Homenaje a un maestro. Benjamín J. Miranda. 22 de septiembre de 1918.

Homenaje a un maestro. Benjamín J. Miranda. 22 de septiembre de 1918.

Hay una calle en el Puerto de la Cruz, que de la Amargura, pasó a tener el nombre que durante muchos años representó la enseñanza en el Puerto, Benjamín J. Miranda. El maestro D. Benjamín fue formador de muchos hombres:

“El buril educador del Sr. Miranda produjo los médicos, don Juan González Martel, don Jorge Pérez Ventoso, don Eusebio Pérez Perera, don Diego Guigou, don José García Estrada, don Luis izquierdo Yumar, don Julián Rodríguez Ballester; abogados, don Andrés González de Chavez, don Joaquin Estrada y Madan, don Mario Arozena, don Luis Rodríguez Figueroa, don Andrés de Arroyo, don Manuel García y García, don Miguel Díaz Llanos; farmacéuticos, don Manuel García Estrada, don Joaquín García Estrada, don Manuel Benítez, don Bernabé Rodriguez Ballester; ingenieros, don Víctor Pérez Ventoso, don Víctor Machado Pérez; militares de carreras facultativas, don Julio Pérez Perera, de la Armada, don Rosendo Mauriz Martínez y don José Tolosa Garda, de Artillería.”

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Visita de los tres primeros astronautas que viajaron a la Luna a Gran Canaria

Como primera etapa de un extenso viaje por casi todo el mundo, los tres primeros astronautas que viajaron a la Luna hicieron escala en Gran Canaria. Ocurrió en octubre de 1969, y todavía muchos de quienes participaron de aquellos actos mantienen fresco el recuerdo del singular acontecimiento.
El día 4 de octubre llegó Edwin Aldrin al aeropuerto de Gran Canaria. Cientos de personas se congregaron en las terrazas para aplaudir al astronauta. Su arribo se produjo a bordo del avión presidencial Air Force One, que le traía directamente desde los Estados Unidos.
Fue recibido como un héroe por autoridades y por un numeroso público que lo aclamó a su llegada, Aldrin y su esposa se trasladaron al Hotel Maspalomas Oasis. Neil Armstrong y Michael Collins, con sus respectivas esposas, llegaron el mismo día pero en un avión de línea regular, procedente de Nueva York.
Los tres astronautas fueron alojados en el hotel Maspalomas Oasis durante dos días, rodeados de atenciones. Incluso tuvieron una suite con sus respectivos nombres. En este corto espacio de tiempo disfrutaron del sol y del mar y cumplieron siempe con un sonrisa de agradecimiento un amplio programa de visitas.
Según cuenta la prensa de la época, el fin de semana en Gran Canaria significó para ellos un apetecido descanso en el corto intervalo entre el viaje a la Luna, su posterior cuarentena, y el agotador intinerario por diversas capitales del mundo.
Las vacaciones de los astronautas transcurrieron en las playas del sur, en cortas excursiones y pescando en las aguas de Maspalomas, acompañados de diversas personalidades de la isla.

Galardón. La víspera de su partida, los astronautas recibieron un último homenaje de Gran Canaria. En el curso de un acto celebrado en el Hotel Maspalomas Oasis, Alejandro del Castillo y del Castillo, conde de la Vega Grande, entregó a los astronautas el Guanche de Oro, premio que se otorgaba a aquellas personalidades, nacionales o extranjeras, que más se han distinguido en su labor. Y en este caso, el Guanche de Oro significaba una especial recompensa que otorgaba, no sólo Gran Canaria sino toda la Humanidad. Así finalizó la estancia de Armstrong, Aldrin y Collins en Gran Canaria. Una visita corta pero que quedó en el recuerdo y en la historia de Maspalomas.

[Fuente Canarias 7]

El día de Finados.

Airadas disputas y encendidos debates levanta la celebración del día de Finados o de Difuntos en nuestra isla, pero no sólo por la falta de respeto que para los creyentes se convierte el sagrado tributo a nuestros difuntos, sino por el carácter de fiesta, jolgorio y desenfreno que ha tomado ésta fiesta en los últimos años. Pero esto no es nuevo, ya nuestros ancestros pensaban algo parecido, ¿saben que pensaban ellos de la castaña y el ponche?

Ya en noviembre de 1857[1] se quejaban de las parrandas que recorrían las calles, he incluso proponían poner cotos a ésta costumbre: “Después de los finados han vuelto á aparecer las parrandas en todas las calles. Esperamos que esta inundación filarmónica desaparezca en breve, porque de lo contrario será preciso ponerle un nuevo dique.”

Cementerio de San Carlos Puerto de la Cruz (FEDAC) Circa 1888
Cementerio de San Carlos Puerto de la Cruz (FEDAC) Circa 1888

En 1870 comienza en el Puerto de la Cruz la tradición de engalanar y enramar las tumbas[2]: “el día de finado, 2 de noviembre, comenzó aquí el uso de poner guirnaldas de flores sobre las cruces y sepulcros en nuestro cementerio. Las hijas de doña Bernarda Fleming Galloway, pusieron la primera hecha de flores siempre-vivas, cuyo filial ejemplo parece seguir imitándose”. Costumbre que parece que se realiza por todas las islas y no es del agrado de todos. Las tumbas se adornan con coronas y ramos de flores, se ponen velas o lámparas y se colocan cruces muchas veces adornadas con epitafios para honrar a los difuntos:[3]

“Todos lloramos por ti
En tierra y en mar salado.
Tu sobrino mi cuñado
y yo también ¡ay de, mi!”

Y otro:

“Sobre de tu tumba fría
Tengo el corazón helado
De llorarte vida mía
á todas horas del día.”

 

Cementerio de San Rafael y San Roque, Santa Cruz de Tenerife (FEDAC) Circa 1888.
Cementerio de San Rafael y San Roque, Santa Cruz de Tenerife (FEDAC) Circa 1888.

