Memorias de la desmemoria. La Blanca Paloma.

Calle del Humo.
Calle del Humo.

Cuando era pequeña, allá por los años 40, vivía muy cerca de la entrada de Valle Tabares, en la calle del Cuerno. Pasábamos mucha hambre, en casa éramos 12 hermanos, y pesar de las miserias, todos llegamos a mayores.

De pequeña, con apenas 10 años, bajábamos caminando, o colados en el tranvía al negocio donde trabajaba mi tía Inocencia. Ella estaba bien colocada, y no lo ganaba mal, mi hermano Miguel solía pasar a pedirle dinero y algo de comida. A veces mi tía estaba durmiendo, se levantaba tarde, pero la chica de servicio nos ponía de comer, yo aprovechaba para entrar a la cocina y comer todo lo que podía, disfrutando de cada bocado como si fuera el primero que comía en mi vida. Leer más

La Mellada.

Carretera a San Andrés
Carretera a San Andrés

Muchas de las veces que esta foto ha sido compartida por Internet, surge un nombre, el de la Mellada. La Mellada era la Madame de una casa de citas que había aproximadamente en lo que hoy es la gasolinera que está al lado de la Casa del Mar, Pero, ¿Quién era la Mellada?

Encarnación Macias López, nace a finales del siglo XIX, en 1894 entre octubre y diciembre. El 27 de diciembre de 1907, la detienen a la una de la madrugada, cuando sólo tenía 13 años, junto a Rosa Rodríguez de 17 años y Lucía Toledo de 14, por tenerse conocimiento de que cometen actos inmorales.

Unos años después, en 1913, la detienen por pelearse con Virginia Salazar Hernández, una vieja conocida de la noche santacrucera, conocida como la Caracatre, con la que tendrá numerosos episodios de escándalo público. Ya en esta época, con 19 años, era conocida como la Mellada.

En 1914, se resiste a entrar en el Hotel Cambronero (1), nombre con el que se conocía la prisión provincial, insultando y faltando al honor a los agentes que intentaban encarcelarla, y es obligada a entrar a empujones en la celda. Acude a prisión con un niño pequeño, que pretenden que lo dejen entrar en la celda con ella, y que presenta como su hermano pequeño.

Encarnación es multada numerosas veces por prostitución en la vía pública y escándalo a lo largo de los años. En septiembre de 1918 ingresa en la Casa de Socorro con heridas punzantes y erosiones en las manos, producidas por una reyerta, quizás con la Caracatre. En octubre del mismo año, vuelve a ingresar en la Casa de Socorro, por heridas producida en otra reyerta, tenía 23 años.

Diez años después, con 33 años regenta una casa de citas en la Calle del Rosario. Es juzgada por corrupción de menores, por encontrar menores en su prostíbulo, delito por el que es denunciada y juzgada en 1928, 1932 y 1934, y en todas las ocasiones es declarada inocente.

En 1928 traslada su domicilio de calle del Rosario nº4, a la Rambla de Pulido nº4, aunque su prostíbulo se mantiene en la calle del Rosario.

En septiembre de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, dona 6 mantas para enviar al frente. Y en 1937, visita al Gobernador Civil, todavía no sabemos para qué.

Fue después de esta fecha cuando traslada su casa de citas a la localización cercana a la foto de cabecera, y que tantos recuerdos trae a algunas personas.

Se le podía ver dando paseos por la Alameda, donde podemos imaginar que las mujeres “decentes” la evitarían como a la peste, y los hombres “no tan decentes” la mirarían como nunca miraban a sus esposas o novias. Dura vida, triste vida, mala vida la de la Mellada.


  1. Le llamaban irónicamente Hotel Cambronero, porque su director Modesto Cambronero, había introducido mejoras en la prisión provincial que no eran bien vistas por todos. Fue criticado por poner demasiadas comodidades a los presos, como cambiar las camas y poner camas decentes y mantener un nivel de higiene mínimo en la cárcel.

