Canto a la mortera gomera

Canto a la mortera gomera

Mortera Gomera
Mortera Gomera

Versión de Isidro Ortiz, de 70 años, de Chipude, Vallehermoso (La Gomera). Recogida  por Max. Trapero el 11 de noviembre de 1988. Dice Isidro Ortiz que estas décimas son  originales del poeta gomero Fernando Padilla Trujillo.

1
Recipiente patriarcal,
cuna de puras esencias
que con tu humilde inocencia
condimentas mi yantar.
Nunca te podré olvidar
plato arcaico de mi tierra
porque en tu fondo encierras
todo el sabor de familia
que a tu labranza sencilla
cotidianamente aferra.

2
Tu piedra majamortera
es un callao vulgar
que se trae de la mar
para la tiempla casera.
Y llenando majadera
toda la esencia hortelana
de orégano, mejorana,
clavo, cilantro, cominos,
perejil y el ajo fino,
cogidos en la besana.

3
Cebolla, laurel, tocino,
van contemplando el majado
con sal y aceite ligado
logra al momento el tufillo.
Y el caldero con su brillo
se engalana de contento
cuando todo el condimiento
hecho a tiempo del hechizo
puesto a reposar se hizo
el exquisito alimento.

4
Cuenco de arte campesino
que al pasar cualquier viajero
por donde hierve el puchero
le aromatiza el camino.
Que al cansado peregrino
el paladar se le encharca
y en su semblante se enmarca
el recuerdo, la añoranza
y bucólica alabanza
da el plato del patriarca.

5
Me lleva tu evocación
al hogar de mis mayores,
de apetitosos sabores
del potaje en su confianza.
Era la revelación
de aquel arte culinario
que entre majado y rosario
solía mi madre hacer
y mi padre agradecer
como algo extraordinario.

6
Y por eso al invocar
el singular recipiente
que está siempre omnipresente,
rudo y tosco en el hogar,
pongo mi lira a templar
para cantarte, mortera,
pues la comida casera
que vatiza tu majado
da a los guisos aromados
el sabor de mi Gomera.

Romance a La Gomera

Original de Lucas Mesa Cabello, de 81 años, de Alojera, Vallehermoso (La Gomera).  Recogido por Max. Trapero y Helena Hernández el 25 de julio de 1983. Publicada en Romancero de la isla de La Gomera (1987), nº 346.
Es mi orgullo ser gomero y con ese orgullo muero.

Le dedico este romance con cariño verdadero
2 a la isla pequeñita que dentro mi alma llevo,
se trata de La Gomera, la isla de mis desvelos.
4 Juro que en ella nací, yo mi patria no reniego,
porque el que niega su patria le falta conocimiento.
6 Sea pobre o sea rica es mi patria lo primero
que yo adoro en este mundo con cariño y con respeto,
8 porque en mi patria se guarda la cuna de mis abuelos.
Creo que los primitivos también sus cunas tuvieron
10 y es justo que los recuerde porque ellos aquí nacieron.
Ellos vivían en cuevas porque no tenían medios
12 para construir palacios ni grandiosos rascacielos.
Parte de nuestra cultura a ellos se la debemos:
14 es el lenguaje del silbo, único en el mundo entero,
como parte de la cultura de este pueblo gomero.
16 Dejo bien sentado aquí, procurando ser sincero,
doy valor a quien lo tiene, sea blanco o sea negro.
18 La Gomera tuvo historia pero no se la escribieron,
la historia de La Gomera se mantiene en el silencio:
20 el motivo no lo sé pero yo me paro y pienso:
pueblo que no tenga historia para mí es un pueblo muerto.
22 Voy a seguir mi romance sobre este tema escribiendo
asuntos de La Gomera conviene de esclarecerlos.
24 Los siglos catorce y quince para La Gomera fueron
siglos de mucha penuria, de dolor y sufrimiento
26 y también fueron de gloria porque en el Descubrimiento
de América tomó parte muchos hombres gomeros.
28 El día seis de septiembre de San Sebastián salieron
la nave Santa María la Niña y la Pinta, fueron
30 las célebres carabelas que aquel sabio marinero
Colón, Cristobal Colón, quien con denodado empeño
32 hizo rumbo hacia el oeste, entre La Palma y El Hierro.
Y el día doce de octubre del año mil cuatrocientos
34 noventa y dos fue la fecha del gran acontecimiento,
pues don Cristobal Colón junto con sus marineros
36 descubría para España un glorioso mundo nuevo.
Las islas de Las Antillas santo nombre recibieron,
38 con agua de La Gomera fue salpicado su suelo.
De regreso a La Gomera el mensaje le trajeron
40 a la tierra de Hupalupa que es el rey de los gomeros,
también a su hija Ibaya que fue la perla y espejo
42 donde se miró su padre y cuantos la conocieron.
En la defensa de Ibaya aquí la muerte le dieron
44 al señor Hernán Peraza, hombre orgulloso y severo.
Al autor de este romance sólo le guía un deseo:
46 que se cante en nuestra Villa, que se cante en nuestro pueblo,
que se cante en nuestros barrios porque siempre habrán gomeros
48 que deseen conservar el canto de sus abuelos.
Los que nacimos aquí a Hupalupa le debemos
50 la historia que nos legaron de La Baja del Secreto.
Como gomero que soy también soy de los que pienso
52 que don Cristobal Colón se merece un monumento,
junto con sus carabelas rodeados de gomeros.
54 Pongo fin a mi romance siempre la verdad diciendo:
yo no soy historiador, ya lo dije en otros tiempos,
56 sólo soy un campesino que en el campo estoy viviendo;
les diré que mis problemas todos los tengo resueltos,
58 cuento con mi buen amigo, buen zurrón con gofio y queso,
si acaso mi buen amigo deja de serme sincero
60 tranquilamente me agarro a unas tortas de helechos.