Empiezan a celebrase con castañas y ponche, quizás con demasiado ponche, por lo que comienzan a cometerse “abusos” en los cementerios, que obligan a que en Santa Cruz, 1887, se emita un bando municipal que prohíbe la entrada en los mismos[4]. Prohibición que se mantiene hasta que a principios del sigo XX se permite entrar de nuevo esos días, pero sólo el tiempo necesario para honrar a los muertos[5].
La festividad se convierte en un acto de vanidad y ostentosidad, en una demostración de poderes y capitales, en las que se pugna por hacer la mayor demostración de posibles y no de recordar y llorar a los difuntos. En octubre de 1896 se quejan, entre otras cosas, en El Diario de las Palmas de que:  “Una huérfana que cobra pensión, dicho sea de paso, colgó en la lápida el uniforme de su padre, con sable y todo, y hasta con espuelas, y colocó las mangas bien de frente para que se reparase á primera vista que su papá era teniente coronel”. 

Dos años después, en 1898 se afirman :” El culto que hoy se rinde á la vanidad mundana, ó los caprichos de una sociedad que vive para el lujo y la ostentación, hace que nuestros cementerios más parezcan en estos días de finados un gran escaparate de riquezas y elegancia, de preciosidades y objetos artísticos, que no lugar sagrado[6]y ya en 1905 apostilla Fray Gerundio:Los que como yo piensan y van al cementerio en días de finados, á contemplar la gran comedia, sólo hallan regueros de cruces, con muchas flores y coronas, pero sin una sola lágrima, sin una sola plegaria, sin un sólo rezo. ¡Paz á los muertos!”[7]

 Las fiesta se convierte en una jarana no muy piadosa, que poco tiene de cristiana y mucho de pagana, provocando escritos de queja, como éste publicado, en 1902: “La perinola[8] bailando sobre una mesa entre castañas, botellas y copas, bailoteo que se sigue con interés grande por las personas agrupadas alrededor del mueble, las risas, los chispeantes dicharachos, los animados diálogos y la algazara siempre en crescendo, causas más que suficientes son para dar á la dicha suposición validez completa. ¿Como puede nadie figurarse que los que así se divierten están en aquellos momentos consagrados á honrar la memoria de los deudos fenecidos? […]¿Por qué una noche como esa, en la cual el dolor debe inundar el corazón, las gentes se regocijan estrepitosamente, alardeando de una despreocupación que no se siente, que no puede sentirse? Desde antiguo se estableció la moda y por tradición se respeta y se sigue, sin embargo de ser una moda extravagante y más que extravagante anticristiana. Pero la moda lo exige y el público no comprende Finados sin castañas y ponche, como no se explica Jueves Santo sin bollos y vino, ni Noche-buena sin pasteles y  aguardiente.” [9]

 Pero como todo, termina siendo aceptada, asumida y normalizada, lo raro se convierte en normal, lo nuevo en viejuno, lo escandaloso en cotidiano: “Finados. Día de Finados. En la tierra isleña, almendras y nueces en repique seco, prendido a las risas nuevas, sofocadas por el lleno de la mezcla grata: almendras y nueces y higos pasados. Pasta dulzona y sensual, que recorre el cuerpo de estremecimientos almibarados. Quiebro tiznado de castañas, calor de ellas y de los hogares, cuando hay tosquedad en el ambiente exterior. Salobre dulzura del cochafisco[10], cálido, tierno y húmedo como carne de cabrito. ¡Admirable consorcio de la muerte y de la vida! ¡Extraño ir del brazo de las dos fiestas, también cabidas en el hogar cristiano! Sin embargo, la una no es una negación de la otra. Se completan y hácense imprescindibles. En este día hagamos algo por nuestros hermanos muertos, y algo por nosotros, hasta que nos llegue.”[11]

El “Halloween” de nuestros abuelos, sus costumbres tomadas por extrañas, por paganas, por poco piadosas y cristianas, es ahora nuestra fiesta de Difuntos añorada.

 

Alejandro Carracedo Hernández


 

[1] El Ómnibus, 4 de noviembre de 1857.

[2] Álvarez Rixo, 1870.

[3] Diario de Las Palmas, 3 de noviembre de 1904.

[4] Diario de Tenerife, 18 de octubre de 1887.

[5] Diario de Tenerife, 31 de octubre de 1907.

[6] La Opinión, 2 de noviembre de 1989.

[7] La Opinión, 2 de noviembre de 1905

[8] Trompo chiquito que se gira con la mano, perindola.

[9] Diario de Las Palmas, 4 de noviembre de 1902.

[10] Millo frito con una pizca de sal.

[11] Diario de Las Palmas, 1 de noviembre de 1933.

José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

Programa concierto para recaudar fondos.
Programa concierto para recaudar fondos.

Por Alejandro Carracedo Hernández.

Harto conocido es el devenir de éste héroe de Baler, el soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife, en la historia general del sitio de Baler, pero es el objetivo de este artículo hablar de la historia menuda que compone la Historia con mayúsculas.

Una vez reunidos y homenajeados en Barcelona, José Hernández Arocha vuelve junto con  Eustaquio Goper en el transatlántico Cataluña, llegando a Tenerife en la primera quincena de septiembre de 1899.

Es invitado a varios actos para homenajearlo, entre ellos a un concierto del orfeón catalán formado por soldados del Regional núm. 1 celebrado en la Alameda del Príncipe. [1]

A principios de octubre de 1899 el Ayuntamiento de La Laguna decide concederle un destino retribuido que permita tener asegurada su subsistencia.[2]

El sábado 7 de octubre de 1899 realizan un concierto en el Teatro Viana en la calle Juan de Vera, para recaudar fondos para el héroe de Baler. Estando próxima su boda la comisión decide comprarle una casa con las 2.000 Ptas. recaudadas.[3]

El  16 de Octubre de 1899, el Excmo. Sr. Capitán General ordena abrir una suscripción voluntaria entre las fuerzas que guarnecen el territorio del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife, suscripción que recauda 1.000 Ptas. y que junto a las 100 Ptas. que decide asignarles la comisión provincial, le son entregadas para su sostenimiento.[4]

El 17 de noviembre de 1899 firma la escritura de la casa situada en lo que hoy es Taco.[5]

El 18 de noviembre de 1899 se decide colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa que se le ha regalado a José Hernandez Arocha. [6]

En febrero de 1900 se le reclama el pago de los derechos por la donación de la casa, ascendiendo ésta a 365,01 Ptas., la prensa protesta por éste acto indigno y se queja del mísero sueldo que percibe del ayuntamiento y del hecho de mantener a sus padres con el mismo.[7]

A finales de febrero de 1900, cuando tenía 23 años se casa con Doña Juana González y Díaz de 20 años, y habitan la casa que les ha donado.[8]

En marzo de 1908 se le concede, por parte del ejército, junto a Eustaquio Gopar, una pensión vitalicia de 60 Ptas./mensuales, que vendrá a mejorar la economía familiar.

