Memorias de la desmemoria. La Blanca Paloma.

Calle del Humo.
Calle del Humo.

Cuando era pequeña, allá por los años 40, vivía muy cerca de la entrada de Valle Tabares, en la calle del Cuerno. Pasábamos mucha hambre, en casa éramos 12 hermanos, y pesar de las miserias, todos llegamos a mayores.

De pequeña, con apenas 10 años, bajábamos caminando, o colados en el tranvía al negocio donde trabajaba mi tía Inocencia. Ella estaba bien colocada, y no lo ganaba mal, mi hermano Miguel solía pasar a pedirle dinero y algo de comida. A veces mi tía estaba durmiendo, se levantaba tarde, pero la chica de servicio nos ponía de comer, yo aprovechaba para entrar a la cocina y comer todo lo que podía, disfrutando de cada bocado como si fuera el primero que comía en mi vida. Leer más

Carta del guardiamarina William Hoste a su padre  (15 de agosto de 1797)

Theseus, 15 de agosto de 1797

Querido padre:

Debo sentarme ahora y darte un relato detallado de nuestra desafortunada expedición contra la isla de Tenerife. A pesar de lo incómodo de esta tarea, estoy seguro de que será mejor explicado por mí que por ningún otro; además de que te convencerás de que estoy bien y, créeme, desearía poder decir lo mismo de todos los de a bordo. Sin ningún prefacio más, por tanto, comenzaré.

Dejamos la Flota situada frente a Cádiz el día 14 de junio, en compañía de dos navíos de línea, tres fragatas, el cúter Fox y una bombarda. Las órdenes del almirante Nelson eran -las recibí de él mismo- hacer un vigoroso ataque al pueblo de Santa Cruz, en la isla de Tenerife. El día 20 avistamos la isla, y el 22 por la mañana los soldados de marina y los marineros armados pertenecientes al escuadrón -entre todos, 600 ó 700 hombres- desembarcaron a unas 2 millas al este del pueblo, pero fueron obligados a reembarcarse de nuevo a bordo de las fragatas antes del anochecer, estando los habitantes alarmados y sin ninguna apariencia de éxito por aquel lugar. Fue entonces cuando se decidió atacar el pueblo en la noche del 24. Creo que no puedes tener una mejor idea de lo que pasó si no te envió una copia del diario de abordo, desde el momento del ataque hasta el día siguiente. Por ese motivo, empezaré. Será necesario que te informe para una mejor comprensión que el Leander, un navío de 50 cañones, se unió al escuadrón el 23. A las 5 anclamos al este del pueblo, en compañía del Culloden, Zealous, Leander -todos barcos de línea-, y las fragatas Seahorse, Terpsichore y Emerald; el cúter y la cañonera se mantenían enfrente de la ciudad. A las 7 y media la bombarda comenzó a arrojar bombas al pueblo. A las 10 y media los soldados de marina y los marineros de los diferentes barcos se reunieron y comenzaron a remar en dirección a la cabeza del muelle, bajo el mando de nuestro valiente almirante. Leer más

Cuando las banderas de Nelson visitaron el Museo Municipal.

Cuando las banderas de Nelson visitaron el Museo Municipal.

1936-05-30 entrega de las banderas al ayuntamiento
Entrega de las Banderas. Iglesia de la Concepción.

A las cuatro de la tarde del 30 de mayo de 1936, se trasladó a la iglesia la comisión nombrada por la Corporación municipal, encargada de recoger las banderas tomadas a Nelson y trasladarlas al Museo Municipal. La Comisión estaba formada por don Francisco González Trujillo, don Nicolás Mingorance, don Juan Alonso de Armas y don Manuel Macías; secretario del Ayuntamiento, don Hipólito Fumagallo, y director del Museo, don Eduardo Tarquis (1).

La comisión fue recibida por el cura párroco, señor Herráiz Malo, que en presencia del notario don Alfredo Álvarez hizo entrega de las banderas y las lanzas a los representantes municipales. Leer más

Sobre las vicisitudes de la Cruz que da nombre a Santa Cruz

Extracto de un artículo sobre la Cruz Verde de mi bisabuelo Francisco Pedro Montes de Oca y García, publicado el 25 de julio de 1933.
 
Cruz de la conquista.
Cruz de la conquista.

Allá por el año de 1901, cuando marchamos a la capital para cumplir nuestros deberes militares y al contemplar aquel madero carcomido, ya resguardado de la inclemencia de los tiempos, dentro de un marco plateado que el Municipio, con buen acuerdo, mandó a hacer, nos preguntamos:

—Pero, ¿es que nadie supo hasta la fecha de aquel acuerdo, quién fué el salvador de esta sagrada reliquia, joya arqueológica netamente paradigma y evocativa?… ¿Qué historial, tradición o leyenda de ella se conservará, después de haber desaparecido aquella peña en que fué colocada?…

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José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

Programa concierto para recaudar fondos.
Programa concierto para recaudar fondos.

Por Alejandro Carracedo Hernández.

Harto conocido es el devenir de éste héroe de Baler, el soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife, en la historia general del sitio de Baler, pero es el objetivo de este artículo hablar de la historia menuda que compone la Historia con mayúsculas.

Una vez reunidos y homenajeados en Barcelona, José Hernández Arocha vuelve junto con  Eustaquio Goper en el transatlántico Cataluña, llegando a Tenerife en la primera quincena de septiembre de 1899.

Es invitado a varios actos para homenajearlo, entre ellos a un concierto del orfeón catalán formado por soldados del Regional núm. 1 celebrado en la Alameda del Príncipe. [1]

A principios de octubre de 1899 el Ayuntamiento de La Laguna decide concederle un destino retribuido que permita tener asegurada su subsistencia.[2]

El sábado 7 de octubre de 1899 realizan un concierto en el Teatro Viana en la calle Juan de Vera, para recaudar fondos para el héroe de Baler. Estando próxima su boda la comisión decide comprarle una casa con las 2.000 Ptas. recaudadas.[3]

El  16 de Octubre de 1899, el Excmo. Sr. Capitán General ordena abrir una suscripción voluntaria entre las fuerzas que guarnecen el territorio del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife, suscripción que recauda 1.000 Ptas. y que junto a las 100 Ptas. que decide asignarles la comisión provincial, le son entregadas para su sostenimiento.[4]

El 17 de noviembre de 1899 firma la escritura de la casa situada en lo que hoy es Taco.[5]

El 18 de noviembre de 1899 se decide colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa que se le ha regalado a José Hernandez Arocha. [6]

En febrero de 1900 se le reclama el pago de los derechos por la donación de la casa, ascendiendo ésta a 365,01 Ptas., la prensa protesta por éste acto indigno y se queja del mísero sueldo que percibe del ayuntamiento y del hecho de mantener a sus padres con el mismo.[7]

A finales de febrero de 1900, cuando tenía 23 años se casa con Doña Juana González y Díaz de 20 años, y habitan la casa que les ha donado.[8]

En marzo de 1908 se le concede, por parte del ejército, junto a Eustaquio Gopar, una pensión vitalicia de 60 Ptas./mensuales, que vendrá a mejorar la economía familiar.

En diciembre de 1910, es invitado a la festividad de la patrona de infantería en el Cuartel de San Carlos, dónde luce con orgullo [sic] su cruz laureada de San Fernando en el pecho (Nota aclaratoria: nunca se le concedió la Laureada de San Fernando, aunque todos se la merecían. Se cita literalmente la información de la nota de prensa). [9]

En enero de 1946 se le asciende a teniente honorario y el día 1 de abril se le imponen las insignias que le reconocen como tal.[10]

Llegado a éste punto, puede que no sepas que pasó en Baler, quién mejor que el propio protagonista para que te lo cuente.

 

Entrevista a José Hernández Arocha, publicada el 26 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.
Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.

