Carta del guardiamarina William Hoste a su padre  (15 de agosto de 1797)

Theseus, 15 de agosto de 1797

Querido padre:

Debo sentarme ahora y darte un relato detallado de nuestra desafortunada expedición contra la isla de Tenerife. A pesar de lo incómodo de esta tarea, estoy seguro de que será mejor explicado por mí que por ningún otro; además de que te convencerás de que estoy bien y, créeme, desearía poder decir lo mismo de todos los de a bordo. Sin ningún prefacio más, por tanto, comenzaré.

Dejamos la Flota situada frente a Cádiz el día 14 de junio, en compañía de dos navíos de línea, tres fragatas, el cúter Fox y una bombarda. Las órdenes del almirante Nelson eran -las recibí de él mismo- hacer un vigoroso ataque al pueblo de Santa Cruz, en la isla de Tenerife. El día 20 avistamos la isla, y el 22 por la mañana los soldados de marina y los marineros armados pertenecientes al escuadrón -entre todos, 600 ó 700 hombres- desembarcaron a unas 2 millas al este del pueblo, pero fueron obligados a reembarcarse de nuevo a bordo de las fragatas antes del anochecer, estando los habitantes alarmados y sin ninguna apariencia de éxito por aquel lugar. Fue entonces cuando se decidió atacar el pueblo en la noche del 24. Creo que no puedes tener una mejor idea de lo que pasó si no te envió una copia del diario de abordo, desde el momento del ataque hasta el día siguiente. Por ese motivo, empezaré. Será necesario que te informe para una mejor comprensión que el Leander, un navío de 50 cañones, se unió al escuadrón el 23. A las 5 anclamos al este del pueblo, en compañía del Culloden, Zealous, Leander -todos barcos de línea-, y las fragatas Seahorse, Terpsichore y Emerald; el cúter y la cañonera se mantenían enfrente de la ciudad. A las 7 y media la bombarda comenzó a arrojar bombas al pueblo. A las 10 y media los soldados de marina y los marineros de los diferentes barcos se reunieron y comenzaron a remar en dirección a la cabeza del muelle, bajo el mando de nuestro valiente almirante. Leer más

Cuando las banderas de Nelson visitaron el Museo Municipal.

Cuando las banderas de Nelson visitaron el Museo Municipal.

1936-05-30 entrega de las banderas al ayuntamiento
Entrega de las Banderas. Iglesia de la Concepción.

A las cuatro de la tarde del 30 de mayo de 1936, se trasladó a la iglesia la comisión nombrada por la Corporación municipal, encargada de recoger las banderas tomadas a Nelson y trasladarlas al Museo Municipal. La Comisión estaba formada por don Francisco González Trujillo, don Nicolás Mingorance, don Juan Alonso de Armas y don Manuel Macías; secretario del Ayuntamiento, don Hipólito Fumagallo, y director del Museo, don Eduardo Tarquis (1).

La comisión fue recibida por el cura párroco, señor Herráiz Malo, que en presencia del notario don Alfredo Álvarez hizo entrega de las banderas y las lanzas a los representantes municipales. Leer más

La Mellada.

Carretera a San Andrés
Carretera a San Andrés

Muchas de las veces que esta foto ha sido compartida por Internet, surge un nombre, el de la Mellada. La Mellada era la Madame de una casa de citas que había aproximadamente en lo que hoy es la gasolinera que está al lado de la Casa del Mar, Pero, ¿Quién era la Mellada?

Encarnación Macias López, nace a finales del siglo XIX, en 1894 entre octubre y diciembre. El 27 de diciembre de 1907, la detienen a la una de la madrugada, cuando sólo tenía 13 años, junto a Rosa Rodríguez de 17 años y Lucía Toledo de 14, por tenerse conocimiento de que cometen actos inmorales.

Unos años después, en 1913, la detienen por pelearse con Virginia Salazar Hernández, una vieja conocida de la noche santacrucera, conocida como la Caracatre, con la que tendrá numerosos episodios de escándalo público. Ya en esta época, con 19 años, era conocida como la Mellada.

En 1914, se resiste a entrar en el Hotel Cambronero (1), nombre con el que se conocía la prisión provincial, insultando y faltando al honor a los agentes que intentaban encarcelarla, y es obligada a entrar a empujones en la celda. Acude a prisión con un niño pequeño, que pretenden que lo dejen entrar en la celda con ella, y que presenta como su hermano pequeño.

Encarnación es multada numerosas veces por prostitución en la vía pública y escándalo a lo largo de los años. En septiembre de 1918 ingresa en la Casa de Socorro con heridas punzantes y erosiones en las manos, producidas por una reyerta, quizás con la Caracatre. En octubre del mismo año, vuelve a ingresar en la Casa de Socorro, por heridas producida en otra reyerta, tenía 23 años.

Diez años después, con 33 años regenta una casa de citas en la Calle del Rosario. Es juzgada por corrupción de menores, por encontrar menores en su prostíbulo, delito por el que es denunciada y juzgada en 1928, 1932 y 1934, y en todas las ocasiones es declarada inocente.

En 1928 traslada su domicilio de calle del Rosario nº4, a la Rambla de Pulido nº4, aunque su prostíbulo se mantiene en la calle del Rosario.

En septiembre de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, dona 6 mantas para enviar al frente. Y en 1937, visita al Gobernador Civil, todavía no sabemos para qué.

Fue después de esta fecha cuando traslada su casa de citas a la localización cercana a la foto de cabecera, y que tantos recuerdos trae a algunas personas.

Se le podía ver dando paseos por la Alameda, donde podemos imaginar que las mujeres “decentes” la evitarían como a la peste, y los hombres “no tan decentes” la mirarían como nunca miraban a sus esposas o novias. Dura vida, triste vida, mala vida la de la Mellada.


  1. Le llamaban irónicamente Hotel Cambronero, porque su director Modesto Cambronero, había introducido mejoras en la prisión provincial que no eran bien vistas por todos. Fue criticado por poner demasiadas comodidades a los presos, como cambiar las camas y poner camas decentes y mantener un nivel de higiene mínimo en la cárcel.

Las quemas de Judas

Quema de judasEran estas fiestas, unas viejas costumbres con visos rituálicos, que se efectuaban en épocas pasadas y por Pascua florida, —de Resurrección—, en el Puerto de la Cruz.

Tales festejos, ya en desusos – de quemar anualmente en efigie grotesca al apóstol traidor. Judas Iscariote—, fueron introducidos en nuestro pueblo natal a mediados del siglo XVIII por los irlandeses católicos establecidos como comerciantes, para exportar aquellos famosos vinos vidueños y de malvasía a Europa y América.

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Rafael Castro Ordóñez y la comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Rafael Castro Ordóñez y la comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Muelle de Santa Cruz, entre el 14 de agosto de 1862 y el 16 de agosto de 1862
Muelle de Santa Cruz, entre el 14 de agosto de 1862 y el 16 de agosto de 1862

Rafael Castro Ordóñez (Madrid, 1830/1834 – 1865) fue pintor, dibujante y el primer fotógrafo español en una expedición científica.

Nació en Madrid en 1834 ó según otros autores en 1830.2 3 Entre 1848 y 1850 estudió pintura y dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y ante el rendimiento económico de la fotografía decidió iniciarse en ella al igual que otros pintores en esos años; con ese motivo viajó a París para formarse con el pintor Léon Cogniet y cuando fue seleccionado para viajar en la expedición al Pacífico solicitó asesoramiento a Charles Clifford que era especialista en fotografía de viajes y que incluso se encargó de comprarle los materiales necesarios en Londres.

La comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Durante el reinado de Isabel II se realizó esta expedición ultramarina con el fin de fomentar la investigación naturalista y antropológica y contando con el apoyo de una escuadra colonial española a las órdenes del general Pinzón. La escuadra estaba formada por las fragatas Nuestra Señora del Triunfo y Resolución y la goleta Covadonga que zarparon del puerto de Cádiz el 10 de agosto del 1862 con destino a América Central, América del Sur y California.5 Por otro lado se intentaba imitar con esta expedición otras realizadas por diferentes países y especialmente la realizada por el alemán Alexander von Humboldt.

Se aprecia que la Farola del Mar está sin terminar, y con un techo provisional.
Se aprecia que la Farola del Mar está sin terminar, y con un techo provisional.

El equipo expedicionario estaba formado por tres zoólogos, un geólogo, un botánico, un antropólogo, un taxidermista y un dibujante-fotógrafo, puesto para el que se eligió a Rafael Fernández de Moratín, pero que no pudo participar por motivos de salud y se encargó el trabajo a Rafael Castro aunque sólo participó entre 1862 y 1864 ya que abandonó la expedición en Guayaquil encargándose Marcos Jiménez de la Espada de realizar las fotografías. Durante un tiempo se instaló en Valparaíso pero regresó a Madrid al deteriorarse las relaciones con Chile tras la toma de las islas Chincha por la escuadra del general Pinzón.

Su producción fotográfica abarcó desde tomas de vistas (ciudades, paisajes, ruinas, monumentos) y tipos humanos, hasta retratos de estudio. Los soportes fotográficos que utilizó fue negativos sobre placas de vidrio y copias positivas en papel a la albúmina.  Publicó diversos artículos y fotografías sobre el viaje en El Museo Universal a lo largo de 1863 y 1864 (del número 7 de 1863 al 46 de 1864).

Aunque Rafael Castro es más conocido por su actividad fotográfica, antes de viajar al Pacífico realizó diversas actividades pictóricas y participó en varias exposiciones nacionales de Bellas artes en los años 1850 y 1858, así como en la 1860 en la que obtuvo una mención honorífica con su cuadro titulado Sancho García presentando a su madre la copa de vino emponzoñado que ésta le había preparado.

El día 2 de diciembre de 1865 se suicidó por razones aún confusas.

El pescante semi-desmontado.
El pescante debido a la larga exposición tiene miembros fantasmas.

Para la historia es considerado un pionero en el reportaje de viajes. Dejó una importante colección de imágenes, la mayoría conservadas en los archivos del Museo Nacional de Ciencias Naturales y en la Museo Nacional de Antropología de Madrid. Entre las exposiciones de su trabajo se encuentran: Fuentes de la memoria I en 1989, Pacífico inédito en 1992 y Rafael Castro Ordóñez. Expedición del Pacífico en 1999.

Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Recortables Milicias de Tenerife
Recortables Milicias de Tenerife

HISTORIA DE LAS MILICIAS CANARIAS

Emilio Abad Ripoll

1.  Los  inicios  y  el  siglo  XVI

Aunque se emplee comúnmente la denominación de Milicias Canarias, con mayor propiedad se las debería nombrar comoMilicias Provinciales de Canarias, pues formaron parte de aquellos cuerpos de reserva del Arma de Infantería que con la denominación de milicias provinciales subsistieron en España desde el siglo xvi hasta 18671 .

Milicias Provinciales de Tenerife

Aquí, en Canarias, a finales del siglo xv había terminado la conquista del archipiélago y, tanto en las islas de realengo como en las de señorío, había comenzado la labor colonizadora, es decir, empleando palabras de Rumeu, «la tarea pacífica». No obstante, —«herencia» del espíritu de la Reconquista— una ola de expansión impregnaba todos los ambientes 2.

En el archipiélago, tanto los que habían llegado de la península, o de otras tierras, como los naturales de estirpe nobiliaria, (por ejemplo, Fernando de Guanarteme), deseaban, imbuidos de ese afán de expansionismo, ampliar los territorios de dominación española, en nuestro caso a costa de las cercanas tierras del oeste africano. Era una empresa que necesitaba de lo que hoy, en el léxico militar, se denominan «fuerzas de proyección».

Pero, además, las islas tenían ya una larga tradición, que no se iba a ver interrumpida con la llegada de los europeos: la de sufrir con mucha frecuencia ataques piráticos que a veces, como en el segundo tercio del siglo xvi, revistieron gran peligro3 . Canarias era también frontera, como dijo un fiscal de la Real Audiencia, Zuaznávar, añadiendo que por eso «nuestras milicias fueron más de primera que de segunda línea».

Como consecuencia, y tanto por motivaciones ofensivas como defensivas, el espíritu bélico no se apagaba por estos roques. Se creaban unidades mercenarias, provisionales o temporales, para las operaciones en la costa africana; pero también, para la defensa de las islas, nacían otras unidades con un marcado carácter de permanencia. A estas últimas, que aparecieron de forma espontánea, porque la necesidad las obligó a ello, las podemos considerar antecesoras de las milicias canarias.

Eran unidades que también podíamos clasificar como autónomas, pues los cabildos tuvieron que improvisarlas por islas, de forma aislada e independiente, en función de la amenaza que se cernía sobre cada una de ellas. Lógicamente, en principio contaban con rudimentarios recursos, que se irían perfeccionando con el paso de los años a la vez que se dictaban normas y disposiciones que fueron ordenando y reglamentando aquellos incipientes cuerpos castrenses.

Aquellas masas, poco coherentes y poco disciplinadas, nos dice Darias que eran dirigidas y mandadas por un cuerpo eventual de oficiales, «elegido por los cabildos respectivos entre las clases hidalga y acomodada»; podemos leer entre líneas y añadir que, en bastantes casos, con poca aptitud para el ejercicio de las armas

Pero, ¿desde cuando podemos hablar realmente de milicias canarias? No hay acuerdo entre los investigadores del tema; algunos creen que su origen puede datarse en los momentos en que unidades (si se les puede llamar así) de isleños, bajo el mando de castellanos, partieron de Lanzarote para conquistar Gran Canaria, mientras que otros consideran que nacieron mucho después, y que se pueden denominar por vez primera milicias canarias a los contingentes de indígenas que, bajo el mando de Fernando de Guanarteme, se pusieron al servicio de Alonso Fernández de Lugo para la conquista de Tenerife.

Colón de Larreátegui afirma que la antigüedad de nuestras milicias proviene desde finales del siglo xv, cuando al terminar la conquista de las islas, pese a la costumbre de licenciar a las tropas una vez concluida la guerra, no sucedió así con las que pasaron a Canarias, porque «siendo estas codiciadas de portugueses y de otras naciones, hubo que mantener en ellas aquel trozo de ejército que fue reemplazándose con los mismos naturales» que debían ser elegidos entre «los más limpios, honrados y conocidos del pueblo».