En diciembre de 1910, es invitado a la festividad de la patrona de infantería en el Cuartel de San Carlos, dónde luce con orgullo su cruz laureada de San Fernando en el pecho, [9]

En enero de 1946 se le asciende a teniente honorario y el día 1 de abril se le imponen las insignias que le reconocen como tal.[10]

Llegado a éste punto, puede que no sepas que pasó en Baler, quién mejor que el propio protagonista para que te lo cuente.

 

Entrevista a José Hernández Arocha, publicada el 26 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.
Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.

¿Quién no ha oído hablar de Baler? Hasta hace poco tiempo, puede asegurarse que dos terceras partes de los españoles desconocían hasta el nombre de ese pequeño pueblo de Filipinas, situado en la parte norte de la isla de Luzón, provincia de Exija, próxima á la de Vizcaya, Distrito del Príncipe y cruzado por la cordillera de Caraballo, que es la principal de la mencionada isla; pero hoy sería vergonzosa, para todo buen español, la ignorancia de ese nombre que un puñado de héroes acaba de inmortalizar, escribiendo allí una brillante epopeya digna de los tiempos de Sagunto y de Numancia, con la que se ha demostrado al mundo entero que aún hierve en los corazones españoles aquel olímpico valor que hace mirar la vida como cosa secundaria siempre que se trate del amor á la patria y la honra nacional.

De las dos desgraciadas campañas que acabamos de sostener en Cuba y Filipinas, nos quedan dos ejemplares hechos, cuyo recuerdo es bastante para halagar aún nuestro orgullo patrio, consolándonos en parte, de los terribles desastres que, por la torpeza de gobiernos imprevisores, si no por causas más vituperables, que no por la abnegación y bizarría de nuestros soldados, hemos sufrido: El héroe de Cascorro y los de Baler.

Plano de la Iglesia.
Plano de la Iglesia.

Para dar á nuestros lectores una cabal idea de los grandes sacrificios y proezas de estos últimos, bástanos referir, á grandes rasgos, la conversación que, en una entrevista ó interview, como ahora se dice, tuvimos ayer con el soldado, del destacamento  de Baler, José Hernández Arocha natural de esta Ciudad, en la que fué alistado con el número 46, el año de 1895.

El José Hernández, que es mozo de aspecto agradable y de vigorosa constitución se prestó muy complaciente á satisfacer nuestro interés y curiosidad, contestando modestamente á nuestras repetidas preguntas.

—Después de tomar parte, nos decía, en la gloriosa, aunque infructuosa, campaña emprendida por el bizarro general Lachambre (cuando Polavieja) en la que avanzamos de triunfo en triunfo desde Parañaque hasta Imús, sosteniendo, entre otros varios, los heroicos combates de Silang y Pérez, Las Mariñas, fui destinado al destacamento de Baler, con otros compañeros, partiendo para dicho pueblo el 7 de Febrero del año próximo pasado, llegando el día 13 del mismo mes. La fecha respondió esta vez á la fatalidad que la superstición le atribuye; pues con dicho día coincidió el principio de nuestros sinsabores.

Componíase el destacamento de 54 hombres al mando de un capitán con dos segundos tenientes y un módico segundo, teniente también. En los primeros tiempos no iba la cosa mal y podíamos salir al pueblo casi despreocupados de todo peligro; pero el día 27 de Junio fuimos atacados por los filipinos tan rudamente que tuvimos que replegarnos á la iglesia, que fué, desde entonces nuestra inexpugnable fortaleza donde nos hicimos fuertes, mientras los insurrectos dominaban todos los contornos; allí nos atacaron con tal insistencia que creímos no poder escapar con vidas. Llegaron hasta apoyar en los muros escaleras para facilitar el asalto; pero nosotros, á nuestra vez, nos defendíamos con tanta decisión, que nos apoderamos de las tales escaleras y de otros artefactos de guerra.

Desde ese día los ataques fueron continuados y porfiados, sin que nos dejaran un momento de verdadero reposo.

—Y diga V., le preguntamos, ¿qué condiciones de defensa tenía esa iglesia en que Vds. estaban?

—Pues eran muy buenas; pues sus paredes, gruesas y fuertes eran á prueba de terremotos, que allí son frecuentes y además, la artillería de los tagalos no era muy temible, que digamos. Componíase aquel recinto de la nave que era nuestro cuartel y campo de operaciones; el bautisterio, destinado á prisiones militares; la sacristía, que tenía la misión más triste: era nuestro cementerio. Comunicándose con la iglesia por la sacristía, seguía la casa del cura, medio destruida, pero con los muros en buen estado; de manera que nos servía de patio y de algo más preciso, en sustitución de lo que juntamente con la casa se había destruido. Este era nuestro mundo en todo el tiempo que allí estuvimos sitiados.

—¿Y qué tiempo duró el asedio?

Último de Filipinas
Último de Filipinas

— Desde la fecha que he dicho (27 de Junio del 98) hasta el 2 de Junio del presente año, Referir todo lo que en ese tiempo sufrimos sería cuento de no acabar. En un segundo asalto llegaron los enemigos hasta arrimar leña por la parte de la sacristía con intentos de prenderle fuego y nosotros, ya a la desesperada, hicimos una salida, con tan buena suerte, que los rechazamos, apoderándonos de la leña con que querían quemarnos. Teníamos tal convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida. En el tercer asalto usamos del agua hirviendo al mismo tiempo que de nuestros certeros tiros y siempre con buen resultado.

