas de infantería, de 100 hombres cada una (2 en Tenerife y 1 en Gran Canaria) y 1 compañía fija de artillería, de 60 hombres (en Tenerife, pero enviando un destacamento a Las Palmas para instruir a los artilleros milicianos). Pero como se ve, el resto de las islas seguían siendo defendidas exclusivamente, si no se producía refuerzo de los «fijos», por las viejas milicias.

El segundo tema iba a ser el de la reorganización de las milicias canarias. Tenerife va a contar ahora con 5 regimientos de infantería, Gran Canaria con 3, La Palma, Fuerteventura y Lanzarote con 1 cada isla y las dos menores con compañías «sueltas». Y en lo referente a la artillería, 6 compañías estarán en Tenerife, 2 en Gran Canaria, 1 ½ en La Palma y Lanzarote y 1 en Fuerteventura. Por estar en La Palma les diré que su regimiento de infantería se redujo de 3.200 a 1.176 hombres.

Aunque Mazía había creado tres compañías fijas (es decir, del ejército regular), el comandante general Marqués de la Cañada, duplicando el número, organizó el Batallón de Infantería de Canarias (1779), con sede en Santa Cruz de Tenerife y con las conocidas misiones de refuerzo de la guarnición e instrucción de milicianos. En él iban también a realizar sus prácticas de mando los oficiales de las milicias.

Granadero de Milicias Provinciales.

Ese batallón, reforzado con once compañías de granaderos y cazadores de milicias de todo el archipiélago, se fogueó en la campaña del Rosellón, en 1793, lo que nos vino a las mil maravillas cuando Nelson intentó tomar Tenerife pocos años después.

 

3. El  siglo  XIX

En 1803 (y siguiendo los pasos del aparecido a escala nacional el año anterior) se aprobó el Reglamento de nueva planta y constitución de los regimientos provinciales de milicias de Canarias en el que se reducían a una tercera parte aproximadamente sus unidades y efectivos pero que ni comentaremos,  pues un año después quedó en suspenso por una Real Orden ante distintos errores encontrados en el mismo.

En resumen, que cuando el alcalde de Móstoles declaró la guerra al emperador del mundo, casi a mediados de 1808, las milicias Canarias estaban constituidas por las siguientes unidades y distribuidas así por el archipiélago:

—En Tenerife: cinco regimientos de infantería, de unos 840 hombres en plantilla (La Laguna, La Orotava, Garachico, Güimar y Abona) y seis compañías de artillería en las que se encuadraban un total de 405 hombres.
—En Gran Canaria: tres regimientos de infantería, de aproximadamente 960 hombres (Las Palmas, Telde y Guía) y dos compañías de artillería que totalizaban 240 artilleros.
—En La Palma: un regimiento de infantería (1.176 hombres) y dos unidades de artillería con 160 hombres en total.
—En el resto de las islas: un regimiento de infantería por isla (Lanzarote, 592 hombres; Fuerteventura, 744 hombres; La Gomera, 624 hombres y El Hierro, 420 hombres).

Es decir, que el total de tropa miliciana era en ese momento de 11.441 hombres.

Y muy poco después «se proyectarán» otra vez algunas unidades milicianas fuera del ámbito del archipiélago. En 1809 se completaron con milicianos las plantillas del Batallón de Infantería de Canarias para acudir a la Guerra de la Independencia, en la columna que salió de Tenerife, y otros 600 formaron la Granadera Canaria que, con el mismo fin, partió de Gran Canaria.

Voluntario dsitiguido.
Voluntario dsitiguido.

Tras otros dos intentos de reforma a escala regional y a cargo de los capitanes generales del momento (Casa Cagigal y Rodríguez de la Buria) y las apariciones y desapariciones, como consecuencia de los vaivenes políticos que sufría España, de otras milicias (las Honradas, la Nacional, la Nacional Activa, los Voluntarios Reales, etc.) en 1844 se procedió a reorganizar las milicias provinciales. Los ya conocidos once regimientos canarios se reconvirtieron en ocho batallones y se mantuvieron las secciones de La Gomera (con cinco compañías) y El Hierro (con dos compañías). Aquellos batallones provinciales de milicias se distribuyeron así:

—tres en Tenerife: 1º en La Laguna, 2º en La Orotava y 3º en Garachico.
—dos en Gran Canaria: 4º en Las Palmas y 5º en Guía.
—uno en cada una de las siguientes islas: La Palma (6º), Lanzarote (7º) y Fuerteventura (8º).

Todos tenían ocho compañías, compuestas por un número variable de hombres. También existían diecisiete compañías de artillería, con un total de 1.100 artilleros en plantilla, pero cuando se disolvieron las milicias sólo tenían en fuerza 347. En resumen, las plantillas de las milicias recogían un total de 16 jefes, 257 oficiales y 8.411 milicianos.

Creo que es el momento de comprobar —para aclarar ideas— cual fue la evolución, en unidades y hombres, de la organización de las milicias en esos 3 hitos tocados de 1771, 1803 y 1844.

Si nos fijamos en el siguiente cuadro comparativo, en 1771 el número de regimientos sabemos que había descendido hasta llegar a los 13 fijados por Mazía Dávalos, pero mucho más significativo es que, contando a los artilleros, existían en el archipiélago algo menos de 11.500 milicianos.


* No entró en vigor.

 

Era una cifra relativamente muy alta en comparación con la de milicianos peninsulares, como bien destaca Rumeu, pero no tiene en cuenta que aquí, en esa fecha no había reclutamiento para el ejército regular (lo que sí sucedía en la península). Además, el reclutamiento se había fijado ya entre los 18 y los 40 años de edad, y no como antes, entre los 16 y los 60. Para hacernos una idea de la disminución de la presión sobre la población, baste recordar que cuando el ataque de Blake (1657) se concentraron sólo en la plaza de Santa Cruz de Tenerife más de 12.000 milicianos procedentes de todos los puntos de la isla. En 1771, no llegaban a ese número en todo el archipiélago. Si pensamos que la población de Canarias era de unas 160.000 personas en ese año, es decir, entre 27.000 y 32.000 vecinos u hogares, tenemos que aproximadamente en una de cada 3 viviendas familiares había un miliciano. No obstante, el esfuerzo humano era enorme, y eso que no hemos tenido en cuenta en este breve repaso las muchas levas de canarios que se produjeron en los siglos xvii y xviii para combatir en Flandes y América. Yo he contado al menos nueve.

Mucho descendieron las plantillas en 1803, en el reglamento que no entró en vigor, pero las de 1844 suponían un 74%  de las de 1771. Había disminuido todavía más la presión, pero es que además ahora existía ya en el archipiélago una unidad regular, el Batallón de Infantería de Canarias, y, con mucha frecuencia, unidades camino de ultramar, lo que ayudaba a disuadir del intento a potenciales invasores. Y, muy importante, el riesgo de un ataque era mucho menor. En consecuencia sólo habrá a mediados del xix un miliciano cada seis familias, en una población que ya superaba los 225.000 habitantes.

En 1864 nueva reorganización, siguiendo la pauta a nivel nacional, constituyéndose 3 Medias Brigadas y agrupando cada nueva unidad algunos de los batallones citados. Este sistema sería suprimido dos años después.

Y tan sólo habían de pasar unos meses, ya en 1867, para que en la península desaparecieran las milicias provinciales, comenzando a utilizarse los conceptos de Ejército Activo y Ejército de Reserva. Aquí el componente activo lo constituía el Batallón Ligero Provisional de Canarias, heredero de nuestro conocido Batallón de Infantería de Canarias. Su tropa era voluntaria, y si no se cubrían las plantillas se completaban con prorrateos forzosos entre los batallones y las secciones de milicias.

Tras ese primer aldabonazo, en 1876 se suprimieron las 17 compañías de artillería por«anticuadas e inservibles». Estaba claro que el final de las milicias canarias se acercaba. En 1880 el Ministro de la Guerra pedía que se le enviase urgentemente un proyecto de reorganización de nuestras milicias, pero no sería hasta el 10 de febrero de 1886 cuando se publicase un Real decreto poniendo en vigor un Reglamento de organización del Ejército Territorial de Canarias. En el 3º de sus artículos se podía leer: «En su consecuencia, quedan suprimidas las Milicias Canarias y su Subinspección».

Con la desaparición de las milicias nacía entonces el Ejército Territorial de las Islas Canarias, sujeto a las mismas leyes y disposiciones que el peninsular, con cuerpos activos y de reserva. Los contingentes de los activos se reemplazarían según el modelo peninsular, pero quedaban exentos los canarios de ir a servir, en tiempos de paz, a las provincias de ultramar. Para los de reserva se organizaban seis batallones de reserva, que mantenían las dotaciones territoriales de los antiguos cuerpos de milicias.

En resumen durante el siglo xix, especialmente a partir del inicio del reinado de Isabel ii, tengo la sensación de que, con respecto a las milicias canarias:

—No se supo bien qué hacer, porque:
a) no podían regirse por las mismas normas que las milicias provinciales peninsulares, dado que su misión exclusiva y permanente de defensa del archipiélago (durante más de dos siglos sin fuerzas del ejército regular y desde finales del xviii convertidas en su segundo escalón), no tenía parangón con las de allá, reserva de las del ejército del rey.
b) «esto» caía lejos y existía un gran desconocimiento de la realidad canaria en la corte.

Y si, más o menos, desde la perspectiva de Madrid y sus alrededores, el sistema funcionaba aquí, más valía «no meneallo».

—Por ello:
a) en muchas ocasiones nuestras milicias no se incluyeron en las reformas o reorganizaciones generales;
b) cuando sí se hizo, en varias de ellas se produjo con retraso, como si se hubiesen dado cuenta tarde o no estuviesen seguros de la necesidad de reformarlas;
c) las milicias canarias pervivieron casi dos décadas más que las peninsulares, sencillamente porque se consideraba que hacían falta, que eran necesarias para la defensa del archipiélago.

Y, lo acabamos de ver, en 1886 se llegó al final de una trayectoria que, oficialmente había comenzado en 1561. Es decir, al menos 325 años de existencia. Las milicias canarias fueron, desde mucho antes de que la revolución francesa extendiese la idea, el más verdadero y genuino concepto de «el pueblo en armas».

Y hasta aquí esta rápida ojeada a la historia de las milicias canarias.