Relaciones antiguas entre padres e hijos

Versión de Eulalio Marrero Ávila, de 90 años, de Tuineje (Fuerteventura). Recogida por Max. Trapero el 25 de marzo de 2000.

1
En ese tiempo anterior
grandes, viejos y chiquillos,
todos del mismo lebrillo
juntos comían escaldón.
Y de carne una ración,
de esa carne de cochino,
luego un trancazo de vino
de un barrilote que usaban
y a trabajar se marchaban
muy contentos y tranquilos.
2
Siempre después de cenar,
esto lo hacían a diario,
cogía el viejo el rosario:
todos juntos a rezar.
Y antes de irse a acostar
todos los más pequeñuelos,
con cariño y con esmero,
por su buena educación,
pedían la bendición
a padres, tíos y abuelos.
3
Luego el padre les decía:
-Todo dios a descansar,
mañana hay que madrugar,
hay que aprovechar el día.Los
hijos le obedecían
sin un punto de variar,
ni mala cara mostrar;
al contrario, era alegría,
el padre se agradecía
de ver su casa progresar.
4
Y antes de salir la estrella,
lucero de la mañana,

el viejo se levantaba
y andaba dando carrera.
Decía: -Yo voy pa la era,
Fulano, pa el campo a arar,
los otros dos, levantar.El
viejo era un cosechero
y decía: -El tiempo es dinero
y el hombre es pa trabajar.
5
Por otro lado, la madre
con las hijas hacía igual,
las hacía madrugar
y las traiba a la carrera:
-Allí el telar las espera,
hay lana que devanar,
y lana que ‘esorillar,
hay que escarmenar la lana;
la más chica al candelero
pa que la luz no faltar.
6
Los hijos antiguamente
al padre le obedecían,
lo que él mandaba se hacía
conforme y tranquilamente.
Eran hijos obedientes,
de mucha amabilidad,
si había un baile por allá
al padre pedían permiso,
ninguno se mostraba roñizo
si él decía “No se va”.
7
Cuando yo era pequeñito
no se hacían esos desaires,
sin permiso de sus padres
no se iba a lejanos sitios.
Ni grandes ni pequeñitos
no le hacían esa traición;
cuando había una reunión,
fuera fiesta, fuera un baile,
al salir decía: -Mi padre,
échenos la bendición.
8
El padre con alegría
les brindaba una peseta;
ni la gastaban completa,
y el sobrante devolvían.
Y antes de aclarar el día
ni los padres los llamaban;
iban donde el padre estaba,
con alegría y placer,
estos dos hijos humildes:

-Disponga lo que hay que hacer.
¡Cómo ha cambiado la vida!,
¡la vuelta que el mundo ha dado!,
¡el tiempo está trastornado!,
¡la vida es un sacrificio!
Hoy es raro que haya un hijo
que pida permiso a un padre
y si le prohíbe un baile,
entre sí queda diciendo:
-¡Viejo, deberías haber muerto,
desgraciado, miserable!