—¿De agua hirviendo dice V? ¿Y cómo conseguían Vdes. esa agua?

—Fácilmente. En el patio de la casa del cura abrí yo por mis propias manos un pozo en el que encontramos agua de muy buenas condiciones, á las tres varas más ó menos. Por esa parte estábamos bien. ¡Ojalá en víveres hubiese sido lo mismo!
Pues qué, ¿estaban Vds. mal de provisiones?
En municiones de boca y guerra no andábamos como queríamos; aunque las de guerra fueron suficientes. En los cinco meses primeros teníamos unas latas de sardinas y unos sacos de harina que ni para perros; pero como había que aprovecharlas porque no había otras, comimos de ellas con muy buen apetito y para utilizar la harina me encargaron la construcción de un horno cuyo lecho ó piso tendría próximamente un metro cuadrado y 95 centímetros de alto; así pudimos comer algo parecido á pan:

—¿Y con qué materiales pudo Vd. Construir ese horno?

—Con los ladrillos del piso de la iglesia y tierra amasada. Esa era toda la argamasa.

— Y terminados esos víveres ¿con qué se alimentaban luego?
Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín.

Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida,; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disentería que allí se habían desarrollado y de las que habían muerto 19 á más de otros dos que lo habían sido de balazos; un navarro llamado Julián Galbete y un valenciano, Salvador de Santa María. Entre los muertos por  enfermedad se cuentan dos paisanos nuestros.

Nuestros esfuerzos, sin embargo, eran inútiles, pues siempre seguíamos hostilizados por un inmenso enjambre de tagalos que me hacían recordar las bandadas de cuervos revoloteando al rededor de la carne muerta. Por fin, comprendiendo que el pueblo era una verdadera guarida de enemigos decidimos prenderle fuego, adoptando para ello el procedimiento de salir uno solo, arrastrándose con la mayor cautela por entre la yerba, hasta llegar á las casas más cercanas y con un estoperón empapado en petróleo se les prendía fuego y luego á huir, antes de ser sorprendido. De esta suerte íbamos saliendo todos, por turnos con el empeño de ver quien quemaba más viviendas. El mismo sistema seguíamos para ir á segar la yerba con que nos alimentábamos; y á pesar de los continuos disparos que nos hacían los tagalos, esperábamos con ansia el día en que nos tocaba el turno; pues al mismo tiempo que teníamos la satisfacción, tanto más agradable cuanto más peligros corríamos, de llevar el sustento á los compañeros, solíamos aprovecharnos de algún valioso hallazgo que en la dificultad de repartirlo con los demás, por lo poco, lo gustábamos á solas ¡condimentado con el silbido de las balas enemigas.

Parlamentario acercándose a la iglesia—¿Y de disciplina cómo andaban Vds.?

—Bien; todos estábamos animados del mismo espíritu y de iguales deseos; habíamos tomado al pie de la letra la ordenanza militar y nadie, y eso que tuvimos días de tristeza y de desesperación horribles, pensó en capitular. No obstante las repetidas intimaciones que nos hizo el enemigo acompañadas de algunas alucinadoras insinuaciones. Dos desgraciados, únicamente, quisieron desertar y fueron descubiertos y fusilados en el mismo templo. Qué más; nosotros ignorábamos el desastre que los nuestros habían sufrido en la lucha con los americanos; y un día que se presentó un teniente coronel con órdenes superiores para que nos rindiéramos, desconfiamos de él y no le hicimos caso; y lo mismo sucedió con un segundo emisario á quien igualmente desobedecimos.

Es imposible referir, siguió diciéndonos el valeroso soldado, todos los heroicos episodios de aquella lucha sin esperanzas de triunfos ni de socorros por tanto tiempo esperados. Un día, cuando más el hambre nos atormentaba, pasó á tiro un perro y lo tumbamos; pero los tagalos se apercibieron de ello y á fin de no dejarnos recogerlo nos enviaron una lluvia de balas que nos impedía salir. Un compañero se decidió entonces y burlando el fuego enemigo nos lo trajo; y después de todo resultó sarnoso, pero nos supo á jamón.

Iglesia de Baler
Iglesia de Baler

En medio de nuestros sufrimientos teníamos un noble orgullo que nos llenaba de consoladora satisfacción: ningún día dejó la bandera española de ondear en lo alto de la torre, aunque dos veces fué derribada por los enemigos á cañonazos.

—Y si fué derribada ¿cómo pudieron reponerla?

—De una manera que no puede ocurrirle á Vds. De unas sotanas de los monacillos tomamos el color rojo, y el amarillo de una casulla del Párroco.

Por último llegó el día en que el teniente coronel del ejército republicano, Celso Mayor nos propuso, en nombre de Aguinaldo, que capituláramos; para esto pusimos las condiciones de que se nos había de tratar con todos los honores de la guerra y nunca como vencidos, conduciéndonos hasta lugar seguro para embarcarnos para España.

—¿Y aceptaron?

—Desde luego. Fuimos conducidos al palacio de Aguinaldo, en Talac, quien nos regaló un par de duros á cada uno de los 33 que quedábamos y pronunció un enérgico discurso en que, dirigiéndose á los suyos, nos presentó como modelos de abnegación y de heroísmo.

De allí fuimos escoltados por fuerzas de los filipinos hasta San Fernando de la Pampauga, en Bulacán, donde se nos entregó á los americanos que nos tributaron, lo mismo que los tagalos todos los honores de la guerra; pues al pasar por sus filas nos presentaron las armas y las bandas de música nos tocaron la marcha real y el paso doble de Cádiz. Tras de tantas penas y fatigas sentimos, ante aquellas manifestaciones, la agradable satisfacción del que cumple con un deber sagrado.