4. Conclusión

Pero para terminar quiero repetir lo que he dicho ya en bastantes ocasiones: que es inconcebible, o para ser más exactos, una verdadera vergüenza, que nosotros, los canarios, no tengamos el menor recuerdo en ninguna de las islas a aquellos hombres que durante más de tres siglos defendieron los siete roques contra las apetencias de corsarios y piratas de diversas nacionalidades, incluyendo berberiscos, y flotas en cuyos barcos ondeaban las banderas de las principales naciones europeas. Sólo un pequeño callejón en el centro de Santa Cruz de Tenerife se llama de las «Milicias de Garachico»; nada más. He propuesto ya en varios lugares (Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, Icod de los Vinos, La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y algún otro lugar), que les dediquen un recuerdo —por ejemplo, un pequeño monumento o una placa— o que una plaza o una calle lleven el nombre de las milicias canarias.

Hasta el momento, huelga decirlo ante la insensibilidad de la gran mayoría de los representantes municipales e insulares hacia lo que sea historia de verdad, no reivindicativa ni política, esas solicitudes han caído en saco roto. Y así nadie recuerda a aquellos antepasados nuestros, a los que, por tanto, tampoco nadie rinde un tributo de admiración y agradecimiento.

Unos antepasados encuadrados en unas milicias que, como escribe Darias Padrón,

«tuvieron que defender durante siglos, arma al brazo y sin auxilio de tropas “vivas” la honra de España en estas islas y su propio hogar».

Y don Rafael Torres Campos, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia dijo que:

«la compenetración del espíritu canario con el alma nacional se revela en la institución de las Milicias. Así puede decirse que la unión con la madre patria a través de las vicisitudes y durante los momentos difíciles ocasionados por las invasiones piráticas y guerras de los siglos xvi a xviii se ha mantenido no por obra de la metrópoli, sino en virtud del noble esfuerzo del pueblo canario».

Con este toque de tristeza por nuestra ingratitud hacia las gloriosas milicias canarias terminamos las presentes líneas.

1 Los grabados, cuyo autor fue don Antonio Pereira Pacheco, están tomados del libro biográfico de este personaje que escribió doña Emma González Yanes: El prebendado don Antonio Pereira Pacheco. La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 2002.

2 Las fuentes documentales han sido consultadas en: Archivo Intermedio Regional de Canarias. Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias: Documentación diversa.

3 La bibliografía empleada en la elaboración de este artículo es como sigue: Cola Benítez, L. P., García Pulido, D. La historia del 25 de Julio a la luz de las fuentes documentales. Madrid, 1999; Darias Padrón, D. Sumaria historia orgánica de las Milicias Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, 1951-1955; León, F. M. de. Apuntes para la historia de las islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1966; Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Canarias y la Guerra de la Independencia. Tenerife, 2008; Rumeu de Armas,  A. Canarias y el Atlántico: Piraterías y ataques navales. [Las Palmas de Gran Canarias; Santa Cruz de Tenerife]: Gobierno de Canarias, 1991; Torres Campos, R. Carácter de la  conquista y colonización de las islas Canarias. Madrid, 1901; Viera y Clavijo, J. Historia de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: Goya, 1994.

Don Francisco Pedro Montes de Oca y García (1877-1964)

Don Francisco Pedro Montes de Oca y García (1877-1964)

CRONISTA OFICIAL DEL PUERTO DE LA CRUZ Y DE LA REGIÓN CANARIA [1]

Prueba documentalEl autor que se esconde tras el pseudónimo de “El Barón de Imobach”[2], según Poggio y Regueira se trata de Francisco P. Montes de Oca García, quien utilizó con frecuencia esa firma en la Gaceta de Tenerife, al menos entre 1922 y 1930, periódico en el que el propio Montes de Oca rubricaba asiduamente con su verdadero nombre otras muchas aportaciones. Las firmadas con pseudónimo versaban a menudo sobre asuntos históricos, tradiciones populares de Canarias y América y temas relacionados con el Puerto de la Cruz, en cuyo ayuntamiento ejercía el periodista como archivero, bibliotecario y cronista oficial.

 

Francisco P. Montes de Oca García
Francisco P. Montes de Oca García

Don Francisco Pedro Montes de Oca y García nació en el Puerto de la Cruz el 31 de mayo de 1877, siendo hijo de don Gregorio Montes de Oca y Suárez, natural de Las Palmas de Gran Canaria, y doña Dominga García Chávez, que lo era el Puerto de la Cruz, donde habían contraído matrimonio. Cursó los primeros estudios en la escuela de don Benjamín J. Miranda.

Obtuvo la plaza de archivero y bibliotecario municipal de su ciudad natal, que ocupó durante muchísimos años, salvo un breve paréntesis en que estuvo suspendido por el alcalde Melchor Luz y Lima, hasta su reposición en 1912.

En 1910, tomó a su cargo la tarea de emprender el arreglo del archivo, ordenando minuciosamente los deteriorados documentos.

En 1921 relacionó un total de 1.184 legajos, junto con una biblioteca anexa compuesta de  3.599 volúmenes. Pero el incendio acaecido en febrero de 1924 (en la noche del sábado de Carnaval), que destruyó el antiguo exconvento de monjas catalinas (en la plaza de la Iglesia), en el que se hallaban instalados el Ayuntamiento, el archivo, el depósito de detenidos, el Juzgado Municipal, la central telefónica, las escuelas y otras dependencias municipales, mermó una gran parte del archivo, a pesar de que el archivero y otras personas lograron salvar, arriesgando su vida, muchos documentos y libros almacenados en el archivo municipal y en la secretaría.

Dado su amor al estudio, de forma autodidacta se fue dedicando desde su adolescencia a la investigación histórica en archivos y bibliotecas, llegando a ser un autor infatigable. Una de sus grandes pasiones fue la genealogía, aunque también destacó como pendolista y dibujante genealógico. Además, cursó estudios de Paleografía.

El 8 de enero de 1919 fue nombrado Cronista Oficial del Puerto de la Cruz; desempeñó dicho cargo durante casi 45 años, hasta su muerte. Amante de las cosas viejas de su pueblo, recopiló las historias de los viejos conventos, de las capellanías, de los personajes célebres de su cuna nativa,…

 

Francisco P. Montes de Oca y García, paseando por el paseo de Las Palmeras
Francisco P. Montes de Oca y García, paseando por el paseo de Las Palmeras

Hombre de amena conversación, salpicada de ironías, fue un archivo viviente de fechas, sucesos, anécdotas y genealogías portuenses; poseía una memoria prodigiosa, llegando a recitar capítulos enteros de Viera y Espinosa. Juan del Castillo lo evocaba paseando por Martiánez “con sombrero de ala ancha, todo vestido de negro”.

Entre sus anécdotas, se cuenta que en un ventucho de San Juan de la Rambla se encontró varios documentos, en los que la ventera envolvía las sardinas salpresas, que al parecer habían caído de un carro de Garachico. Como curiosidad, daba paseos diarios por el Taoro y Martiánez, sus lugares predilectos. En el verano de 1964 fue homenajeado en el Hotel Marquesa.

Simultáneamente, el 6 de febrero de 1924 fue nombrado Cronista Oficial de la Región Canaria, por unanimidad de la desaparecida Diputación Provincial de Canarias y a propuesta del diputado Adolfo Febles Mora: “considerando necesario que esta Región canaria, a imitación de las del resto de España, tenga una persona que reúna las condiciones propias para desempeñar el cargo de cronista oficial de la misma, y que lleve casi a diario en su «Libro Crónica» anotados los acontecimientos que se realicen en este archipiélago, bien y fielmente narrados, los cuales en época no lejana servirán como punto de apoyo a aquellos que escribiesen sus anales o historia moderna”; y considerando que nuestro biografiado era el adecuado para “desempeñar tan difícil como molesto encargo” lo proponía para el mismo, “por de pronto, sin honorarios ni sueldo alguno, solo con derecho al uso, sobre su traje oficial y como distintivo de su alta misión, la característica banda de los colores de la enseña nacional, y en su centro, bordado, el escudo de las Armas del archipiélago canario, autorizándole, además, para poder librar certificaciones de cuantos asuntos históricos se le pidan y dándole los honores que le correspondan, dentro de la esfera de sus funciones”.

Como era de esperar, al final de la historia de dicha institución y en pleno auge del pleito provincial, su nombramiento regional despertó fuertes adhesiones en la prensa tinerfeña y duras críticas en la de Gran Canaria. El Sr. Montes de Oca actuó como Cronista regional durante 40 años, hasta su muerte, habiendo sido la única persona en la historia de estas islas que ha recibido dicho título.

Como curiosidad, en 1942 solicitó al Cabildo Insular que para el próximo presupuesto de 1943 se fijase con carácter permanente una partida en el mismo, por lo menos de 3.500 ptas anuales, de la que al entrar en vigencia de ella, se le vayan librando mensualmente y en líquido, la parte que puedan satisfacer para sufragar “gastos de viajes a distintos pueblos del Archipiélago, estancias en los mismos, excursiones, etc., y si fuese posible, trasladarse a los Archivos de Indias (Sevilla) y Simancas (Valladolid) por lo menos una vez al año para aportar material con que en su día pueda ampliar la historia de las Islas Canarias”.

Francisco P. Montes de Oca y García
Francisco P. Montes de Oca y García

Además, colaboró con asiduidad en la prensa, sobre todo en Gaceta de Tenerife, donde publicó numerosos trabajos, como el titulado “Importante documento inédito. Espantosa inundación en la Gomera” (1924), que recogía noticias de las desgracias acaecidas en la villa de San Sebastián de la Gomera, en diciembre del año 1807. Como se ha indicado, en dicho periódico publicó también numerosos cuentos, así como trabajos históricos y etnográficos, con el pseudónimo “El Barón de Imobach”. En la Revista de Historia Canaria publicó el artículo titulado “Los genealogistas canarios, mi prosapia y su origen” (1924).

En 1930 fue director artístico y literario del periódico de difusión gratuita La Propaganda Industrial y Comercial, sostenido por la publicidad, que comenzó a editarse en ese mismo año en el Puerto de la Cruz, pero a los pocos meses cesó en dicho cargo a petición propia.

Fue académico correspondiente de las Reales Academias Españolas de la Historia (diciembre de 1922) y de Bellas Artes de San Fernando (agosto de 1923); de las Nacionales de la Historia de Venezuela (septiembre de 1922) y Colombia; miembro del Instituto de Confraternidad Hispano Americana (febrero de 1930); e individuo de número de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.

Al margen de su labor histórica, sintió pasión por la Música y la Pintura. Actuó como tenor y organista en las solemnidades de la parroquia de Ntra. Sra. de la Peña de Francia. Ostentó el cargo de presidente de la Liga Regionalista del Puerto de la Cruz, en 1909, y de la Sociedad instructiva “La Lectura” de la misma ciudad, en 1918. Fue oficial comisario interino y jefe de las tropas de la Asamblea Local de la Cruz Roja del Puerto de la Cruz; y en 1925, la Asamblea Suprema de la Cruz Roja Española le concedió la Placa de 2ª clase, creada para premiar méritos y servicios especiales. El 18 de abril de 1940 renunció al cargo de vocal de la junta de gobierno de dicha Asamblea Local, por habérsele recrudecido en la piel la enfermedad que de viejo venía padeciendo; y el 26 del mismo mes presentó su renuncia irrevocable como inspector de la ambulancia de la misma, al considerarse, por edad y padecimientos, inútil par seguir desempeñando el cargo.

