
Manuel de Falla
Pegado al costado de la Iglesia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, estaba el carrito de D. Tomás, llevado por el propio Don Tomás, hombre de carácter agrio y semblante serio imponía respeto a los niños que como yo se acercaban a comprar a su carrito. ¡No me toques las papas fritas niño, yo te las doy!, te decía cuando cogías el paquete dispuesto a pagárselo ya.
Su semblante recordaba al que aparecía en los billetes de 100 pesetas, con el rostro de Manuel de Falla, delgado, calvo y con gafas, Don Tomás imponía con su carácter un respeto que hacía que comprarle golosinas se convirtiera en algo tan serio como presentar una gestión en el ayuntamiento.
D. Tomás tenía en su carrito, judías, caramelos, piruletas, chupetes, pipas, millos, pero lo que más me gustaba, mi golosina favorita, eran esos triángulos de lujuria y placer, de disfrute de los sentidos, que se derretían en la boca dejando pedacitos de caramelo almendrado, que guardabas para el final y masticabas con deleite, esas riquísimas y maravillosas tabletas de Toblerone.
Aún hoy, en ese lugar hay un carrito que lleva su nombre. El otro día pregunté por él a la joven que trabaja dentro, y le conté que yo conocí a D. Tomás, me miró con cara de, “a mí que me importa” y sólo faltó decirme, “señor, no me toque las papas fritas, que yo se las doy”, sonreí. D. Tomás, su espíritu sigue vivo en ese carrito, D.E.P.