¿Les dieron alguna recompensa? Preguntamos por último, admirados de tan grandes virtudes.

—Aún, no, pero dicen que nos darán la laureada.

¡Oh! sí; pensamos nosotros; les darán una GRAN CRUZ: la de una vida miserable y de desengaños que es el premio que sabe dar España á sus héroes humildes.


 

[1] 12 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

[2] 2 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[3] 16 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[4] 17 de octubre de 1899 en  La Región Canaria.

[5] 18 de noviembre de 1899 La Región Canaria.

[6] 18 de noviembre de 1899 Diario de Tenerife.

[7] 22 de febrero de 1900 La Región Canaria.

[8] 1 de marco de 1900 La Región Canaria.

[9] 9 de diciembre de 1910 La Gaceta de Tenerife.

[10] 8 de enero de 1946 Falange.

Las fiestas del Cristo de La Laguna

La imagen del Santísimo Cristo de La Laguna recibe culto público desde el año 1520 en que fue traída al Convento Franciscano de San Miguel de las Victorias tras haber sido donada al primer Adelantado de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, por el Duque de Medina Sidonia.

Es sin duda las más venerada imagen de Cristo de todo el archipiélago canario, teniendo gran devoción por ella desde los primeros momentos en que se expuso al culto, habida cuenta de que se trata “de un pueblo formado por españoles del siglo XV y una cristiandad nueva, noble y de generosos sentimientos cual fuera la de los Guanches”, a decir de Rodríguez Moure.

El origen de los festejos en honor del Cristo de La Laguna hay que buscarlo siglos atrás, prácticamente desde el comienzo de la veneración pública de la santa imagen.
Núñez de la Peña nos cuenta que los mismos eran anteriores a la fundación de la Venerada Esclavitud, que en el año de 1659 fue constituida y compuesta por treinta y tres caballeros en memoria de los años de Cristo.
Los festejos consistían entonces en comedias, saraos, toros, torneos, libreas y luminarias y el Proveedor de las fiestas, que casi siempre era un caballero de la nobleza invitado por los religiosos franciscanos, al final de las fiestas ofrecía un valioso obsequio para embellecimiento del templo. Por ejemplo, en el año 1630, el regalo consistió en la Cruz de Plata que sustituyó a la de madera y que fue realizada por el Regidor de ésta isla y Señor de la Gomera y el Hierro, Don Francisco Baptista Pereira de Lugo.
No obstante y según el Padre Quirós, estas fiestas ya se celebraban en 1524, porque en dicha fiesta, un tal Andrés Gallardín, regalaba toros para ser lidiados en los festejos.

Desde 1608 el Cabildo asignaba la cantidad de 50 ducados, además de lo concedido por el Proveedor, para sufragar los gastos que se derivaran.
Este mismo año y tras la visita del Padre Quirós como Visitador Provincial de la Orden al cenobio de ésta ciudad, vio que el 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Cruz, se juntó mucha gente a celebrar la misma, acudiendo un gran número de todas las islas.

En las Ordenanzas de Tenerife, recopiladas por Núñez de la Peña en 1670 en su Título I De las cosas del Servicio de Dios y de sus Santos nos dice de la Fiesta del Santísimo Cristo de La Laguna: “En diez y siete de setiembre del año mil seiscientos y siete se añadió a éste título la fiesta del Santísimo Christo, y los señores Justicia y Regimiento mandaron que se celebre por el magnífico aiuntamiento, por acuerdo ante Francisco Cabrera de Roxas escriuano del concejo que su tenor es que se sigue.
La Justicia y Regimiento dixeron que es cosa sauida la mucha y antigua deuoción, que en todas estas islas,i en toda España se tiene al Sanctísmo Christo, que está en el conuento de esta ciudad, y se celebra la fiesta en casa su año a catorze de setiembre, a la cual concurre mucho número de personas destas islas con gran deuoción, por las muchas mercedes que Dios es seruido hazernos, por lo bien que se celebra la dicha fiesta, y en las nesecidades que esta isla ha tenido de falta de salud, ide aguas, y otras muchas patentemente se a visto iendo a su casa en procesión, y haciendo otros sufragios; y para que estas mercedes merezcan a Dios con mas bentaja mandaron que de aquí en adelante para siempre jamás se celebre la dicha fiesta por su día, y haciéndose con el amor aparato, y desencia que se pueda y en cada vn año se nombren diputados deste aiuntamiento, que le hagan y en ello se gasten cinquenta ducados y estos sean doscientos que este concejo tiene facultad real de la fiesta de Candelaria.
Y en doze de agosto de mil seiscientos y veinte y cinco años se acordó por ante Saluador Fernández de Villareal escriuano del Concejo que se vaia en forma de ciudad a la fiesta del Santísimo Christo”

CAMBIAN LAS FIESTAS.-
Los primitivos festejos de toros, cañas, comedias y saraos, que antes se realizaban en la víspera, fueron sustituidos por las máscaras y tapadas que solas o en cuadrilla, reunía la extensa plaza a la que se llamaba “Patio del Cristo”.

Las mas honestas y comedidas con sus chácharas, excitaban por lo menos la curiosidad de galanes y viejos verdes, sacándoles con donaire, galas y adornos mujeriles que se vendían a subido precio en las tiendas que de éstos géneros se improvisaban, otras mas libres y descocadas, a más de limpiarles los bolsillos con los obsequios de que no se veían saciadas, eran el escándalo vivo que se paseaba por la plaza, situaciones que nos relata Rodríguez Moure.

Tras la fundación de la Esclavitud se hace cargo de la organización de los festejos un Esclavo Mayor y dos diputados, según establece la cláusula XII de sus estatutos, y aunque los mismos limitaban los gastos, no pudiéndose hacer mas de dos o tres comedias, unos fuegos de noche antes de las fiestas y algunas danzas, siempre fueron magníficas y de gran esplendor, durando las mismas ocho días como así lo atestiguan las crónicas.
Más adelante, en 1802, los festejos cambian a nuevas fórmulas y como gran acontecimiento, tienen lugar tres grandes corridas de toros en el coso que existía en La Laguna, lidiándose ganado de renombradas divisas peninsulares, actuando en los tres Fernando Gómez “El Gallo” con sus respectivas cuadrillas.
También en dicho año se organizó una Fiesta de Arte a cargo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País y se quemó, por primera vez, fuegos en “El Risco”, empleándose cohetes de silbato, las coronas y las tracas.