 

El sí y el no de viajar en avión

Versión de Antolín Pérez, de 61 años, de Barlovento (La Palma). Recogida por Max. Trapero, Sonia González y Juana Rosa Suárez, el 11 de octubre de 1992.

La mujer
-Chanito, me gustaría
realizar una excursión
y si es posible en avión
como el que vi el otro día.
Un trimotor que tenía
literas encantadoras,
sirvientas manejadoras,
manicura y peluquera
yendo a España a la carrera
en menos de treinta horas.
El hombre
-A mí no me hables de aviones
yo quiero un hermoso barco
que pueda cruzar el charco
libre de complicaciones.
Esos motores chillones
jamás debieran usarse
porque después de elevarse
cual águilas fugitivas
cuando se encuentran arriba
no hay sitio donde bajarse.

El sol se pone – Sebastián Padrón Acosta.

El sol se pone – Sebastián Padrón Acosta.

Puesta de sol
Puesta de sol

Presencio la agonía de la luz. Sobre el mar Helios muere, envuelto en su propio deslumbramiento. El sol te retira del horizonte,su cuna y su sepulcro, con la solemnidad fastuosa de los Césares, con el lujo deslumbrador de los sátrapas orientales.

Apolo desciende, coronado con el fausto pictórico del poniente, que ahora tiene la sugeridora  apariencia de un incendio de cegantes pedrerías.

El divino sagitario se rodea de flechas luminosas: yo diría que en el horizonte se ha desplegado un gigantesco abanico de oro, abanico radioso.

Uno de mis deleites favoritos es asistir al ocaso del sol, al descenso de la “gran piedra incendiada”, que dijera Anaxáforas.

Apolo, áureo y purpúreo celebra su rito, en el amplio altar del poniente, que se ilumina y enciende con la policromía de una gran fiesta  pirotécnica.

El sol oficia en las alturas. La divinidad astral se prodiga en un derroche cromático.

Y mi sabeismo se exalta. ¡Sabeismo transitorio, pues bien sé que tras el gran disco se oculta la mano hábil del Artífice…

El mar, inmenso como un gran corazón, acepta con mansedumbre, el oro del sol, la caricia postrera.

El océano iluminado, encendido, antójasele a la visión una balsa inmensa de oro fundido.

Apolo, incansable, se prodiga, se derrocha en colores, en nimbos, en dardos, que lanza sobre el mar incendiado.

El sol en las alturas semeja una custodia gigantesca, en la que el Orfebre va dejando toda la gloria de su pensamiento y la divina habilidad de su arte, arte infinito, arte de Dios… Apolo, desciende, ebrio de colores y de lumbres.

Como el sol -pienso- los pueblos tienen su orto, su apoteosis y su ocaso.

Los pueblos caen en la Historia para no levantarse. El sol muere, para surgir mañana más radiante y vivificador.

Y Helios, envuelto en su púrpura recamada, desciende de su sitial.

La tierra siéntese fecundada y ardida al flechazo de fuego, que  despierta el germen, donde duerme el gran misterio de la vida.

El sol, sigue desbordando su cascada flamígera, su catarata ígnea. Diríais que ahora ha desplegado un gran manto de tisú… El sol muere, glorificado, como un genio en su triunfal plenitud.

La áurea cabellera de Apolo, cae, graciosamente desatada sobre el mar, que recibe, gozoso, la caricia de oro, dádiva excelsa y postrera de un dios
en agonía…

Un velero, que pasa, frágil y ligero, agita levemente sus blancas alas, bajo el incendio deslumbrador del poniente.

Y después de un supremo esfuerzo lumínico, Apolo hunde en el seno del mar su cansada frente de artista.

Sebastián PADRÓN ACOSTA.
Villa de la Orotava (Tenerife).