¿Quién no ha oído hablar de Baler? Hasta hace poco tiempo, puede asegurarse que dos terceras partes de los españoles desconocían hasta el nombre de ese pequeño pueblo de Filipinas, situado en la parte norte de la isla de Luzón, provincia de Exija, próxima á la de Vizcaya, Distrito del Príncipe y cruzado por la cordillera de Caraballo, que es la principal de la mencionada isla; pero hoy sería vergonzosa, para todo buen español, la ignorancia de ese nombre que un puñado de héroes acaba de inmortalizar, escribiendo allí una brillante epopeya digna de los tiempos de Sagunto y de Numancia, con la que se ha demostrado al mundo entero que aún hierve en los corazones españoles aquel olímpico valor que hace mirar la vida como cosa secundaria siempre que se trate del amor á la patria y la honra nacional.

De las dos desgraciadas campañas que acabamos de sostener en Cuba y Filipinas, nos quedan dos ejemplares hechos, cuyo recuerdo es bastante para halagar aún nuestro orgullo patrio, consolándonos en parte, de los terribles desastres que, por la torpeza de gobiernos imprevisores, si no por causas más vituperables, que no por la abnegación y bizarría de nuestros soldados, hemos sufrido: El héroe de Cascorro y los de Baler.

Plano de la Iglesia.
Plano de la Iglesia.

Para dar á nuestros lectores una cabal idea de los grandes sacrificios y proezas de estos últimos, bástanos referir, á grandes rasgos, la conversación que, en una entrevista ó interview, como ahora se dice, tuvimos ayer con el soldado, del destacamento  de Baler, José Hernández Arocha natural de esta Ciudad, en la que fué alistado con el número 46, el año de 1895.

El José Hernández, que es mozo de aspecto agradable y de vigorosa constitución se prestó muy complaciente á satisfacer nuestro interés y curiosidad, contestando modestamente á nuestras repetidas preguntas.

—Después de tomar parte, nos decía, en la gloriosa, aunque infructuosa, campaña emprendida por el bizarro general Lachambre (cuando Polavieja) en la que avanzamos de triunfo en triunfo desde Parañaque hasta Imús, sosteniendo, entre otros varios, los heroicos combates de Silang y Pérez, Las Mariñas, fui destinado al destacamento de Baler, con otros compañeros, partiendo para dicho pueblo el 7 de Febrero del año próximo pasado, llegando el día 13 del mismo mes. La fecha respondió esta vez á la fatalidad que la superstición le atribuye; pues con dicho día coincidió el principio de nuestros sinsabores.

Componíase el destacamento de 54 hombres al mando de un capitán con dos segundos tenientes y un módico segundo, teniente también. En los primeros tiempos no iba la cosa mal y podíamos salir al pueblo casi despreocupados de todo peligro; pero el día 27 de Junio fuimos atacados por los filipinos tan rudamente que tuvimos que replegarnos á la iglesia, que fué, desde entonces nuestra inexpugnable fortaleza donde nos hicimos fuertes, mientras los insurrectos dominaban todos los contornos; allí nos atacaron con tal insistencia que creímos no poder escapar con vidas. Llegaron hasta apoyar en los muros escaleras para facilitar el asalto; pero nosotros, á nuestra vez, nos defendíamos con tanta decisión, que nos apoderamos de las tales escaleras y de otros artefactos de guerra.

Desde ese día los ataques fueron continuados y porfiados, sin que nos dejaran un momento de verdadero reposo.

—Y diga V., le preguntamos, ¿qué condiciones de defensa tenía esa iglesia en que Vds. estaban?

—Pues eran muy buenas; pues sus paredes, gruesas y fuertes eran á prueba de terremotos, que allí son frecuentes y además, la artillería de los tagalos no era muy temible, que digamos. Componíase aquel recinto de la nave que era nuestro cuartel y campo de operaciones; el bautisterio, destinado á prisiones militares; la sacristía, que tenía la misión más triste: era nuestro cementerio. Comunicándose con la iglesia por la sacristía, seguía la casa del cura, medio destruida, pero con los muros en buen estado; de manera que nos servía de patio y de algo más preciso, en sustitución de lo que juntamente con la casa se había destruido. Este era nuestro mundo en todo el tiempo que allí estuvimos sitiados.

—¿Y qué tiempo duró el asedio?

Último de Filipinas
Último de Filipinas

— Desde la fecha que he dicho (27 de Junio del 98) hasta el 2 de Junio del presente año, Referir todo lo que en ese tiempo sufrimos sería cuento de no acabar. En un segundo asalto llegaron los enemigos hasta arrimar leña por la parte de la sacristía con intentos de prenderle fuego y nosotros, ya a la desesperada, hicimos una salida, con tan buena suerte, que los rechazamos, apoderándonos de la leña con que querían quemarnos. Teníamos tal convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida. En el tercer asalto usamos del agua hirviendo al mismo tiempo que de nuestros certeros tiros y siempre con buen resultado.

—¿De agua hirviendo dice V? ¿Y cómo conseguían Vdes. esa agua?

—Fácilmente. En el patio de la casa del cura abrí yo por mis propias manos un pozo en el que encontramos agua de muy buenas condiciones, á las tres varas más ó menos. Por esa parte estábamos bien. ¡Ojalá en víveres hubiese sido lo mismo!
Pues qué, ¿estaban Vds. mal de provisiones?
En municiones de boca y guerra no andábamos como queríamos; aunque las de guerra fueron suficientes. En los cinco meses primeros teníamos unas latas de sardinas y unos sacos de harina que ni para perros; pero como había que aprovecharlas porque no había otras, comimos de ellas con muy buen apetito y para utilizar la harina me encargaron la construcción de un horno cuyo lecho ó piso tendría próximamente un metro cuadrado y 95 centímetros de alto; así pudimos comer algo parecido á pan:

—¿Y con qué materiales pudo Vd. Construir ese horno?

—Con los ladrillos del piso de la iglesia y tierra amasada. Esa era toda la argamasa.

— Y terminados esos víveres ¿con qué se alimentaban luego?
Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín.

Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida,; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disentería que allí se habían desarrollado y de las que habían muerto 19 á más de otros dos que lo habían sido de balazos; un navarro llamado Julián Galbete y un valenciano, Salvador de Santa María. Entre los muertos por  enfermedad se cuentan dos paisanos nuestros.

Nuestros esfuerzos, sin embargo, eran inútiles, pues siempre seguíamos hostilizados por un inmenso enjambre de tagalos que me hacían recordar las bandadas de cuervos revoloteando al rededor de la carne muerta. Por fin, comprendiendo que el pueblo era una verdadera guarida de enemigos decidimos prenderle fuego, adoptando para ello el procedimiento de salir uno solo, arrastrándose con la mayor cautela por entre la yerba, hasta llegar á las casas más cercanas y con un estoperón empapado en petróleo se les prendía fuego y luego á huir, antes de ser sorprendido. De esta suerte íbamos saliendo todos, por turnos con el empeño de ver quien quemaba más viviendas. El mismo sistema seguíamos para ir á segar la yerba con que nos alimentábamos; y á pesar de los continuos disparos que nos hacían los tagalos, esperábamos con ansia el día en que nos tocaba el turno; pues al mismo tiempo que teníamos la satisfacción, tanto más agradable cuanto más peligros corríamos, de llevar el sustento á los compañeros, solíamos aprovecharnos de algún valioso hallazgo que en la dificultad de repartirlo con los demás, por lo poco, lo gustábamos á solas ¡condimentado con el silbido de las balas enemigas.

Parlamentario acercándose a la iglesia—¿Y de disciplina cómo andaban Vds.?

—Bien; todos estábamos animados del mismo espíritu y de iguales deseos; habíamos tomado al pie de la letra la ordenanza militar y nadie, y eso que tuvimos días de tristeza y de desesperación horribles, pensó en capitular. No obstante las repetidas intimaciones que nos hizo el enemigo acompañadas de algunas alucinadoras insinuaciones. Dos desgraciados, únicamente, quisieron desertar y fueron descubiertos y fusilados en el mismo templo. Qué más; nosotros ignorábamos el desastre que los nuestros habían sufrido en la lucha con los americanos; y un día que se presentó un teniente coronel con órdenes superiores para que nos rindiéramos, desconfiamos de él y no le hicimos caso; y lo mismo sucedió con un segundo emisario á quien igualmente desobedecimos.