Aquellas casas de ‘niñas malas’

Una ciudad como Santa Cruz, con puerto de mar, es imposible que no tuviera casa de “niñas malas”. De ahí que, a lo largo de la historia reciente de la Capital, la calle de Miraflores, la de la Curva y la parte baja de la avenida de San Sebastián concentraran en ese barrio cercano al muelle una batería de prostíbulos que han ido desapareciendo con el tiempo, por la expansión urbanística y porque, evidentemente, la prostitución se ha ido sofisticando con el paso del tiempo.

 

Hoy muchos inmuebles que albergaban muchachas que comerciaban con su cuerpo ya no están en pie. En su lugar se han construido modernos edificios y, en concreto, desde el Puente Serrador hacia abajo se levantará el Instituto Óscar Domínguez, todo una joya como espacio cultural, del que ya nos ocupamos en un reciente artículo.

 

Por aquella zona de San Sebastián y de Miraflores eran famosas, a mediados del siglo XX,  muchas casa de citas y algunas prostitutas de “reconocido prestigio”, como “La Bolígrafo”, “La Veneno”, “La Gallega”, o lugares tan conocidos con “El Quince”, porque el inmueble estaba situado en ese número de la primera vía citada. También tenían renombre “El Palomar” y, frente por frente “El Palacio”; o “Casa Manolita”, en la segunda calle mencionada o, por ejemplo, “La Blanca Paloma”, en las inmediaciones del Cuartel de San Carlos, donde se prestaban servicios económicos a los soldados de Infantería.

 

Una de las más conocidas casa de “encuentros” fue “La Húngara”, que estaba situada entonces en San Sebastián, donde luego se levantó la Clínica del doctor Matías Llabrés, padre de aquel gran médico que fue Lorenzo Llabrés Delgado y de su hermano Matías, farmacéutico, que era dueño de la oficina situada en la esquina de las calles Suárez Guerra y Viera y Clavijo.

 

Me han dicho que la casa de “La Húngara” todavía existe, pero ubicada ahora en el santacrucero barrio de Buenos Aires, en el arranque del Polígono Costa Sur, frente a la Papelera de Canarias, y que la fundadora de aquel establecimiento falleció hace tiempo, después de retirarse a vivir a un apartamento en la costa de Tacoronte.

 

En la calle de San Sebastián, esquina a la de Los Molinos, se encontraba el Dispensario Dermatológico, a donde acudían las “niñas malas” a hacerse revisiones médicas para prevenir y, en su caso, curar, diversas enfermedades venéreas. Ese centro, que ahora depende, creo, del Servicio Canario de Salud, se encuentra por debajo del Observatorio Meteorológico y de la clínica que fue de don Alberto Rodríguez López, ya en la confluencia con la avenida de La Salle, en cuyas proximidades estaban las sedes de las fábricas de tabacos “La Isol” y “La Antillana”,cuando el sector tabaquero isleño vivía momentos de claro crecímiento, no como ahora, en franco retroceso.

 

“La Mellada” y “La Paqueta”

 

Fuera del centro urbano de Santa Cruz siempre ha habido diversas casas de “niñas malas”, y los famosos cabarets de La Cuesta de Arguijón, como “La Caracola”, el ‘Tabares”, y numerosas “barras americanas” situadas en la avenida de Ángel Romero y en la misma Vuelta de Los Pájaros. Una de las más famosas barras fue el “Condal”, propiedad de una señora catalana que vivió algunos años en un edificio de la Cruz del Señor.

 

Una de las casas de mayor reputación (y nunca mejor dicho) fue la de Encarnación “La Mellada”, un inmueble de dos plantas, situada al inicio de la antigua carretera de San Andrés, en las cercanías de donde hoy está ubicada una gasolinera de ‘Texaco”, frente a “Ligrasa”, cerca de la Escuela de Náutica y poco antes de llegar a Valleseco.