Al respecto, Juan del Castillo decía: “los portuenses lo recuerdan al frente de las tropas de la Asamblea local de la Cruz Roja con su vistoso uniforme de coronel, en el que difícilmente cabía su figura quijotesca y original, enhiesta y hasta retadora”[3].

Como curiosidad, en su domicilio tenía en lugar preferente los retratos de ilustres escritores (Cervantes, Viera y Clavijo, Tomás de Iriarte,…) así como el de su viejo padre, en cuadro confeccionado por su paisana Lía Tavío. También conservaba epístolas laudatorias del P. Fita, de Bethencourt y de distinguidas personalidades nacionales y extranjeras, en las que se le reconocían los méritos que sus compatriotas le negaron. El escritor Sebastián Padrón Acosta escribió de él en 1921: “En un pueblo ribereño –Puerto de la Cruz– vive retirado como, hidalgo de fenecidas castas un enamorado de las cosas pasadas, de tradiciones y leyendas, de relatos y genealogías, de Heráldicas y pergaminos. Cansado de modernos malandrines, de rastrerias y pasionsillas, retirase en sus ratos de ocio a su querido rincón en busca de sus viejos papeles, únicos amigos fieles de su vivir. / Y cuando el dolor y la realidad amarga de la vida vienen a inquietar su espíritu, en lo pasado busca el lenitivo de sus angustias”[4]

María Candelaria Padrón Pérez
María Candelaria Padrón Pérez

El 23 de octubre de 1899, a los 22 años de edad, contrajo matrimonio en la parroquia de Ntra. Sra. de la Peña de Francia del Puerto de la Cruz con doña María Candelaria Padrón Pérez, nacida en dicha ciudad el 5 de mayo de 1876, con quien procreó 10 hijos. De éstos, conocemos a don Francisco Pedro, doña Arcadia Elena y doña María Josefina, así como a los últimos que sobrevivieron: doña Angélica, don José, residente en Santander, y don Pedro Montes de Oca Padrón, que fue durante muchos años funcionario de la Recaudación de Hacienda de la Zona de La Orotava.

El funcionario y cronista don Francisco Pedro Montes de Oca García falleció en el Puerto de la Cruz el 15 de noviembre de 1964, a los 87 años de edad. El 29 de ese mismo mes, el cronista don Benjamín Afonso Padrón le dedicó en El Día un artículo necrológico de sincera admiración. Asimismo, al hacer su necrológica, la Revista de Historia Canaria destacaba que Montesdeoca “representaba auténticamente la manera de hacer la historia como arte y artesanía, dominante un tiempo”.

Es justo destacar que el Puerto de la Cruz fue cuna de varios escritores de prestigio contemporáneos de Montes de Oca, entre los que destacaron: Luis Rodríguez Figueroa (1875-1936), abogado, escritor y poeta; Agustín Espinosa García (1897-1937), prosista y poeta, uno de los más fecundos ingenios de la literatura canaria de la época surrealista; y Sebastián Padrón Acosta (1900-1953), sacerdote, ensayista, crítico, poeta, biógrafo, investigador de la historia y de la literatura.

 

Octavio RODRÍGUEZ DELGADO – 28 de octubre de 2013

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

LIBROS

CASTILLO, J. del, 1986. El Puerto de la Cruz entre la nostalgia y la ilusión. Santa Cruz de Tenerife. 149 pp.

IZQUIERDO, E., 2005. Periodistas canarios. Siglos XVIII al XX. Propuesta para un diccionario biográfico y de seudónimos. Tomo III. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, Gobierno de Canarias. 507 pp.

POGGIO CAPOTE, M., & L. REGUEIRA BENÍTEZ, 2009. La isla perdida. Memorias de San Borondón desde La Palma. Cartas Diferentes Ediciones.

RIVERO, E., 2007. Crónicas de la Lucha Canaria. Historias del tiempo viejo. Parlamento de Canarias, Centro de la Cultura Popular Canaria. 155 pp.

PUBLICACIONES PERIÓDICAS

Amanecer, Boletín Oficial de Canarias, Diario de Las Palmas, Diario de Avisos, Diario de Tenerife, El Día, El País, El Progreso, Falange, El Progreso, Gaceta de Tenerife, Heraldo de Orotava, Hespérides, Hoy, La Mañana, La Opinión (de Tenerife), La Prensa, La Propaganda Industrial y Comercial, La Provincia, Revista de Historia Canaria.

[Buscador “Jable” de Universidad de Las Palmas de Gran Canaria].

[Buscador “Prensa histórica” de la Universidad de La Laguna].

 

BLOGS

ÁLVAREZ ABREU, B.J. “Charla del periodista Alberto Pérez Borges con un portuense

ilustrado”. Efemérides, martes, 24 de enero de 2012.

[http://efemeridestenerife.blogspot.com.es/2012/01/charla-del-periodista-albertoperez.html]

 


[1]  La reseña biográfica de don Francisco Pedro Montes de Oca y García ha sido elaborada con la colaboración de Febe Fariña Pestano, Cronista Oficial de Arafo.

[2] Manuel POGGIO CAPOTE & Luis REGUEIRA BENÍTEZ (2009). La isla perdida. Memorias de San Borondón desde La Palma.

[3] Juan del CASTILLO (1986). El Puerto de la Cruz entre la nostalgia y la ilusión. Pág. 100.

[4] Sebastián PADRÓN ACOSTA. “El Cronista del Puerto de la Cruz. Montes de Oca García”. Gaceta deTenerife, martes 8 de noviembre de 1921, pág. 1.

 


MEMORIA DEL VIAJE DE S.M. ALFONSO XIII A CANARIAS

MEMORIA DEL VIAJE DE S.M. ALFONSO XIII A CANARIAS

Visita de Alfonos XIII a Canarias
Visita de Alfonos XIII a Canarias

PRESIDENCIA DEL CONSEJO DE MINISTROS

REAL ORDEN

Excmo. Sr.: Dada cuenta por V. E. en Consejo de Ministros de la Memoria que ha redactado con motivo del viaje de S.M. el REY las islas Canarias, el Consejo, á fin de dar á dicho documento la publicidad necesaria, y con ella satisfacción á las aspiraciones de aquellos leales habitantes, ha acordado su publicación íntegra en la GACETA DE MADRID y su remisión á todos los Centros para que, sin pérdida de tiempo, se preparen las medidas que pongan remedio á los males que en ella se señalan y á las deficiencias que existen en los diferentes servicios.
De Real orden lo digo á V.E.: para su conocimiento y demás efectos. Dios guarda á V. E. muchos años. Madrid 16 de Abril de 1906.
SEGISMUNDO MORET
Sr. Ministro de la Gobernación.

 

AL CONSEJO DE MINISTROS

Terminado el viaje de S. M. el Rey á Canarias, altos deberes de gobierno y exigencias de justicia que corresponden á la lealtad de las islas, imponen el estudio de la situación en que se encuentra el Archipiélago, como medio el más seguro de preparar las soluciones que demandan múltiples sus necesidades.

Acto tan importante como la presencia en aquel territorio de un Monarca español, por primera vez después de cuatro siglos que cuenta su conquista y nacionalización, no puede menos de entrañar consecuencias transcendentales para el Gobierno, administración y progreso de aquellas preciados territorios, Escala de todas las líneas de navegación á América y al África, base del tráfico del Océano Atlántico, llave precisa para nuestra influencia en el imperio de Marruecos. Nadie lo ignora en la Península pero causas de todos conocimientos han impedido prestar á la administración de aquellas islas la atención que requieren y á que tienen indudable derecho.

Los Ministros de la Guerra y de Marina han tenida ocasión de examinar el estado en que se encuentran sus defensas militares y las complicaciones á que pudiera dar origen la carencia de puertos y desembarcaderos, allí donde los buques de guerra han de encontrar natural seguro y protección completa. También han tenido ocasión de ver una vez más las cuestiones que se relacionan con la industria pesquera, una de las que tienen mayor porvenir en aquellos mares. A dichos Ministros tocará presentar al Consejo las resoluciones oportunas, correspondiendo al de la Gobernación, que suscriba, la enumeración y clasificación de las aspiraciones de aquellos leales habitantes, ampliamente formuladas y cuya resumen es de un gran interés en los momentos actuales.

Comunicación de las islas entre si y del Archipiélago con la Península.

La comunicación fácil y frecuente con la Península es la condición esencial de toda forma de progreso y mejora que haya de llevarse al Archipiélago, siendo por si sola causa poderosa para corregir muchos de los defectos que hoy existen y suplir algunas de las deficiencias que en nuestra Administración se notan, pareciendo innecesario encarecer que las dificultades que ya crea la distancia se agigantan si á ellas sigue el aislamiento, y en este punto son fundadísimas las reclamaciones de aquellos habitantes. Cuatro correos seguros y, a lo sumo, seis al mes, no muy escalonados y sirviendo alternativamente las islas principales, son medios insuficientes para las relaciones con la Península, pero no son mejores las comunicaciones interinsulares, confiadas á barcos pequeños en mares agitados, habiendo de arribar a ensenadas poco seguras y luchar en condiciones desfavorables con los peligros que ofrecen los canales y que ocasionan los temporales dominantes en toda aquella región. Por otra parte, los dos puertos de Tenerife y de La Luz, son visitados por las líneas de navegación más importantes de Europa y a ellos llegan con frecuencia, no solo los barcos mercantes, sino también las escuadras extranjeras, formando contraste esta frecuente relación entre aquellas islas y otros países, con la pobreza y atraso de las relaciones marítimas con la madre Patria. Semejante estado no sólo influye perjudicialmente en los intereses materiales, sino que engendra un sensible aislamiento en el orden moral que no ha producido aun todos los daños que son su consecuencia legítima, gracias al intenso sentimiento patrio y á la inapreciable adhesión con que los habitantes de las islas Canarias se sienten unidos al resto de España.

El mismo que todos estos males señala se apresura á indicar su remedio haciendo más frecuente y en barcos de mejores condiciones las comunicaciones periódicas con la Península y la posibilidad, con poco aumento de gastos, de valerse de todos los vapores dispuestos á hacer el servicio de correos, cualquiera que sea su pabellón, con tal que salgan de alguno de los puertos de la Península. De este modo se evitaría el extraño contraste que ofrece la prontitud con que conocen los españoles de Canarias los sucesos del extranjero y el retraso con que tienen noticia de los acontecimientos más importantes ocurridos en la madre Patria.