Es imposible referir, siguió diciéndonos el valeroso soldado, todos los heroicos episodios de aquella lucha sin esperanzas de triunfos ni de socorros por tanto tiempo esperados. Un día, cuando más el hambre nos atormentaba, pasó á tiro un perro y lo tumbamos; pero los tagalos se apercibieron de ello y á fin de no dejarnos recogerlo nos enviaron una lluvia de balas que nos impedía salir. Un compañero se decidió entonces y burlando el fuego enemigo nos lo trajo; y después de todo resultó sarnoso, pero nos supo á jamón.

Iglesia de Baler
Iglesia de Baler

En medio de nuestros sufrimientos teníamos un noble orgullo que nos llenaba de consoladora satisfacción: ningún día dejó la bandera española de ondear en lo alto de la torre, aunque dos veces fué derribada por los enemigos á cañonazos.

—Y si fué derribada ¿cómo pudieron reponerla?

—De una manera que no puede ocurrirle á Vds. De unas sotanas de los monacillos tomamos el color rojo, y el amarillo de una casulla del Párroco.

Por último llegó el día en que el teniente coronel del ejército republicano, Celso Mayor nos propuso, en nombre de Aguinaldo, que capituláramos; para esto pusimos las condiciones de que se nos había de tratar con todos los honores de la guerra y nunca como vencidos, conduciéndonos hasta lugar seguro para embarcarnos para España.

—¿Y aceptaron?

—Desde luego. Fuimos conducidos al palacio de Aguinaldo, en Talac, quien nos regaló un par de duros á cada uno de los 33 que quedábamos y pronunció un enérgico discurso en que, dirigiéndose á los suyos, nos presentó como modelos de abnegación y de heroísmo.

De allí fuimos escoltados por fuerzas de los filipinos hasta San Fernando de la Pampauga, en Bulacán, donde se nos entregó á los americanos que nos tributaron, lo mismo que los tagalos todos los honores de la guerra; pues al pasar por sus filas nos presentaron las armas y las bandas de música nos tocaron la marcha real y el paso doble de Cádiz. Tras de tantas penas y fatigas sentimos, ante aquellas manifestaciones, la agradable satisfacción del que cumple con un deber sagrado.

¿Les dieron alguna recompensa? Preguntamos por último, admirados de tan grandes virtudes.

—Aún, no, pero dicen que nos darán la laureada.

¡Oh! sí; pensamos nosotros; les darán una GRAN CRUZ: la de una vida miserable y de desengaños que es el premio que sabe dar España á sus héroes humildes.


 

[1] 12 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

[2] 2 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[3] 16 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[4] 17 de octubre de 1899 en  La Región Canaria.

[5] 18 de noviembre de 1899 La Región Canaria.

[6] 18 de noviembre de 1899 Diario de Tenerife.

[7] 22 de febrero de 1900 La Región Canaria.

[8] 1 de marco de 1900 La Región Canaria.

[9] 9 de diciembre de 1910 La Gaceta de Tenerife.

[10] 8 de enero de 1946 Falange.

Rafael Castro Ordóñez y la comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Rafael Castro Ordóñez y la comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Muelle de Santa Cruz, entre el 14 de agosto de 1862 y el 16 de agosto de 1862
Muelle de Santa Cruz, entre el 14 de agosto de 1862 y el 16 de agosto de 1862

Rafael Castro Ordóñez (Madrid, 1830/1834 – 1865) fue pintor, dibujante y el primer fotógrafo español en una expedición científica.

Nació en Madrid en 1834 ó según otros autores en 1830.2 3 Entre 1848 y 1850 estudió pintura y dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y ante el rendimiento económico de la fotografía decidió iniciarse en ella al igual que otros pintores en esos años; con ese motivo viajó a París para formarse con el pintor Léon Cogniet y cuando fue seleccionado para viajar en la expedición al Pacífico solicitó asesoramiento a Charles Clifford que era especialista en fotografía de viajes y que incluso se encargó de comprarle los materiales necesarios en Londres.

La comisión científica del Pacífico (1862-1866)

Durante el reinado de Isabel II se realizó esta expedición ultramarina con el fin de fomentar la investigación naturalista y antropológica y contando con el apoyo de una escuadra colonial española a las órdenes del general Pinzón. La escuadra estaba formada por las fragatas Nuestra Señora del Triunfo y Resolución y la goleta Covadonga que zarparon del puerto de Cádiz el 10 de agosto del 1862 con destino a América Central, América del Sur y California.5 Por otro lado se intentaba imitar con esta expedición otras realizadas por diferentes países y especialmente la realizada por el alemán Alexander von Humboldt.

Se aprecia que la Farola del Mar está sin terminar, y con un techo provisional.
Se aprecia que la Farola del Mar está sin terminar, y con un techo provisional.

El equipo expedicionario estaba formado por tres zoólogos, un geólogo, un botánico, un antropólogo, un taxidermista y un dibujante-fotógrafo, puesto para el que se eligió a Rafael Fernández de Moratín, pero que no pudo participar por motivos de salud y se encargó el trabajo a Rafael Castro aunque sólo participó entre 1862 y 1864 ya que abandonó la expedición en Guayaquil encargándose Marcos Jiménez de la Espada de realizar las fotografías. Durante un tiempo se instaló en Valparaíso pero regresó a Madrid al deteriorarse las relaciones con Chile tras la toma de las islas Chincha por la escuadra del general Pinzón.

Su producción fotográfica abarcó desde tomas de vistas (ciudades, paisajes, ruinas, monumentos) y tipos humanos, hasta retratos de estudio. Los soportes fotográficos que utilizó fue negativos sobre placas de vidrio y copias positivas en papel a la albúmina.  Publicó diversos artículos y fotografías sobre el viaje en El Museo Universal a lo largo de 1863 y 1864 (del número 7 de 1863 al 46 de 1864).

Aunque Rafael Castro es más conocido por su actividad fotográfica, antes de viajar al Pacífico realizó diversas actividades pictóricas y participó en varias exposiciones nacionales de Bellas artes en los años 1850 y 1858, así como en la 1860 en la que obtuvo una mención honorífica con su cuadro titulado Sancho García presentando a su madre la copa de vino emponzoñado que ésta le había preparado.

El día 2 de diciembre de 1865 se suicidó por razones aún confusas.

El pescante semi-desmontado.
El pescante debido a la larga exposición tiene miembros fantasmas.

Para la historia es considerado un pionero en el reportaje de viajes. Dejó una importante colección de imágenes, la mayoría conservadas en los archivos del Museo Nacional de Ciencias Naturales y en la Museo Nacional de Antropología de Madrid. Entre las exposiciones de su trabajo se encuentran: Fuentes de la memoria I en 1989, Pacífico inédito en 1992 y Rafael Castro Ordóñez. Expedición del Pacífico en 1999.

1892 La Danza de los Enanos en Santa Cruz de Tenerife

1892 La Danza de los Enanos en Santa Cruz de Tenerife

Anuncio de Danza de los Enenos. Diario de Tenerife 18 de abril de 1892
Anuncio de Danza de los Enenos. Diario de Tenerife 18 de abril de 1892

Cuando en los carteles anunciadores de las últimas fiestas de mayo, entre otros espectáculos se leía “Danza de enanos,” la mayor parte que la desconocían estaban muy lejos de esperar en ella una sorpresa tan verdaderamente deliciosa.

Llegó su día y en el teatro principal, hizo su presentación el mascarón; como llaman á ese gigante enano que por todos conceptos es digno de estudio.

Su monstruosa proporción, hábilmente armonizada,hace reir al más pintado.

La careta, cuya espresión no copia el dibujo anterior, es á mi juicio una obra de arte. Se encuentran en ella mezcladas, la sonrisa picaresca del viejo verde, con cierta gravedad que la dan los años ó la posición; algo que se impone ó que domina con las armas de la hipocresía.

Es en general el mascarón, un viejo atento que tiene por manía el saludar, dejando traslucir en sus modales la distinción del gran mundo. Baila con agilidad no exagerada, quizá para evitar que le ocurra lo que al D. Severo de la Zarzuela.

Porqué la plebe, los otros enanos más pequeños, obedecen al compás, pero se advierte en sus ademanes algo libres, que si perdiese la gravedad el bastonero, no bailarían al son que les tocasen.