Esa autoridad en la materia que es don Antonio Rumeu de Armas, en su obra Canarias y el Atlántico, nos da, en mi opinión, la clave de la respuesta. Y aunque reconoce que es muy difícil su determinación exacta, escribe así el ilustre historiador:

«No se puede hablar en Canarias de un Ejército permanente, ni de una auténtica organización militar hasta los tiempos de Rodrigo Manrique de Acuña y Pedro Cerón [1551], en que las Milicias se estructuran y organizan, no ya para una acción determinada, como el ejército de la conquista, sino como algo permanente y estable, encargado de la defensa del país frente a sus invasores».

Quiero resaltar aquí que en aquella fecha (1551) que Rumeu fija como la del inicio de la existencia de las Milicias, la organización se produjo solamente en la isla de Gran Canaria, pero que pronto, apenas un par de años después, el sistema se imitará y copiará en Tenerife y en 1554 en La Palma.

El alistamiento, tal y como se estableció con Acuña y Cerón, era universal y solamente masculino, pues tenían la obligación de servir en filas todos los varones de entre 16 y 60 años (aunque esta edad varió hacia arriba y hacia abajo en función de las disponibilidades de personal), a los que se intentó inculcar las primeras nociones de disciplina y técnica militar. Cerón, en Las Palmas, reclutó 1.800 hombres y los distribuyó en compañías de 200 mandadas por un capitán. Nacieron también las compañías de a caballo, en las que se alistaban los nobles. Cuando La Palma tome como modelo y patrón la organización de las milicias de Gran Canaria, nacerán en 1554, un año después del ataque de Pie de Palo, un número indeterminado de compañías.

Hay que llamar la atención sobre un importante hecho diferencial entre las milicias canarias y las peninsulares. Allí la designación de los capitanes de compañía se producía mediante nombramiento real, mientras que aquí eran los cabildos los que los designaban. A su vez, los capitanes nombraban el alférez, los sargentos y los cabos de su compañía. Este tema de los nombramientos dará lugar a continuas disputas entre los cabildos y los mandos militares regionales o insulares, divergencias que se recogen extensamente en los trabajos de Rumeu de Armas, Darias, Bonet, etc.

Felipe ii, en 1554, promulgó una Real cédula en la que reconocía la situación creada «de hecho» en Canarias y sancionaba, de manera implícita, la intervención de los cabildos en el nombramiento de cargos a que antes hice mención. En resumen, y en palabras de Rumeu, al pasar el ecuador del siglo xvi, las milicias canarias han dejado de ser organizaciones «de creación espontánea» y pasaban a formar parte del «ejército regular».

En ese mismo documento real se fijaban las obligaciones a que debía atenerse el visitador militar (que más tarde se llamará inspector y visitador de milicias); entre ellas figuraban las de inspeccionar las compañías, fijar fechas para la realización de ejercicios (días festivos), revistar el estado del armamento y mantener la disciplina.

El verdadero organizador de las milicias palmeras fue el mismo de Tenerife, Juan López de Cepeda. Apenas dos años después, en 1556, elevaba un informe al Consejo de Guerra en el que hacía constar que en caso de alarma podía concentrar hasta 2.000 hombres, 400 de ellos con arcabuces y el resto mal armados. No hay indicios de coronelías, ni tercios en estos primeros momentos, por lo que hay que suponer que la unidad básica sería la compañía. Lo confirma Rumeu cuando escribe que:

«Antes de la aparición de los tercios la organización era en base a compañías más o menos desconectadas que, según las exigencias, se agrupaban momentáneamente bajo un mando común».

Y en cumplimento de lo ordenado en la Real cédula citada más arriba, en 1559 se producía en La Palma el primer «alarde» o revista pública ante el visitador Alonso de Pacheco, sin datos del número de hombres que formó, posiblemente en La Caldereta.

Son los tiempos en que en la península están naciendo nuestros famosos tercios, y Canarias no será una excepción en la orgánica militar hispana. Un tercio tipo español estaba constituido por 8 Compañías de coseletes (armados con picas) y otras 2 de arcabuceros, todas de 300 hombres y mandado el conjunto por un maestre de campo que llevaba como 2º Jefe a un sargento mayor. En Canarias el número de compañías de cada tercio de milicias oscilará entre 3 y 12, de acuerdo con las disponibilidades humanas de la isla o zona de ubicación de la unidad. Como curiosidad señalar que en Fuerteventura y Lanzarote hubo compañías de moriscos y berberiscos, que pueden considerase antecesoras de nuestros Regulares.

Hemos dicho que hacia 1559 no aparecían datos numéricos, pero apenas un cuarto de siglo después vamos a saber algo más acerca del contingente miliciano de La Palma. Por un informe del ingeniero Torriani, enviado por Felipe ii para estudiar las defensas del archipiélago, conocemos que en ocasión del ataque de Drake (1585), se elevaba a 2.045 hombres, 600 de ellos arcabuceros y el resto, 1.445, armados con lanzas.

En cuanto a los mandos, Rumeu encontró en el Archivo Municipal de La Laguna unas ordenanzas datadas el 3 de abril de 1554 que tratan de las obligaciones y deberes de los mandos. Estos debían ser de «clase hidalga y acomodada», como también nos decía Darias, y según una Real cédula de 30 de julio de 1583 «personas de limpia calidad, práctica y experiencia para las cosas de la guerra».

La lógica falta de unidad en el orden castrense condujo a que Felipe ii, en 1589, introdujera un cambio radical: reunir el mando político, militar y judicial en la figura de un capitán general, que iba a tener, prácticamente, las atribuciones de un virrey. En enero de aquel año nombró a don Luis de la Cueva y Benavides «gobernador y capitán general de las islas de Canarias y presidente de la Real Audiencia que en ellas reside».

No es el objeto de estas palabras comentar lo que casi unánimemente se califica como desafortunada actuación la de este primer capitán general, cuyos cinco años de estancia en Canarias fueron fuente casi permanente de quejas ante supuestos abusos. Pero sí hay que detenerse en que, con su presencia, cesaron muchas de las atribuciones castrenses encomendadas a los cabildos y el ejército regional quedó bajo dependencia directa del capitán general. Y también quiero llamar la atención sobre la prudencia que se refleja en las instrucciones que Felipe ii dio a De la Cueva cuando le ordenaba, por ejemplo, que debería…

«estudiar la forma de milicia que los naturales tienen entre sí para su defensa y seguridad y pareciéndoos que conviene reformarla, lo haréis tratando con los mismos naturales para que se haga con su beneplácito».

Luis de la Cueva, que fijó su residencia en Gran Canaria, porque allí se encontraba la sede de la Real Audiencia, alteró en aquella isla la organización establecida, pero en las demás se limitó a controlar las designaciones de mandos, sin modificar o suprimir unidades.

Cuando De la Cueva abandonó el archipiélago (1594), los cabildos recuperaron todas las perdidas atribuciones.

Y voy a cerrar este siglo xvi, significando que no he citado, ni citaré cuando hable del xvii y el xviii,  las numerosísimas ocasiones en que las unidades de milicias acudieron a impedir invasiones, saqueos o incursiones porque si lo hiciera, sería absolutamente imposible ceñirme al tiempo señalado. Por ello me limito a remitirles a la citada obra de Rumeu, Canarias y el Atlántico.

Pero sí vamos a cerrar aquella centuria con un párrafo de ese autor en la misma obra. Dice así Rumeu de Armas:

«Hay que reconocer y confesar que ningún ejército regional puede presentar una ejecutoria tan brillante de triunfo y acciones favorables; que el ejército del archipiélago se podía medir en eficiencia y disciplina con el mejor de la Península en su clase y que ninguno ha prestado servicios tan constantes y notorios a la patria».

No busca el historiador la comparación con los legendarios tercios, aquellas unidades españolas que adquirieron fama de invencibles en toda Europa, sino con las milicias provinciales peninsulares, por lo que no puede ser tachado de exagerado. Es claro que se refiere Rumeu a las acciones de defensa del territorio que nuestras milicias habían llevado a cabo durante sus primeras décadas de existencia.

2. Los  siglos  XVIII  y  XIX

Es importante destacar que la organización de las milicias canarias difería muy poco de una a otra isla; en principio porque, como quedó dicho, en Tenerife y La Palma se copió lo que se hizo en Gran Canaria, luego porque los capitanes generales fueron asumiendo atribuciones conferidas a los cabildos, lo que llevó a una normalización archipielágica, y por fin porque, con el cambio de dinastía, los vientos centralizadores que soplaron desde inicios del siglo xviii ayudarían también a ello.

Bien, hecho este inciso, retomemos el hilo de lo expuesto recordando que cuando don Luis de la Cueva regresó a la corte, los cabildos se apresuraron a recuperar sus prerrogativas de designación de cargos. Pero apareció entonces una asombrosa proliferación de fantásticos cargos y títulos, sin  ningún contenido ni necesidad castrense, que sólo parecieron crearse para satisfacer ambiciones personales, lucir entorchados en los alardes y revistas, y, posiblemente, contribuir a aliviar la casi siempre precaria situación de las arcas cabildeñas como agradecimiento por las designaciones.

Pero la cosa iba a cambiar cuando en 1625 el rey nombrara capitán general de Canarias y reformador militar a un veterano de gran prestigio, don Francisco González de Andía, que en aquellos momentos era visitador general del Ejército. De cual sería la situación antes de su arribada al archipiélago baste decir que, apenas a los tres meses de su llegada, y sólo en Tenerife, había eliminado 14 cargos y ordenado que ni se restituyeran esos cargos a sus anteriores usufructuarios, ni se usasen títulos extraños, ni se acrecentara el número de Tercios ni el de cargos, etc. A grandes rasgos, sus reformas consistieron en lo siguiente:

a) Supresión de cargos, mejoras en el adiestramiento de los milicianos y limitación en el número de unidades, que quedaron reducidas prácticamente al 50 % contando ahora con 3 Tercios en Tenerife, 2 en Gran Canaria y 1 en cada una de las demás islas.

b) Limitación de las atribuciones de los cabildos —lo que no gustó en absoluto a éstos— en cuanto a las designaciones de cargos para los mandos de las milicias. Reglamentó que los maestres de campo, así como los sargentos mayores, siguiendo la pauta a escala nacional, fuesen designados por el rey, a través del Consejo de Guerra, mientras que para el mando de compañías, es decir, los capitanes, el cabildo perdiera la atribución de designarlos directamente; ahora su labor consistiría en proponer una terna de candidatos al capitán general, quien la ordenaría a su gusto y la haría llegar al Consejo de Guerra, donde se decidiría entre los propuestos.

Como insinúa Rumeu de Armas, quizás para compensar el disgusto de los cabildos, Andía propuso al rey, que era Felipe iv en aquellos momentos, la concesión de algunas preeminencias o ventajas a los milicianos. La principal de ellas era que, a semejanza de las milicias provinciales peninsulares, se aplicara el fuero militar a los milicianos (hasta el momento sólo disfrutaban de él los maestres de campo y los sargentos mayores) cuando estuvieran efectuando algún servicio fuera de su lugar de residencia. Pero la situación de riesgo que se vivía en Canarias hacía que esos servicios fueran muy frecuentes, por lo que durante buena parte del tiempo los milicianos no estarían bajo la jurisdicción de la Real Audiencia (lo que disgustaba profundamente a ésta, dado el alto porcentaje de milicianos entre los habitantes de las islas). No es momento de tocar el tema, pero sirva como recordatorio que el asunto fue motivo de fricciones entre la audiencia y los capitanes generales durante más de un siglo.

Los milicianos seguían viendo pasar muchos años de sus vidas pendientes de la aparición de amenazantes velámenes en el horizonte, trabajando con el martillo en las talleres o con la azada y el arado en los campos, pero con las armas de que podían disponer, compradas en la mayoría de los casos a sus expensas, a mano, pues en cualquier momento —y ello sucedía con harta frecuencia— podían ser congregados para la defensa de su terruño, de este trozo de España tan lejano de la corte.

También tenían servicios que cubrir: Además del día de instrucción mensual, y las citadas alarmas, acudían a formaciones, «velas nocturnas» y atalayas. Por cierto, en el tema de las velas (guardias) nocturnas, Dacio Darias resalta que estaba muy bien organizado en La Palma. Había «velas» en los castillos de San Miguel y Santa Cruz del Barrio del Cabo: 16 soldados, cada uno de los cuales cobraba 15 pesos al mes. El dinero se recaudaba entre los vecinos de los pueblos (hasta 1808), quedando exentas las viudas.

Los años siguieron pasando y a lo largo de aquel xvii, y pese a lo reglamentado por Andía, se iba a ir incrementando el número de tercios.

De todos es conocido que al pasar la hoja del calendario entre los siglos xvii y xviii se iba a producir en España, desde el punto de vista estatal, una variación trascendental: el cambio de la dinastía que regía los destinos de la nación. A partir de ahora, la política española iba a seguir las pautas de la francesa y los ejércitos no serían un caso distinto en esa «homologación» a Francia.

Como consecuencia, se produjo la desaparición de los tercios, de tanta raigambre hispana, que fueron sustituidos por los regimientos, lo que no gustó a muchos que no veían la necesidad del cambio a una unidad que era de todo, menos táctica. Los antiguos maestres de campo iban a ser sustituidos por los coroneles y en el ámbito regimental aparecieron las figuras del teniente coronel, en la plana mayor, y del teniente en las compañías.

Esa modificación, que se produjo en Canarias poco tiempo después del ataque de Jennings a Tenerife (1706), estableció que, por lo que a infantería se refiere, en la isla del Teide existieran 9 regimientos, en Gran Canaria 3, en La Palma, Fuerteventura y Lanzarote 1 por isla y «compañías sueltas» en El Hierro y La Gomera. En cuanto a caballería contaban con 1 compañía Tenerife, Gran Canaria y La Palma.