Y si esto se dice de la comunicación marítima, la misma censura es aplicable a la telegráfica. Sólo hay un cable nacional, frecuentemente averiado è inutilizado para el servicio, como lo ha estado precisamente durante la visita del Rey y de los Ministros a Canarias. La necesidad de tener dos cables y de unir el polígono que forman las siete islas de manera que la comunicación sea constante, está por todos reconocida. En cuanto á la comunicación telegráfica entre las islas, de cualquier manera que se haga satisfará los anhelos de sus habitantes y permitirá atender mejor a su administración. Y cabe la esperanza, según las indicaciones allí recogidas, de que tampoco el gasto sea enorme ni pequen por lentitud los trabajos para la instalación.

Organización administrativa y asuntos de gobernación.

La primera observación de cuantos viven en las islas, cuando de estas materias se trata, es la de extrañarse de la forma administrativa, aplicada á un grupo de islas donde ni la centralización es posible ni el sistema con que se gobiernan pedazos de territorio unidos entre si tiene aplicación posible. La gran distancia de la Península hace más temibles aun los daños del expedienteo, de los cuales se recogen impresiones y se coleccionan datos, por extremo curiosos, oyendo a administradores y administrados. El extravío de un papel, la equivocación de un trámite, el error en una fecha, todo eso, yendo y viniendo a la capital del Reino con la forma del expediente y con la lentitud en las comunicaciones, lleva a la paralización completa de la vida administrativa.

Todas las indicaciones que en este punto ha escuchado o leído el Ministro que suscribe, coinciden en la necesidad de cambiar radicalmente el régimen, de descentralizar la Administración pública en Canarias, de poner á su frente una Autoridad rodeada del mayor prestigio y con facultades bastantes para resolver por si las cuestiones, sin perjuicio de la apelación al Poder central, en la forma y de la manera más sencilla. Algunas personas, y de las más capacitadas, han pensado con este motivo en la división del Archipiélago, formando un grupo con la Gran Canaria y las islas orientales, y otro con las de Tenerife, La Palma, Hierro y Gomera. Pero sin examinar aquí, porque no es este el objeto de la Memoria, lo que puede haber de aceptable o de perjudicial en esta idea, conviene dejarla consignada para someterla á estudio del Gobierno.

Más sentida es la necesidad y conveniencia, á todas horas oídas y por toda clase de argumentos demostradas, de que el personal de la Administración pública de Canarias sea elegido entre los mejores funcionarios y retribuido en proporción a la importancia de la misión que le esté confiada, de modo que se considere como un premio y no como un castigo el servir en aquellas islas, de las cuales debería volverse siempre, no sólo con la recompensa del servicio prestado, sino con el legítimo orgullo que da la patente de honradez.

Descendiendo ya á la organización de los servicios y a la manera de cumplirlos, es general el deseo de la creación de un tercio especial de la Guardia civil, tan escasa hoy, que en alguna isla hay tan sólo un cabo y cuatro individuos y en otra cinco y un sargento. A no ser tan noble la naturaleza de sus habitantes y tan leal, honrado y pacífico su carácter, hubiera sido imposible conservar el orden público en estas condiciones, no pudiendo acudirse al sistema de las concentraciones, ni dotar al archipiélago de un número tan grande de guardias civiles que fuese incompatible con las cifras de un presupuesto nivelado. La reforma que en esta materia puede introducirse no es para improvisada, pero seguramente será beneficiosa en extremo y aplaudida por sus habitantes.

Y no hay para qué decir que la cuestión electoral ofrece condiciones análogas â las de la seguridad y garantía del orden, por la índole de aquellas islas y la necesidad de que esa alta función se verifique con garantías de respeto al elector y a la voluntad de la mayoría.

Administración de justicia.

Datos ha reunido el Gobierno sobre la situación de este el más alto ramo de la Administración pública, que exigen reflexiva atención, enérgica voluntad, para suplir las deficiencias que hoy tiene, y que constan con elocuencia irresistible en la Memoria escrita con motivo de la inspección llevada á cabo por acuerdo del Tribunal Supremo. Mézclase allí la falta de personal, con las consecuencias de la lejanía y del aislamiento, y con el desarrollo de una porción de males que no existirían si el Gobierno vigilase de cerca y la opinión denunciara abusos é ilegitimas influencias. Que el personal es escaso, y. sobre todo, que los Centros judiciales son insuficientes para atender á las necesidades del país, hasta el punto de que muchos’ asuntos se sustraen al conocimiento de los Tribunales, es aserto que todo el mundo hace; y estos males se agravan por la ingerencia inevitable de la justicia municipal, que allí, como en la Península, no está á la altura de su misión. Los gastos que todo esto produce á los litigantes, las molestias de los viajes para asistir a las audiencias, la escasez de testigos y de todo en fin lo que significa procedimiento rápido, efectivo y justo, no hay para que enumerarlos; pero no son las reformas tan fáciles, teniendo en cuenta el número de poblaciones, la cantidad de asuntos judiciales y los inevitables límites de un presupuesto razonable.

Dificultades ofrece también la rivalidad entre las dos grandes islas, la Gran Canaria y Tenerife, pero ninguna de las que nazcan de los hábitos y de los pugilatos de localidad serán ciertamente obstáculo serio para que la opinión reciba con aplauso cuanto tienda á establecer una administración de justicia rápida y ajena â toda clase de inspiraciones.

Cuestiones económicas.

Sobre la franquicia de puertos, que es el régimen con que hoy se gobierna al Archipiélago, los pareceres andan muy divididos y no siempre fundados en la conveniencia pública, sino mantenidos frecuentemente por los intereses rivales que se han desarrollado al calor de los beneficios de esta concesión. Que el principio en si mismo es bueno y que nadie estaría dispuesto a renunciar á él fácilmente, no hay para qué decirlo; pero que, en cambio, las consecuencias que produce perjudican a la unidad de las relaciones comerciales con la Península, tampoco hay quien lo ponga en duda.

Ya en diferentes ocasiones los Diputados de la región y Comisiones enviadas Madrid han hecho ver cuantas facilidades ofrece la exportación de frutos canarios á Inglaterra, á pesar de la competencia que en sus mercados encuentran con los de Jamaica. y cuántas dificultades hallan para venir â la Península. ¿Cuál será la mejor solución para evitar esto? Seguramente la que dé el Parlamente, después de oír todos los intereses y de examinar la mejor manera de hacer justicia a las legítimas aspiraciones de los españoles de Canarias.

En este mismo orden de ideas discútese mucho acerca de las ventajas de facilitar la producción del alcohol, poniendo en cultivo tierras hoy casi estériles, pero que dan espontánea nutrición a plantas de riqueza alcohólica que podrían destilarse fácilmente. Pero mézclase con esta aspiración la dificultad tributaria, dándola en cambio alicientes y esperanzas la facilidad de la comunicación con la costa africana y la posibilidad de un gran mercado en ella.

Igual problema implica el cultivo del tabaco, desarrollado en los últimos años de una manera lisonjera para su progreso ulterior; pero que, á su vez, lucha con el régimen creado en España para la renta de tabacos, cual si los intereses del Tesoro estuvieran en este punto en pugna con los de los agricultores canarios. Sobre ese punto reclaman con energía los habitantes de aquellas islas y piden la derogación de varias disposiciones, entre ellas las Reales órdenes de 23 de Noviembre de 1899, 19 de Febrero de 1902 y 1° de Noviembre de 1903. Las demandas sobre estos extremos, sobre todo las que á la exportación y venta de tabacos se refieren, son muy vivas, debiendo consignarse, en homenaje á la verdad, la gran unanimidad en el juicio sobre esta materia y la necesidad de que el Gobierno se ocupe de ella con interés y atención.

Instrucción pública.

Las reclamaciones en este punto no son excesivas, pero son muy apremiantes. Desde el deseo de crear una Universidad en Canarias, á pesar del gasto extraordinario y desproporcionado que exigiría, hasta el de establecer buenas Escuelas de instrucción primaria, llegase al anhelo general de que se favorezca cuanto signifique cultura, y muy especialmente la creación de estudios de Comercio, de enseñanzas superiores de Artes é Industrias, semejantes â las creadas en Tarrasa, por la esperanza de que con ellas se iniciarán nuevas industrias y se mejorarán las existentes. También se nota el natural deseo, en poblaciones esencialmente mercantiles, de facilitar el conocimiento de todos los idiomas y consiguientemente la relación con todo el mundo.

En cuanto á la provisión de Escuelas, se protesta contra la necesidad de que los Maestros y Maestras tengan que venir á la Península para ganar sus plazas y proveerse de sus títulos. Sin duda el Ministerio de Instrucción pública tiene antecedentes y estudios sobre esa importantísima cuestión.

Fomento.

Al frente de todas las cuestiones, preocupan en los puertos de La Luz y de Tenerife, las concesiones hechas á extranjeros, ó a nacionales que las traspasan más tarde, con amenaza de la integridad del territorio y nulidad posible de la zona polémica en los casos de guerra. Que los puertos exigen toda clase de facilidades para el tráfico, es axioma entre aquellos comerciantes, pero que estas facilidades lleguen hasta perjudicar a la soberanía territorial y coloquen bajo la protección de banderas extranjeras los puntos más estratégicos de aquellas dos grandes é importantes islas, es materia que reclama una inmediata y decisiva resolución.

Respecto á las obras publicas existen los mismos deseos que en la Península, las mismas necesidades por todas partes sentidas y reveladas. De ellas se ha preocupado el Ministerio de Fomento enviando al Inspector de Ingenieros, Sr. López Navarro, para preparar las resoluciones ulteriores, acerca de las cuales, sobre todo en materia de puertos, justo es decir que el interés no es sólo de las localidades, .sino también de España entera. En este orden de ideas, algunos Ayuntamientos, como el de Puerto de Cabras, ha tomado ya iniciativas construyendo un pequeño muelle, cuyos gastos se han resarcido por el arbitrio impuesto á la navegación, dato muy digno de ser tenido en cuenta y ejemplo que debería imitarse. Pero a nadie se oculta, y menos á aquellos inteligentes comerciantes, que lo reducido del territorio en cada isla y especialmente en cuatro de ellas, quita alicientes al tráfico y á la actividad comercial, por lo cual el plan de obras públicas que haya de desarrollarse deberá ser bien estudiado y relacionado con los puertos y embarcaderos.

En cuanto a ferrocarriles y tranvías las necesidades son muy limitadas, pero estas obras serán de seguro éxito en los puntos en que puedan hacerse, ó sea, naturalmente, en los más poblados.