Y va de conjeturas; en el mascarón como en su séquito danzante, encuentro algo extraño que no es el mero propósito de provocar la risa con sus irrisorias actitudes. Imagino ver en ellos la sátira dirigida al magnate y buscada tanto en la gigantesca proporción del mascarón, con relación á sus imitadores, como en cuanto se relaciona con lo moral y lo político.

Mascarón ilustración publicada en el Salón de Añaza 31 de mayo de 1892.
Mascarón ilustración publicada en el Salón de Añaza 31 de mayo de 1892.

El uno grande; los otros pequeños. Inicia el primero la danza y los chicos que desempeñan el papel de autómatas, déjanse llevar de la inspiración del poder y para engrandecerse tratan de imitar cuanto pueden al objeto de sus aspiraciones, convirtiéndose en objeto de mofa para engrandecer la figura del poderoso.

Esta conjetura ha dado lugar á que me pregunte:

—¿No podrá ser que esta danza, en lejanos tiempos llenare la indicación del ridículo hacia determinado sujeto?

Y de cierto modo responde á mi pregunta la cara poco vulgar del gigante, pues, más que un adefesio fabricado al acaso, es un retrato de cuyo parecido no se duda.

Poco se sabe del origen de estos enanos y entre los datos que hemos podido proporcionarnos se encuentran, que el Beneficiado Sr. Diaz fué el autor de las primeras caretas.

Que las actuales son hechas por D. Aureliano Carmona.

Que desde 1676 acompañan á la comitiva de Ntra. Sra. de las Nieves, cada cinco años que se verifica la fiesta, cuatro gigantes y un enano (el mascarón).

Y por último que antes salían también en las procesiones del Corpus.

El distinguido poeta Palmense D. Antonio Rodríguez López á quien se le deben los anteriores datos cree que estos gigantes simbolizan los vicios y que sin duda ese simbolismo esa misma comparsa,que anuncia la bajada de la virgen significa que los vicios del paganismo y más bien de la humanidad han sido vencidos y acatan el cristianismo ó la redención, en las manifestaciones del culto católico.

1892 Partitura de la Polka de los enanos
1892 Partitura de la Polka de los enanos

Este simbolismo destruye un tanto el criterio que del mascarón habíamos formado; pero si es cierto que los símbolos son los atributos que se refieren á lo místico á lo moral y al dogma, también lo es que los antiguos de quien hemos aprendido el arte de simbolizar, con un mismo atributo simbolizaban dos ó más cosas. Por ejemplo, se dá por atributo á la cólera un león y el mismo animal es el de la Generosidad y la Clemencia. Cuando furioso, la cólera y le pintan dulce y manso cuando le han querido hacer atributo de la Clemencia y la Generosidad, suponiéndole, una grandeza de alma que puede ser comparada con las cualidades buenas del corazón humano.

Por lo tanto el mascarón y los gigantes bien pueden simbolizar el arrepentimiento de los vicios y haber sido la divisa satírica á cierto personaje, aceptando que la divisa pueda componerse de una estraña imagen que de lugar á una comparación justa.

Pero de cualquier modo, sea cual fuese su orígen y aplicación, es muy original. Las caretas, los trajes, la música, todo contribuye á un efecto agradable.

Es un espectáculo que no consigue saciar la curiosidad del público y lo demuestra que este teatro de Santa Cruz en las distintas representaciones de la danza ha obtenido llenos asombrosos, llegando al estremo de ocupar el pasillo central del patio con sillas traídas de las casas.

Más aún; terminado la primera noche este espectáculo que en otras tres se repitió, salieron los enanos á bailar en las plazas y calles escogiendo entre otros sitios el centro de la Plaza de la Constitución donde la blanca luz eléctrica hacía dudar si era de noche. Con dificultad se hicieron calle ante la multitud, que les rodeaba, y, de mí se decir, que sin pretenderlo me arrolló aquel oleaje humano; y sin dar un paso recorrí gran trecho de la plaza perdiendo en la refriega el bastón y casi el sombrero y, restablecida la calma tuve el gusto de reconocer en los regocijados espectadores gran parte del público que llenó el teatro.

Los organizadores y D. Benigno Ramos que la dirigió, pueden estar satisfechos por la aceptación que obtuvo la danza, siendo indudable que Santa Cruz de Tenerife debe á su hermana la isla de la Palma una parte esencial en el inesperado éxito de sus fiestas.

UBALDO A. BORDANOVA

1892, coches de Punto en Santa Cruz.

1892, coches de Punto en Santa Cruz.

El 26 de julio de 1892 el Diario de Tenerife anuncia en su página 4.

Diario de Tenerife. 26 de julio de 1892
Diario de Tenerife. 26 de julio de 1892

GRAN NOVEDAD

Coches de punto. — Estos coches, que por primera vez se establecen en esta Capital, tienen por objeto facilitar los medios de locomoción en el interior de la ciudad.

CARRERA DEL COCHE

Saliendo de la plaza de la Constitución, seguirá las calles del Castillo, Plaza de Weyler, Callao de Lima, Constructura, D. Bernabé Rodríguez, Amargura, Toscal y San Francisco hasta el punto de partida.

PRECIOS
Desde la plaza de la Constitución hasta la de la Constructora, 16 céntimos.
Desde la plaza de la Constructora hasta el término de la carrera, 10 céntimos más.
Los viajes serán desde las 10 y media de la mañana hasta las 4 de la tarde.

Notas.—Además dicho coche saldrá de la Laguna para esta Capital todos los días a las 9 de la mañana, y regresará á las 5 de la tarde.
Se admiten anuncios de todas clases a precios sumamente económicos.
Exíjese el billete a la entrada.

1892 Trayecto coche de Punto, en discontinuo ruta alternativa.
1892 Trayecto coche de Punto, en discontinuo ruta alternativa.
1892 Posible coche de Punto
1892 Posible coche de Punto, en el inicio de su recorrido, foto de Miguel Bravo.

 

Ya a principios de 1893, con el servicio mejorando, se le recrimina a la Guardia Municipal el que no permita que el coche de punto pare en la parte alta de la Plaza de la constitución:

“No sabemos si por propia  iniciativa o por orden del Sr. Alcalde, los guardias municipales no consienten que el coche de punto que se situaren la plaza de la Constitución permanezca allí parado más de media hora; pero sea como quiera, la orden nos parece abusiva, puesto que en todas partes los coches de punto aguardan que haya quien los tome, y aquí, además, donde no hay sino uno sólo, que por cierto empieza a prestar un buen servicio al público, nada estorba en aquel sitio.”

1893-01-18 Los guardias municipales no les dejan parar más de media hora.
1893-01-18 Los guardias municipales no les dejan parar más de media hora.

 

 

Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Historia de las Milicias de Provinciales de Canarias.

Recortables Milicias de Tenerife
Recortables Milicias de Tenerife

HISTORIA DE LAS MILICIAS CANARIAS

Emilio Abad Ripoll

1.  Los  inicios  y  el  siglo  XVI

Aunque se emplee comúnmente la denominación de Milicias Canarias, con mayor propiedad se las debería nombrar comoMilicias Provinciales de Canarias, pues formaron parte de aquellos cuerpos de reserva del Arma de Infantería que con la denominación de milicias provinciales subsistieron en España desde el siglo xvi hasta 18671 .

Milicias Provinciales de Tenerife

Aquí, en Canarias, a finales del siglo xv había terminado la conquista del archipiélago y, tanto en las islas de realengo como en las de señorío, había comenzado la labor colonizadora, es decir, empleando palabras de Rumeu, «la tarea pacífica». No obstante, —«herencia» del espíritu de la Reconquista— una ola de expansión impregnaba todos los ambientes 2.

En el archipiélago, tanto los que habían llegado de la península, o de otras tierras, como los naturales de estirpe nobiliaria, (por ejemplo, Fernando de Guanarteme), deseaban, imbuidos de ese afán de expansionismo, ampliar los territorios de dominación española, en nuestro caso a costa de las cercanas tierras del oeste africano. Era una empresa que necesitaba de lo que hoy, en el léxico militar, se denominan «fuerzas de proyección».