Los sabios de pega… Sebastián Padrón Acosta

Sebastián Padrón Acosta por Alonso Reyes en 1951
Sebastián Padrón Acosta por Alonso Reyes en 1951

Conozco demasiado a esa cínica chusma impertinente de sabihondos imberbes con adorables rostros de Antinóos…

Todo se lo saben, todo se lo explican con sus formidables entendederas… ¡Exceso de substancia gris!…

Cimbrean y contonean sus aceptables figuritas, dignas de haber nacido en Sodoma, pero poco antes de ser castigada.,.

Creen—de creencia no pasa—que todo lo sabido y por saber se halla almacenado y archivado, por arte de magia, en sus cabecitas embelesadoras y cautivadoras,..

Los problemas que no han sido resueltos por la energía intelectual de varios siglos, ellos los resuelven con una sapientísima frasesita, salida de sus bocas melindrosas, orificios por donde se desbordan las aguas caudalosas de la sabiduría…

Con una blasfemia de carreteros ya han dado en “el quid” de todas las intrincadas cuestiones,,,

Parlan de todo, precisamente por no saber nada… Hablan con la misma autoridad con que hablaría una  gordinflona verdulera…

Ellos son los heraldos del Progreso, los pregoneros de la Civilización, porque llevan escritas sobre sus frentes, que tienen categoría de testuces, todas las ciencias del siglo XX…

¡Nada importa el que ellos ignoren hasta el silabario! Son los sabios de pega, de nuestros tiempos, que sientan cátedra en las esquinas, ¡estilo peripatético!… Son los sabihondos de nuevo cuño, tan hondos como sabios…

Cuando los miro y oigo, no puedo menos de recordar estos sabrosísimos versos del gran Ricardo, que yo les  recomiendo, como una receta:

¡Qué de pedantes hinchados!
¡Qué de altivos mandarines,
y ociosos y parlanchines
con ínfulas de letrados!
¡Qué de tontos disfrazados
de sapiencia y arrogancia!
¡Qué generosa abundancia
de petulancia y licencia!
¡Como progresa la ciencia
de la atrevida ignorancia!

Tienen estos novísimos Aristóteles (perdona, ¡gran Estagirita!) unas insospechables tragaderas. Rehusan un mosquito escrupulosamente, y se tragan con la mayor tranquilidad imaginable media docena de camellos… ¡Envidiables entendederas!

Son los modernos sabios improvisados. ¡Y viva la lógica, viva la razón y su independencia, viva el sentido común!

¿Por qué no se marchan a las Universidades a recibir todos los doctorados?

Sebastián PADRÓN ACOSTA,

Valle de Orotava (Tenerife), 08-07-1923

Caperucita Encarnada.

Érase una vez un fiscanguallo chica, menuda, chinija, llamada Caperucita Encarnada, desinquieta, más ensayada que una escopeta y con mucho tino para hablar, que nunca se metía en rebotallos ni rifirrafes, que no era faltona e iba arregladita como un tollo compuesto pues no le gustaba afrentar a su madre vistiendo como un pilfo.

Se emperretó en visitar a su viejita abuela que vivía en el monte y a quien ya se le estaba yendo el baifo porque la estaba abicando, y antes de que la espichara quería llevarle una cereta de tunos indios, una lecherita de beletén más una taleguita de gofio misturado, o sea, de trigo y millo que tanto le agradaba a la anciana señora.

Así es que arrancando la penca, la niña se adentró en el monte con cierto chirgo, pues sabía que el rabo de perinqué y totorata del lobo, confianzudo y de mal tabefe, la espiaba para trincarla y comérsela de enyesque acompañado de una pella de gofio y plátano, dos jareas, un lebrillo de arvejas, papitas arrugadas con mojo encarnado de la puta la madre y una botella de agua de San Roque con gas.

El lobo era un palanquín de aspecto revejido, flaco como una verguilla y un pejiguera siempre dispuesto a jeringar. Así es que en cuando vio a Caperucita se puso a dar esperridos como un mataperro para asustarla, pero Caperucita, enrroñada y con su pachorra de siempre, ante aquel cloquío lo miró de refilón y sin levantarle el gallo le dijo que el que iba a cobrar iba a ser él, que a ella nadie le cogía la camella……, haciéndole fos y continuando su camino sin atorrarse, lo que dejó al laja del lobo margullando en saliva y rezongando de amulamiento por no poder comérsela y empajarse.