Casi un siglo después, en las Constituciones de la Esclavitud de 1892, se establece una Comisión de Festejos compuesta por un presidente y cuatro vocales, siendo los encargados de los gastos del culto y las fiestas conque se acostumbraba solemnizar el día 14 de septiembre (los ingresos provenían de las cuotas de los esclavos, lo recaudado por Lo Divino y las aportaciones de casas comerciales y familias acomodadas).

Mas complicada fue la organización festera que se produjo en 1920 cuando, en unas nuevas Constituciones, se obliga al presidente de la comisión de festejos no solo a arbitrar recursos sino a confeccionar un programa variado que agradara a la junta, al público y a la prensa, lo que obliga a la renuncia del cargo.
Esto se prolonga hasta 1926 en que se repite la renuncia de todos os miembros de la comisión de festejos, opinando la Corporación de los Esclavos que las fiestas populares deberán organizarlas el Ayuntamiento.
El decreto que el Obispo de la Diócesis Fray Albino realizó, establece por fin la creación de un comisario de la fiesta religiosa y otro de la fiesta popular junto a tres vocales, para así dejar claro que la Esclavitud debería solo de organizar las fiestas religiosas, pero sin olvidar que, como desde antiguo viene organizando los festejos populares, ésta seguirá interviniendo en la organización de los mismos, relacionándolos con sus fiestas religiosas, pero absteniéndose siempre de organizar los puramente profanos.
No obstante tampoco ésta decisión dio resultado, pues en 1930, vuelven a suceder problemas en la celebración de las fiestas, lo que obliga a la Junta General proponer que la Esclavitud se desentienda de los festejos populares.

LAS PROCESIONES.-
Desde casi el comienzo de la presencia de la imagen del Cristo en la isla, esta realiza procesiones a través de la misma.
En tiempos de sequías, como por ejemplo en 1562, se acuerda por el Cabildo de Tenerife sacar a la imagen en procesión lo mismo que ocurre con la Virgen de Candelaria. Esto se repite en 1556, 1571 y 1577.
En 1585 fue llevado el Cristo a la iglesia de Los Remedios, Hoy Catedral, para interceder ante una plaga de langostas. De la misma manera, en diferentes epidemias fueron realizadas procesiones por las calles de la ciudad de La Laguna.

Pero no solo en estas circunstancias salía el Cristo lagunero en procesión. También para rendir culto al Santísimo, nos cuenta Quirós, el Cabildo eclesiástico de los Beneficiados y otros del clero, hicieron asiento con los franciscanos del convento, para que el día de la Exaltación de la Cruz (que es el 14 de septiembre y se celebra la fiesta del Santo Crucifijo), saliese por las calles mas principales de la ciudad en procesión, y que todos le acompañen juntamente con los religiosos.

Desde entonces deriva la costumbre de sacar en procesión al crucificado en el día de su fiesta, aunque la llamada “Procesión del Retorno”, que es la que tiene lugar al mediodía del día principal de las fiestas, es una aportación más moderna y novedosa, de pocos años, con la que el Cristo regresa a su Santuario tras haber permanecido durante varios días en la Iglesia Catedral recibiendo el culto popular de su ciudad.

Y finaliza la fiesta principal de nuevo con una procesión, ésta vez nocturna, visitando los conventos de Santa Clara y Santa Catalina y la iglesia de La Concepción, para volver a su plaza, el “Patio del Cristo”,donde se echa de menos por los más viejos el templete de madera , y donde a su llegada, se quemarán las ruedas, cascadas y cohetes, primero en “El Risco” y luego los que se denominan de “La Entrada”, que finaliza con la ensordecedora traca que tan bien describió Domingo J. Manrique:

Anochece. En la plaza los álamos austeros
muestran en su ramaje matices de alborada
y bajo la arquería, de luces constelada
sus risas y canciones suspenden los “romeros”.

La procesión retorna; cohetes mensajeros
tienden su deslumbrante cabellera dorada
ha llegado el momento sublime de la “Entrada”
el aire tiembla al brusco tronar de los morteros.

Y súbito millares de rojas serpentinas
estallan fragorosas en ígneos surtidores,
la plaza es un incendio, volcanes las colinas,

y entre nubes de púrpura, coronado de espinas,
surge Jesús, abriendo sus brazos redentores
a todas las angustias, a todos los dolores.

Es el día más importante de La Laguna, el día del Santísimo Cristo, donde la gente acude con devoción a visitarlo en su onomástica, para mantener vigente la copla anónima que dice:

Pasa un año y otro año
y este culto no se pierde
porque no hay un lagunero
que del Cristo no se acuerde.

 

El origen de la palabra fisco. La fisca, moneda macuquina.

En Canarias se llamaba así a la moneda columnaria o macuquina acuñada en Hispanoamérica, generalmente de uno o dos reales. En el Archipiélago todavía se usa la palabra “fisco” por trozo, poca cosa, pequeñez, recorte.

Las personas de fuera de las Islas se hacían un verdadero lío en Canarias con los cálculos entre las monedas legales – reales de vellón, escudos y pesetas- y las tradicionales canarias como las fiscas, tostones de Portugal (así como en una primera época los ceutís lusos), reales de plata, bambas, pesos… que unos versos satíricos de finales del siglo XIX definía de esta manera:

Entre fiscas, pesos, y tostones
si dicen -Esa chica te conviene
porque tiene de renta dos millones-
no se sabe de fijo lo que tiene

En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.