 

Por allí pasaba la pequeña locomotora de Añaza, que hacía un singular recorrido entre la cantera de La Jurada y el muelle y que, a partir dé los años cuarenta, dispuso de vagonetas nuevas, para transportar el material necesario para la ampliación del dique del Sur, vagonetas que importó la empresa “Contratas Canarias”, de Maximino Acea, compañía de la que fueron directivos, entre otros, Pedro Alemany y el ingeniero Muñoz Reja.

 

La casa de “La Mellada”, que no estaba encalada y que lucía un discreto color cemento, fue sede de numerosos encuentros “amorosos”, a la que acudían gentes de perras y no tan pudientes del Santa Cruz de entonces, porque evidentemente el lugar estaba apartado de la ciudad y las cosas se hacían con mayor disimulo.

 

Una vez jubilada, ya mayor, Encarnación se le veía frecuentemente paseando por la Alameda y hablando en Los Paragüitas con Alonso El Chino, propietario del restaurante “Shangai”, situado en la calle de La Marina, luego explotado por su hijo Enrique, un establecimiento entrañable, donde se preparaba buena comida casera y se servían los mejores whiskies de todo Tenerife, porque el hielo se hacía con agua pura y en los vasos donde se ponían los escoceses no albergaron nunca otro tipo de bebida. Era uno de los “secretos” de la casa.

 

Otro de los lugares a donde acudían los hombres necesitados de comprar sexo era el chalet de  “La Paqueta”, situado en la avenida de Benito Pérez Armas, muy cerca de donde años después se levantó la sede provincial de la Compañía Telefónica Nacional de España, en las inmediaciones de la Prisión. “La Paqueta” llegó a tener una sucursal en La Laguna, en la entrada del barrio del Coromoto, muy cerca de la Autopista del Norte, a un tiro de piedra de la gasolinera de la “Mobil”. Según tengo entendido, en aquella casa había incluso un piano de cola, probablemente regalado por un cliente vip, que en alguna ocasión sirvió de escenario de alguna bacanal. Un amigo mío, ya entrado en años, me comentó recientemente que, hace muchos años, una pandilla, de la que él formaba parte, que había salido de fogalera por ahí, entró en la sucursal lagunera de “La Paqueta” y una de las internas les hizo un numerito encima del teclado.

 

Por Paco Pérez – Publicado el 19-04-2001. En la Gaceta de Tenerife

Cuentos Canarios – La Gaviota – Benito Pérez Armas

Benito Pérez Armas
Benito Pérez Armas

—¡GAVIOTA! ¡Gaviota!… ¡Borrachina!…¡Ranea, ranea!… .
—¡Toma, toma!.. ¡Pa tus besos, eslambío!.. ¡Toma!… ¡Toma!…

Estos eran los diálogos que a cada instante se establecían entre la chiquillería de Arrecife y Felipa la Gaviota. Tres generaciones de muchachos la habían conocido y con todos sostuvo idéntica batalla. Era la distracción de los Vagos del muelle y de la pescadería.

— Este enjalmo está carenao con la caña— decían los marinos sexagenarios—y no vira la quilla. Es más viejo que la lancha de señó Miguel el prático.

Efectivamente; por Felipa, como suele decirse, no pasaban los años. Era siempre la misma vieja alta, de constitución hombruna, nariz rojiza y piel tostada por los soleros de las playas.

Sus hijas parecían más viejas que ella y sobre todo más destrozadas por el Vicio, al que se entregaron como su madre, cuando eran ninas, niñas calvas, en que la juventud aún no habia hecho sonar los clarines del amanecer.

Su naturaleza lo resistía todo. De muchacha había sido una morena provocativa de formas espléndidas, torneadas sin delicadezas artísticas, pero sólidas, firmes a las caricias del vicio que a ella llegaban como las olas a un peñasco.

Durante treinta años había sido Felipa la sacerdotisa que mantuvo el fuego del amor en todos los marinos jóvenes de Arrecife. Aquellos muchachotes fuertes, de una rudeza casi salvaje, cuando regresaban de las costas africanas después de un mes de ausencia, no pensaban sino en Felipa; en la hembra cuyo recuerdo les incendiaba la sangre, durante las faenas de la fresca y salazón; en la hembra garrida de pulpa lozana v ojos agresivos.