El lobo, rascado y de mala tiempla, se acercó al chorro a refrescarse el totiso y el gaznate por no tener cerca un cafetín para un carajillo, y allí, sentado sobre una piedra, pegó la hebra consigo mismo mientras se comía las uñas hasta las raspas y con el pensamiento trataba a Caperucita de risquera, echona, cocorioco, erizo cachero, trasmallo y no sé cuántos piropos a cual más pior.

Emborregado, agoniado y con la matraquilla de querer comérsela, corrió desesperado a casa de la abuelita bajo un chipi-chipi que lo dejó entripado, medio enchumbado y renqueando de tanto correr.

Como era un poco tabaiba, aunque farol y malo como un aguaviva, estornudó cerca de la ventana, con lo cual al oírlo, abuela y nieta, que le escarmenaba el pelo a aquella, cogieron sendos teniques para darle un macanazo y acabar con el guineo ya que no podían verlo ni en pintura y que así se fuera escaldado de una vez por todas.

Los teniques salieron como voladores rabúos por la ventana yendo a caer con geito sobre el zarandajo del lobo que, escarranchado en el suelo, se comía una embozada de fresas para matar el hambre.

Como un sanana, enchapado de vergüenza y doblado como una alcayata salió de allí enfoguetado, mientras Caperucita y su abuelita (que se había olvidado que estaba con la quilla en el marisco y ya para la gueldera) se comieron un cucurucho de helado y cotufas con azúcar mientras llenaban la habitación de sopladeras de colores con belingo incluido.

Cuentos Canarios – La Gaviota – Benito Pérez Armas

Benito Pérez Armas
Benito Pérez Armas

—¡GAVIOTA! ¡Gaviota!… ¡Borrachina!…¡Ranea, ranea!… .
—¡Toma, toma!.. ¡Pa tus besos, eslambío!.. ¡Toma!… ¡Toma!…

Estos eran los diálogos que a cada instante se establecían entre la chiquillería de Arrecife y Felipa la Gaviota. Tres generaciones de muchachos la habían conocido y con todos sostuvo idéntica batalla. Era la distracción de los Vagos del muelle y de la pescadería.

— Este enjalmo está carenao con la caña— decían los marinos sexagenarios—y no vira la quilla. Es más viejo que la lancha de señó Miguel el prático.

Efectivamente; por Felipa, como suele decirse, no pasaban los años. Era siempre la misma vieja alta, de constitución hombruna, nariz rojiza y piel tostada por los soleros de las playas.

Sus hijas parecían más viejas que ella y sobre todo más destrozadas por el Vicio, al que se entregaron como su madre, cuando eran ninas, niñas calvas, en que la juventud aún no habia hecho sonar los clarines del amanecer.

Su naturaleza lo resistía todo. De muchacha había sido una morena provocativa de formas espléndidas, torneadas sin delicadezas artísticas, pero sólidas, firmes a las caricias del vicio que a ella llegaban como las olas a un peñasco.

Durante treinta años había sido Felipa la sacerdotisa que mantuvo el fuego del amor en todos los marinos jóvenes de Arrecife. Aquellos muchachotes fuertes, de una rudeza casi salvaje, cuando regresaban de las costas africanas después de un mes de ausencia, no pensaban sino en Felipa; en la hembra cuyo recuerdo les incendiaba la sangre, durante las faenas de la fresca y salazón; en la hembra garrida de pulpa lozana v ojos agresivos.

Felipa, como las cortesanas de Alejandría, vivía en los muelles y gustaba del amor en las playas. En verano dormía oculta entre las rocas; detrás del viejo castillo de San Cristóbal; donde, quiera que la arena fina y apelmazada de las riberas brindaba un lecho fresco y agradable. Todavía, a pesar de sus años y sus borracheras, solía verse solicitada por jovenzuelos de quienes podría ser abuela.