Pero, además, las islas tenían ya una larga tradición, que no se iba a ver interrumpida con la llegada de los europeos: la de sufrir con mucha frecuencia ataques piráticos que a veces, como en el segundo tercio del siglo xvi, revistieron gran peligro3 . Canarias era también frontera, como dijo un fiscal de la Real Audiencia, Zuaznávar, añadiendo que por eso «nuestras milicias fueron más de primera que de segunda línea».

Como consecuencia, y tanto por motivaciones ofensivas como defensivas, el espíritu bélico no se apagaba por estos roques. Se creaban unidades mercenarias, provisionales o temporales, para las operaciones en la costa africana; pero también, para la defensa de las islas, nacían otras unidades con un marcado carácter de permanencia. A estas últimas, que aparecieron de forma espontánea, porque la necesidad las obligó a ello, las podemos considerar antecesoras de las milicias canarias.

Eran unidades que también podíamos clasificar como autónomas, pues los cabildos tuvieron que improvisarlas por islas, de forma aislada e independiente, en función de la amenaza que se cernía sobre cada una de ellas. Lógicamente, en principio contaban con rudimentarios recursos, que se irían perfeccionando con el paso de los años a la vez que se dictaban normas y disposiciones que fueron ordenando y reglamentando aquellos incipientes cuerpos castrenses.

Aquellas masas, poco coherentes y poco disciplinadas, nos dice Darias que eran dirigidas y mandadas por un cuerpo eventual de oficiales, «elegido por los cabildos respectivos entre las clases hidalga y acomodada»; podemos leer entre líneas y añadir que, en bastantes casos, con poca aptitud para el ejercicio de las armas

Pero, ¿desde cuando podemos hablar realmente de milicias canarias? No hay acuerdo entre los investigadores del tema; algunos creen que su origen puede datarse en los momentos en que unidades (si se les puede llamar así) de isleños, bajo el mando de castellanos, partieron de Lanzarote para conquistar Gran Canaria, mientras que otros consideran que nacieron mucho después, y que se pueden denominar por vez primera milicias canarias a los contingentes de indígenas que, bajo el mando de Fernando de Guanarteme, se pusieron al servicio de Alonso Fernández de Lugo para la conquista de Tenerife.

Colón de Larreátegui afirma que la antigüedad de nuestras milicias proviene desde finales del siglo xv, cuando al terminar la conquista de las islas, pese a la costumbre de licenciar a las tropas una vez concluida la guerra, no sucedió así con las que pasaron a Canarias, porque «siendo estas codiciadas de portugueses y de otras naciones, hubo que mantener en ellas aquel trozo de ejército que fue reemplazándose con los mismos naturales» que debían ser elegidos entre «los más limpios, honrados y conocidos del pueblo».

Esa autoridad en la materia que es don Antonio Rumeu de Armas, en su obra Canarias y el Atlántico, nos da, en mi opinión, la clave de la respuesta. Y aunque reconoce que es muy difícil su determinación exacta, escribe así el ilustre historiador:

«No se puede hablar en Canarias de un Ejército permanente, ni de una auténtica organización militar hasta los tiempos de Rodrigo Manrique de Acuña y Pedro Cerón [1551], en que las Milicias se estructuran y organizan, no ya para una acción determinada, como el ejército de la conquista, sino como algo permanente y estable, encargado de la defensa del país frente a sus invasores».

Quiero resaltar aquí que en aquella fecha (1551) que Rumeu fija como la del inicio de la existencia de las Milicias, la organización se produjo solamente en la isla de Gran Canaria, pero que pronto, apenas un par de años después, el sistema se imitará y copiará en Tenerife y en 1554 en La Palma.

El alistamiento, tal y como se estableció con Acuña y Cerón, era universal y solamente masculino, pues tenían la obligación de servir en filas todos los varones de entre 16 y 60 años (aunque esta edad varió hacia arriba y hacia abajo en función de las disponibilidades de personal), a los que se intentó inculcar las primeras nociones de disciplina y técnica militar. Cerón, en Las Palmas, reclutó 1.800 hombres y los distribuyó en compañías de 200 mandadas por un capitán. Nacieron también las compañías de a caballo, en las que se alistaban los nobles. Cuando La Palma tome como modelo y patrón la organización de las milicias de Gran Canaria, nacerán en 1554, un año después del ataque de Pie de Palo, un número indeterminado de compañías.

Hay que llamar la atención sobre un importante hecho diferencial entre las milicias canarias y las peninsulares. Allí la designación de los capitanes de compañía se producía mediante nombramiento real, mientras que aquí eran los cabildos los que los designaban. A su vez, los capitanes nombraban el alférez, los sargentos y los cabos de su compañía. Este tema de los nombramientos dará lugar a continuas disputas entre los cabildos y los mandos militares regionales o insulares, divergencias que se recogen extensamente en los trabajos de Rumeu de Armas, Darias, Bonet, etc.

Felipe ii, en 1554, promulgó una Real cédula en la que reconocía la situación creada «de hecho» en Canarias y sancionaba, de manera implícita, la intervención de los cabildos en el nombramiento de cargos a que antes hice mención. En resumen, y en palabras de Rumeu, al pasar el ecuador del siglo xvi, las milicias canarias han dejado de ser organizaciones «de creación espontánea» y pasaban a formar parte del «ejército regular».

En ese mismo documento real se fijaban las obligaciones a que debía atenerse el visitador militar (que más tarde se llamará inspector y visitador de milicias); entre ellas figuraban las de inspeccionar las compañías, fijar fechas para la realización de ejercicios (días festivos), revistar el estado del armamento y mantener la disciplina.

El verdadero organizador de las milicias palmeras fue el mismo de Tenerife, Juan López de Cepeda. Apenas dos años después, en 1556, elevaba un informe al Consejo de Guerra en el que hacía constar que en caso de alarma podía concentrar hasta 2.000 hombres, 400 de ellos con arcabuces y el resto mal armados. No hay indicios de coronelías, ni tercios en estos primeros momentos, por lo que hay que suponer que la unidad básica sería la compañía. Lo confirma Rumeu cuando escribe que:

«Antes de la aparición de los tercios la organización era en base a compañías más o menos desconectadas que, según las exigencias, se agrupaban momentáneamente bajo un mando común».

Y en cumplimento de lo ordenado en la Real cédula citada más arriba, en 1559 se producía en La Palma el primer «alarde» o revista pública ante el visitador Alonso de Pacheco, sin datos del número de hombres que formó, posiblemente en La Caldereta.

Son los tiempos en que en la península están naciendo nuestros famosos tercios, y Canarias no será una excepción en la orgánica militar hispana. Un tercio tipo español estaba constituido por 8 Compañías de coseletes (armados con picas) y otras 2 de arcabuceros, todas de 300 hombres y mandado el conjunto por un maestre de campo que llevaba como 2º Jefe a un sargento mayor. En Canarias el número de compañías de cada tercio de milicias oscilará entre 3 y 12, de acuerdo con las disponibilidades humanas de la isla o zona de ubicación de la unidad. Como curiosidad señalar que en Fuerteventura y Lanzarote hubo compañías de moriscos y berberiscos, que pueden considerase antecesoras de nuestros Regulares.

Hemos dicho que hacia 1559 no aparecían datos numéricos, pero apenas un cuarto de siglo después vamos a saber algo más acerca del contingente miliciano de La Palma. Por un informe del ingeniero Torriani, enviado por Felipe ii para estudiar las defensas del archipiélago, conocemos que en ocasión del ataque de Drake (1585), se elevaba a 2.045 hombres, 600 de ellos arcabuceros y el resto, 1.445, armados con lanzas.

En cuanto a los mandos, Rumeu encontró en el Archivo Municipal de La Laguna unas ordenanzas datadas el 3 de abril de 1554 que tratan de las obligaciones y deberes de los mandos. Estos debían ser de «clase hidalga y acomodada», como también nos decía Darias, y según una Real cédula de 30 de julio de 1583 «personas de limpia calidad, práctica y experiencia para las cosas de la guerra».

La lógica falta de unidad en el orden castrense condujo a que Felipe ii, en 1589, introdujera un cambio radical: reunir el mando político, militar y judicial en la figura de un capitán general, que iba a tener, prácticamente, las atribuciones de un virrey. En enero de aquel año nombró a don Luis de la Cueva y Benavides «gobernador y capitán general de las islas de Canarias y presidente de la Real Audiencia que en ellas reside».