La característica de las islas Canarias es la ‘escasez de agua, la necesidad de obras hidráulicas. En banderas, en letreros y en gritos. lo expresaba la población al llegar el Rey, y las personas menos observadores se lamentan del contraste que, en medio del Océano, ofrecen aquellas islas cuyos habitantes padecen muy a menudo los rigores de la sed, por las deficiencias del agua potable.

Quizá á esto haya contribuido la despoblación de las montañas, cosa que no hubiera ocurrido si existiera guardia rural ó civil en suficiente número; pero el mal ya está hecho, y, por tanto hay que comenzar esa larga y penosa labor, sin la cual alguna de aquellas islas amenaza despoblarse y las que aun conserven habitantes tenerlos condenados á la mayores privaciones. Fuerteventura y Lanzarote son las más castigadas en este orden de ideas y las que necesitan mayor atención.

No estará de más recordar en este punto que los extranjeros visitan frecuentemente á Canarias, que allí se han construido hoteles que compiten con los primeros de Europa y que se habla todos los días de la construcción de sanatorios que producirían grandes beneficios y serian poderoso estímulo para el desarrollo de la riqueza, porque la llegada y residencia de los extranjeros han de relacionarse también con la construcción de las obras publicas.

Tal es el resumen razonado, imparcial y completo de las manifestaciones que el Gobierno ha oído, de las necesidades que ha visto y delas deficiencias que ha encontrado en la Administración y en el estado económico y social de las islas Canarias. Con enunciarlo se prepara, sin duda, el remedio, y la primera visita de un Monarca español a aquellos territorios, debe significar para gobernantes y gobernados la inauguración de una era de progreso y de justicia, porque dada la índole y el patriotismo de aquellos habitantes, conocida su lealtad, que ha estallado ahora en manifestaciones inolvidables, no será posible dudar que todo lo que se haga en beneficio suyo ha de estrechar de manera indisoluble los lazos que los unen fi la madre Patria; pero no debe olvidarse que los daños son antiguos, los vejámenes  sufridos muy dolorosos y que no se puede hablar del remedio sin aplicarlo prontamente, ni enumerar las deficiencias sin acudir á su rápida satisfacción.

Madrid 14 de Abril de 1906. El Ministro de la Gobernación, C. de Romanones.

Historia de la ermita de Los Reyes

Historia de la ermita de Los Reyes

Por  Miguel Ángel Hernández Méndez

IGLESIA DE LOS REYES

«Santa Clara en Arguarmul [i]‘;
y Santa Lucía en Tazo,
La Candelaria en Chipude;
Los Reyes en el Barranco,
San Bartolomé Bendito,
En Alojera de abajo».

 

Valle Gran Rey
Valle Gran Rey

Entre las dificultades en hacer una historia de la iglesia de los Reyes, está como en el caso de la ermita de Arure, el que la documentación es prácticamente inexistente. El archivo parroquia1 de Chipude ha sufrido un percance que lo dejó bastante mal parado, fue el incendio ocurrido en este siglo con motivo de la destrucción de la Casa parroquial[ii].

A los daños de las llamas tenemos que añadir los efectos del agua que dejaron inservible gran parte de la documentación en él existente. No obstante, no creemos que los legajos referentes a la ermita de los Reyes fuesen numerosos. Los Reyes eran una de tantas ermitas que poseía en su distrito la parroquia de Chipude, un poco más importante por el número de sus feligreses. Se hace referencia a ella en los libros de visita y alguna que otra vez, en las cuentas de la fábrica, pero siempre muy generalmente.

La presencia de una ermita en Valle Gran Rey, parece datar de muy antiguo, en concreto, Luis Fernández ofrece como fecha de fundación la de 1515, aunque sin base documental alguna[iii]. En principio no es extraño que hubiera un templo en Valle Gran Rey, en una fecha tan temprana como la primera mitad del siglo XVI[iv], puesto que en ese tiempo ya funcionaba en este valle uno de los cinco ingenios de azúcar que habían en la isla.

En el hecho de que se erigiera una ermita bajo la advocación de Los Santos Reyes parece que tiene mucho que ver la especie de «obsesión» de don Guillén Peraza -conde de La Gomera- por los mismos. A saber: convento franciscano de «Los Santos Reyes» fundado por Guillén Peraza en 1533, en San Sebastián, del que era gran devoto y portador él mismo del hábito franciscano; les puso a sus hijos los nombres de los tres reyes magos. Así que no es de extrañar que la ermita en Valle Gran Rey, que eran tierras de su dominio, se pusiese bajo esta advocación.

El tiempo en que se erigió esta ermita se caracterizaba por la «pobre asistencia espiritual de los vecinos del señorío». Las Sinodales de Arce, de 1515 señalan que había un beneficiado cura que -según la Sinodal de Muros, de 1497- debía disponer de otro un crecimiento no sólo poblacional sino urbano; en este primer año se censan 156 casas, contándose en el último 180, si bien en 1846 el cómputo total enumerado fue de 186.

Esto conlleva que cuando con motivo de la división de la diócesis de canarias[v] se efectúa el arreglo parroquia1 de la nueva diócesis, de acuerdo con la Real Cédula de 3 de mero de 1854 y el Real Decreto de 15 de febrero de 1861, en el arciprestazgo de la Gomera la ermita de los Reyes quedó como parroquia auxiliar de la de Chipude para lo cual se confiere la misma dotación que la principal, no firmándose esto hasta el 4 de enero de 1869. Conforme se producía un aumento en la importancia económica y poblacional del lugar, también lo hacía el interés por disponer de parroquia propia.

DOCUMENTO PARA PETICION DE UNA IGLESIA EN VALLE GRAN REY[vi]

Excmo. Señor Ministro de Gracia y Justicia.

Excmo. Sor.

El Ayuntamiento del pueblo de Arure en la isla de La Gomera, provinciade Canarias, asociado de los mayores contribuyentes y personas de mayor representación social movidas de la más respetuosa consideración acuden a V.E.

suplicándole lo que á continuación exponen.

Este pueblo, Excmo Señor, ha venido hasta hoy careciendo de un templo católico donde dar á Dios culto externo y practicar los Misterios y actos de nuestra Santa Religión. Los recurrentes creen no exista en el territorio de la Monarquía en ninguna de sus provincias un pueblo con Ayuntamiento propio que no tenga una parroquia y al frente de ella un sacerdote donde puedan sus habitantes cumplir los deberes de cristianos, buscar la justificación de su conciencia por medio de la gracia y oír la palabra evangélica, la moral santa, la enseñanza divina que lleva el consuelo de la caridad hasta la pobre y humilde choza del hermano que padece.

¡Ah! sin religión, sin templo, sin culto, sin sacerdote, la moral desaparece de un pueblo; el sentimiento de la justicia y del deber huye de la conciencia de sus habitantes, las práctica de las virtudes es una mentira; y sin el freno  de la religión, sin el amor a Dios y el temor al juicio eterno, las pasiones viciosas, las prevaricaciones á las leyes divinas y humanas son las tristes consecuencias de tales males, los efectos consiguientes á tan funestas causas.

El pueblo de Arure con más de mil doscientos habitantes y trescientos vecinos es feligresía de Chipude donde está situada la parroquia cuyo punto es un pago o caserío que forma parte de la jurisdicción del pueblo de Vallehermoso, Y parece anómalo que un pueblo que forma ó comprende triple número de almas que Chipude no tenga siquiera un templo con el carácter de Ayuda de Parroquia.

Para que V.E. comprenda la justicia de nuestra exposición conviene hacer presente la causa que motiva el que los hijos de Arure carezcan de prácticas religiosas, de los actos y misterios que en los templos católicos tienen lugar.

La gran mayoría de los habitantes que forman el pueblo de Arure viven en distintos barrios en las laderas de un valle denominado «Valle-gran rey» que comprende una extensión de diez o más kilómetros; de manera que ciento cincuenta vecinos tienen que cruzar una distancia de tres leguas para ir á oir la santa misa á Chipude, y si á esto se une que aquí no existen carreteras, ni caminos de herradura, sino malas veredas, y que hay que ir siempre subiendo por laderas, precipicios y cumbres escarpadas la distancia se duplica pudiendo muy bien decirse que hace imposible que estos vecinos cumplan no tan solo con el precepto de la misa, sino con ninguno de los que impone la Santa Iglesia. Únase también á esto que el niño recién nacido que se ha de bautizar se halla expuesto en verano á perecer ahogado por los calores excesivos que en estas islas se dejan sentir, y en invierno expuesto también á perecer por las lluvias y fríos que sufre el que tiene que pasar por cumbres y montes.

Tales son, Excmo. Sor. las poderosas razones que han impulsado á esa Corporación y demás que suscriben á llevar a V.E. la voz de sus necesidades pidiéndole que de lo consignado en el capítulo correspondiente al Culto del presupuesto del Ministerio de su digno cargo, se dé una subvención de 7.000 pesetas para la construcción de un pequeño templo que sirva de Ayuda de Parroquia, lo cual llenará de regocijo á los hijos de este pueblo, recibiendo V.E. las bendiciones nacidas de sus corazones agradecidos.

Este Ayuntamiento se compromete á invertir otras 7.000 pesetas en la construcción del edificio pues considera que haya bastante en el total de ambas cantidades; pudiendo V.E. pedir informe al Ilmo. Sor. Obispo de esta Diócesis de Tenerife, quien no dudamos lo dé á V.E. lo más satisfactorio á la verdad de nuestra dicha.

En atención a todo lo expuesto

Suplican á V.E. se digne acreedor á nuestra petición cuya gracia no dudamos alcanzar de la justicia y rectitud que informan los actos de V.E. y de la nobleza de sus sentimientos católicos.

Arure de la Gomera septiembre de 1880.

Excmo. Sor.

El Alcalde-Presidente: Salvador Damas.
El Teniente Alcalde: Francisco Correa.
El Regidor primero: Domingo Piñero.
El Regidor segundo: Manuel Damas.
El resto de los que firman: Ángel Negrín, Antonio Méndez, José Chinea Martín, Francisco Negrín, Manuel Dorta, Pastor Casanova, Manuel Trujillo, José Negrín, Agustín Rolo, Domingo Chinea Negrín.

 

La consecuencia llega algunos años después cuando en 1883 siendo párroco de Chipude, Antonio Rodríguez Acosta y mayordomo, Domingo Ramón Correa Rodríguez, se amplia la ermita y se le dota de algún mobiliario nuevo. No fueron grandes obras, pues sólo trabajan un peón, dos oficiales de albañil y un carpintero, demás de los eventuales que elaboran la cal, acarrean los materiales y tejan el techo. Estos materiales se adquieren también en la comarca (la cal en Arure y la teja en el mismo Valle).