 

Fuente: http://www.odalsi.com/usuarios/bamba/?refer=www.numisma.org

LAS FIESTAS DE LA CRUZ: fiestas de Mayo

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Cruz de la Conquista
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Urna con la Cruz en la Iglesia de la Concepción

Dicen las Ordenanzas de la Isla de Tenerife, en su título XIII,  que se refieren a las fiestas y común alegría, lo siguiente: “Muy bien parece a los pueblos el regocijo y placer a temporadas y da mucha alegría a la ciudad, y lo contrario tristeza, y como en todo el reino se tenga esto por costumbre y la qual es muy buena y loable, no es razón hacer menos en esta isla, pues los derechos quisiera favorecer la pública alegría. Por ende ordenamos se hagan fiestas y alegrías….”.

 Este fragmento de las ordenanzas recopiladas por Juan Núñez de la Peña en 1670 y realizadas por el Cabildo de Tenerife en época inmediata a la conquista, nos da una idea de la importancia que las fiestas tuvieron desde los primeros asentamientos urbanos.

Cronológicamente tenemos que suponer que la primera fiesta celebrada fue sin duda la de la Santa Cruz de Mayo, coincidiendo con el ofrecimiento de la primera misa en las costas santacruceras al tiempo del desembarco de las tropas castellanas.

Se cree que, históricamente, el 3 de mayo de 1494 se celebró en el campamento que Alonso Fernández de Lugo levantó en Añaza la festividad de la Santa Cruz, que, al coincidir su llegada con ésta fecha, a decir de Núñez de la Peña, en memoria de este santo día, originó el nombre que lleva nuestra ciudad.

Otros datos no tan rigurosos cuentan que el mismo Adelantado llevó en sus brazos la Cruz que clavó en tierra tinerfeña en el mismo lugar de su desembarco, correspondiendo al lugar que conocemos como “el Cabo”, nombre de la restinga o cabo donde se produjo la llegada de los conquistadores, en la zona del Puerto de los Caballos.

Esta es la tesis mas aceptada, producto del hecho fundacional mismo. Pero no la única ya que Santa Cruz puede derivar también de la primera advocación religiosa que tuvo su primer templo.

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La cruz en procesión por las calles de la ciudad

La primera edificación religiosa que se levantó fue la ermita de la Consolación allá por 1496, aunque luego fuera la primera iglesia abierta al culto público la fundada en 1499 y conocida como iglesia de la Santa Cruz.

Fue por tanto la primera advocación que tuvo ésta parroquia ya que antes del año 1638 siempre se le denomina Parroquia de la Santa Cruz, no por referirse al lugar de población, puesto que los documentos que la nombran hacen distinción entre el lugar y la advocación..

En la visita pastoral que el obispo Francisco Martínez realiza el 15 de julio de 1601 se lee: “….comenzó a hacer la visita en el dicho mes y año dicho de la parroquia del dicho lugar de Santa Cruz, cuya advocación es la Santa Cruz”.

 Es en el año 1638 cuando comienza a ser denominada parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, estando recogido en el documento que hace constar la visita de Diego Vázquez y Romero Coello, tesorero de la Santa Iglesia Catedral de Canaria, en esa fecha. Y desde entonces así se le sigue conociendo.

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Bando del Alcalde de 1799 con motivo de las fiestas

Hay otro documento en el archivo del Cabildo de La Laguna de 8 de julio de 1652 que dice:”…de la iglesia parroquial de Santa Cruz y fue el primer templo donde se celebraron los oficios divinos en tiempos de la conquista, entrando por ella la santa fe católica, por cuya causa, el señor Adelantado y sus conquistadores, pusieron por nombre Santa Cruz”.

 El comienzo de las fiestas.- Las fiestas que celebran la onomástica de la capital tinerfeña existen desde hace varios siglos, si bien es verdad que no con el nombre, ni la denominación actual de Fiestas de Mayo, pero sí con la de Fiestas de la Cruz.

Fue fiesta con procesión y se celebraba por lo menos desde el año 1600 siendo la “fiesta del pueblo”, día de la Invención de la Cruz. Y tuvo que ver ésta fiesta con la denominada como Cruz de la Conquista, que no parece ser leyenda ni engaño sino una verdad histórica.

Esta cruz de madera, que ha permanecido depositada en el templo parroquial de la Concepción, ha pasado por muchos y diferentes avatares y circunstancias. Estuvo durante años al aire libre en los que sufrió daños y alteraciones en su estructura y en su pedestal.

Escribe Buenaventura Bonnet que permaneció en la entrada de la ermita de San Telmo, lugar donde se supone celebró el canónigo Alonso de Samarinas la primera misa antes referida. Allí estuvo olvidada por todos hasta que por los años 1849-1850, el fraile dominico Lorenzo Siverio, visto el abandono de aquella reliquia y conociendo su importancia histórica, la trasladó a la capilla del Hospital Nuestra Señora de los Desamparados  colocando en San Telmo otra de construcción moderna.

No tardó en ser devuelta y colocada nuevamente en la ermita desde donde tradicionalmente era sacada en procesión en la fiesta del 3 de mayo.

Temporalmente también estuvo en la iglesia de San Francisco hasta que definitivamente pasó a la iglesia de la Concepción, a partir de 1896, y donde permanece hoy en día.

Los  primitivos actos festeros de que se tienen constancia se remontan a 1798 y los mismos consistieron en una misa en la Concepción, existiendo un documento que prueba la antigüedad de las mismas, ya que un bando de la alcaldía de Santa Cruz, fechado en mayo de 1798, ordena a la vecindad engalanar las fachadas y arreglar las calles para el paso de la procesión de la Cruz de la conquista.

Otro bando municipal de José María de Villa, Alcalde Real de la Plaza, hace saber a todos los vecinos de ella, como “ el viernes tres del corriente, en que la iglesia celebra la Invención de la Cruz, le tribute este pueblo los debidos cultos como a su copatrona y tutelar, por lo que, y para mas solemnidad y celebración, se habrán de poner luminarias en todas las ventanas la víspera por la noche… y encarga a todos los vecinos, seguir la procesión el viernes por la mañana, y las calles las tengan aseadas, limpias de piedras, procurando adornarlas con ramos y flores”.  Santa Cruz, mayo primero de 1799.