No es el objeto de estas palabras comentar lo que casi unánimemente se califica como desafortunada actuación la de este primer capitán general, cuyos cinco años de estancia en Canarias fueron fuente casi permanente de quejas ante supuestos abusos. Pero sí hay que detenerse en que, con su presencia, cesaron muchas de las atribuciones castrenses encomendadas a los cabildos y el ejército regional quedó bajo dependencia directa del capitán general. Y también quiero llamar la atención sobre la prudencia que se refleja en las instrucciones que Felipe ii dio a De la Cueva cuando le ordenaba, por ejemplo, que debería…

«estudiar la forma de milicia que los naturales tienen entre sí para su defensa y seguridad y pareciéndoos que conviene reformarla, lo haréis tratando con los mismos naturales para que se haga con su beneplácito».

Luis de la Cueva, que fijó su residencia en Gran Canaria, porque allí se encontraba la sede de la Real Audiencia, alteró en aquella isla la organización establecida, pero en las demás se limitó a controlar las designaciones de mandos, sin modificar o suprimir unidades.

Cuando De la Cueva abandonó el archipiélago (1594), los cabildos recuperaron todas las perdidas atribuciones.

Y voy a cerrar este siglo xvi, significando que no he citado, ni citaré cuando hable del xvii y el xviii,  las numerosísimas ocasiones en que las unidades de milicias acudieron a impedir invasiones, saqueos o incursiones porque si lo hiciera, sería absolutamente imposible ceñirme al tiempo señalado. Por ello me limito a remitirles a la citada obra de Rumeu, Canarias y el Atlántico.

Pero sí vamos a cerrar aquella centuria con un párrafo de ese autor en la misma obra. Dice así Rumeu de Armas:

«Hay que reconocer y confesar que ningún ejército regional puede presentar una ejecutoria tan brillante de triunfo y acciones favorables; que el ejército del archipiélago se podía medir en eficiencia y disciplina con el mejor de la Península en su clase y que ninguno ha prestado servicios tan constantes y notorios a la patria».

No busca el historiador la comparación con los legendarios tercios, aquellas unidades españolas que adquirieron fama de invencibles en toda Europa, sino con las milicias provinciales peninsulares, por lo que no puede ser tachado de exagerado. Es claro que se refiere Rumeu a las acciones de defensa del territorio que nuestras milicias habían llevado a cabo durante sus primeras décadas de existencia.

2. Los  siglos  XVIII  y  XIX

Es importante destacar que la organización de las milicias canarias difería muy poco de una a otra isla; en principio porque, como quedó dicho, en Tenerife y La Palma se copió lo que se hizo en Gran Canaria, luego porque los capitanes generales fueron asumiendo atribuciones conferidas a los cabildos, lo que llevó a una normalización archipielágica, y por fin porque, con el cambio de dinastía, los vientos centralizadores que soplaron desde inicios del siglo xviii ayudarían también a ello.

Bien, hecho este inciso, retomemos el hilo de lo expuesto recordando que cuando don Luis de la Cueva regresó a la corte, los cabildos se apresuraron a recuperar sus prerrogativas de designación de cargos. Pero apareció entonces una asombrosa proliferación de fantásticos cargos y títulos, sin  ningún contenido ni necesidad castrense, que sólo parecieron crearse para satisfacer ambiciones personales, lucir entorchados en los alardes y revistas, y, posiblemente, contribuir a aliviar la casi siempre precaria situación de las arcas cabildeñas como agradecimiento por las designaciones.

Pero la cosa iba a cambiar cuando en 1625 el rey nombrara capitán general de Canarias y reformador militar a un veterano de gran prestigio, don Francisco González de Andía, que en aquellos momentos era visitador general del Ejército. De cual sería la situación antes de su arribada al archipiélago baste decir que, apenas a los tres meses de su llegada, y sólo en Tenerife, había eliminado 14 cargos y ordenado que ni se restituyeran esos cargos a sus anteriores usufructuarios, ni se usasen títulos extraños, ni se acrecentara el número de Tercios ni el de cargos, etc. A grandes rasgos, sus reformas consistieron en lo siguiente:

a) Supresión de cargos, mejoras en el adiestramiento de los milicianos y limitación en el número de unidades, que quedaron reducidas prácticamente al 50 % contando ahora con 3 Tercios en Tenerife, 2 en Gran Canaria y 1 en cada una de las demás islas.

b) Limitación de las atribuciones de los cabildos —lo que no gustó en absoluto a éstos— en cuanto a las designaciones de cargos para los mandos de las milicias. Reglamentó que los maestres de campo, así como los sargentos mayores, siguiendo la pauta a escala nacional, fuesen designados por el rey, a través del Consejo de Guerra, mientras que para el mando de compañías, es decir, los capitanes, el cabildo perdiera la atribución de designarlos directamente; ahora su labor consistiría en proponer una terna de candidatos al capitán general, quien la ordenaría a su gusto y la haría llegar al Consejo de Guerra, donde se decidiría entre los propuestos.

Como insinúa Rumeu de Armas, quizás para compensar el disgusto de los cabildos, Andía propuso al rey, que era Felipe iv en aquellos momentos, la concesión de algunas preeminencias o ventajas a los milicianos. La principal de ellas era que, a semejanza de las milicias provinciales peninsulares, se aplicara el fuero militar a los milicianos (hasta el momento sólo disfrutaban de él los maestres de campo y los sargentos mayores) cuando estuvieran efectuando algún servicio fuera de su lugar de residencia. Pero la situación de riesgo que se vivía en Canarias hacía que esos servicios fueran muy frecuentes, por lo que durante buena parte del tiempo los milicianos no estarían bajo la jurisdicción de la Real Audiencia (lo que disgustaba profundamente a ésta, dado el alto porcentaje de milicianos entre los habitantes de las islas). No es momento de tocar el tema, pero sirva como recordatorio que el asunto fue motivo de fricciones entre la audiencia y los capitanes generales durante más de un siglo.

Los milicianos seguían viendo pasar muchos años de sus vidas pendientes de la aparición de amenazantes velámenes en el horizonte, trabajando con el martillo en las talleres o con la azada y el arado en los campos, pero con las armas de que podían disponer, compradas en la mayoría de los casos a sus expensas, a mano, pues en cualquier momento —y ello sucedía con harta frecuencia— podían ser congregados para la defensa de su terruño, de este trozo de España tan lejano de la corte.

También tenían servicios que cubrir: Además del día de instrucción mensual, y las citadas alarmas, acudían a formaciones, «velas nocturnas» y atalayas. Por cierto, en el tema de las velas (guardias) nocturnas, Dacio Darias resalta que estaba muy bien organizado en La Palma. Había «velas» en los castillos de San Miguel y Santa Cruz del Barrio del Cabo: 16 soldados, cada uno de los cuales cobraba 15 pesos al mes. El dinero se recaudaba entre los vecinos de los pueblos (hasta 1808), quedando exentas las viudas.

Los años siguieron pasando y a lo largo de aquel xvii, y pese a lo reglamentado por Andía, se iba a ir incrementando el número de tercios.

De todos es conocido que al pasar la hoja del calendario entre los siglos xvii y xviii se iba a producir en España, desde el punto de vista estatal, una variación trascendental: el cambio de la dinastía que regía los destinos de la nación. A partir de ahora, la política española iba a seguir las pautas de la francesa y los ejércitos no serían un caso distinto en esa «homologación» a Francia.

Como consecuencia, se produjo la desaparición de los tercios, de tanta raigambre hispana, que fueron sustituidos por los regimientos, lo que no gustó a muchos que no veían la necesidad del cambio a una unidad que era de todo, menos táctica. Los antiguos maestres de campo iban a ser sustituidos por los coroneles y en el ámbito regimental aparecieron las figuras del teniente coronel, en la plana mayor, y del teniente en las compañías.