En 1723 desapareció también la denominación de capitán general para la máxima autoridad militar del archipiélago, que pasó a titularse comandante general. Y a lo largo del siglo xviii fueron apareciendo nuevos cargos en la administración militar de las islas, como el de segundo comandante general (1767) —que en 1775 pasaría a denominarse teniente de rey— o los de comandante de ingenieros y comandante de artillería, pero para las milicias iba a revestir una especial importancia la promulgación de unas nuevas ordenanzas en 1766 y, sobre todo, la llegada a Canarias, tres años después, del hombre encargado de aplicarlas: el coronel don Nicolás Mazía Dávalos, designado por Carlos iii como segundo comandante general y con la misión exclusiva de instruir y disciplinar a las milicias

La verdad es que Mazía no empezó con buen pie su andadura canaria, porque por un lado el comandante general no veía con buenos ojos su designación, ante una posible pérdida de atribuciones, y por otro los cabildos y los pueblos no se sentían muy felices ante la perspectiva de tener que alojar a los «soldados veteranos» que acompañaban al Coronel (172 hombres: 15 oficiales, 60 sargentos, 90 cabos y 7 tambores y pífanos). Pero también hay que hacer justicia a su trabajo y reconocer que cumplió con creces lo ordenado.

 

Batallón de Infantería de Canarias
Batallón de Infantería de Canarias

En su actuación cabe distinguir dos temas distintos. El primero fue el de las guarniciones «fijas», es decir, la de la creación de unidades que, por su consideración de «permanentes», estaban formadas por gente dedicada exclusivamente a la defensa.  Era un propósito ya antiguo —tenía el antecedente del «presidio» de Las Palmas— y su finalidad era doble: la de constituirse en el principal soporte humano de la defensa (lo que descargaba a los milicianos de acudir a todas las alarmas que se pudieran producir) y la de instruir a las milicias. Mazía organizó 3 compañías fijas de infantería, de 100 hombres cada una (2 en Tenerife y 1 en Gran Canaria) y 1 compañía fija de artillería, de 60 hombres (en Tenerife, pero enviando un destacamento a Las Palmas para instruir a los artilleros milicianos). Pero como se ve, el resto de las islas seguían siendo defendidas exclusivamente, si no se producía refuerzo de los «fijos», por las viejas milicias.

El segundo tema iba a ser el de la reorganización de las milicias canarias. Tenerife va a contar ahora con 5 regimientos de infantería, Gran Canaria con 3, La Palma, Fuerteventura y Lanzarote con 1 cada isla y las dos menores con compañías «sueltas». Y en lo referente a la artillería, 6 compañías estarán en Tenerife, 2 en Gran Canaria, 1 ½ en La Palma y Lanzarote y 1 en Fuerteventura. Por estar en La Palma les diré que su regimiento de infantería se redujo de 3.200 a 1.176 hombres.

Aunque Mazía había creado tres compañías fijas (es decir, del ejército regular), el comandante general Marqués de la Cañada, duplicando el número, organizó el Batallón de Infantería de Canarias (1779), con sede en Santa Cruz de Tenerife y con las conocidas misiones de refuerzo de la guarnición e instrucción de milicianos. En él iban también a realizar sus prácticas de mando los oficiales de las milicias.

Granadero de Milicias Provinciales.

Ese batallón, reforzado con once compañías de granaderos y cazadores de milicias de todo el archipiélago, se fogueó en la campaña del Rosellón, en 1793, lo que nos vino a las mil maravillas cuando Nelson intentó tomar Tenerife pocos años después.

 

3. El  siglo  XIX

En 1803 (y siguiendo los pasos del aparecido a escala nacional el año anterior) se aprobó el Reglamento de nueva planta y constitución de los regimientos provinciales de milicias de Canarias en el que se reducían a una tercera parte aproximadamente sus unidades y efectivos pero que ni comentaremos,  pues un año después quedó en suspenso por una Real Orden ante distintos errores encontrados en el mismo.

En resumen, que cuando el alcalde de Móstoles declaró la guerra al emperador del mundo, casi a mediados de 1808, las milicias Canarias estaban constituidas por las siguientes unidades y distribuidas así por el archipiélago:

—En Tenerife: cinco regimientos de infantería, de unos 840 hombres en plantilla (La Laguna, La Orotava, Garachico, Güimar y Abona) y seis compañías de artillería en las que se encuadraban un total de 405 hombres.
—En Gran Canaria: tres regimientos de infantería, de aproximadamente 960 hombres (Las Palmas, Telde y Guía) y dos compañías de artillería que totalizaban 240 artilleros.
—En La Palma: un regimiento de infantería (1.176 hombres) y dos unidades de artillería con 160 hombres en total.
—En el resto de las islas: un regimiento de infantería por isla (Lanzarote, 592 hombres; Fuerteventura, 744 hombres; La Gomera, 624 hombres y El Hierro, 420 hombres).

Es decir, que el total de tropa miliciana era en ese momento de 11.441 hombres.

Y muy poco después «se proyectarán» otra vez algunas unidades milicianas fuera del ámbito del archipiélago. En 1809 se completaron con milicianos las plantillas del Batallón de Infantería de Canarias para acudir a la Guerra de la Independencia, en la columna que salió de Tenerife, y otros 600 formaron la Granadera Canaria que, con el mismo fin, partió de Gran Canaria.

Voluntario dsitiguido.
Voluntario dsitiguido.

Tras otros dos intentos de reforma a escala regional y a cargo de los capitanes generales del momento (Casa Cagigal y Rodríguez de la Buria) y las apariciones y desapariciones, como consecuencia de los vaivenes políticos que sufría España, de otras milicias (las Honradas, la Nacional, la Nacional Activa, los Voluntarios Reales, etc.) en 1844 se procedió a reorganizar las milicias provinciales. Los ya conocidos once regimientos canarios se reconvirtieron en ocho batallones y se mantuvieron las secciones de La Gomera (con cinco compañías) y El Hierro (con dos compañías). Aquellos batallones provinciales de milicias se distribuyeron así:

—tres en Tenerife: 1º en La Laguna, 2º en La Orotava y 3º en Garachico.
—dos en Gran Canaria: 4º en Las Palmas y 5º en Guía.
—uno en cada una de las siguientes islas: La Palma (6º), Lanzarote (7º) y Fuerteventura (8º).

Todos tenían ocho compañías, compuestas por un número variable de hombres. También existían diecisiete compañías de artillería, con un total de 1.100 artilleros en plantilla, pero cuando se disolvieron las milicias sólo tenían en fuerza 347. En resumen, las plantillas de las milicias recogían un total de 16 jefes, 257 oficiales y 8.411 milicianos.

Creo que es el momento de comprobar —para aclarar ideas— cual fue la evolución, en unidades y hombres, de la organización de las milicias en esos 3 hitos tocados de 1771, 1803 y 1844.

Si nos fijamos en el siguiente cuadro comparativo, en 1771 el número de regimientos sabemos que había descendido hasta llegar a los 13 fijados por Mazía Dávalos, pero mucho más significativo es que, contando a los artilleros, existían en el archipiélago algo menos de 11.500 milicianos.


* No entró en vigor.

 

Era una cifra relativamente muy alta en comparación con la de milicianos peninsulares, como bien destaca Rumeu, pero no tiene en cuenta que aquí, en esa fecha no había reclutamiento para el ejército regular (lo que sí sucedía en la península). Además, el reclutamiento se había fijado ya entre los 18 y los 40 años de edad, y no como antes, entre los 16 y los 60. Para hacernos una idea de la disminución de la presión sobre la población, baste recordar que cuando el ataque de Blake (1657) se concentraron sólo en la plaza de Santa Cruz de Tenerife más de 12.000 milicianos procedentes de todos los puntos de la isla. En 1771, no llegaban a ese número en todo el archipiélago. Si pensamos que la población de Canarias era de unas 160.000 personas en ese año, es decir, entre 27.000 y 32.000 vecinos u hogares, tenemos que aproximadamente en una de cada 3 viviendas familiares había un miliciano. No obstante, el esfuerzo humano era enorme, y eso que no hemos tenido en cuenta en este breve repaso las muchas levas de canarios que se produjeron en los siglos xvii y xviii para combatir en Flandes y América. Yo he contado al menos nueve.

Mucho descendieron las plantillas en 1803, en el reglamento que no entró en vigor, pero las de 1844 suponían un 74%  de las de 1771. Había disminuido todavía más la presión, pero es que además ahora existía ya en el archipiélago una unidad regular, el Batallón de Infantería de Canarias, y, con mucha frecuencia, unidades camino de ultramar, lo que ayudaba a disuadir del intento a potenciales invasores. Y, muy importante, el riesgo de un ataque era mucho menor. En consecuencia sólo habrá a mediados del xix un miliciano cada seis familias, en una población que ya superaba los 225.000 habitantes.

En 1864 nueva reorganización, siguiendo la pauta a nivel nacional, constituyéndose 3 Medias Brigadas y agrupando cada nueva unidad algunos de los batallones citados. Este sistema sería suprimido dos años después.

Y tan sólo habían de pasar unos meses, ya en 1867, para que en la península desaparecieran las milicias provinciales, comenzando a utilizarse los conceptos de Ejército Activo y Ejército de Reserva. Aquí el componente activo lo constituía el Batallón Ligero Provisional de Canarias, heredero de nuestro conocido Batallón de Infantería de Canarias. Su tropa era voluntaria, y si no se cubrían las plantillas se completaban con prorrateos forzosos entre los batallones y las secciones de milicias.

Tras ese primer aldabonazo, en 1876 se suprimieron las 17 compañías de artillería por«anticuadas e inservibles». Estaba claro que el final de las milicias canarias se acercaba. En 1880 el Ministro de la Guerra pedía que se le enviase urgentemente un proyecto de reorganización de nuestras milicias, pero no sería hasta el 10 de febrero de 1886 cuando se publicase un Real decreto poniendo en vigor un Reglamento de organización del Ejército Territorial de Canarias. En el 3º de sus artículos se podía leer: «En su consecuencia, quedan suprimidas las Milicias Canarias y su Subinspección».

Con la desaparición de las milicias nacía entonces el Ejército Territorial de las Islas Canarias, sujeto a las mismas leyes y disposiciones que el peninsular, con cuerpos activos y de reserva. Los contingentes de los activos se reemplazarían según el modelo peninsular, pero quedaban exentos los canarios de ir a servir, en tiempos de paz, a las provincias de ultramar. Para los de reserva se organizaban seis batallones de reserva, que mantenían las dotaciones territoriales de los antiguos cuerpos de milicias.

En resumen durante el siglo xix, especialmente a partir del inicio del reinado de Isabel ii, tengo la sensación de que, con respecto a las milicias canarias:

—No se supo bien qué hacer, porque:
a) no podían regirse por las mismas normas que las milicias provinciales peninsulares, dado que su misión exclusiva y permanente de defensa del archipiélago (durante más de dos siglos sin fuerzas del ejército regular y desde finales del xviii convertidas en su segundo escalón), no tenía parangón con las de allá, reserva de las del ejército del rey.
b) «esto» caía lejos y existía un gran desconocimiento de la realidad canaria en la corte.

Y si, más o menos, desde la perspectiva de Madrid y sus alrededores, el sistema funcionaba aquí, más valía «no meneallo».

—Por ello:
a) en muchas ocasiones nuestras milicias no se incluyeron en las reformas o reorganizaciones generales;
b) cuando sí se hizo, en varias de ellas se produjo con retraso, como si se hubiesen dado cuenta tarde o no estuviesen seguros de la necesidad de reformarlas;
c) las milicias canarias pervivieron casi dos décadas más que las peninsulares, sencillamente porque se consideraba que hacían falta, que eran necesarias para la defensa del archipiélago.

Y, lo acabamos de ver, en 1886 se llegó al final de una trayectoria que, oficialmente había comenzado en 1561. Es decir, al menos 325 años de existencia. Las milicias canarias fueron, desde mucho antes de que la revolución francesa extendiese la idea, el más verdadero y genuino concepto de «el pueblo en armas».

Y hasta aquí esta rápida ojeada a la historia de las milicias canarias.

4. Conclusión

Pero para terminar quiero repetir lo que he dicho ya en bastantes ocasiones: que es inconcebible, o para ser más exactos, una verdadera vergüenza, que nosotros, los canarios, no tengamos el menor recuerdo en ninguna de las islas a aquellos hombres que durante más de tres siglos defendieron los siete roques contra las apetencias de corsarios y piratas de diversas nacionalidades, incluyendo berberiscos, y flotas en cuyos barcos ondeaban las banderas de las principales naciones europeas. Sólo un pequeño callejón en el centro de Santa Cruz de Tenerife se llama de las «Milicias de Garachico»; nada más. He propuesto ya en varios lugares (Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, Icod de los Vinos, La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y algún otro lugar), que les dediquen un recuerdo —por ejemplo, un pequeño monumento o una placa— o que una plaza o una calle lleven el nombre de las milicias canarias.

Hasta el momento, huelga decirlo ante la insensibilidad de la gran mayoría de los representantes municipales e insulares hacia lo que sea historia de verdad, no reivindicativa ni política, esas solicitudes han caído en saco roto. Y así nadie recuerda a aquellos antepasados nuestros, a los que, por tanto, tampoco nadie rinde un tributo de admiración y agradecimiento.

Unos antepasados encuadrados en unas milicias que, como escribe Darias Padrón,

«tuvieron que defender durante siglos, arma al brazo y sin auxilio de tropas “vivas” la honra de España en estas islas y su propio hogar».

Y don Rafael Torres Campos, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia dijo que:

«la compenetración del espíritu canario con el alma nacional se revela en la institución de las Milicias. Así puede decirse que la unión con la madre patria a través de las vicisitudes y durante los momentos difíciles ocasionados por las invasiones piráticas y guerras de los siglos xvi a xviii se ha mantenido no por obra de la metrópoli, sino en virtud del noble esfuerzo del pueblo canario».

Con este toque de tristeza por nuestra ingratitud hacia las gloriosas milicias canarias terminamos las presentes líneas.

1 Los grabados, cuyo autor fue don Antonio Pereira Pacheco, están tomados del libro biográfico de este personaje que escribió doña Emma González Yanes: El prebendado don Antonio Pereira Pacheco. La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 2002.

2 Las fuentes documentales han sido consultadas en: Archivo Intermedio Regional de Canarias. Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias: Documentación diversa.

3 La bibliografía empleada en la elaboración de este artículo es como sigue: Cola Benítez, L. P., García Pulido, D. La historia del 25 de Julio a la luz de las fuentes documentales. Madrid, 1999; Darias Padrón, D. Sumaria historia orgánica de las Milicias Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, 1951-1955; León, F. M. de. Apuntes para la historia de las islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1966; Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Canarias y la Guerra de la Independencia. Tenerife, 2008; Rumeu de Armas,  A. Canarias y el Atlántico: Piraterías y ataques navales. [Las Palmas de Gran Canarias; Santa Cruz de Tenerife]: Gobierno de Canarias, 1991; Torres Campos, R. Carácter de la  conquista y colonización de las islas Canarias. Madrid, 1901; Viera y Clavijo, J. Historia de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: Goya, 1994.