Muchas tardes, cuando las mareas eran grandes y los mariscos de las costas quedaban descubiertos, luciendo sus extrañas vegetaciones, Felipa armada de un arpón de verga se dedicaba a pulpear. Arremangada, con el agua hasta las rodillas, recorría hurgando covachas, revolviendo piedras, atisbando escrupulosamente en todos sentidos, las playas de los islotes próximos al puerto. Cuando cerraba la noche encendía el hachón de tea, y como un fantasma entre resplandores, que iluminaban las aguas del océano de modo variado y caprichoso, Felipa continuaba cogiendo pulpos, ensartando morenas y cangrejos… Entonces era cuando los jovenzuelos la buscaban temblando de emoción. Felipa dejaba de pulpear; los resplandores se extinguían…

El hacho ardía nuevamente, la silueta de Felipa tornaba a dibujarse entre los manchones de escarlata que sobre el mar y las rocas arrojaba la tea en combustión. La interrumpida faena continuaba. Para la Gaviota no tenía más trascendencia iniciar a un joven en las ofrendas del amor, que estrangular un pulpo: ¡las flechas de Cupido allá se iban con las barbillas del arpón! Eran los oficios de toda su existencia, las dos maneras de procurarse pan y aguardiente de caña. Este último no le abandonaba nunca, y de cuando en cuando, sacaba el tarrito para matar el frío.

—Por caá pulpo un buche—solía decir.

Debe saberse, para completar el retrato de Felipa, que pensaba en alta Voz, esto es, que sus soliloquios se exteriorizaban siempre por medio de la palabra.
—Trágatelo endino; trágatelo… ¡juisge una suta que rejos tiene!… No te lo dije, alma de perro que yo te lo enjilaba.. Lárgala, lárgala toda…

El cefalópodo, mientras tanto, estiraba y encogía desesperadamente sus ocho tentáculos, poniendo al descubierto las ventosas y movia locamente la cabeza convirtiendo en tinta las aguas de los charcos. Al final de la lucha, cuando la presa ya estaba en las manos, Felipa decía éstas o análogas frases:
—¡Bonito pértigo! Se lo llevaré al cura. Pero si no me da una fisca que se limpie… La compañera debe también estar entaliscáa po estas cuevas. ¡Como la trinque!…

Pescado para el caldo nunca le faltaba, porque los marinos por la fuerza de la tradición, y sin duda recordando antiguos favores, nunca le negaban ora una cabeza de sama, ora unos chirrimiles gustosos, ora un par de caballas.
Bien de mañanita se presentaba en la pescadería.
—Hoy te toca a ti, niño. No me vengas con fulas y galanas, como el otro día. ¡Anda, Cachimba! — Como cada marino tiene sus alias. Felipa no empleaba nunca el nombre de pila.
—¡Toma y quítateme delantre, Gaviota de los demonios!
—¡Sale; cómetelo tú si’quieres! ¡Un rascáis, valiente tiesto!… Ganas me dan de no mirarte más al josico!
—Cállate raquera, porque te lo estregó!…

La Vida de la Gaviota se deslizaba sin alternativas, cuando el Ayuntamiento de Arrecife nombró comisario de policía a un sargento de la guardia provincial, hombre de mala catadura y grandes energías. Llevado de sus prácticas militares no daba cuartel a la canalla, como él la apellidaba, y tenia en cintura a todos los vagos, calaveras y parrandistas del pueblo.

Como es lógico. Felipa era una víctima del arriscado e inflexible comisario. Casi todas las noches la hacia dormir en la prevención, o cuarto de los ratones, como allí le dicen, después de darla un par de pescosones, y la Gaviota lo odiaba furiosamente.
—Si lo cojo pa parte sola, sin sable, le bato las costillas de un tenicazo. ¡Rayos encendaos se lo coman!…

Un sábado por la tarde Felipa no podía mantenerse en pié. La amplia explanada del muelle estaba llena de cebollas, que muy pronto debían ser trasladadas a la bodega de un fragatón que salía para Cuba. Dos o tres camellos tendidos en tierra rumiaban tranquilamente, como si gozaran del éxtasis dionisiaco, con las caras vueltas a occidente, impasibles, viendo como se iba la luz del día, cómo avanzaba el crepúsculo… Felipa se ocultó entre dos montones de cebollas. Lo que es aquella noche se jeringaba el comisario; allí se estaba bien, al aire libre; después se trasladaría a su cuartucho o dormiría en la playa al socaire de uno de los lanchones varados…

En estas cavilaciones se perdía la buena de La Gaviota, cuando una niñita de cinco a seis años avanzó casi hasta el sitio del escondite.
Caminaba torpemente la criatura, y llevaba entre sus manos uno de aquellos tubérculos de que los muelles estaban llenos.
—¡Es la niña del comisario! —Pensó Felipa llena de terror. —Ese demonio debe estar por las veltas —y se acurrucó todo lo más posible.
Pero no era asi. La niña había ido al muelle en compañía de una criaduela que entretenida con otras de su jaez, se olvidaba de los deberes de su oficio.