Esa modificación, que se produjo en Canarias poco tiempo después del ataque de Jennings a Tenerife (1706), estableció que, por lo que a infantería se refiere, en la isla del Teide existieran 9 regimientos, en Gran Canaria 3, en La Palma, Fuerteventura y Lanzarote 1 por isla y «compañías sueltas» en El Hierro y La Gomera. En cuanto a caballería contaban con 1 compañía Tenerife, Gran Canaria y La Palma.

En 1723 desapareció también la denominación de capitán general para la máxima autoridad militar del archipiélago, que pasó a titularse comandante general. Y a lo largo del siglo xviii fueron apareciendo nuevos cargos en la administración militar de las islas, como el de segundo comandante general (1767) —que en 1775 pasaría a denominarse teniente de rey— o los de comandante de ingenieros y comandante de artillería, pero para las milicias iba a revestir una especial importancia la promulgación de unas nuevas ordenanzas en 1766 y, sobre todo, la llegada a Canarias, tres años después, del hombre encargado de aplicarlas: el coronel don Nicolás Mazía Dávalos, designado por Carlos iii como segundo comandante general y con la misión exclusiva de instruir y disciplinar a las milicias

La verdad es que Mazía no empezó con buen pie su andadura canaria, porque por un lado el comandante general no veía con buenos ojos su designación, ante una posible pérdida de atribuciones, y por otro los cabildos y los pueblos no se sentían muy felices ante la perspectiva de tener que alojar a los «soldados veteranos» que acompañaban al Coronel (172 hombres: 15 oficiales, 60 sargentos, 90 cabos y 7 tambores y pífanos). Pero también hay que hacer justicia a su trabajo y reconocer que cumplió con creces lo ordenado.

 

Batallón de Infantería de Canarias
Batallón de Infantería de Canarias

En su actuación cabe distinguir dos temas distintos. El primero fue el de las guarniciones «fijas», es decir, la de la creación de unidades que, por su consideración de «permanentes», estaban formadas por gente dedicada exclusivamente a la defensa.  Era un propósito ya antiguo —tenía el antecedente del «presidio» de Las Palmas— y su finalidad era doble: la de constituirse en el principal soporte humano de la defensa (lo que descargaba a los milicianos de acudir a todas las alarmas que se pudieran producir) y la de instruir a las milicias. Mazía organizó 3 compañías fijas de infantería, de 100 hombres cada una (2 en Tenerife y 1 en Gran Canaria) y 1 compañía fija de artillería, de 60 hombres (en Tenerife, pero enviando un destacamento a Las Palmas para instruir a los artilleros milicianos). Pero como se ve, el resto de las islas seguían siendo defendidas exclusivamente, si no se producía refuerzo de los «fijos», por las viejas milicias.

El segundo tema iba a ser el de la reorganización de las milicias canarias. Tenerife va a contar ahora con 5 regimientos de infantería, Gran Canaria con 3, La Palma, Fuerteventura y Lanzarote con 1 cada isla y las dos menores con compañías «sueltas». Y en lo referente a la artillería, 6 compañías estarán en Tenerife, 2 en Gran Canaria, 1 ½ en La Palma y Lanzarote y 1 en Fuerteventura. Por estar en La Palma les diré que su regimiento de infantería se redujo de 3.200 a 1.176 hombres.

Aunque Mazía había creado tres compañías fijas (es decir, del ejército regular), el comandante general Marqués de la Cañada, duplicando el número, organizó el Batallón de Infantería de Canarias (1779), con sede en Santa Cruz de Tenerife y con las conocidas misiones de refuerzo de la guarnición e instrucción de milicianos. En él iban también a realizar sus prácticas de mando los oficiales de las milicias.

Granadero de Milicias Provinciales.

Ese batallón, reforzado con once compañías de granaderos y cazadores de milicias de todo el archipiélago, se fogueó en la campaña del Rosellón, en 1793, lo que nos vino a las mil maravillas cuando Nelson intentó tomar Tenerife pocos años después.

 

3. El  siglo  XIX

En 1803 (y siguiendo los pasos del aparecido a escala nacional el año anterior) se aprobó el Reglamento de nueva planta y constitución de los regimientos provinciales de milicias de Canarias en el que se reducían a una tercera parte aproximadamente sus unidades y efectivos pero que ni comentaremos,  pues un año después quedó en suspenso por una Real Orden ante distintos errores encontrados en el mismo.

En resumen, que cuando el alcalde de Móstoles declaró la guerra al emperador del mundo, casi a mediados de 1808, las milicias Canarias estaban constituidas por las siguientes unidades y distribuidas así por el archipiélago:

—En Tenerife: cinco regimientos de infantería, de unos 840 hombres en plantilla (La Laguna, La Orotava, Garachico, Güimar y Abona) y seis compañías de artillería en las que se encuadraban un total de 405 hombres.
—En Gran Canaria: tres regimientos de infantería, de aproximadamente 960 hombres (Las Palmas, Telde y Guía) y dos compañías de artillería que totalizaban 240 artilleros.
—En La Palma: un regimiento de infantería (1.176 hombres) y dos unidades de artillería con 160 hombres en total.
—En el resto de las islas: un regimiento de infantería por isla (Lanzarote, 592 hombres; Fuerteventura, 744 hombres; La Gomera, 624 hombres y El Hierro, 420 hombres).

Es decir, que el total de tropa miliciana era en ese momento de 11.441 hombres.

Y muy poco después «se proyectarán» otra vez algunas unidades milicianas fuera del ámbito del archipiélago. En 1809 se completaron con milicianos las plantillas del Batallón de Infantería de Canarias para acudir a la Guerra de la Independencia, en la columna que salió de Tenerife, y otros 600 formaron la Granadera Canaria que, con el mismo fin, partió de Gran Canaria.

Voluntario dsitiguido.
Voluntario dsitiguido.

Tras otros dos intentos de reforma a escala regional y a cargo de los capitanes generales del momento (Casa Cagigal y Rodríguez de la Buria) y las apariciones y desapariciones, como consecuencia de los vaivenes políticos que sufría España, de otras milicias (las Honradas, la Nacional, la Nacional Activa, los Voluntarios Reales, etc.) en 1844 se procedió a reorganizar las milicias provinciales. Los ya conocidos once regimientos canarios se reconvirtieron en ocho batallones y se mantuvieron las secciones de La Gomera (con cinco compañías) y El Hierro (con dos compañías). Aquellos batallones provinciales de milicias se distribuyeron así:

—tres en Tenerife: 1º en La Laguna, 2º en La Orotava y 3º en Garachico.
—dos en Gran Canaria: 4º en Las Palmas y 5º en Guía.
—uno en cada una de las siguientes islas: La Palma (6º), Lanzarote (7º) y Fuerteventura (8º).

Todos tenían ocho compañías, compuestas por un número variable de hombres. También existían diecisiete compañías de artillería, con un total de 1.100 artilleros en plantilla, pero cuando se disolvieron las milicias sólo tenían en fuerza 347. En resumen, las plantillas de las milicias recogían un total de 16 jefes, 257 oficiales y 8.411 milicianos.

Creo que es el momento de comprobar —para aclarar ideas— cual fue la evolución, en unidades y hombres, de la organización de las milicias en esos 3 hitos tocados de 1771, 1803 y 1844.

Si nos fijamos en el siguiente cuadro comparativo, en 1771 el número de regimientos sabemos que había descendido hasta llegar a los 13 fijados por Mazía Dávalos, pero mucho más significativo es que, contando a los artilleros, existían en el archipiélago algo menos de 11.500 milicianos.


* No entró en vigor.

 

Era una cifra relativamente muy alta en comparación con la de milicianos peninsulares, como bien destaca Rumeu, pero no tiene en cuenta que aquí, en esa fecha no había reclutamiento para el ejército regular (lo que sí sucedía en la península). Además, el reclutamiento se había fijado ya entre los 18 y los 40 años de edad, y no como antes, entre los 16 y los 60. Para hacernos una idea de la disminución de la presión sobre la población, baste recordar que cuando el ataque de Blake (1657) se concentraron sólo en la plaza de Santa Cruz de Tenerife más de 12.000 milicianos procedentes de todos los puntos de la isla. En 1771, no llegaban a ese número en todo el archipiélago. Si pensamos que la población de Canarias era de unas 160.000 personas en ese año, es decir, entre 27.000 y 32.000 vecinos u hogares, tenemos que aproximadamente en una de cada 3 viviendas familiares había un miliciano. No obstante, el esfuerzo humano era enorme, y eso que no hemos tenido en cuenta en este breve repaso las muchas levas de canarios que se produjeron en los siglos xvii y xviii para combatir en Flandes y América. Yo he contado al menos nueve.