En las cuentas de fábrica del 2 de febrero de 1883 encontramos un cuadernillo dedicado a esta ermita, éste es el único documento encontrado junto con otro de 1889.

Ermita de los Santos Reyes sobre 1900
Ermita de los Santos Reyes sobre 1900

A principios de febrero de 1883, siendo párroco de Chipude Don Antonio Rodríguez Acosta y mayordomo de la ermita Don Domingo Correa Rodríguez, se renueva la techumbre del templo. Para ello se habían comprado el quince de noviembre del año anterior (1 882) a Serafín Roldán, en Gran Rey, %n ciento de tejas» con un costo de 5’25 pesetas. Las obras fueron llevadas a cabo por dos oficiales de albañil y un peón. Los dos oficiales cobraron cada uno, 3’75 pesetas y el peón 1’25 pesetas; a esto hay que añadir una peseta y veinticinco céntimos que costó el sustento de la mano de obra. Se compró el seis de noviembre de 1882 a Francisco Rodríguez, de Arure, por orden de Antonio Negrín dos fanegas de cal por valor de un peso. Este material se utilizó para remedar y reforzar la fábrica que se encontraba bastante dañada.

Los operarios fueron los mismos que se encargaron del techo, desconocemos los honorarios percibidos, sólo sabemos como nota anecdótica, que se compró media de mil que costó 25 céntimos para brindar a los que trabajaban. De esta manera el templo quedaba asegurado por algunos años más. Aprovechando estos gastos se encargó a Ramón Chinea Morales, el 12 de febrero de 1883, que hiciera una escalera para la ermita que costó seis pesetas.

Finalmente, Antonio Padrón y Brito realizó una tabla con un enrejado que haría las funciones de confesionario; su precio he de 3’75 pesetas.

El 24 de octubre de 1889, ocupando la parroquia Antonio Padrón y Brito y continuando su mayordomía Domingo Ramón Correa, se trastejó la ermita, costando la obra 3’75 pesetas, se compró media fanegada de cal por valor de una peseta para enjalbelgar por dentro y por fuera los muros de la fábrica.

A principios de siglo la fábrica fue derribada y reconstruida en su totalidad

Sería en el año 1943, con Fray Albino González y Ménendez-Regiada, cuando se crearía la nueva parroquia de los Reyes[vii]. Arure seguiría adscrita a la de Nuestra Señora la Candelaria en Chipude.

Actualmente, su situación descentrada del actual núcleo urbano le ha hecho perder la categoría parroquial que pasó a la playa en un nuevo edificio.

Fachada actual de la ermita.
Fachada actual de la ermita.

La iglesia ha sido reconstruida en su totalidad, terciado este siglo, hoy sólo conserva dos piezas de su antiguo menaje: una tosca pila de agua labrada en piedra volcánica y el «retablito» de la Adoración que durante años presidió la ermita. Éste ha sido recientemente restaurado (año 2000)

En cuanto a la orfebrería, existen dos coronas, la de la Virgen y la del Niño Jesús, de plata repujada con falsa pedrería, obra del platero Cesar Fenndez Molina, año 1957. Una custodia de plata de línea moderna con esmaltes, del mismo autor, año 1963.

Actualmente, la antigua parroquia de Los Reyes, se ha dividido en dos:

Primero: la parroquia de los Santos Reyes. Se compone de una capilla dedicada a La Milagrosa, situada en el barrio de El Chorro en La Calera; una casa parroquial (en el mismo barrio); una iglesia parroquial con salón parroquial en El Caidero-La Calera; una ermita a San Pedro (situada en La Playa); una ermita a Ntra. Sra. del Carmen (en Vueltas). Incluye los barrios de Casa de la Seda, El Guro, las Piedras Quebradas, Los Reyes, Las Orijamas, La Calera, La Playa, Borbalán, La Puntilla y Vueltas.

Segunda: parroquia de San Antonio de Padua en Guadá. El patrimonio de la iglesia en Guadá consta de una iglesia parroquial de una nave con sacristía (de reciente construcción). Existía un vieja ermita, que ha sido demolida, dando paso a esta nueva iglesia, para ello se le cedió al ayuntamiento 1000 m2, que poseía el obispado, con el fin de la nueva construcción. Los barrios que componen esta parroquia son: Lomo del Balo, Los Descansaderos, La Vizcaina, El Hornillo, El Retamal, Lomo del Moral, Los Granados, Chelé y La Higuera del llano.

Va la niña a la ermita
va la niña a Los Reyes
Que la Virgen la ampare
Que ella le guíe.
Ten cuidado mi niña
no te extravíes.
La noche es oscura
y silenciosa
vete niña deprisa
no sea cosa…
 

La Virgen de Los Reyes
la protegió
¡Gracias a Dios!
Ilesa, ya regresó
Va la niña a la ermita[viii].

El retablo de la adoración de los Reyes

 

Cuadro de los Santos Reyes
Cuadro de los Santos Reyes

Sobre el retablo de la Adoración de los Reyes, Alberto Darías Príncipe comenta:

“El pequeño retablo es en realidad un lienzo de la Adoración de los Reyes[ix] arropado por un dosel de madera y sustentado por unas gradas. Es una deliciosa obra de carácter popular, remedo de las que treinta o cincuenta años antes se estaban haciendo en las principales localidades de la isla. Es pues una obra posiblemente ejecutada muy avanzado el siglo XVIII o tal vez en el cambio de siglo[x]. En su respaldo, nos da la clave de su conocimiento: el donante se nos revela gracias a una inscripción (dado por su deboción de esta Santa Imagen el capitán don Sergio Fernández)[xi]; aunque desgraciadamente, preparado para indicar la fecha, quedó vacío. Son los motivos ornamentales los que nos han permitido centrarlo desde el punto de vista cronológico: profusión de rocalla, quizá conocida en algunos retablos de la parroquia de la Asunción pero siempre con ese toque primitivo que lo caracteriza.

La obra está repleta de toda la simbología epifánica; estrella de Belén, corona real acompañada por tres coronas menores y la inscripción del Evangelio de San Lucas alusiva al tema vidimus stellam eiusim oriente et venimus adorare Dominum.[xii]

El lienzo confirma lo ya comentado, pero también nos remite a la iglesia de la Asunción. La colocación del drapeado muestra lejanas concomitancias con el maestro del altar del Pilar, lo que nos hace pensar que su autor conocía las pinturas de la iglesia matriz.

En el conjunto de la obra tenemos otro punto de referencia, el arte colonial americano. Por su disposición así como por algunos detalles del lienzo, el retablito evoca ciertos paralelismos con el arte popular mexicano (las pozas de ciertas iglesias).”

La obra es, en general, de factura popular. Tanto el lienzo como el retablito tienen una extraordinaria influencia mejicana. El primero, por los modelos tan repetidos en el siglo XVIII y el segundo, porque sigue en ciertos aspectos las formas de las posas mejicanas.

El lienzo, flanqueado por dos pilastras abalaustradas, doradas y pintadas, representa el momento en que los Magos adoran al pequeño Dios. El pintor tiene la curiosa característica de dar una gran preferencia a las líneas diagonales: la postura del Niño, la cabeza de la Virgen y San José, etc. Confirmando esa extraña predilección los pliegues de los vestidos colocados de igual manera a la figura anteriormente dicha. Los pliegues de los vestidos son extraordinariamente abombados.

La tradición oral, no acierta a precisar la época en que el cuadro llegó al pueblo, aunque coinciden los diferentes informantes en asignarle gran antigüedad al mismo, por lo menos de la época en que eran frecuentes las visitas de los piratas. En general casi todas las versiones coinciden en que el cuadro legó a Valle Gran Rey, como consecuencia de un trueque que hicieron los habitantes con un barco pirata, que vino a hacer una aguada. O sea que fue a cambio de agua. Unos dicen que fueron piratas ingleses, y otros que holandeses. La tradición afirma que en un principio los piratas no quisieron cumplir el trato y se hicieron a la mar pero no pudieron pasar de la Playa del Inglés[xiii], unos dicen que debido al temporal que se desató, otros que por la calma total que hizo que el barco no pudiese avanzar. El todo es que dieron media vuelta y decidieron cumplir lo pactado.

En un principio el cuadro fue llevado a Guadá, lo que pudo ser por dos motivos: bien por miedo a que lo piratas regresaran y se llevaran el cuadro o bien porque en ese tiempo, la escasa población se concentraba en la zona alta, estando la zona costera muy poco habitada.

Llama la atención de que el cuadro no fuese depositado en ermita alguna, sino en el lugar conocido como Cerco Rey. Habría que aclarar que el nombre de «Rey» no le viene por haber estado allí la virgen sino que ya venía de atrás. Algunos sostienen que era esa cueva un lugar de residencia «real» ya en épocas anteriores a la dominación castellana. Por miedo a perder el lienzo en alguna de las frecuentes crecidas del barranco y dado que la cueva de Cerco de Rey estaba cerca del mismo, se decidió trasladarlo de allí, en principio a una casa en El Hornillo, y luego a su actual ubicación.

PIRATAS EN VALLE GRAN REY

La tradición afirma que la llegada del lienzo de ‘La Adoración de Los Reyes» a Valle Gran Rey fue consecuencia de un trato con unos piratas. Y no es nada descabellada esta versión, no sólo porque la tradición oral así lo sostenga, sino porque hubo un tiempo en que las visitas de piratas a nuestras costas eran relativamente frecuentes. Veamos los que nos cuenta Gloria Díaz padilla: [xiv]

“Por otra parte, el peligro podía surgir en cualquier rincón de la isla que contase con una pequeña cala o desembocadura de barranco, y no había pocos precisamente, lo cual forzaba a una vigilancia permanente comunicándose inmediatamente la alarma al capitán de la compañía para encaminarse al lugar de la incursión. Y es que la mayoría de los barcos piratas se limitan a efectuar una razzia para aprovisionarse de agua o de víveres, o en el peor de los casos, atrapar a algunas personas por las que cobrar una cierta cantidad, mientras su interés preferente se centraba en el pillaje de embarcaciones de escasa envergadura que se dedicaban al trafico interinsular o practicaban la pesquería en el banco sahariano o el comercio con las islas atlánticas más cercanas. Un testimonio de la actuación de las milicias se contiene en una reclamación dirigida por el capitán de la compañía de Chipude, Domingo Trujillo Bencomo, al sargento mayor de La Gomera, en octubre de 1673. En su petición informaba que de que el domingo, 22 de ese mes, había llegado a las costas de Valle Gran Rey una lancha de moros (perteneciente al navío que había abordado al barco del capitán José de Padilla cuando venía de El Hierro) con objeto de hacer aguada. Se decidió entonces poner en práctica una añagaza: el alférez dispuso que dos milicianos se adelantasen hasta la orilla de la playa, lo que originó la persecución de los mismos por los invasores, que vieron una ocasión propicia para apresar a dos supuestos vecinos solitarios. Apenas se adentran, el resto de la compañía les sale al paso a los perseguidores, aprehendiendo la lancha y capturando a cinco de los ocho moros que habían saltado a tierra, pues los otros tres fueron muertos en lucha al oponer resistencia. Al parecer era costumbre acabar con la vida de todos los piratas, pues indicaba el capitán que dejaron con vida a los cinco porque la compañía había acordado previamente en promesa que si en una de las ocasiones de alarma en que se solía bajar a la marina cuando aparecían velas en las calmas del sector que les estaba asignado se capturaba alguna presa, se destinaría para ayuda de la iglesia de La Candelaria, que era muy pobre. Por otro lado, argumentaba también que era usual que el botín fuese propiedad del capitán y soldados de la compañía que intervenían en la acción, norma refrendada por el capitán general. Con ese motivo, se quería trasladar a Tenerife a dar parte a esa autoridad contando con la pertinente licencia del sargento mayor de la isla.”

