Perico y Juana, poema erótico de D. Tomás de Iriarte.

D. Tomás de Iriarte y Oropesa
D. Tomás de Iriarte y Oropesa

Este poema, el más conocido de su vertiente erótica, fue prohibido por la inquisición en 1804, 13 años después de la muerte de Tomás de Iriarte. El poema no puede ser más cándido, comparado con cualquier ejemplo de literatura actual y el trabajo de algún que otro Premio Nobel. Pero estoy convencido, que aún hoy, alguno, lo tachará de indecente.

Un día con Perico riñó Juana
por no se que disgusto o fantasía
pero antes que pasase una semana
ya de tanta altivez se arrepentía
con el zagal querido más humana
volver quiso a entablar nueva armonía
y para hacer las paces mano a mano
diole una cita que el aceptó ufano.

Una fresca mañana del otoño
madrugo Juana y desde el pie pulido
asta el dorado pelo de su moño
de traje más airoso que lucido
adornada salió, y junto a un madroño
que en un sombrío valle está escondido
alegre el rostro y el oído atento
esperando a su amante tomó asiento.

Viendo pues lo mucho que tardaba
y que era solitario aquel paraje
segura de que nadie la miraba
abrió de las enaguas el encaje
descubrió pues la maravilla octava
que ocultaban las sombras del ropaje
y ató en la pierna una encarnada liga
¡pero que pierna¡ Dios se la bendiga.

Llevaba tan delgada vestidura
que casi estar desnuda parecía,
la ágil cadera, el muslo, la cintura
todo el lienzo sutil lo descubría,
dos hemisferios de gentil hechura
en que un rollizo globo se partía
formaban tiernos y elevados bultos
que no pudo el brial tener ocultos.

Perico entre unas matas a Juanilla
atento observaba en tan graciosa planta
ya admira la robusta pantorrilla
ya del pie a la estrechísima garganta
¡que redonda y nevada es la rodilla!
¡como a los ojos y aún al alma encantan
el corto zagalejo, aquel calzado
la media blanca y el azul cuadrado!.

Arrebatado de un impulso ardiente
de la imaginación y los sentidos
salió el joven gallardo y de repente
con brazos amorosos y atrevidos
ciñó a la ninfa, y señaló en su frente
la estampa de los labios encendidos
y el dulce fuego que alteró sus venas
esto le permitió decir apenas.

Deja que bese el blanco y liso pecho
que a la nieve ha robado su blancura
¡que alto y bien dividido! ¡que derecho!
sin sufrir de cotilla la clausura
¡de que terso marfil estará hecho
el cordón de esa enana dentadura!
¡que dicha! repetía el fino mozo
en un abrazo mil deleites gozo.

Ella que antojadiza y desdeñosa
mostrarse intentó tal vez por gala
negole aquélla boca que de rosa
el color tiene y el olor exala
y huyendo de sus brazos presurosa
poco menos le envió que en enhoramala
Perico que la entiende al verla descontenta
finge serenidad, calla, y se ausenta.

Sola queda la ninfa y ya reniega
de su capricho y melindre raro
no, dice, ¿no es verdad que el amor ciega?
¿cuándo en tales escrúpulos repaso?
la que al dueño que adora no se entrega
la que su cuerpo le vende caro
no merece los gustos de cupido
sino que su beldad muera en olvido.

Parte tras su galán y lo divisa
vuelto de cara a un roble y despachando
diligencia, no limpia, aunque precisa
estaba el joven (si lo diré) meando
escondiose la moza a toda prisa
a observar de Perico el contrabando
y ardiendo en cosquillas de deseo
se chupaba los labios de recreo.

Salen a la luz pública por fin
las crecidas insignias de varón
con un botón más blanco que carmín
con un miembro más blanco que algodón
menudos como el césped de un jardín
negros rizos se asoman al calzón
y ocultos dos acólitos se ven
que no dejó el calzón distinguir bien.

Apenas el zagal regado había
el grueso tronco cuando descuidado
sintió que el cuerpo por detrás le asía
un bello brazo de su dueño amado
y forcejeando entonces a por fía
cayeron ambos en el verde prado,
él, sin botón alguno en la braguera
y con las faldas ella en la mollera.

No de otra suerte la sutil caterva
de inferiores poetas imaginan,
que en la edad de oro la mojada hierba
sirvió de lecho al hombre, y que la encina
que de aires y soles le preserva
del tálamo nupcial era cortina,
si este era siglo de oro a fe que Juana
lo gozó con Perico una mañana.

El dulce peso del mancebo siente
en el desnudo muslo y la rodilla
ya con deseo mueve impaciente
del empeine la suave almohadilla
ya incita al saleroso combatiente
con saltos de lasciva rabadilla
y juntando los labios a las mejillas tiernas
enlazados los brazos y las piernas.

¡Con que desenvoltura, quan risueña
al nervio altivo echó la mano blanca
él era corpulento, ella pequeña
empuñarle intentó, pero fue en vano,
ya con el dedo practico le enseña
el paso del estrecho gaditano
y ofreciendo al bagel la senda clara
las dos columnas de Hércules separa.

Aquel angosto y deleitoso ojal
con los bordes teñidos de clavel
entre dos blancas rocas de cristal
más rubio el crespo pelo que oropel
aquel en que unos dicen que hallan sal
y otros son de dictamen de que hay miel
con mil cosquillas y respingos mil
hospedó el instrumento varonil.

Y mientras con caricias regaladas
palpa el joven los pechos de la moza
con las dos que le cuelgan arrancadas
el tacto de la picara retoza,
dale tiernos pellizcos y palmadas
se empina, se columpia, se alboroza
y al fin yo no se que la sucede
que en éxtasis suspensa hablar no puede.

La dulce boca inmóvil medio abierta
con la lengua cogida entre los dientes
a suspirar apenas casi casi acierta
en lugar de dar ósculos ardientes,
la vista con los párpados cubierta
solo indica repentinos accidentes
y sino ha muerto Juana por lo menos
le ha dado un parasismo de los buenos.

En gracias a Dios que resucita
pronto se ha serenado, no, no es cosa
como abre ya los ojos, pobrecita
que tal, estais mejor? duerme reposa
antes que la congoja se repita
¡ay ay, que enfermedad tan contagiosa!
pegosele a Perico, vaya vaya
también el angelito se desmaya.

Ella que ya por experiencia sabe
la causa de aquel mal su especie y cura
viendo que cada vez era más grave
del zagal la amorosa calentura
con un meneo de caderas suave
el remedio aplicó con tal blandura
que la inundó por dentro y fuera
de copioso sudor la delantera.

Aquí de los amantes abrazados
alegremente suspendió el oído
el canto que formaban acordados
los jilgueros del valle y el ruido
de un manso arroyo, a que ellos ocupados
no habían hasta entonces atendido
y allí soplando el céfiro halagüeño
embargó sus espíritus el sueño.

A este tiempo un pastor que la espesura
penetraba guardando su vacada
en divertida y cómoda postura
encontró a nuestra gente embelesada
de la dormida y lánguida hermosura
el pecho de Perico era almohada
enlazados los muslos de él y de ella
y sin pañuelo su garganta bella.

Lindo, dijo el pastor, por vida mía
¿son estos los que quieren que se crea
que hay entre ellos mortal antipatía?
condujo allí las mozas de la aldea
y señalando a Juana las decía
mirad como esta su beldad emplea
aprended a hacer paces bellas niñas
así habéis de dar fin a vuestras riñas.

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