Felipa, como las cortesanas de Alejandría, vivía en los muelles y gustaba del amor en las playas. En verano dormía oculta entre las rocas; detrás del viejo castillo de San Cristóbal; donde, quiera que la arena fina y apelmazada de las riberas brindaba un lecho fresco y agradable. Todavía, a pesar de sus años y sus borracheras, solía verse solicitada por jovenzuelos de quienes podría ser abuela.

Muchas tardes, cuando las mareas eran grandes y los mariscos de las costas quedaban descubiertos, luciendo sus extrañas vegetaciones, Felipa armada de un arpón de verga se dedicaba a pulpear. Arremangada, con el agua hasta las rodillas, recorría hurgando covachas, revolviendo piedras, atisbando escrupulosamente en todos sentidos, las playas de los islotes próximos al puerto. Cuando cerraba la noche encendía el hachón de tea, y como un fantasma entre resplandores, que iluminaban las aguas del océano de modo variado y caprichoso, Felipa continuaba cogiendo pulpos, ensartando morenas y cangrejos… Entonces era cuando los jovenzuelos la buscaban temblando de emoción. Felipa dejaba de pulpear; los resplandores se extinguían…

El hacho ardía nuevamente, la silueta de Felipa tornaba a dibujarse entre los manchones de escarlata que sobre el mar y las rocas arrojaba la tea en combustión. La interrumpida faena continuaba. Para la Gaviota no tenía más trascendencia iniciar a un joven en las ofrendas del amor, que estrangular un pulpo: ¡las flechas de Cupido allá se iban con las barbillas del arpón! Eran los oficios de toda su existencia, las dos maneras de procurarse pan y aguardiente de caña. Este último no le abandonaba nunca, y de cuando en cuando, sacaba el tarrito para matar el frío.

—Por caá pulpo un buche—solía decir.

Debe saberse, para completar el retrato de Felipa, que pensaba en alta Voz, esto es, que sus soliloquios se exteriorizaban siempre por medio de la palabra.
—Trágatelo endino; trágatelo… ¡juisge una suta que rejos tiene!… No te lo dije, alma de perro que yo te lo enjilaba.. Lárgala, lárgala toda…

El cefalópodo, mientras tanto, estiraba y encogía desesperadamente sus ocho tentáculos, poniendo al descubierto las ventosas y movia locamente la cabeza convirtiendo en tinta las aguas de los charcos. Al final de la lucha, cuando la presa ya estaba en las manos, Felipa decía éstas o análogas frases:
—¡Bonito pértigo! Se lo llevaré al cura. Pero si no me da una fisca que se limpie… La compañera debe también estar entaliscáa po estas cuevas. ¡Como la trinque!…

Pescado para el caldo nunca le faltaba, porque los marinos por la fuerza de la tradición, y sin duda recordando antiguos favores, nunca le negaban ora una cabeza de sama, ora unos chirrimiles gustosos, ora un par de caballas.
Bien de mañanita se presentaba en la pescadería.
—Hoy te toca a ti, niño. No me vengas con fulas y galanas, como el otro día. ¡Anda, Cachimba! — Como cada marino tiene sus alias. Felipa no empleaba nunca el nombre de pila.
—¡Toma y quítateme delantre, Gaviota de los demonios!
—¡Sale; cómetelo tú si’quieres! ¡Un rascáis, valiente tiesto!… Ganas me dan de no mirarte más al josico!
—Cállate raquera, porque te lo estregó!…

La Vida de la Gaviota se deslizaba sin alternativas, cuando el Ayuntamiento de Arrecife nombró comisario de policía a un sargento de la guardia provincial, hombre de mala catadura y grandes energías. Llevado de sus prácticas militares no daba cuartel a la canalla, como él la apellidaba, y tenia en cintura a todos los vagos, calaveras y parrandistas del pueblo.