MEMORIA DEL VIAJE DE S.M. ALFONSO XIII A CANARIAS

MEMORIA DEL VIAJE DE S.M. ALFONSO XIII A CANARIAS

Visita de Alfonos XIII a Canarias
Visita de Alfonos XIII a Canarias

PRESIDENCIA DEL CONSEJO DE MINISTROS

REAL ORDEN

Excmo. Sr.: Dada cuenta por V. E. en Consejo de Ministros de la Memoria que ha redactado con motivo del viaje de S.M. el REY las islas Canarias, el Consejo, á fin de dar á dicho documento la publicidad necesaria, y con ella satisfacción á las aspiraciones de aquellos leales habitantes, ha acordado su publicación íntegra en la GACETA DE MADRID y su remisión á todos los Centros para que, sin pérdida de tiempo, se preparen las medidas que pongan remedio á los males que en ella se señalan y á las deficiencias que existen en los diferentes servicios.
De Real orden lo digo á V.E.: para su conocimiento y demás efectos. Dios guarda á V. E. muchos años. Madrid 16 de Abril de 1906.
SEGISMUNDO MORET
Sr. Ministro de la Gobernación.

 

AL CONSEJO DE MINISTROS

Terminado el viaje de S. M. el Rey á Canarias, altos deberes de gobierno y exigencias de justicia que corresponden á la lealtad de las islas, imponen el estudio de la situación en que se encuentra el Archipiélago, como medio el más seguro de preparar las soluciones que demandan múltiples sus necesidades.

Acto tan importante como la presencia en aquel territorio de un Monarca español, por primera vez después de cuatro siglos que cuenta su conquista y nacionalización, no puede menos de entrañar consecuencias transcendentales para el Gobierno, administración y progreso de aquellas preciados territorios, Escala de todas las líneas de navegación á América y al África, base del tráfico del Océano Atlántico, llave precisa para nuestra influencia en el imperio de Marruecos. Nadie lo ignora en la Península pero causas de todos conocimientos han impedido prestar á la administración de aquellas islas la atención que requieren y á que tienen indudable derecho.

Los Ministros de la Guerra y de Marina han tenida ocasión de examinar el estado en que se encuentran sus defensas militares y las complicaciones á que pudiera dar origen la carencia de puertos y desembarcaderos, allí donde los buques de guerra han de encontrar natural seguro y protección completa. También han tenido ocasión de ver una vez más las cuestiones que se relacionan con la industria pesquera, una de las que tienen mayor porvenir en aquellos mares. A dichos Ministros tocará presentar al Consejo las resoluciones oportunas, correspondiendo al de la Gobernación, que suscriba, la enumeración y clasificación de las aspiraciones de aquellos leales habitantes, ampliamente formuladas y cuya resumen es de un gran interés en los momentos actuales.

Comunicación de las islas entre si y del Archipiélago con la Península.

La comunicación fácil y frecuente con la Península es la condición esencial de toda forma de progreso y mejora que haya de llevarse al Archipiélago, siendo por si sola causa poderosa para corregir muchos de los defectos que hoy existen y suplir algunas de las deficiencias que en nuestra Administración se notan, pareciendo innecesario encarecer que las dificultades que ya crea la distancia se agigantan si á ellas sigue el aislamiento, y en este punto son fundadísimas las reclamaciones de aquellos habitantes. Cuatro correos seguros y, a lo sumo, seis al mes, no muy escalonados y sirviendo alternativamente las islas principales, son medios insuficientes para las relaciones con la Península, pero no son mejores las comunicaciones interinsulares, confiadas á barcos pequeños en mares agitados, habiendo de arribar a ensenadas poco seguras y luchar en condiciones desfavorables con los peligros que ofrecen los canales y que ocasionan los temporales dominantes en toda aquella región. Por otra parte, los dos puertos de Tenerife y de La Luz, son visitados por las líneas de navegación más importantes de Europa y a ellos llegan con frecuencia, no solo los barcos mercantes, sino también las escuadras extranjeras, formando contraste esta frecuente relación entre aquellas islas y otros países, con la pobreza y atraso de las relaciones marítimas con la madre Patria. Semejante estado no sólo influye perjudicialmente en los intereses materiales, sino que engendra un sensible aislamiento en el orden moral que no ha producido aun todos los daños que son su consecuencia legítima, gracias al intenso sentimiento patrio y á la inapreciable adhesión con que los habitantes de las islas Canarias se sienten unidos al resto de España.

El mismo que todos estos males señala se apresura á indicar su remedio haciendo más frecuente y en barcos de mejores condiciones las comunicaciones periódicas con la Península y la posibilidad, con poco aumento de gastos, de valerse de todos los vapores dispuestos á hacer el servicio de correos, cualquiera que sea su pabellón, con tal que salgan de alguno de los puertos de la Península. De este modo se evitaría el extraño contraste que ofrece la prontitud con que conocen los españoles de Canarias los sucesos del extranjero y el retraso con que tienen noticia de los acontecimientos más importantes ocurridos en la madre Patria.

Y si esto se dice de la comunicación marítima, la misma censura es aplicable a la telegráfica. Sólo hay un cable nacional, frecuentemente averiado è inutilizado para el servicio, como lo ha estado precisamente durante la visita del Rey y de los Ministros a Canarias. La necesidad de tener dos cables y de unir el polígono que forman las siete islas de manera que la comunicación sea constante, está por todos reconocida. En cuanto á la comunicación telegráfica entre las islas, de cualquier manera que se haga satisfará los anhelos de sus habitantes y permitirá atender mejor a su administración. Y cabe la esperanza, según las indicaciones allí recogidas, de que tampoco el gasto sea enorme ni pequen por lentitud los trabajos para la instalación.

Organización administrativa y asuntos de gobernación.

La primera observación de cuantos viven en las islas, cuando de estas materias se trata, es la de extrañarse de la forma administrativa, aplicada á un grupo de islas donde ni la centralización es posible ni el sistema con que se gobiernan pedazos de territorio unidos entre si tiene aplicación posible. La gran distancia de la Península hace más temibles aun los daños del expedienteo, de los cuales se recogen impresiones y se coleccionan datos, por extremo curiosos, oyendo a administradores y administrados. El extravío de un papel, la equivocación de un trámite, el error en una fecha, todo eso, yendo y viniendo a la capital del Reino con la forma del expediente y con la lentitud en las comunicaciones, lleva a la paralización completa de la vida administrativa.

Todas las indicaciones que en este punto ha escuchado o leído el Ministro que suscribe, coinciden en la necesidad de cambiar radicalmente el régimen, de descentralizar la Administración pública en Canarias, de poner á su frente una Autoridad rodeada del mayor prestigio y con facultades bastantes para resolver por si las cuestiones, sin perjuicio de la apelación al Poder central, en la forma y de la manera más sencilla. Algunas personas, y de las más capacitadas, han pensado con este motivo en la división del Archipiélago, formando un grupo con la Gran Canaria y las islas orientales, y otro con las de Tenerife, La Palma, Hierro y Gomera. Pero sin examinar aquí, porque no es este el objeto de la Memoria, lo que puede haber de aceptable o de perjudicial en esta idea, conviene dejarla consignada para someterla á estudio del Gobierno.

Más sentida es la necesidad y conveniencia, á todas horas oídas y por toda clase de argumentos demostradas, de que el personal de la Administración pública de Canarias sea elegido entre los mejores funcionarios y retribuido en proporción a la importancia de la misión que le esté confiada, de modo que se considere como un premio y no como un castigo el servir en aquellas islas, de las cuales debería volverse siempre, no sólo con la recompensa del servicio prestado, sino con el legítimo orgullo que da la patente de honradez.

Descendiendo ya á la organización de los servicios y a la manera de cumplirlos, es general el deseo de la creación de un tercio especial de la Guardia civil, tan escasa hoy, que en alguna isla hay tan sólo un cabo y cuatro individuos y en otra cinco y un sargento. A no ser tan noble la naturaleza de sus habitantes y tan leal, honrado y pacífico su carácter, hubiera sido imposible conservar el orden público en estas condiciones, no pudiendo acudirse al sistema de las concentraciones, ni dotar al archipiélago de un número tan grande de guardias civiles que fuese incompatible con las cifras de un presupuesto nivelado. La reforma que en esta materia puede introducirse no es para improvisada, pero seguramente será beneficiosa en extremo y aplaudida por sus habitantes.

Y no hay para qué decir que la cuestión electoral ofrece condiciones análogas â las de la seguridad y garantía del orden, por la índole de aquellas islas y la necesidad de que esa alta función se verifique con garantías de respeto al elector y a la voluntad de la mayoría.

Administración de justicia.

Datos ha reunido el Gobierno sobre la situación de este el más alto ramo de la Administración pública, que exigen reflexiva atención, enérgica voluntad, para suplir las deficiencias que hoy tiene, y que constan con elocuencia irresistible en la Memoria escrita con motivo de la inspección llevada á cabo por acuerdo del Tribunal Supremo. Mézclase allí la falta de personal, con las consecuencias de la lejanía y del aislamiento, y con el desarrollo de una porción de males que no existirían si el Gobierno vigilase de cerca y la opinión denunciara abusos é ilegitimas influencias. Que el personal es escaso, y. sobre todo, que los Centros judiciales son insuficientes para atender á las necesidades del país, hasta el punto de que muchos’ asuntos se sustraen al conocimiento de los Tribunales, es aserto que todo el mundo hace; y estos males se agravan por la ingerencia inevitable de la justicia municipal, que allí, como en la Península, no está á la altura de su misión. Los gastos que todo esto produce á los litigantes, las molestias de los viajes para asistir a las audiencias, la escasez de testigos y de todo en fin lo que significa procedimiento rápido, efectivo y justo, no hay para que enumerarlos; pero no son las reformas tan fáciles, teniendo en cuenta el número de poblaciones, la cantidad de asuntos judiciales y los inevitables límites de un presupuesto razonable.

Dificultades ofrece también la rivalidad entre las dos grandes islas, la Gran Canaria y Tenerife, pero ninguna de las que nazcan de los hábitos y de los pugilatos de localidad serán ciertamente obstáculo serio para que la opinión reciba con aplauso cuanto tienda á establecer una administración de justicia rápida y ajena â toda clase de inspiraciones.

Cuestiones económicas.

Sobre la franquicia de puertos, que es el régimen con que hoy se gobierna al Archipiélago, los pareceres andan muy divididos y no siempre fundados en la conveniencia pública, sino mantenidos frecuentemente por los intereses rivales que se han desarrollado al calor de los beneficios de esta concesión. Que el principio en si mismo es bueno y que nadie estaría dispuesto a renunciar á él fácilmente, no hay para qué decirlo; pero que, en cambio, las consecuencias que produce perjudican a la unidad de las relaciones comerciales con la Península, tampoco hay quien lo ponga en duda.

Ya en diferentes ocasiones los Diputados de la región y Comisiones enviadas Madrid han hecho ver cuantas facilidades ofrece la exportación de frutos canarios á Inglaterra, á pesar de la competencia que en sus mercados encuentran con los de Jamaica. y cuántas dificultades hallan para venir â la Península. ¿Cuál será la mejor solución para evitar esto? Seguramente la que dé el Parlamente, después de oír todos los intereses y de examinar la mejor manera de hacer justicia a las legítimas aspiraciones de los españoles de Canarias.

En este mismo orden de ideas discútese mucho acerca de las ventajas de facilitar la producción del alcohol, poniendo en cultivo tierras hoy casi estériles, pero que dan espontánea nutrición a plantas de riqueza alcohólica que podrían destilarse fácilmente. Pero mézclase con esta aspiración la dificultad tributaria, dándola en cambio alicientes y esperanzas la facilidad de la comunicación con la costa africana y la posibilidad de un gran mercado en ella.

Igual problema implica el cultivo del tabaco, desarrollado en los últimos años de una manera lisonjera para su progreso ulterior; pero que, á su vez, lucha con el régimen creado en España para la renta de tabacos, cual si los intereses del Tesoro estuvieran en este punto en pugna con los de los agricultores canarios. Sobre ese punto reclaman con energía los habitantes de aquellas islas y piden la derogación de varias disposiciones, entre ellas las Reales órdenes de 23 de Noviembre de 1899, 19 de Febrero de 1902 y 1° de Noviembre de 1903. Las demandas sobre estos extremos, sobre todo las que á la exportación y venta de tabacos se refieren, son muy vivas, debiendo consignarse, en homenaje á la verdad, la gran unanimidad en el juicio sobre esta materia y la necesidad de que el Gobierno se ocupe de ella con interés y atención.

Instrucción pública.

Las reclamaciones en este punto no son excesivas, pero son muy apremiantes. Desde el deseo de crear una Universidad en Canarias, á pesar del gasto extraordinario y desproporcionado que exigiría, hasta el de establecer buenas Escuelas de instrucción primaria, llegase al anhelo general de que se favorezca cuanto signifique cultura, y muy especialmente la creación de estudios de Comercio, de enseñanzas superiores de Artes é Industrias, semejantes â las creadas en Tarrasa, por la esperanza de que con ellas se iniciarán nuevas industrias y se mejorarán las existentes. También se nota el natural deseo, en poblaciones esencialmente mercantiles, de facilitar el conocimiento de todos los idiomas y consiguientemente la relación con todo el mundo.

En cuanto á la provisión de Escuelas, se protesta contra la necesidad de que los Maestros y Maestras tengan que venir á la Península para ganar sus plazas y proveerse de sus títulos. Sin duda el Ministerio de Instrucción pública tiene antecedentes y estudios sobre esa importantísima cuestión.

Fomento.

Al frente de todas las cuestiones, preocupan en los puertos de La Luz y de Tenerife, las concesiones hechas á extranjeros, ó a nacionales que las traspasan más tarde, con amenaza de la integridad del territorio y nulidad posible de la zona polémica en los casos de guerra. Que los puertos exigen toda clase de facilidades para el tráfico, es axioma entre aquellos comerciantes, pero que estas facilidades lleguen hasta perjudicar a la soberanía territorial y coloquen bajo la protección de banderas extranjeras los puntos más estratégicos de aquellas dos grandes é importantes islas, es materia que reclama una inmediata y decisiva resolución.