Mucho descendieron las plantillas en 1803, en el reglamento que no entró en vigor, pero las de 1844 suponían un 74%  de las de 1771. Había disminuido todavía más la presión, pero es que además ahora existía ya en el archipiélago una unidad regular, el Batallón de Infantería de Canarias, y, con mucha frecuencia, unidades camino de ultramar, lo que ayudaba a disuadir del intento a potenciales invasores. Y, muy importante, el riesgo de un ataque era mucho menor. En consecuencia sólo habrá a mediados del xix un miliciano cada seis familias, en una población que ya superaba los 225.000 habitantes.

En 1864 nueva reorganización, siguiendo la pauta a nivel nacional, constituyéndose 3 Medias Brigadas y agrupando cada nueva unidad algunos de los batallones citados. Este sistema sería suprimido dos años después.

Y tan sólo habían de pasar unos meses, ya en 1867, para que en la península desaparecieran las milicias provinciales, comenzando a utilizarse los conceptos de Ejército Activo y Ejército de Reserva. Aquí el componente activo lo constituía el Batallón Ligero Provisional de Canarias, heredero de nuestro conocido Batallón de Infantería de Canarias. Su tropa era voluntaria, y si no se cubrían las plantillas se completaban con prorrateos forzosos entre los batallones y las secciones de milicias.

Tras ese primer aldabonazo, en 1876 se suprimieron las 17 compañías de artillería por«anticuadas e inservibles». Estaba claro que el final de las milicias canarias se acercaba. En 1880 el Ministro de la Guerra pedía que se le enviase urgentemente un proyecto de reorganización de nuestras milicias, pero no sería hasta el 10 de febrero de 1886 cuando se publicase un Real decreto poniendo en vigor un Reglamento de organización del Ejército Territorial de Canarias. En el 3º de sus artículos se podía leer: «En su consecuencia, quedan suprimidas las Milicias Canarias y su Subinspección».

Con la desaparición de las milicias nacía entonces el Ejército Territorial de las Islas Canarias, sujeto a las mismas leyes y disposiciones que el peninsular, con cuerpos activos y de reserva. Los contingentes de los activos se reemplazarían según el modelo peninsular, pero quedaban exentos los canarios de ir a servir, en tiempos de paz, a las provincias de ultramar. Para los de reserva se organizaban seis batallones de reserva, que mantenían las dotaciones territoriales de los antiguos cuerpos de milicias.

En resumen durante el siglo xix, especialmente a partir del inicio del reinado de Isabel ii, tengo la sensación de que, con respecto a las milicias canarias:

—No se supo bien qué hacer, porque:
a) no podían regirse por las mismas normas que las milicias provinciales peninsulares, dado que su misión exclusiva y permanente de defensa del archipiélago (durante más de dos siglos sin fuerzas del ejército regular y desde finales del xviii convertidas en su segundo escalón), no tenía parangón con las de allá, reserva de las del ejército del rey.
b) «esto» caía lejos y existía un gran desconocimiento de la realidad canaria en la corte.

Y si, más o menos, desde la perspectiva de Madrid y sus alrededores, el sistema funcionaba aquí, más valía «no meneallo».

—Por ello:
a) en muchas ocasiones nuestras milicias no se incluyeron en las reformas o reorganizaciones generales;
b) cuando sí se hizo, en varias de ellas se produjo con retraso, como si se hubiesen dado cuenta tarde o no estuviesen seguros de la necesidad de reformarlas;
c) las milicias canarias pervivieron casi dos décadas más que las peninsulares, sencillamente porque se consideraba que hacían falta, que eran necesarias para la defensa del archipiélago.

Y, lo acabamos de ver, en 1886 se llegó al final de una trayectoria que, oficialmente había comenzado en 1561. Es decir, al menos 325 años de existencia. Las milicias canarias fueron, desde mucho antes de que la revolución francesa extendiese la idea, el más verdadero y genuino concepto de «el pueblo en armas».

Y hasta aquí esta rápida ojeada a la historia de las milicias canarias.

4. Conclusión

Pero para terminar quiero repetir lo que he dicho ya en bastantes ocasiones: que es inconcebible, o para ser más exactos, una verdadera vergüenza, que nosotros, los canarios, no tengamos el menor recuerdo en ninguna de las islas a aquellos hombres que durante más de tres siglos defendieron los siete roques contra las apetencias de corsarios y piratas de diversas nacionalidades, incluyendo berberiscos, y flotas en cuyos barcos ondeaban las banderas de las principales naciones europeas. Sólo un pequeño callejón en el centro de Santa Cruz de Tenerife se llama de las «Milicias de Garachico»; nada más. He propuesto ya en varios lugares (Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, Icod de los Vinos, La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y algún otro lugar), que les dediquen un recuerdo —por ejemplo, un pequeño monumento o una placa— o que una plaza o una calle lleven el nombre de las milicias canarias.

Hasta el momento, huelga decirlo ante la insensibilidad de la gran mayoría de los representantes municipales e insulares hacia lo que sea historia de verdad, no reivindicativa ni política, esas solicitudes han caído en saco roto. Y así nadie recuerda a aquellos antepasados nuestros, a los que, por tanto, tampoco nadie rinde un tributo de admiración y agradecimiento.

Unos antepasados encuadrados en unas milicias que, como escribe Darias Padrón,

«tuvieron que defender durante siglos, arma al brazo y sin auxilio de tropas “vivas” la honra de España en estas islas y su propio hogar».

Y don Rafael Torres Campos, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia dijo que:

«la compenetración del espíritu canario con el alma nacional se revela en la institución de las Milicias. Así puede decirse que la unión con la madre patria a través de las vicisitudes y durante los momentos difíciles ocasionados por las invasiones piráticas y guerras de los siglos xvi a xviii se ha mantenido no por obra de la metrópoli, sino en virtud del noble esfuerzo del pueblo canario».

Con este toque de tristeza por nuestra ingratitud hacia las gloriosas milicias canarias terminamos las presentes líneas.

1 Los grabados, cuyo autor fue don Antonio Pereira Pacheco, están tomados del libro biográfico de este personaje que escribió doña Emma González Yanes: El prebendado don Antonio Pereira Pacheco. La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 2002.

2 Las fuentes documentales han sido consultadas en: Archivo Intermedio Regional de Canarias. Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias: Documentación diversa.

3 La bibliografía empleada en la elaboración de este artículo es como sigue: Cola Benítez, L. P., García Pulido, D. La historia del 25 de Julio a la luz de las fuentes documentales. Madrid, 1999; Darias Padrón, D. Sumaria historia orgánica de las Milicias Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, 1951-1955; León, F. M. de. Apuntes para la historia de las islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1966; Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Canarias y la Guerra de la Independencia. Tenerife, 2008; Rumeu de Armas,  A. Canarias y el Atlántico: Piraterías y ataques navales. [Las Palmas de Gran Canarias; Santa Cruz de Tenerife]: Gobierno de Canarias, 1991; Torres Campos, R. Carácter de la  conquista y colonización de las islas Canarias. Madrid, 1901; Viera y Clavijo, J. Historia de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: Goya, 1994.

Panorámica de Santa Cruz tomada por la expedición del H.M.S. Challenger (1872-1876)

Panorámica de Santa Cruz tomada por la expedición del H.M.S. Challenger (1872-1876)

Fotografía panorámica de Santa Cruz, tomada durante el viaje del H.M.S. Challenger (1872-1876), organizado por el Gobierno Británico con propósitos científicos. La expedición es conocida por ser la primera que llevaba un fotógrafo oficial. Las fotos pertenecientes a Tenerife son del año 1873, el Challenger llegó el 7 de febrero, deja Santa Cruz el día 10 para dar una vuelta a la isla tomando mediciones, regresa el día 13 a recoger a los miembros de la tripulación que subieron al Teide y parte definitivamente de Tenerife el 14 de febrero de 1873.