Como es lógico. Felipa era una víctima del arriscado e inflexible comisario. Casi todas las noches la hacia dormir en la prevención, o cuarto de los ratones, como allí le dicen, después de darla un par de pescosones, y la Gaviota lo odiaba furiosamente.
—Si lo cojo pa parte sola, sin sable, le bato las costillas de un tenicazo. ¡Rayos encendaos se lo coman!…

Un sábado por la tarde Felipa no podía mantenerse en pié. La amplia explanada del muelle estaba llena de cebollas, que muy pronto debían ser trasladadas a la bodega de un fragatón que salía para Cuba. Dos o tres camellos tendidos en tierra rumiaban tranquilamente, como si gozaran del éxtasis dionisiaco, con las caras vueltas a occidente, impasibles, viendo como se iba la luz del día, cómo avanzaba el crepúsculo… Felipa se ocultó entre dos montones de cebollas. Lo que es aquella noche se jeringaba el comisario; allí se estaba bien, al aire libre; después se trasladaría a su cuartucho o dormiría en la playa al socaire de uno de los lanchones varados…

En estas cavilaciones se perdía la buena de La Gaviota, cuando una niñita de cinco a seis años avanzó casi hasta el sitio del escondite.
Caminaba torpemente la criatura, y llevaba entre sus manos uno de aquellos tubérculos de que los muelles estaban llenos.
—¡Es la niña del comisario! —Pensó Felipa llena de terror. —Ese demonio debe estar por las veltas —y se acurrucó todo lo más posible.
Pero no era asi. La niña había ido al muelle en compañía de una criaduela que entretenida con otras de su jaez, se olvidaba de los deberes de su oficio.

Una docena de pequeñueias, cojidas de las manos, daban vueltas y más vueltas, cantando la siguiente cancioncilla, con monotonía desesperante:
Yo tengo un castillo
Matarile rile rile;
Yo tengo un castillo
Matarile rile ron.

La hija del comisario, moviendo sus píemecillas, corría tras la cebolla que poco antes llevaba en las manos. El tubérculo al llegar a la arista del muelle cayó al agua, y la inocente criaturita también. Nadie estaba por aquellos alrededores.
— ¡Concio que se ajoga!— gritó Felipa, y sin vacilar un instante se arrojó al agua en menos que se cuenta. Era una nadadora consumada, pero los años, las ropas y sobre todo la embriaguez, le robaban las; fuerzas… Bregó con furia un instante hasta apoderarse de la niña.
Después hubo un momento de angustia, de terror instintivo. Las escalerillas estaban distantes y era seguro que no podría llegar a ellas.
—¡«Dejar la niña nunca, concio»! Lo mejor era ganar la borda de uno de los lanchones, a pocos metros de distancia fondeados; ¡sí, si, a los lanchones!…

Avanzaba muy poco. Su situación era parecida a la de un barco Viejo, anegado de agua, que tuviera solo un remo para defenderse de las corrientes encontradas. Con el brazo izquierdo tenía asida a la criatura y luchaba con el derecho.

Por último, jadeante, desfallecida, casi asfixiada, llegó a la borda de uno . de los lanchones, y con impulso desesperado pudo arrojar dentro a la niña del comisario.

La Gaviota no tuvo más fuerzas. Quiso trepar, pero le fué imposible; las enaguas de bayeta roja se enredaron en el tolete o escálamo del remo de proa, y el cuerpo de Felipa quedó colgando; colgando y sumergido en las aguas, sintiendo los estertores de la muerte. Unas burbujas de espuma resbalaron por la superficie del cristal. ¡Eran producidos por el último suspiro de la infeliz perdida, que terminó su existencia con un hecho heroico, con un hecho que demostraba que todo en su corazón no era cieno!…

El guiñapo rojo dio el alerta a los primeros transeúntes, y el sacrificio de la infeliz Gaviota no fué inútil, se salvó la niña del comisario.

BENITO PÉREZ ARMAS. Publicado en la Atlántida 20 de mayo de 1928