Respecto á las obras publicas existen los mismos deseos que en la Península, las mismas necesidades por todas partes sentidas y reveladas. De ellas se ha preocupado el Ministerio de Fomento enviando al Inspector de Ingenieros, Sr. López Navarro, para preparar las resoluciones ulteriores, acerca de las cuales, sobre todo en materia de puertos, justo es decir que el interés no es sólo de las localidades, .sino también de España entera. En este orden de ideas, algunos Ayuntamientos, como el de Puerto de Cabras, ha tomado ya iniciativas construyendo un pequeño muelle, cuyos gastos se han resarcido por el arbitrio impuesto á la navegación, dato muy digno de ser tenido en cuenta y ejemplo que debería imitarse. Pero a nadie se oculta, y menos á aquellos inteligentes comerciantes, que lo reducido del territorio en cada isla y especialmente en cuatro de ellas, quita alicientes al tráfico y á la actividad comercial, por lo cual el plan de obras públicas que haya de desarrollarse deberá ser bien estudiado y relacionado con los puertos y embarcaderos.

En cuanto a ferrocarriles y tranvías las necesidades son muy limitadas, pero estas obras serán de seguro éxito en los puntos en que puedan hacerse, ó sea, naturalmente, en los más poblados.

La característica de las islas Canarias es la ‘escasez de agua, la necesidad de obras hidráulicas. En banderas, en letreros y en gritos. lo expresaba la población al llegar el Rey, y las personas menos observadores se lamentan del contraste que, en medio del Océano, ofrecen aquellas islas cuyos habitantes padecen muy a menudo los rigores de la sed, por las deficiencias del agua potable.

Quizá á esto haya contribuido la despoblación de las montañas, cosa que no hubiera ocurrido si existiera guardia rural ó civil en suficiente número; pero el mal ya está hecho, y, por tanto hay que comenzar esa larga y penosa labor, sin la cual alguna de aquellas islas amenaza despoblarse y las que aun conserven habitantes tenerlos condenados á la mayores privaciones. Fuerteventura y Lanzarote son las más castigadas en este orden de ideas y las que necesitan mayor atención.

No estará de más recordar en este punto que los extranjeros visitan frecuentemente á Canarias, que allí se han construido hoteles que compiten con los primeros de Europa y que se habla todos los días de la construcción de sanatorios que producirían grandes beneficios y serian poderoso estímulo para el desarrollo de la riqueza, porque la llegada y residencia de los extranjeros han de relacionarse también con la construcción de las obras publicas.

Tal es el resumen razonado, imparcial y completo de las manifestaciones que el Gobierno ha oído, de las necesidades que ha visto y delas deficiencias que ha encontrado en la Administración y en el estado económico y social de las islas Canarias. Con enunciarlo se prepara, sin duda, el remedio, y la primera visita de un Monarca español a aquellos territorios, debe significar para gobernantes y gobernados la inauguración de una era de progreso y de justicia, porque dada la índole y el patriotismo de aquellos habitantes, conocida su lealtad, que ha estallado ahora en manifestaciones inolvidables, no será posible dudar que todo lo que se haga en beneficio suyo ha de estrechar de manera indisoluble los lazos que los unen fi la madre Patria; pero no debe olvidarse que los daños son antiguos, los vejámenes  sufridos muy dolorosos y que no se puede hablar del remedio sin aplicarlo prontamente, ni enumerar las deficiencias sin acudir á su rápida satisfacción.

Madrid 14 de Abril de 1906. El Ministro de la Gobernación, C. de Romanones.

Camacho

Camacho

Hotel Camacho - álbum de Paco Yanes
Hotel Camacho en Santa Cruz – álbum de Paco Yanes

Dejemos atrás la Alameda con sus tamarindos, y sigamos hacia arriba por la calle de San José . En el edificio donde hoy se halla instalado el Centro de Telégrafos se estableció antes el “Hotel Camacho”. Su simpático dueño era mi buen amigo y compadre (él llamaba compadre a todo el mundo) don Luis Camacho, a quien todos recordamos con simpatía.

Don Luis, de nacionalidad portuguesa, era un barbián de cuerpo entero, y un entusiasta de nuestro país, que consideraba como el suyo propio. De ahí aquella frase suya, cuando sufría alguna decepción o ingratitud, que no fueron pocas: “Yo, que hasta les he enseñado a comer pescado con cubierto”…

Efectivamente — en eso no habla duda—en ningún hotel anterior al de Camacho se conocía en aquella época el cubierto para trinchar el pescado. La costumbre cundió, y hoy hasta el más modesto tinerfeño es un refinado “gourmet”.

Nuestro amigo no pudo hablar con corrección el español, ni esto le preocupó gran cosa; la mala pronunciación, unida a algunas palabras portuguesas que por su similitud unía a las españolas, daban por resultado un potaje hispano-lusitano, que no tenía desperdicio.

Recuerdo que unos amigos que guardaban a don Luis un verdadero afecto, fueron al Hotel Tacoronte, recien inaugurado al público, e idearon hacerle algo que le fuera agradable. La ocurrencia consistía en unas letras de cartón , como de unos quince centímetros , que, colocadas en orden, dijeran: “Hotel Camacho”. Estas letras se las trabaron en la parte posterior del pantalón , cubiertas con la americana.

Con la anterioridad consiguiente se habían llevado a cabo los ejercicios o ensayos para el momento de la llegada a Tacoronte. Debo hacer constar que se hicieron varias pruebas en la serventía contigua al Café de Bernardo Perera, seguidas de un buen consumo de patatas fricas y cerveza, hasta el punto de que, cuando se terminaron los ensayos, el bueno de Bernardo decía con sorna: “Debieran inventar otra bromita por el estilo.”

Hotel Camacho en Tacoronte
Hotel Camacho en Tacoronte

El amigo que mandaba la “fuerza” era el simpático Pepe Martín Neda, con unas voces de mando que dejaban atrás al gran Napoleón. Las voces eran las siguientes:

  • Primera voz.—¡Alinear! Obedeciendo a esta orden, todos los números, mejor dicho, las letras, se ponían ordenadamente en fila.
  • Segunda voz.—¡Guardar distancias, mar! A ésta voz se corrían hacia la izquierda hasta ponerse cada letra o persona en su sitio correspondiente.
  • Tercera voz.—¡Suban saco, mar!—, A esta voz se subían a un tiempo todas las americanas, hasta la cintura.
  • Cuarta y última.—¡Viento en popa! Casi que no necesita explicación esta voz, pero consistía en doblar el cuerpo hacia delante por la cintura y presentar el posterior como para recibir, algún azote.

Estos militares “de Caracas” se colocaron previamente en la orilla de la carretera, dando espaldas al hotel. Después del consiguiente último ensayo, se trajo al bueno de don Luis a una de las ventanas y quedó sorprendido al ver aquellos veteranos y apuestos soldados.

Ejecutadas con toda precisión las cuatro voces de mando, el simpático don Luis no cesaba de aplaudir, e hizo repetir la suerte distintas veces, llamando a todas las personas que se hallaban en el hotel, que no eran pocas, para que presenciaran la broma que le dedicaban sus amigos.

Aquel día fué para don Luis uno de los más memorables de su vida.

Marcos Pérez, seudónimo de D. Blas Gonzáles, publicado en la Prensa 13-03-1932

 

BARRANCO DE SANTOS – conferencia de D.Luis Cola

Pronunciada por Luis Cola Benítez  (Sala de Conferencias del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias -Almeyda, Santa Cruz de Tenerife- el 4 de julio de 2013.).

          Tengo que empezar agradeciendo a la Comisión de Fiestas del Barrio Duggi y al Sr. Cura Párroco de esta iglesia de María Auxiliadora, el honor que me hacen al invitarme a participar en este ciclo de charlas. He tenido la suerte de hablar en muy distintos lugares: en los salones de plenos del Cabildo Insular, de los Ayuntamientos de Santa Cruz y La Laguna, en las sociedades más importantes y señeras, en la ONCE -en donde me impresionó la atención prestada por los invidentes-, en algún colegio público para niños menores de diez años, -donde, por cierto, uno de ellos me preguntó dónde se guardaba el brazo de Nelson-, en algún Instituto, ante zangalotes y zangalotas -con cierta prevención por su posible comportamiento, terminando sorprendido por la atención y el interés demostrado-, pero esta es la primera vez que tengo la oportunidad de “predicar” en un templo, en la acepción de la palabra de “persuadir a alguien de algo”. Y se trata de persuadir de que vale la pena cuidar y mimar, tanto por su historia como por la potencialidad de los valores que posee, a nuestro Barranco de Santos. No se puede querer lo que no se conoce, y debemos desechar el antiguo dicho de “tíralo al barranco” para todo aquello inútil, sucio o que nos estorba.

          Barranco de Santos -no de Todos los Santos, como alguna vez he leído en la prensa-, pues su verdadero nombre es barranco de Santos o, más exactamente, de Diego Santos, uno de los primeros pobladores de Santa Cruz, de quien se tiene noticia cierta desde 1516. Personaje importante, amigo y protegido del primer Adelantado, que tenía casa propia en aquel paraje del incipiente puerto. A él se debe el nombre del más importante barranco de nuestra ciudad, parece ser, también, que por haber utilizado la ensenada de su desembocadura como varadero para la construcción de algún navío. Generalmente sólo tenemos presente la última parte de su cauce, pero, ¿cuál es su origen? Y, para conocerlo, ¿qué les parece si nos vamos de excursión?

          En el término municipal de La Laguna, el barranco de La Jardina, de Gonzaliánez o de la Carnicería, que viniendo desde las estribaciones de Las Mercedes servía de desagüe natural a la antigua Aguere (= laguna), se une con el del Barrio Nuevo cerca de la Curva de Gracia y, casi inmediatamente recibe por la derecha al barranco Gomero, que viene desde las proximidades del camino de San Francisco de Paula, y por la izquierda al de Colín, que recoge las aguas de las laderas de San Roque y La Gallardina. Atraviesa los barrios de Finca España y La Higuerita, y recibe al barranco de Tabares por su izquierda. Cuando en su marcha descendente ya casi abandona las estribaciones de esta montaña, justo al cortar con su cauce la cota de los 160 metros de altitud, el barranco de Diego Santos entra en la jurisdicción de Santa Cruz, a la altura del barrio de la Salud Alto.

          Al considerar esta primera parte de su recorrido se hace evidente el importante papel que juega como colector de las aguas de una amplia comarca. Ello explica el volumen de sus avenidas y la aparatosidad de las mismas cuando alcanzan el tramo final de su curso. Esta circunstancia se ve incrementada al recibir luego por la izquierda la aportación de los barrancos de Los Puercos y de Carmona, que -después de recoger las aguas de los Valles-, pasa entre la citada montaña de Guerra y la de Las Mesas, y confluyen en el de Santos poco más arriba del antiguo mercado del barrio de La Salud.

          En esta zona sobreviven los restos de la segunda presa en altitud entre las que se construyeron en el pasado; la primera, a mayor altura, está en el término de La Laguna. Todas ellas, hasta ocho, están desde hace muchos años inutilizadas, derruidos los muros de contención y rellenados sus vasos por los arrastres del barranco. Si se conservaran, de alguna forma servirían para retener los aportes sólidos en las avenidas, evitando males mayores en la zona baja de su curso.

          Entre el Barrio Nuevo, en las laderas de Las Mesas, y el de La Salud, el cauce se estrecha y las edificaciones de ambas márgenes casi se dan la mano, separadas por el reducido y pedregoso lecho y, poco más abajo, se alza la rectilínea estructura del puente de Javier Loño. Desde lo profundo del cauce, algunas edificaciones de Barrio Nuevo no tienen nada que envidiar a las conocidas “casas colgantes” de otras latitudes, de las que se diferencian por su mayor modernidad y por las circunstancias sociales que las originaron.

          Antes de llegar al puente Zurita, el barranco recibía -digo bien recibía- la aportación del de Macario, cubierto hoy desde Salud Alto para la creación de un moderno parque. En todo este tramo, hasta el puente de las Asuncionistas, se ensancha algo, para inmediatamente después estrecharse en un profundo corte que termina en un gran salto, antiguamente conocido como Salto del Negro, que separa este barrio Duggi del Parque Viera y Clavijo. Es la frontera Sur del barrio, cuyo nombre se debe al que fuera varias veces alcalde accidental de la ciudad, Luis José Duggi y Oria, en el tramo final del siglo XIX, antiguo propietario de todas estas tierras.

          Al pie de este salto se encuentra el paraje más impresionante de todo el recorrido urbano del barranco. El lecho, bastante llano, discurre entre altos paredones basálticos de total verticalidad, e inicia un paulatino ensanche al aproximarse al puente Galcerán. Este lugar, por su salvaje aspecto no exento de cierta grandiosidad, en medio del casco urbano y al mismo tiempo tan distante del bullicio ciudadano, es de los más sugestivos y encierra una extraña belleza susceptible de un bien meditado aprovechamiento, si se tiene el acierto de resaltar adecuadamente todo su valor natural y paisajístico.

          Al acercarse al mar se remansa y se integra en el paisaje urbano, Es, simplemente, el barranco, de entrañables historias y añejas tradiciones santacruceras, que en su último tramo ha sufrido importantes transformaciones impuestas por el urbanismo y las instalaciones portuarias. Allí, cuando al morir en el mar recibía la bienvenida de las olas, existió el Charco de la Casona, entre el hospital y la iglesia, de nostálgicos y evocadores recuerdos para los más vetustos de nuestros conciudadanos. Las aguas se remansaban al llegar al talud que formaba la misma playa, y las pleamares lo abastecían con su salobre aporte.