 

«QUE BONITO CUANDO SALE LA HIJA DETRÁS DE LA MADRE»

Imágen de la Virgen de los Reyes
Imágen de la Virgen de los Reyes

La escultura de La Virgen de los Reyes es una copia de la de Sevilla, hecha en Valencia el año 1925. En el tiempo en que se puso en la iglesia, el poeta José Hernández recibió en Cuba una fotografía de la flamante y recién estrenada imagen de la virgen y le hizo esta cuarteta:

Recibí amigo estimado
su carta y en el momento
la abrí pero que contento
sus recuerdos me han dejado.
Mil gracias por su cuidado
por haberme complacido;
de eso vivo agradecido
viendo la imagen tan bella,
por ser distinguida estrella
de nuestro pueblo querido.

Se mece la fresca brisa
en una cinta colgante
a donde se ve flamante
dulces recuerdos de Elisa[xv].
Aunque el bardo lo analiza
no distingue el apellido;
el niño con su vestido
adorna la santa bella,
por ser distinguida estrella
de nuestro pueblo querido.

Para otra generación
dejaremos las memorias;
un templo lleno de gloria
que adorna la población;
una imagen que en razón
está muy bien construido.
El niño con su vestido
adorna la santa bella,
por ser distinguida estrella
de nuestro pueblo querido.

Ayúdame virgen santa
ya que mi mente se ahoga,
salud a Jaime Casanova[xvi]
y al poeta que te canta;
y con tu gracia santa
salud a aquel que ha querido
adornarte tu vestido
con cintas y flores bellas,
por ser distinguida estrella
de nuestro pueblo querido.

En la primera fiesta de Los Reyes que se celebró ya con la nueva imagen, decidieron sacarla primero, delante del cuadro. Según cuentan, nada más salir por la puerta, el tiempo cambió repentinamente, desatándose un temporal tremendo que obligó a los asistentes a buscar refugio dentro del templo. Al fin decidieron sacar primero el retablo y luego la imagen recién adquirida. Entonces descampó y el tiempo se puso bueno. Y se le cantó el pie romance:

«Qué bonito cuando sale
la hija detrás de la madre»

 

 


[i] Existe otra versión que dice:
«Santa Clara en Chijeré…»
Chijeré es un topónimo que se refiere a toda la banda, a partir de Teselinde, y no sólo el caserío. (Inf. facilitada por José Dámaso Perera).

[ii] El Archivo Parroquia1 de Chipude sufrió un incendio en este siglo. Algunas fuentes afirman que fue intencionado para hacer desaparecer documentos. Por otra parte, también fue expoliado por particulares que guardan documentos en sus casas.

[iii] No tenemos confirmación documenta1 para afirmarlo o rechazarlo, lo que si podemos asegurar es que desde comienzos del siglo XVI los condes de La Gomera tenían en este valle una importante hacienda, e modo que no sería extraño que estos señores o alguno de sus delegados hubieran construido una ermita.

[iv] Anteriores al siglo XVIII son muy escasas las descripciones de Valle Gran Rey, pero en un documento de toma de posesión, en 1567, se citan dentro de Valle Gran Rey las suertes de «Grabalán» (seguramente el actual Borbalán), La Calera y La Vizcáina, que parece eran las cultivadas en ese momento, pues la posesión afecta a otras tierras, aguas y montes que no se especifican. Es significativa la breve descripción de este caserío, que contaba con seis casas tejadas junto a molino e ingenio. Gloria Díaz Padilla (1990) pp. 159-160.

[v] Hasta comienzos de1 siglo XIX (1818) permaneció unificada la diócesis Canariense. En esa fecha se fragmentó, uniéndose La Gomera y El Hierro con Tenerife y La Palma para formar otra diócesis que se denominó Nivariense o de Tenerife, con sede en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna en la iglesia de Los Remedios.

[vi] Suponemos que se trataría de edifícar un templo en mejores condiciones. El lugar elegido será junto a la antigua ermita que debía ser muy pobre. La tradición afirma que existía un cementerio en esos terrenos. Incluso en la ermita se negó a enterrar a personas de la clase de ‘los ricos’ del valle.

[vii] Se crearían también las parroquias de Santiago, San Bartolomé en Alojera y Santo Domingo de Guzmán en Hermigua. Todas ellas, menos la última provenían de ermitas.

[viii] Celia Askanova.

[ix] Antes de su restauración en el año 2000 en el que se le añadió dos soportes delanteros un observador comentaba: «Este se encuentra hoy, afortunadamente, sin cambio alguno respecto a su primitivo estado. La obra ostenta de forma de dosel. En su parte superior se coloca un gran remate frontal en el que aparece decoración de tipo rococó bastante imperfecta. El fondo, donde está colocado el cuadro tiene, su parte posterior profusamente decorada; encerrada dentro de una cartela formada por rocalla y cerrada en su parte superior por una voluminosa corona real española, se encuentra la estrella de los Reyes Magos que derrama sus haces de luz sobre tres coronas, debajo una inscripción en latín (…)».

[x] No puede ser de principios del siglo XIX porque ya aparece reseñado en la descripción de 1774. Por el tipo de decoración utilizada, la obra tuvo tal vez fue hecha en el último tercio del siglo XVIII, aunque si esto fuera así resulta extraño que en la descripción de 1774 no se nos hable de sus orígenes.

[xi] Habría que comprobar si la inscripción figura en el retablo o en el lienzo. Es importante porque la tradición afirma que lo primero que llegue a Valle Gran Rey, fue el lienzo y que el retablo es posterior. Podría ser que el tal Sergio Fernández quizá emparentado con los Fernández Prieto y Salazar, grandes propietarios de tierras en la zona o que hubiera donado fuese el retablo solamente.

[xii] Un poco más abajo escrita la palabra «Año» pero, desgraciadamente, nunca se llegó a colocar la fecha.

[xiii] En la tradición popular siempre se ha hablado de tesoros escondidos por piratas en la Playa del Inglés. Puede que por el hecho de que las corrientes llevan hasta esa playa los restos de los naufragios producidos en los alrededores. Respecto al topónimo «Playa del Inglés» no es tan reciente como parece. Ya en la descripción de 1774 aparece reseñado. Una hipótesis curiosa sobre el significado de este topónimo -que se repite en varios lugares de Canarias – es que deriva de «inglé» que en dialectos bereberes significa «lugar con dunas». Curioso ¿no?

[xiv] Díaz Padilla, Gloría y Rodríguez Yanes, Josd Miguel: «El señorío en las Canarias Occidentales» p. 525.

[xv] Se refiere a que la imagen de la Virgen tenía cintas colgadas con nombres a modo de ofrendas.

[xvi]La carta con la foto de la imagen se la había enviado Jaime Casanova.
 
Casa Amarilla – Puerto de la Cruz

Casa Amarilla – Puerto de la Cruz

La Casa Amarilla es una antigua casa de campo de dos pisos situada en el término municipal de Puerto de la Cruz, isla de Tenerife (Canarias, España). Se considera a este edificio la sede del primer centro de estudios primatológicos de la historia, al haber acogido entre los años 1913 y 1918 la Estación de Antropoides de Tenerife, promovida por la Academia Prusiana de Ciencias de Berlín y dirigida principalmente por el célebre psicólogo alemán Wolfgang Köhler (1887-1967).

En esta casa se redactarían además la serie de informes que compondrían el texto de Wolfgang Köhler, «The Mentality of Apes» (La Inteligencia de los Chimpancés), de gran influencia en la psicología, la primatología y la etología del siglo XX.

Desde el año 2005, ostenta la condición de Bien de Interés Cultural con categoría de Sitio Histórico por Decreto del Gobierno de Canarias. En la actualidad este edificio se encuentra en grave peligro de desaparición.

 

Aquellas casas de ‘niñas malas’

Una ciudad como Santa Cruz, con puerto de mar, es imposible que no tuviera casa de «niñas malas». De ahí que, a lo largo de la historia reciente de la Capital, la calle de Miraflores, la de la Curva y la parte baja de la avenida de San Sebastián concentraran en ese barrio cercano al muelle una batería de prostíbulos que han ido desapareciendo con el tiempo, por la expansión urbanística y porque, evidentemente, la prostitución se ha ido sofisticando con el paso del tiempo.

 

Hoy muchos inmuebles que albergaban muchachas que comerciaban con su cuerpo ya no están en pie. En su lugar se han construido modernos edificios y, en concreto, desde el Puente Serrador hacia abajo se levantará el Instituto Óscar Domínguez, todo una joya como espacio cultural, del que ya nos ocupamos en un reciente artículo.

 

Por aquella zona de San Sebastián y de Miraflores eran famosas, a mediados del siglo XX,  muchas casa de citas y algunas prostitutas de «reconocido prestigio», como «La Bolígrafo», «La Veneno», «La Gallega», o lugares tan conocidos con «El Quince», porque el inmueble estaba situado en ese número de la primera vía citada. También tenían renombre «El Palomar» y, frente por frente «El Palacio»; o «Casa Manolita», en la segunda calle mencionada o, por ejemplo, «La Blanca Paloma», en las inmediaciones del Cuartel de San Carlos, donde se prestaban servicios económicos a los soldados de Infantería.

 

Una de las más conocidas casa de «encuentros» fue «La Húngara», que estaba situada entonces en San Sebastián, donde luego se levantó la Clínica del doctor Matías Llabrés, padre de aquel gran médico que fue Lorenzo Llabrés Delgado y de su hermano Matías, farmacéutico, que era dueño de la oficina situada en la esquina de las calles Suárez Guerra y Viera y Clavijo.