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Misa de campaña en San Telmo. 1890

En su vertiente popular las fiestas fueron desde el principio promovidas por iniciativa particular. Así, en 1853, se conocen fiestas con luchadas, regatas de botes, riñas de gallos, además de una feria instalada en la plaza de la Constitución.

Se recuerdan como a iniciadores de las mismas a Ramón Trujillo Ferraz, su hermano Domingo y a Félix López, y mas tarde a Elicio Padilla.

Este grupo de vecinos lograron, allá por 1870, que la Cruz de la Conquista fuera integrada de nuevo a San Telmo, y desde allí comenzaron a celebrarse unos sencillos festejos que consistían en música, paseo, iluminación y fuegos de artificios en la noche de la víspera, amen de la misa cantada el día tres. Los fondos para esos gastos se obtenían por suscripción popular y la música de los festejos la realizaba la charanga del batallón de Infantería o la banda de “La Bienhechora”.

Muy pronto el ayuntamiento cayó en la  cuenta de que, conociendo la importancia y significación de la Cruz de la Conquista, éste no gestionaba su derecho a poseerla y comenzó un litigio, en 1872, con el propósito de ejercer su derecho a mantenerla y así sacarla del olvido secular que llevaba padeciendo, ya que había permanecido tres siglos en aquel lugar de El Cabo y que, gracias a la vecindad, la cruz seguía existiendo y se habían mantenido vivas las tradiciones y festejos en su honor.

En 1887 se creó la cofradía de San Telmo y la Cruz de la que saldría una comisión organizadora de la fiesta de la Santa Cruz, titulada de la Conquista.

Como “Fiestas de Mayo” ya propiamente dichas, aunque no del todo oficiales, se celebran en 1890 durando tres días y en las que figuró una misa de campaña en la plaza de San Telmo, asistiendo las tropas de la guarnición, la guardia provincial y la marinería del crucero “Isla de Cuba”.

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Participantes en 1928

Del Cuartel de San Carlos partió una “retreta militar”; hubo baile en el casino, velada literaria en el “Gabinete Instructivo” y la procesión, con su itinerario de siempre, no pasando de la Concepción y regresando de nuevo a San Telmo.

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El cambio del pendón, en 1867.Tambor y corneta utilizados por el pregonero para difusión de las fiestas

 

Por fin, el 6 de febrero de 1892, las fiestas adquieren el rango de “oficiales” y así, el ayuntamiento acuerda “…que inspirándose en los deseos manifestados por el público y la prensa, ha acordado celebrar una fiesta anual en el mes de mayo. Para la debida organización se ha convenido en nombrar una comisión en que estarán representados el clero, el comercio, la prensa y las sociedades que aquí existan.”  El alcalde era Anselmo de Miranda y Vázquez.

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Participantes en la cabalgata de 1892

Fue este el año en que se mandó construir un estuche de madera y níquel para la conservación de la cruz, obra que realizó Rafael Fernández Trujillo y Toste y en cuya parte posterior figura el escudo de Santa Cruz y una inscripción que dice: “Aquí se encierra la cruz colocada por el conquistador de Tenerife don Alonso Fernández de Lugo, en el altar ante el cual se celebró la primera misa en las playas de Añaza, el día 3 de mayo de 1494. Fue costeada por el Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife en 1892. In Hoc Signo Vinces”.

Era la primera vez que el ayuntamiento patrocinaba las fiestas y aquellas tuvieron como principal atracción la presentación, por parte de Felipe Verdugo, de un foco de luz eléctrica en la plaza de la Constitución, utilizando la dinamo y la máquina de vapor que poseía Nicolás Díaz.

Se dispuso por parte del Capitán General José López Pinto que los días 1, 2 y 3 se izara el pabellón nacional en los puestos y dependencias militares, autorizando la “retreta militar”, disponiendo que a la procesión cívica concurrieran un cabo y ocho guardias provinciales de la sección montada y una compañía del batallón de cazadores de Tenerife nº 21, con banda y música, para custodiar el Pendón de la Ciudad, y que, a la procesión de la Cruz de la Conquista, le diera escolta un piquete del mismo batallón con banda de cornetas, y que acudiesen todos los jefes y oficiales francos de servicios.

Calles de Santa Cruz engalanadas para las fiestas de 1892
Calles de Santa Cruz engalanadas para las fiestas de 1892

Entre los festejos populares estaban aquellas divertidas y pintorescas “cucañas” del muelle y de San Telmo, embadurnadas de cebo que hacían de la chiquillería casi imposible el subirse por ellas y disputarse el premio: unas buenas treinta pesetas. El festival musical, fue celebrado en la plaza del Príncipe, siendo Juan Padrón su principal organizador y en donde intervino la orquesta Santa Cecilia y el Orfeón Tinerfeño, a la vez que las dos bandas de música de La Laguna. Además participó una agrupación de guitarras y bandurrias que interpretaron aires de la tierra. Por la noche en el Teatro Principal se realizó, a cargo de palmeros residentes en Tenerife, el Baile de los Enanos,  junto con un desfile bailando por las calles y plazas de la ciudad, con una copla popular : “ De Mayo en el festival- con esta “Danza de Enanos” – dan prueba los palmesanos – de su afecto fraternal” y una cabalgata con el desfile de figuras alegóricas en carros engalanados y un baile popular en la plaza de la Constitución, cerraban el denso programa de las fiestas de mayo de Santa Cruz.

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Carroza engalanada
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Carroza desfilando por Santa Cruz

Desde entonces las fiestas siguen vigentes. La Cruz de Mayo, que recorre junto con el Pendón de la ciudad las calles de la capital en solemne procesión, con tradición de más de  cinco siglos de historia,  nos debe hacer pensar en mantener la tradición de las que fueron fiestas mayores de Santa Cruz.

Datos tomados de Las Fiestas de Mayo de Manuel Perdomo Alonso
 

Exposición en la sociedad Santa Cecilia en las fiestas de 1892