          Algo hay que decir del nombre con el que se conocía el famoso charco. Hay quien lo ha llamado Cazona, con Z, aludiendo a una pretendida hembra del conocido selacio, relativamente abundante en nuestros mares, que de alguna forma la fuerza de la marea impulsó dentro del charco, enseñoreándose del mismo. Resulta extraña esta conclusión, pues, aparte de que en nuestro común hablar la Z se pronuncia como S, no es normal en los peces diferenciar su sexo por el nombre. Existen el mero macho y el mero hembra; la vieja, pero no el viejo; el sargo, pero no la sarga. ¿Por qué habría de decirse el cazón y la cazona? Tarquis Rodríguez aporta una explicación más lógica, al decirnos que, al final de la calle de La Caleta, cerca de la desembocadura del barranco, existió una casa que se distinguía de las demás por su apariencia, la de Diego Santos, en la que el propio Adelantado otorgó testamento en 1525, y que era conocida como la Casona, denominación que se hizo después extensiva al gran charco que allí cerca se formó.

          El famoso charco llegó a ser un problema por recoger todos los desagües y aguas negras del vecindario, lo que daría ocasión a que se pensara en múltiples soluciones. Una empresa extranjera propuso al Ayuntamiento el desvío del cauce hacia el barranco del Hierro; otro proyecto era el contrario, es decir, socavar la desembocadura para permitir la libre entrada del mar, y convertir el lugar en balneario, idea que fue bastante aireada y discutida en su época. Como era habitual con este género de proyectos, todo quedó en nada.

          Y aquí terminamos nuestra imaginaria excursión, en la que hemos recorrido el barranco de Santos, desde su nacimiento hasta su llegada al mar, con algunas anotaciones marginales. Pero, ¿cuál es su historia y qué ha representado en la evolución de la ciudad?

          En los tiempos antiguos, cuando la navegación se basaba sólo en los vientos y las corrientes marinas, acercarse a una costa de accidentada geografía representaba un riesgo que no siempre podía calcularse. Por ello Alonso de Lugo escogió un lugar abrigado por las montañas de Anaga de los vientos dominantes, en la ensenada que le brindaba como playa natural la desembocadura del barranco de Añazo, que, además, con sus aguas permanentes aseguraba a sus hombres este primordial elemento. Transcurridas dos centurias las condiciones de la zona apenas habían sufrido transformación.

          Los barrancos -y especialmente el de Santos- jugaron un relevante papel en el desarrollo de la población. En principio los propios guanches los escogían para establecerse, pues además de sus aguas aprovechaban como moradas las cuevas volcánicas naturalmente formadas en sus márgenes. Son incuestionables las evidencias que confirman la existencia del asentamiento aborígen a lo largo del cauce. Está demostrado que el área que ocupa el actual Santa Cruz no estaba deshabitada antes de la llegada de los castellanos, ni tan siquiera era lugar de pastoreo estacional y trashumante de los guanches de Anaga. Los numerosos hallazgos arqueológicos realizados hasta tiempos recientes son pruebas contundentes de la existencia de núcleos sedentarios. Cuscoy estudió numerosos yacimientos desde la desembocadura hasta La Cuesta, por lo que puede asegurarse que la capital de la isla nació “sobre el mismo emplazamiento del primitivo poblado de cuevas.”

          Desde los primeros momentos estas cuevas, hasta entonces moradas guanches, comenzaron a ser utilizadas con idéntico fin por los colonizadores. Es en los barrancos donde en realidad comenzó la colonización de la Isla. Además, al irse transformando la economía pastoril hacia una estructura de cultivos de subsistencias, los colonos aprovechaban “los únicos ensanches aptos para la agricultura.”Pasan los años, va extendiéndose la población hacia el norte de su emplazamiento original al abrigo del puerto, y las cuevas del barranco continúan realizando su función como lugares de habitación. En el siglo XIX aún hay muchas ocupadas, y a pesar de sus malas condiciones y de los peligros de hundimiento y de inundaciones, la situación perdurará durante siglos, prácticamente hasta nuestros días.

          Era raro el invierno en que no se producían aluviones que ocasionaban daños y anegaban estas precarias viviendas. Así ocurrió en el famoso temporal de 1826, en marzo de 1837 y en 1853, año este último en que se sabe que las cuevas fueron visitadas por el arquitecto municipal, lo que indica que ya había constancia oficial de su lamentable existencia. En 1859, cuando Santa Cruz accede al título de Ciudad, sólo en el barranco de Santos eran veinte las que estaban habitadas, algunas de las cuales resultaron destruidas en el aluvión de diciembre, que llegó a ocasionar víctimas. En 1890, la prensa denunciaba la suciedad e inmundicia de aquellas cuevas. Nueve años después, con motivo de otro aluvión, estas precarias viviendas volvieron a sufrir importantes daños. Y hasta la segunda mitad del pasado siglo todo siguió más o menos igual.

          Cuando comenzó a formarse la población lo hizo con una pobreza de medios desoladora. Las primeras construcciones, de piedra y barro y con techumbre de paja, hojas de palma y maderas, fueron surgiendo anárquicamente de acuerdo con las necesidades o preferencias de sus constructores. Si exceptuamos la calle del Castillo, trazada a cordel con criterio militar desde la antigua fortaleza de San Cristóbal, y la de la Marina, imprescindible mirador sobre la bahía para un pueblo que vivía esperando siempre la llegada de todo por el mar, en Santa Cruz no existió nada parecido a un planteamiento inicial y la única norma fue la de la improvisación, por lo que en su trazado parece haberse atendido únicamente a las circunstancias de cada momento. Así nacieron los primeros grupos de casas, sin pensar en un trazado viario, que comenzaría a formarse sin más condicionamiento que la topografía del terreno y a resultas del repetido tránsito de personas, caballerías y carruajes, entre los puntos y en las direcciones que la necesidad imponía.

          Por este motivo, tiene razón Cioranescu cuando afirma que la primera calle de Santa Cruz fue el camino que subía a La Laguna, elocuente ejemplo de órgano creado por la necesidad. De esta manera se confirma para el poblado su inicial carácter de asentamiento perentorio, sin planificación, sólo en atención a su primaria misión de lugar de paso, pasillo canalizador hacia el interior de la Isla de personas y suministros. Esta calle, que desde la Caleta de Blas Díaz partía paralela al mar hasta la desembocadura del barranco, y que después de cruzarlo subía hacia La Laguna por su margen derecha -camino de San Sebastián-, fue la más importante, casi la única vía de comunicación del primitivo puerto y por ello fue la primera que recibió la mejora de ser empedrada. En el primer plano conocido de Santa Cruz, dibujado por Torriani hacia 1588, no se aprecia nada que pueda merecer el nombre de calle, más bien veredas, y el único camino que parte del caserío es precisamente el que va a La Laguna.

          La relación de las vicisitudes y trabajos que el Cabildo de la isla y el pueblo de Santa Cruz pasó durante largos años para mantener mínimamente transitable este camino se haría interminable. Las reparaciones y arreglos no cesaban. Cuando en 1754 se abrió al tráfico el puente Zurita, Santa Cruz contó con dos caminos a lo largo de otros tantos barrancos: el ya citado, que partía del barrio del Cabo, y el que desde La Caleta subía por el barranquillo del Aceite hasta el nuevo puente. Ambos venían a unirse poco más abajo de la actual Cruz del Señor.

          Desde el emplazamiento inicial, entre el barranco de Santos y el barranquillo del Aceite,  el pueblo comienza a extenderse al poco tiempo hacia el Norte, y sus construcciones va ocupando el espacio comprendido entre el centro aglutinador de la parroquia, entonces conocida como iglesia de la Santa Cruz, y el embarcadero de la Caleta de Blas Díaz. Los motivos de este desplazamiento fueron, sin duda, la apertura de pozos de agua potable en la calle de Las Norias,  el tráfico comercial que se hacía por la Caleta, lugar abrigado y seguro, y la construcción del castillo de San Cristóbal.

          Desde ese mismo instante, el barranco de Santos, pórtico de la colonización y eje primario de la expansión hacia el interior de la isla, adquiere el carácter de profundo límite físico de la población, peculiaridad que se prolongará casi hasta nuestros días. La consolidación del poblado tendrá lugar en la orilla izquierda, pero el proceso se verá seriamente condicionado por la proximidad del barranco, que influirá en su historia en muchos aspectos. La primera y más inmediata consecuencia de este desplazamiento del centro urbano fue la marginación que comenzó a padecer la zona de El Cabo y Los Llanos, que se hará secular no obstante su proximidad geográfica.

          Los esfuerzos por sostener la comunicación entre el barrio de El Cabo y el de la Iglesia, se hacen bien patentes a lo largo del tiempo. Resulta revelador el hecho de que el puente que los conectaba nunca se llamó “de la Iglesia”,  o “del barranco”. La denominación por la que se le conoce a lo largo de su accidentada historia no es otra que la de “puente de El Cabo”,  dando a entender la prioridad que en el común sentir se daba a la comunicación con este barrio.

          Desde antes del siglo XVIII se sitúan en aquel sector diversos edificios públicos. Además de la ermita de San Telmo, están la de Regla y la de San Sebastián, esta última situada entonces en un descampado muy en las afueras del pueblo. También en El Cabo se levantan el castillo de San Juan, la Casa de la Pólvora y el hospicio, que luego sería cuartel de San Carlos, así como el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados y el Lazareto. Como puede apreciarse, algunos de estos establecimientos, lejos de contribuir a enaltecer el barrio, evidencian el deseo de alejar de la nueva zona de expansión, donde se habían establecido ya las clases más acomodadas, ciertas actividades no del todo agradables. Lo mismo ocurre con algunas industrias que podían resultar molestas o peligrosas, tales como las panaderías -que dieron nombre a calles del barrio, como las de los Molinos, las Tahonas o del Molino Quebrado-, las herrerías -calle del Humo-, que los regidores procuraban autorizar sólo al otro lado del barranco por el peligro de incendio que podían representar, y con los almacenes de salazón, por sus desagradables emanaciones.

          Más tarde, hacia el Oeste, entre el barranco y el barranquillo, tiene lugar en 1610 la fundación del convento dominico de Nuestra Señora de la Consolación -donde hoy están el Teatro y la Recova Vieja-, no sin cierta oposición por un significado grupo de vecinos que opinaba que el lugar era demasiado pobre para contribuir al sostenimiento de esta comunidad de frailes. La primera consecuencia de esta fundación es el nacimiento de un nuevo barrio, el de Vilaflor, que se formó a su sombra. Los terrenos pertenecían a la parroquia de Los Remedios y al Cabildo, ambos en La Laguna, y -aquí vuelve a ser protagonista el barranco- fueron cedidos a los nuevos vecinos a condición de que, al levantar sus viviendas a la vera del barranco, contribuyeran a la solución del eterno problema que representaban las avenidas con la construcción de muros y terraplenes de contención.

          El barranco de Santos, que como un profundo tajo divide en dos a la ciudad, puede parecer inofensivo a un espectador no avisado. Su cauce seco y de aspecto desolado durante períodos que abarcan a veces varios años, no induce a pensar en el cambio que puede experimentar con lluvias torrenciales, como las que se  producen de tarde en tarde, y el enorme caudal de agua que es capaz de reunir en su cuenca. Si aún hoy, después de realizadas tantas obras de contención, encauzamiento, desvíos, alcantarillado, etc., resultan impresionantes sus avenidas, podemos imaginarnos lo que serían en tiempos pasados, cuando las aguas corrían libres por doquier arrastrando cuanto se oponía a su paso. Los efectos que producían estos aluviones eran imprevisibles y, aún sin serlo, no se disponía de medios para evitarlos.

          Al haberse establecido la parroquia, primera edificación pública de la población, junto a su cauce, hizo que desde los primeros momentos fuera una preocupación constante la de tratar de aplacar las iras del barranco, que con un tesón admirable y evidente irreverencia, invadía una y otra vez el sagrado recinto. Estaba, además, el problema del acceso al barrio de El Cabo, que quedaba entonces incomunicado, lo que equivalía -hasta que se construyó el puente Zurita- a que también quedara cortado el camino a La Laguna.

          Al ser la iglesia la primera afectada, parece natural que la primera  disposición que conocemos de defensa contra las avenidas fuera dictada por el obispo Francisco Martínez de Ceniceros. En 1605 manda que se hiciera junto al muro de la iglesia que linda con el barranco “una estacada de estacas fuertes y bien incadas en la tierra” que debía rellenarse con piedras. La obra no debió ser muy eficaz puesto que en 1645 otro obispo, Francisco Sánchez de Villanueva, toma otras medidas similares para reparar y completar las defensas contra los desbordamientos. Han pasado cuatrocientos años y resulta esperpéntico constatar que hoy la iglesia de la Concepción sigue inundándose.

          Pero de todos los problemas que creaba el barranco, ninguno era tan importante como los que afectaban al puente de El Cabo, paso obligado de salida hacia La Laguna. El primer puente tardaría bastantes años en realizarse, de madera y sólo para peatones y caballerías, sería así hasta mediados del XVIII. Todavía en 1742, al conceder el Cabildo al alcalde del Lugar un solar para casa de apeo, lo hace junto al barranco con la condición de mejorar el cauce para que no siga rompiendo la tierra de sus márgenes “y dejando paso para las carretas por debajo del puente”. La prohibición de pasar las carretas por el puente persistió muchos años, prueba evidente de su fragilidad.

          La primera noticia cierta de su destrucción la tenemos en 1722, en que fue arrastrado hasta el mar por la riada, lo que obligó al Cabildo a su reconstrucción para no quedar aislado del puerto. En 1750 las aguas inundan una vez más la parroquia y vuelven a arrastrar el puente. Esta historia se repetirá intermitentemente durante cientos de años, lo que viene a decirnos que el barranco era mucho barranco o, más bien, que el puente que se hacía una y otra vez resultaba poco puente.

          De nuevo había que reconstruirlo y se habla de buscar un emplazamiento más apropiado y menos expuesto al peligro de las avenidas, y se piensa en hacer un nuevo puente más arriba, a pesar de que la obra representaría un mayor costo; pero algunos vecinos se oponen por considerar que continúa siendo necesario el acceso directo al barrio de El Cabo, más aún al haberse establecido en aquella zona el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. Finalmente, de una reunión sostenida entre el personero general de la isla Baltasar Peraza de Ayala con el comandante general Juan de Urbina, salió el acuerdo de que debían realizarse ambos.

          Se formó una comisión integrada por Peraza de Ayala, el ingeniero Sebastián Creagh y el personero de Santa Cruz Roberto La Hanty, que el 15 de marzo de 1753 reconocen los parajes que se consideran más apropiados, en la zona denominada llanos de Perera. Como consecuencia, se decide que el lugar idóneo es “la pasada del medio llamada de Sorita”. El lugar quedaba en descampado y lejos del centro del pueblo, pero presentaba evidentes ventajas por la mayor altura de las márgenes y por crearse con el nuevo puente una vía diferente de acceso a la capital, La Laguna.