 

Me han dicho que la casa de «La Húngara» todavía existe, pero ubicada ahora en el santacrucero barrio de Buenos Aires, en el arranque del Polígono Costa Sur, frente a la Papelera de Canarias, y que la fundadora de aquel establecimiento falleció hace tiempo, después de retirarse a vivir a un apartamento en la costa de Tacoronte.

 

En la calle de San Sebastián, esquina a la de Los Molinos, se encontraba el Dispensario Dermatológico, a donde acudían las «niñas malas» a hacerse revisiones médicas para prevenir y, en su caso, curar, diversas enfermedades venéreas. Ese centro, que ahora depende, creo, del Servicio Canario de Salud, se encuentra por debajo del Observatorio Meteorológico y de la clínica que fue de don Alberto Rodríguez López, ya en la confluencia con la avenida de La Salle, en cuyas proximidades estaban las sedes de las fábricas de tabacos «La Isol» y «La Antillana»,cuando el sector tabaquero isleño vivía momentos de claro crecímiento, no como ahora, en franco retroceso.

 

«La Mellada» y «La Paqueta»

 

Fuera del centro urbano de Santa Cruz siempre ha habido diversas casas de «niñas malas», y los famosos cabarets de La Cuesta de Arguijón, como «La Caracola», el ‘Tabares», y numerosas «barras americanas» situadas en la avenida de Ángel Romero y en la misma Vuelta de Los Pájaros. Una de las más famosas barras fue el «Condal», propiedad de una señora catalana que vivió algunos años en un edificio de la Cruz del Señor.

 

Una de las casas de mayor reputación (y nunca mejor dicho) fue la de Encarnación «La Mellada», un inmueble de dos plantas, situada al inicio de la antigua carretera de San Andrés, en las cercanías de donde hoy está ubicada una gasolinera de ‘Texaco», frente a «Ligrasa», cerca de la Escuela de Náutica y poco antes de llegar a Valleseco.

 

Por allí pasaba la pequeña locomotora de Añaza, que hacía un singular recorrido entre la cantera de La Jurada y el muelle y que, a partir dé los años cuarenta, dispuso de vagonetas nuevas, para transportar el material necesario para la ampliación del dique del Sur, vagonetas que importó la empresa «Contratas Canarias», de Maximino Acea, compañía de la que fueron directivos, entre otros, Pedro Alemany y el ingeniero Muñoz Reja.

 

La casa de «La Mellada», que no estaba encalada y que lucía un discreto color cemento, fue sede de numerosos encuentros «amorosos», a la que acudían gentes de perras y no tan pudientes del Santa Cruz de entonces, porque evidentemente el lugar estaba apartado de la ciudad y las cosas se hacían con mayor disimulo.

 

Una vez jubilada, ya mayor, Encarnación se le veía frecuentemente paseando por la Alameda y hablando en Los Paragüitas con Alonso El Chino, propietario del restaurante «Shangai», situado en la calle de La Marina, luego explotado por su hijo Enrique, un establecimiento entrañable, donde se preparaba buena comida casera y se servían los mejores whiskies de todo Tenerife, porque el hielo se hacía con agua pura y en los vasos donde se ponían los escoceses no albergaron nunca otro tipo de bebida. Era uno de los «secretos» de la casa.

 

Otro de los lugares a donde acudían los hombres necesitados de comprar sexo era el chalet de  «La Paqueta», situado en la avenida de Benito Pérez Armas, muy cerca de donde años después se levantó la sede provincial de la Compañía Telefónica Nacional de España, en las inmediaciones de la Prisión. «La Paqueta» llegó a tener una sucursal en La Laguna, en la entrada del barrio del Coromoto, muy cerca de la Autopista del Norte, a un tiro de piedra de la gasolinera de la «Mobil». Según tengo entendido, en aquella casa había incluso un piano de cola, probablemente regalado por un cliente vip, que en alguna ocasión sirvió de escenario de alguna bacanal. Un amigo mío, ya entrado en años, me comentó recientemente que, hace muchos años, una pandilla, de la que él formaba parte, que había salido de fogalera por ahí, entró en la sucursal lagunera de «La Paqueta» y una de las internas les hizo un numerito encima del teclado.

 

Por Paco Pérez – Publicado el 19-04-2001. En la Gaceta de Tenerife

Fernanda Siliuto.(20/04/1834 – 23/04/1859)

Por Alejandro Carracedo Hernández.

Dedicado a Melecio por indicarme el camino.

No hay en este mundo sosiego para el dolor que me embarga. Tu ausencia, ya prolongada, ha alimentado el mal, el aliento ya no me llega ni para suspirar.

«¿No son libres las aves…? Por qué el hombre
no ha de serlo también?»

Cada tarde, en este balcón al Infierno vivo el martirio de no tenerte a mi lado. Encerrada en vida, si es que esto es vida, esperando tu regreso, soñando con tu  sonrisa. ¿Volverás?

«Ley inhumana
que ni aún respeta la cabeza cana
del que se acerca al fin de su vivir;»

Esta tos, que me ladra en la cabeza y mancha de atardecer mis pañuelos, ya no me da cuartel, ni descanso. Me siento débil, todo me pesa, hasta la pluma se rebela contra mí negándose a deslizar sobre el papel. La hermana me ha traído un chocolate caliente que no ha conseguido ni templar mi cuerpo.

«Ley que los mismos hombres han creado
para satisfacer su necio orgullo»

He de dejarte mi amor, volveremos a encontrarnos, yo te esperaré como cada tarde en este Infierno de balcón…

«degradante invención; siglo afamado
¿por qué la esclavitud no has de omitir?»

Para Fernanda Siliuto, nunca amaneció. Su entierro fue de noche, a oscuras, al igual que su vida desde que su primo marchó a hacer las Américas, con la promesa de volver con el dinero necesario para casarse. De su tumba, sólo se sabe que está en el cementerio entrando a la derecha. Incluso se habla de que no fue enterrada en sagrado, por lo extraño de su muerte. En su mesilla de noche, un poema, Esclavitud, como buena romántica no entendía más esclavitud, que la del amor.

 

Vista desde el balcón hacia el Infierno.
Vista desde el balcón hacia el Infierno.

 

Esclavitud

¿No son libres las aves…? Por qué el hombre
no ha de serlo también? Ley inhumana
que ni aun respeta la cabeza cana
del acerca al fin de su vivir;
Ley que los mismos hombres han creado
para satisfacer su necio orgullo
degradante invención;  siglo afamado
porque la esclavitud no has de omitir?

El opresor a su vasallo dice:
«Trabaja sin cesar de noche y día
si osas no obedecer a la voz mía
que te maten diré sin compasión;
Yo como dueño, mandaré a mi antojo
tú como esclavo servirás callando,
y perdido serás si algún enojo
mostrares del que abriga corazón».

y el triste negro trabajando calla
encerrando su odio cauteloso
que en su pecho infeliz, con furia estalla
y le impulsa con rabia a maldecir.
Y cuando se detiene fatigado
para toma: respiración sediento,
temblando de furor siente sangriento
el afrendoso látigo crujir.

Oprobiosa ignominia..,! ¿No es tu hermano
el que haces padecer y a quién humillas?
¿Crees así elevarte soberano
robándole su fuerza y voluntad?
Un puñado de oro fe hace dueño
de un semejante a ti que cual te encierra
un corazón…  ¿por qué en perpetua guerra
le haces vivir muriendo sin piedad?

No son libres las aves… ¿por qué el negro
no ha de serlo también…? Ley inhumana
que no respeta la cabeza anciana
ni la de aquel que empieza sin vivir;

Ley que los hombres viles han creado
dando al olvido lo que Dios dispuso,
olvido criminal… siglo afamado
por qué la esclavitud no has de omitir?

¿Pero que digo yo, aún los que tienen
blanco y terso el color, blando el cabello
opresos gimen doblegando el cuello
cual si de ébano fuese su color?

¿Qué digo yo, si el que consigue alzarse
pisa la pura frente de su hermano
y en su trono infamante al asentarse
hace que le proclame su señor?

Que mucho entonces ¡ay! que el Africano
el Indio y otros mil esclavos gimen
y que tengan por dueño algún tirano
que les baga cumplir su voluntad.

Cuando los que jamás esclavos fueron
hoy como nunca sufren abatidos,
cuantos viven ¡oh Dios! envilecidos
sirviéndoles de escudo su maldad.

Fernanda Siliuto (1859)

 

A una nube

¡Nube errante, nube errante
que al cruzar en raudo vuelo
tiendes tu velo flotante
sobre el claro azul del cielo!

¡Fueran cual tú las sombrías
nubes que eternas se mecen
en el cielo de mis días
y que mi senda oscurecen!

¡Del sol las rubias quedejas
sólo ocultas un instante,
y para siempre te alejas,
nube errante, nube errante!

Mientras cual fúnebre manto,
cual señal de eterno duelo,
las contemplo con espanto,
siempre flotando en mi cielo.

Cielo en que triste fulgura,
cual sol de la vida mía
la estrella de desenvultura
que llaman Melancolía.

¡Y si levísimos rastros
dejas, ¡oh, nube!, al pasar
y como antes los astros
de nuevo se ven brillar!

Y ¡ay! en mi cielo se placen
esas nubes tristemente…
¡O si se alejan lo hacen
tan lenta, tan lentamente!

Y en el pobre pecho mío,
que suspira por amor
dejan un velo sombrío,
sombrío como el dolor.

Dejan en mí un desaliento
y una congoja, un afán…
que ignoro si es más tormento,
si vienen o si se va.

Por eso, al ver que los cielos
recorres, digo anhelante:
«Fueran como tú mis duelos,
nube errante, nube errante»

Fernanda Siliuto Briganty

 

El Maestro D. Benjamín Jimenez Miranda (Semblanza)

Desde su primera edad demostró don Benjamín J. Miranda excepcionales aptitudes para los estudios, que estuvieron a cargo del venerable Párroco don Manuel Ildefonso Esquivel, de grata recordación para los habitantes de este nuestro pueblo natal. Ya un mozalbete, quiso ampliar aquellos primeros estudios, y, a tal efecto, solicitó se le diera clase gratuita en la Escuela que, en 1846, regentaba don Francisco Pérez o el maestro Frasquito, como vulgarmente se le decía en aquella época.

Elevó instancia a la Junta Municipal de instrucción pública y ésta denegó su petición fundándose en que no era pobre, pues disfrutaba una modesta mensualidad que apenas satisfacía las necesidades de su manutención;  por lo que, el hoy anciano don Benjamín J. Miranda, en quién ya bullía la idea de dedicarse a la carrera del Magisterio, subió los primeros jalones de la empinada cuesta del calvario de su profesión. Leer más