Una docena de pequeñueias, cojidas de las manos, daban vueltas y más vueltas, cantando la siguiente cancioncilla, con monotonía desesperante:
Yo tengo un castillo
Matarile rile rile;
Yo tengo un castillo
Matarile rile ron.

La hija del comisario, moviendo sus píemecillas, corría tras la cebolla que poco antes llevaba en las manos. El tubérculo al llegar a la arista del muelle cayó al agua, y la inocente criaturita también. Nadie estaba por aquellos alrededores.
— ¡Concio que se ajoga!— gritó Felipa, y sin vacilar un instante se arrojó al agua en menos que se cuenta. Era una nadadora consumada, pero los años, las ropas y sobre todo la embriaguez, le robaban las; fuerzas… Bregó con furia un instante hasta apoderarse de la niña.
Después hubo un momento de angustia, de terror instintivo. Las escalerillas estaban distantes y era seguro que no podría llegar a ellas.
—¡«Dejar la niña nunca, concio»! Lo mejor era ganar la borda de uno de los lanchones, a pocos metros de distancia fondeados; ¡sí, si, a los lanchones!…

Avanzaba muy poco. Su situación era parecida a la de un barco Viejo, anegado de agua, que tuviera solo un remo para defenderse de las corrientes encontradas. Con el brazo izquierdo tenía asida a la criatura y luchaba con el derecho.

Por último, jadeante, desfallecida, casi asfixiada, llegó a la borda de uno . de los lanchones, y con impulso desesperado pudo arrojar dentro a la niña del comisario.

La Gaviota no tuvo más fuerzas. Quiso trepar, pero le fué imposible; las enaguas de bayeta roja se enredaron en el tolete o escálamo del remo de proa, y el cuerpo de Felipa quedó colgando; colgando y sumergido en las aguas, sintiendo los estertores de la muerte. Unas burbujas de espuma resbalaron por la superficie del cristal. ¡Eran producidos por el último suspiro de la infeliz perdida, que terminó su existencia con un hecho heroico, con un hecho que demostraba que todo en su corazón no era cieno!…

El guiñapo rojo dio el alerta a los primeros transeúntes, y el sacrificio de la infeliz Gaviota no fué inútil, se salvó la niña del comisario.

BENITO PÉREZ ARMAS. Publicado en la Atlántida 20 de mayo de 1928

PLATO DEL DÍA 09/04/1929

El vecindario protesta;
con rara unanimidad,
de lo que la vida cuesta
en esta hermosa ciudad.

Ayer tarde me decía
un conocido señor:
yo de aquí me marcharía;
estoy gastando un horror.

Mi sueldo es insuficiente
y ya no sé lo que hacer;
¿cómo salvar a mi gente?
¿Cómo darle de comer?

Cincuenta duros mensuales
pago por la casa ahora
y para colmo de males
vuelve a engordar mi señora.

Doce pesetas al día
que entrego para el mercado:
además la «plus valía»
de la carne y el pescado.

Después el agua a presión,
—que es muy cara en Santa Cruz—
el planchado y el carbón,
el zapatero y la luz.

Dos criadas, la niñera,
y muy pronto ¡qué agonía!
de Arico o de la Gomera
una gorda ama de cría.

Un «gordo» fuera mejor,
y hablo con sinceridad,
que es muy cara, mi señor,
la vida en esta ciudad.

En vez de hablarnos de vías,
puentes y edificaciones,
ferrocarriles, tranvías,
ensanches y expropiaciones,

para podernos salvar
se debe un proyecto hacer:
¿no habría modo de.., ensanchar
los sueldos, para comer?

CROSITA