          Las obras se iniciaron aquel mismo año a costa de los propios del Cabildo, y el flamante puente se terminó y pudo utilizarse al año siguiente; en muy corto plazo si tenemos en cuenta la envergadura de la obra y los medios con los que se contaba. Desde entonces pasó a ser el principal camino a La Laguna, nombre que recibió la polvorienta calle que desde la actual plaza  Weyler conducía al puente, hoy llamada Rambla Pulido. Estas realizaciones contribuyeron al desarrollo de un extenso sector ocupado por huertas y eriales, sobre el que paulatinamente se fue ensanchando la población, dando origen a los barrios de Salamanca y del Perú, y más tarde a este de Duggi, cuyo límite Norte quedó constituido por la citada Rambla.

          Al mismo tiempo que se levantaba el nuevo puente, se realizó la reconstrucción de el de El Cabo, gracias en gran parte al empeño del personero Roberto La Hanty y a su importante aportación económica. Pero cinco años después, en 1759, un nuevo aluvión vuelve a causar su ruina y el Cabildo tiene que ocuparse de las obras. En 1773 se repite la historia y queda dañado y  casi inutilizable, por lo que el comandante general López Fernández de Heredia ordena su reparación a una comisión que encabeza el alcalde Bernardo Rodríguez Carta, que reunió los recursos necesarios con aportaciones del vecindario. Pero esta era la obra de nunca acabar, pues a los diez años el puente se encontraba en tal estado de ruina que se decide rehacerlo. Antes de acabar la centuria, en 1798, el alcalde José de Zárate recurre una vez más al Cabildo en solicitud de ayuda para reparar el puente, “por ser muy considerable la obra necesaria” -decía- “y no poder atenderla de su bolsillo como había hecho en otras ocasiones”.

          Al llegar el siglo XIX es cuando Santa Cruz de Tenerife, comienza a tomar conciencia de sí misma y de su papel dentro del conjunto del Archipiélago, aunque las carencias que acompañan a este proceso, vistas desde la perspectiva actual, resultan con frecuencia impresionantes. Pero a pesar de ello fue en esta centuria cuando Santa Cruz cimentó las bases de su futuro, en buena medida gracias al excepcional talante de sus ciudadanos, que una y otra vez se prestaban a colaborar en obras de interés general.

          Las realizaciones urbanas eran pocas y marchaban con lentitud por la falta de recursos, que tampoco permitían dedicar atención a las labores de conservación de lo ya existente. Por este motivo, el famoso puente de El Cabo había ido sufriendo un progresivo deterioro, lo que hace que en 1824 se encuentre prácticamente en ruinas. Se buscan recursos para su reconstrucción, y a alguien se le ocurrió la buena idea de hacerlo gravando los vinos y aguardientes, con tal éxito que al año siguiente ya estaba la obra terminada. Posiblemente se hubiese tardado bastante más de haberse gravado el agua potable. Ironías aparte, no presumía el pueblo de Santa Cruz lo poco que iba a durar la obra realizada.

          En el mes de noviembre de 1826 tiene lugar uno de los mayores aluviones que ha sufrido la Isla, o por lo menos el más famoso del que se tiene memoria. Fue el mismo que hizo desaparecer en el pueblo de Candelaria la imagen original de la Virgen, que arrastrada por las aguas se perdió para siempre. En la capital las crecidas de los barrancos alcanzaron tal nivel e intensidad, que resultaron destruidas cuantas obras de encauzamiento, puentes y bóvedas se habían realizado hasta entonces a costa de tantos esfuerzos. En el barranco de Santos sólo se sostuvo en pie el puente Zurita, pues tanto el de El Cabo como los murallones de defensa de sus inmediaciones resultaron arrasados. Se tardó un año en reconstruir el puente, pero la reparación de las murallas se prolongó varios más por el motivo de siempre, es decir, la falta de dinero.

          En los años siguientes el Ayuntamiento multiplica sus esfuerzos para tratar de remediar la situación y, a veces, echa mano a originales iniciativas que le permitan disponer de los fondos necesarios, como cuando en 1830 sustituye por postes de madera los viejos cañones que muchos vecinos colocaban en las esquinas de sus casas como defensa contra los carruajes, y los vende con el mencionado fin. También se contaba con las aportaciones del vecindario y, si la colecta no se engrosaba con la rapidez necesaria, podía surgir un particular que adelantara el dinero, como hizo entonces Francisco Roca, aunque luego tuvo dificultades para resarcirse. De esta forma se financió la muralla norte del barranco. Las obras progresaban así lentamente, pero lo grave fue que, antes de que se terminasen, la meteorología volvió a hacer de las suyas y de nada sirvió lo realizado hasta entonces.

          El día 8 de marzo de 1837 estuvo lloviendo intensamente durante ocho horas seguidas. El barranco se desbordó por varios sitios, sus aguas pasaron sobre el puente, derribaron dos casas, se llevaron parte de la huerta del hospital y, una vez más, inundaron la iglesia de la Concepción, las viviendas de la calle de la Noria, plaza de la Iglesia y barrio de El Cabo. Todos los sectores de la población por la que discurrían barranquillos y barranqueras sufrieron importantes daños. Y vuelta a empezar.

          Era evidente que el mayor problema estribaba en que las defensas del barranco de Santos resultaban insuficientes, pero para su solución el Ayuntamiento se veía precisado a afrontar cuantiosos gastos que estaban muy por encima de sus posibilidades. El hecho de que entonces Santa Cruz ostentara la capitalidad de Canarias, no quería decir que la escasez de recursos estuviera superada, y las arcas municipales seguían tan exhaustas como siempre. Por ello la mayor parte de las obras se eternizaban durante años, a menos de que surgiera algún vecino acomodado, a veces el mismo alcalde, que con sus aportaciones diera agilidad al proceso. Otras veces era el capitán general de turno el que tomaba la iniciativa, y los fondos de fortificaciones servían para paliar necesidades diversas, no siempre relacionadas con el ámbito militar. Entonces podía ocurrir que, mientras el pueblo llano sufría penurias de todas clases, el deseo de figurar o de congraciarse con los vecinos llevaba a algunos de estos hombres prepotentes a empeñarse en proyectos que, si bien representaban mejoras para la población, en absoluto obedecían a un criterio de prioridades en cuanto a las más urgentes necesidades. Así nació la Alameda del Muelle y así se realizó también el paseo de la Concordia junto al barranco de Santos.

          Desde 1836 era comandante general y jefe superior político el general Juan Manuel Pereyra y Soto-Sánchez, marqués de la Concordia, autoridad que tomó a su cargo la reconstrucción de las murallas de contención del barranco. Al prolongarlas hacia arriba por la margen izquierda, resultó  una explanada que el marqués consideró apropiada para la construcción de un paseo o alameda. En noviembre de 1838 se concluyó la obra, pero el paseo parece que no nació con buen pie y, bien por las pocas simpatías que al parecer tenía el promotor entre sus gobernados o porque se consideraba el lugar extraviado, no sólo no tuvo el éxito apetecido sino que resultó ser una fuente de problemas, y peor aún, de continuos gastos de mantenimiento.

          Pasados los primeros tiempos de novedad se sostuvo a duras penas algunos años, pero llegó un momento en que su degradación era evidente. En 1855 se derrumba “el muro que sostenía el terraplén”, y desaparecen los materiales que formaban la pared. Un año antes, y no había sido la única vez, parte del risco que daba al paseo había sufrido un desprendimiento y quedaron reducidas a escombros nueve viviendas. En 1858 el estado de abandono en que se encontraba era extremo, situación a la que nadie ponía remedio a pesar de las denuncias de la prensa. El Ayuntamiento hizo ligeras obras de acondicionamiento, pero a los pocos años vuelve a estar destrozado. La situación se hace insostenible y la corporación se siente impotente para encontrar una solución definitiva. Entonces se pensó que eliminado el paseo desaparecerían los problemas, y este fue el radical remedio al que se acudió. En 1867 el Ayuntamiento acuerda la venta de solares en aquel sector y, de esta forma, no sólo desaparecían los inconvenientes sino que se obtenían beneficios. A la subasta sólo se presentó un único licitador, que adquirió el solar con la intención de dedicarlo a la construcción de almacenes de guano. Esto revela en lo que se había convertido la famosa alameda, cuando desde mucho antes la prensa formulaba frecuentes denuncias para que los almacenes de guano fueran trasladados a las afueras de la población para evitar las molestias al vecindario. De tan lamentable manera, el primer intento serio de embellecer el entorno del más importante barranco de Santa Cruz, alcanzó tan triste y maloliente final.

          Con las fuertes lluvias de 1853 y 59, resultaron dañadas las pilastras del puente y hubo que recomponerlas. En 1867, otro aluvión volvió a causar daños, y en esta ocasión de nuevo se recurrió a los bolsillos de los vecinos para allegar fondos. Las obras tardarían dos años en realizarse.

          Por entonces el barranco de Santos estaba próximo a disponer de un nuevo puente, el “Puente Nuevo”, como comenzó a denominársele, hoy conocido como de las Asuncionistas. Hacía tiempo que varios propietarios de fincas de la Costa, nombre que recibía un amplio sector al Sur de la población, estaban interesados por motivos obvios en este proyecto, cuya realización también representaba una gran ventaja para las comunicaciones con los pueblos del Sur, cuya nueva carretera ya estaba en construcción, al evitarse la penosa subida hasta La Cuesta por el camino de La Laguna. Las obras se iniciaron, gracias a una suscripción voluntaria entre particulares, el 24 de septiembre de 1869 y finalizaron el 25 de junio del año siguiente. La calzada del nuevo puente es la frontera Oeste del barrio Duggi.

          Paulatinamente y a costa de muchos esfuerzos la ciudad va logrando salvar los límites que los barrancos le imponen, si bien con los inconvenientes y retrocesos lógicos, de los que son responsables tanto los agentes naturales como  la poca solidez de las obras de paso y contención. De esto último tenemos un claro ejemplo en estos años, cuando el muro que sostenía la calle de Miraflores junto a la recova, se viene abajo en gran parte en dos ocasiones. También puede ocurrir que las realizaciones urbanas finalicen forzosamente al toparse con el barranco, como ocurrió en 1875 la calle de la Maestranza -actual de Galcerán- cuya prolongación era imposible. Esta calle viene a ser el límite Este de este barrio.

          A finales de 1879, otra vez lluvias torrenciales y se repiten los problemas. El puente de El Cabo se arruina una vez más, vuelve a inundarse la iglesia y sus inmediaciones y, según Martínez Viera, toda aquella zona quedó convertida en un inmenso lago. El barrio de El Cabo volvió a quedar incomunicado y con él el cementerio de San Rafael y San Roque, imposibilitando los enterramientos durante varios días, por lo que el Ayuntamiento convocó a los vecinos para -se decía- “conferenciar sobre este interesante asunto”, eufemística manera de decir que se trataba de solicitar, como siempre, su aportación económica.

          A partir de este momento, cuando se inicia una vez más la reconstrucción del puente del Cabo, se producen durante varios años una serie de episodios -algunos no exentos de cierto pintoresquismo- que hacen que estas obras sean la comidilla de todo el pueblo, motivo de vivas polémicas de prensa y hasta de enfrentamientos personales en el seno de la corporación santacrucera.

          La obra comenzó sin problemas, y en noviembre de 1880, al año escaso del aluvión, ya estaba terminada la parte de mampostería y la costosa reparación de los muros laterales. Hecho esto, empezaron los inconvenientes y la obra quedó detenida. Al ser de madera el resto del puente se requerían “tosas” de grandes dimensiones, por lo que fue necesario anunciar varias subastas antes de conseguir quien se comprometiera a extraerlas del monte, pero luego también hubo que esperar a la aprobación por parte del Gobierno del plan de aprovechamiento forestal.Solventado todo lo anterior, por fin se logró que el material llegara desde el monte hasta Vilaflor, pero la dificultad que ofrecía su transporte hasta la playa para su posterior traslado por mar hasta Santa Cruz, fue entonces la causa de que la obra continuara paralizada. En la plaza de Vilaflor estuvieron las maderas detenidas varios meses, por una razón bien sencilla y no exenta de lógica: los responsables de arrastrarlas hasta la playa para su embarque tenían sus yuntas ocupadas en las habituales labores de labranza y, si por este motivo alguien tenía que esperar, estaba claro que tenía que ser el puente y no los cultivos para su inmediata subsistencia. Esta dificultad resultó insalvable para el Ayuntamiento de Santa Cruz, hasta que, por fin, el problema se solventó por sí sólo -es decir, cuando pasó el tiempo de labranza-, y pronto se reanudaron los trabajos en el puente de El Cabo.

          Pero no estaba todo resuelto. Al continuarse la obra se observó que el puente iba a resultar más alto de lo conveniente, lo que produciría un apreciable desnivel en la unión con las calles de sus márgenes, por lo que se decidió rebajar los pilares cosa de cincuenta o sesenta centímetros. El arquitecto municipal, autor del proyecto y director de las obras, Manuel de Cámara y Cruz, se opuso frontalmente a esta determinación aduciendo razones de orden técnico. Las obras volvieron a paralizarse y nadie era capaz de encontrar salida. La polémica se extendió al público, en el que había partidarios de una y otra solución, y los periódicos se encargaban de airear el asunto con sus comentarios. Uno de ellos decía: “El deseo general lo que ha manifestado, es que hay necesidad de bajar el puente o de subir el Hospital; y como esta último no puede ser, el público se inclina á que se baje el puente.”

          El Ayuntamiento, para cubrirse las espaldas, solicitó un dictamen al arquitecto provincial, pero cometió la desatención de no informar a Manuel de Cámara, al que, lógicamente, no podía caerle bien esta decisión. Este segundo informe, contrario al del técnico municipal, fue el que prevaleció, provocando las críticas de los que pensaban que dada la importancia del asunto debería de haberse recabado la opinión de un tercer facultativo. El revuelo fue de tal envergadura que el alcalde accidental Federico Ucar, ordenó paralizar los trabajos hasta que los ánimos se calmaran.

          Tampoco se solucionó nada con la suspensión de las obras, que permanecieron largamente interrumpidas. En 1883 la cuerda se rompió por su parte más débil, cuando Cámara presentó la renuncia a su cargo, basándose en las actuaciones que la corporación había tomado sin consultarle y en la falta de apoyo demostrada por algunos de sus miembros y, a partir de entonces continuaron los trabajos. Fue necesario repetir la subasta de las obras varias veces, por falta de licitadores, hasta que a finales de 1884 se adjudicaron por la cantidad de 8.345 pesetas con 8 céntimos. La odisea había durado más de cinco años.

          Al comenzar la última década del XIX, forzosamente hay que volver a ocuparse del famoso puente, que había tardado casi tanto tiempo en reconstruirse como en encontrarse de nuevo en estado ruinoso. El Ayuntamiento, más que harto de tanto problema y de no menos gastos, en 1892 solicitó ofertas de un puente de hierro que garantizara un mínimo de solidez y duración. En esta ocasión el asunto marchó con bastante rapidez, y el proyecto se incluyó en el presupuesto del año siguiente por un total de 25.000 pesetas, encargándose su construcción en Barcelona. Siguieron las obras con continuas quejas de los vecinos, al resultar muy dificultoso el paso por el cauce del barranco, especialmente con las mareas altas. Mientras se estaba en estos trances se produjo un nuevo temporal que no tuvo consecuencias graves, puesto que en aquel momento no había puente. Por fin, en 1893, se finaliza y se inaugura el nuevo puente, para lo que hubo que acometer algunos trabajos de acondicionamiento en sus accesos. En esta ocasión no se rebajó el puente, ni se subió el Hospital, pero sí hubo que hacerlo con la parte baja de la calle de la Noria, calle frente a la Iglesia y Vera del Barranco, lo que en unión del estrechamiento a que ha sido sometido el cauce, provoca que las inundaciones de la iglesia continúen después de cuatrocientos años.

          Al filo del nuevo siglo, en diciembre de 1899, otro aluvión hizo estragos en Santa Cruz y puso a prueba la nueva construcción después de cinco días de lluvias continuadas. El puente fue rebasado por las aguas y resistió el embate, pero volvieron a inundarse la iglesia y varias viviendas de la zona, con daños considerables.

          También se decidió en este año la realización de la vieja idea de construir otro puente sobre el barranco de Santos, que enlazara la población que se iba consolidando alrededor del edificio de Capitanía, con la parte alta del barrio del Cabo y de San Sebastián. En principio se pensó hacerlo a la altura de la calle de Iriarte, para poco después optar por la de Alfaro. La decisión era tan firme que se apremiaba a los técnicos para la prolongación de dicha calle hacia el Sur, y se incluía en el presupuesto municipal de 1899-1900 una partida de 60.000 pesetas para un puente de hierro similar al que se había colocado en El Cabo. A pesar de estas prisas, transcurrieron seis lustros antes de hacerse realidad este proyecto -de hormigón, no de hierro-, pero en ninguna de las dos calles citadas, sino en la intermedia de Galcerán.

          El barranco de Santos, cauce principal de la ciudad, y barrera física para su expansión, se ve sumido en un período de calma que se prolonga por varios años. Esto era bueno, puesto que las noticias que le afectaban nunca solían ser placenteras. Parece como si se viera inmerso en el marasmo generalizado que Santa Cruz padeció en el comienzo del siglo XX, que se acentuaría luego gravemente con la Gran Guerra.

          Hasta que vuelve a dar señales de vida en diciembre de 1922, cuando la ciudad sufre un nuevo temporal de lluvias, y el aluvión vuelve a producir serios daños a lo largo del curso de todos los barrancos, barranquillos y barranqueras. Como es natural, los efectos en el barranco de Santos fueron los de más graves consecuencias, y las aguas, que pasaron sobre el puente de El Cabo, volvieron a inundar la iglesia, la Vera del Barranco, la calle de la Noria, y destruyeron los murallones laterales de aquella zona, que tantos esfuerzos habían costado. Las obras de encauzamiento se demoraron al ser necesario reformar el trazado de los muros de contención hasta la desembocadura, para amoldarlos al nuevo puente de la Avenida Marítima en construcción.

          Por aquel entonces parece como si a Santa Cruz le entrara prisa por resolver sus problemas con los barrancos. Y así era. A la ciudad le urgía contar con zonas de expansión y necesitaba salvar las barreras que se lo impedían. Son años fecundos en diversas realizaciones para la ciudad. Se aprueba, después de tantos años, el desvío del barranquillo del Aceite hacia el barranco de Santos, se construye el puente Galcerán y se abre al tráfico la Avenida Marítima con su nuevo puente, por muchos años salpicado por las olas, hasta que se hizo “de tierra adentro” con las obras de las nuevas avenidas, plaza de Europa y dársenas portuarias.

         Da la sensación de que a la ciudad le ha dado la fiebre de los puentes, y los proyectos, propuestas y sugerencias son abundantes. Se habla de construir uno nuevo en la prolongación de la calle del Norte, desde su cruce con la de Miraflores hasta el barrio de las Cuatro Torres. Hay quien piensa que es un proyecto disparatado, puesto que ya se cuenta con el de la Avenida Marítima, el de El Cabo, el Galcerán, el de las Asuncionistas y el de Zurita. Se llega a decir al alcalde García Sanabria que “ya está bien de puentes y que ya se terminó la era de los sueños”. Otros opinan que no sólo es conveniente hacer un puente más, sino que lo ideal sería hacer un único “puente desde la Avda. Marítima hasta el Manicomio”, con lo que se acabarían los problemas. También por estos años, principios de los treinta, un concejal propone que se prolongue la calle Seis del barrio del Uruguay -actual Obispo Pérez Cáceres- para dar comunicación directa al núcleo que ya se estaba formando al otro lado -barrio de La Salud-, idea original del actual puente de Loño. El otro puente, el de la calle del Norte, se inauguraría en 1945 con el nombre del general Serrador.

          A la vera del barranco, en su margen izquierdo, nació este barrio Duggi por iniciativa del propietario de los terrenos, Luis José Duggi, quien en 1888 obtuvo autorización del Ministerio de Fomento para lo que se llamó “ensanche del Sudoeste”, desde la calle Iriarte al Camino de la Costa y del Camino de La Laguna al barranco de Santos, comprometiéndose a ceder al municipio los espacios necesarios para la apertura de calles. Al paso de los años, tanto el Ayuntamiento como particulares se fueron haciendo con solares y, en 1902, cuando se acuerda poner el nombre de Luis J. Duggi “a la última calle de la parte Sur”, se concede licencia a la sociedad “El Progreso” para construir ocho casas y, el año siguiente, ya se pide a la Compañía Eléctrica que dote de alumbrado a la parte urbanizada del barrio. En 1926 el arquitecto Antonio Pintor presentó proyecto de urbanización con presupuesto de 873.610 pesetas y, por la topografía del terreno, las obras de desmonte y explanación se prolongaron durante muchos años, incluso hasta 1937.

          Seguramente no son muchos los vecinos que saben que este barrio estuvo a punto de contar con una importante instalación militar. El capitán general había pedido un solar para construir el cuartel de Caballería y el Ayuntamiento demoró la contestación, hasta el punto de que la autoridad militar “amenazó” con instalarlo en La Laguna y, Santa Cruz, celosa de su representatividad, acabó cediendo el sitio de El Monturrio. Los militares pidieron un solar mayor y, cuando se abrió la calle 25 de Julio, se permutó un solar militar, necesario para la apertura, por otro municipal aledaño al primeramente cedido. Pasó el tiempo, y los militares alegaban que el terreno era de dificultoso aprovechamiento… y nos les faltaba razón. Al final renunciaron al cuartel y el Ayuntamiento recuperó los solares, dentro de la operación de permuta del castillo de San Cristóbal en 1926.

          La historia más reciente del barranco de Diego Santos, nuestro barranco por antonomasia, es bien conocida por todos. Parecía que las lluvias ya no son lo que eran, o que las realizaciones urbanísticas habían sido capaces de aplacar sus iras, o que nuestro barranco ya no era el mismo. Y así parecía, hasta que recientemente se han repetido las mismas escenas, y la iglesia de la Concepción ha vuelto una vez más a inundarse, igual que hace cuatrocientos años, a lo que aún no se ha puesto remedio. Pero algo sí ha cambiado. Ya no hay charcos para los baños de la chiquillería, para cazar ranas y para terminar los juegos a pedrada limpia; ya no se escucha el típico canto del boyero cuando llevaba a abrevar sus ganados, ni los más alegres de las lavanderas que en el cauce ejercían su limpio oficio. Sin embargo, contiene un potencial enorme de posibilidades y, esperemos, que las nuevas obras, ya a punto de culminar, le dote de un entorno adecuado y digno, para que la ciudad y este entrañable barrio Duggi puedan asomarse a su curso sin avergonzarse y con orgullo.

         No sé si mi prédica habrá sido útil, pero al menos lo he intentando con todo cariño y la mejor voluntad.

MILLONES DEL CABILDO SIN ORDEN NI CONCIERTO

Muchas cosas se están haciendo en Tenerife. Muchos millones andan a voleo por ahí. Muchos esfuerzos se realizan. Muchas voluntades se mueven. Pero todo, fijaos bien, todo, absolutamente todo, sin responder a un orden preconcebido, a un plan de conjunto o parcial, a un programa mínimo, con respecto a ninguno de los propósitos o de las intenciones.

Beneficencia y Sanidad: Ya hemos dicho en nuestro número anterior lo que pasa con el Hospital Civil. Un Centro bien atendido perfectamente organizado. Dotado de todos los medios que necesita para el desarrollo de los servicios y funciones que tiene encomendados, pero que no cumple, ni con mucho, las finalidades que le corresponde cumplir, ni satisface las necesidades que debe satisfacer.

Carreteras y vías insulares: Se emprenden obras, bien por propia función o con carácter de proyectas apoyados y protegidos por la Corporación y se realizan incompletamente, o se eternizan en su ejecución, o se ejecutan aquí y allá, satisfaciendo necesidades parciales y locales, sin responder a un plan o programa de conjunto, sin completar nunca ningún sector entero de la red de vías que debieran tenderse, como una ordenada combinación de enlaces, sobre todo el perímetro de la Isla.

Turismo: Se construyen y proyectan paradores y miradores y, aparte el hecho de la demora en construirse de la dilación en la ejecución de unos proyectos de cuya necesidad poco será cuánto pueda decirse, se echan de menos el estudio de conjunto, el plan general, que permita conocer y fijar las posibilidades turísticas del país, las necesidades planteadas, en toda clase de iniciativas, con discriminación exacta de la perentoriedad de cada una y orden de prelación que a su solución corresponda…

Son éstos sólo tres puntos y son con respecto a ellos sólo unas consideraciones incidentales, apuntadas someramente, sin detenido estudio y únicamente como surjan y se presentan al juicio popular. Pero como “botones de muestra” pueden y deben bastarnos. Ellos nos demuestran cómo se enfocan los asuntos en la órbita de la política insular y cómo va saliendo todo, a brincos, a retazos, sin orden ni concierto, perdiendo la labor, pese a la buena voluntad que en ella indudablemente se pone, un ochenta por ciento de su importancia, de su eficacia y de su valor.

Ocurre también en lo local, pero ahora estarnos hablando de lo insular y no queremos apartarnos del tema. ¿Dónde está el programa insular, program.a total de actividades, qué dé unidad y fije la continuidad de la política a realizar en cualquiera de los terrenos a que la política del Cabildo afecte?

Un plan general de comunicaciones, en el que se armonice la función oficial, en carreteras, de la Junta Administrativa y de la Jefatura de Obras Públicas, con la propia función insular, en caminos vecinales y la que los Municipios puedan realizar dentro de los términos respectivos.

Un plan general de obras Sanitarias y de asistencia, en el que se debe también trabajar con acuerdo perfecto y en estrecha colaboración con la Jefatura Provincial de Sanidad y Ayuntamientos, para no duplicar servicios y poder complementar los existentes, llevándolos a su máxima eficacia y amplitud, obra en la que deben emplearse los mayores recursos, convirtiéndola en base y eje de toda b política y todos los empeños de la Corporación.

Un programa de turismo, en el que la función propia del Organismo debe dejar paso a las iniciativa privadas, fomentadas, apoyadas estimuladas por él, llegando a pedir colaboraciones e ideas, como en otros lugares y principalmente en el Norte de España, se acude a la eficaz y entusiasta labor de las Juntas de Iniciativas, que tan excelentes resultado han dado donde quiera que llegaran a crearse.

Un plan general de obras culturales, en el que podría figurar todo lo que de alguna forma pueda referirse a la enseñanza y fomento de la cultura, – Museos, subvenciones, becas para enseñanza, etc.—Con este plan de conjunto se evitaría la dispersión actual de los empeños, con los proyectos de un Museo Oceanográfico, un Museo Militar, un Museo Insular,—¿de qué?—, y otros y otros proyectos, lanzados por un lado y por otro, unos en marcha, los demás esbozados, apuntados, iniciados simplemente. Y abarcándolo todo un programa de conjunto; un programa definido, en el que se comprendan las necesidades y los recursos con que se cuenta para satisfacerlas.

Un programa que no sería el de ésta o aquella Corporación, ni de éste o aquel presidente o éste o aquel consejero, sino el programa de la Isla y para la Isla. Programa de presente y, sobre todo, de futuro.

Pasó el tiempo en que los cambios de partido político traían aparejados los de personas y proyectos o empeños. Hoy esto no se concibe. Las Corporaciones han de trazar sus programas con miras a largos años de realización y por ello deben ser bien meditados y estudiados, para que establezcan el principio de una tarea ininterrumpida ya hasta su total realización, con un sentido claro y preciso de continuidad.

Pero el programa debe existir. La labor caprichosa debe cesar. Lo que se haga debe responder siempre a una necesidad definida; nunca al voluntarioso gesto de amistad o simpatía, o al impulso,—por generoso y noble que sea—, del momento, fruto de la improvisación o de la espontaneidad, siempre un poco inconsciente.

Orden y concierto. Todo lo que no se haga así será, por bien intencionado que parezca o en la realidad sea, un juego de tristes resultados para la economía y para el porvenir de la Isla.

Publicado en 1952 en la Revista Selecciones Canarias

Pero parece que fue ayer.