Memorias de la desmemoria. La Blanca Paloma.

Calle del Humo.
Calle del Humo.

Cuando era pequeña, allá por los años 40, vivía muy cerca de la entrada de Valle Tabares, en la calle del Cuerno. Pasábamos mucha hambre, en casa éramos 12 hermanos, y pesar de las miserias, todos llegamos a mayores.

De pequeña, con apenas 10 años, bajábamos caminando, o colados en el tranvía al negocio donde trabajaba mi tía Inocencia. Ella estaba bien colocada, y no lo ganaba mal, mi hermano Miguel solía pasar a pedirle dinero y algo de comida. A veces mi tía estaba durmiendo, se levantaba tarde, pero la chica de servicio nos ponía de comer, yo aprovechaba para entrar a la cocina y comer todo lo que podía, disfrutando de cada bocado como si fuera el primero que comía en mi vida. Leer más

Homenaje a un maestro. Benjamín J. Miranda. 22 de septiembre de 1918.

Homenaje a un maestro. Benjamín J. Miranda. 22 de septiembre de 1918.

Hay una calle en el Puerto de la Cruz, que de la Amargura, pasó a tener el nombre que durante muchos años representó la enseñanza en el Puerto, Benjamín J. Miranda. El maestro D. Benjamín fue formador de muchos hombres:

“El buril educador del Sr. Miranda produjo los médicos, don Juan González Martel, don Jorge Pérez Ventoso, don Eusebio Pérez Perera, don Diego Guigou, don José García Estrada, don Luis izquierdo Yumar, don Julián Rodríguez Ballester; abogados, don Andrés González de Chavez, don Joaquin Estrada y Madan, don Mario Arozena, don Luis Rodríguez Figueroa, don Andrés de Arroyo, don Manuel García y García, don Miguel Díaz Llanos; farmacéuticos, don Manuel García Estrada, don Joaquín García Estrada, don Manuel Benítez, don Bernabé Rodriguez Ballester; ingenieros, don Víctor Pérez Ventoso, don Víctor Machado Pérez; militares de carreras facultativas, don Julio Pérez Perera, de la Armada, don Rosendo Mauriz Martínez y don José Tolosa Garda, de Artillería.”

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La Mellada.

Carretera a San Andrés
Carretera a San Andrés

Muchas de las veces que esta foto ha sido compartida por Internet, surge un nombre, el de la Mellada. La Mellada era la Madame de una casa de citas que había aproximadamente en lo que hoy es la gasolinera que está al lado de la Casa del Mar, Pero, ¿Quién era la Mellada?

Encarnación Macias López, nace a finales del siglo XIX, en 1894 entre octubre y diciembre. El 27 de diciembre de 1907, la detienen a la una de la madrugada, cuando sólo tenía 13 años, junto a Rosa Rodríguez de 17 años y Lucía Toledo de 14, por tenerse conocimiento de que cometen actos inmorales.

Unos años después, en 1913, la detienen por pelearse con Virginia Salazar Hernández, una vieja conocida de la noche santacrucera, conocida como la Caracatre, con la que tendrá numerosos episodios de escándalo público. Ya en esta época, con 19 años, era conocida como la Mellada.

En 1914, se resiste a entrar en el Hotel Cambronero (1), nombre con el que se conocía la prisión provincial, insultando y faltando al honor a los agentes que intentaban encarcelarla, y es obligada a entrar a empujones en la celda. Acude a prisión con un niño pequeño, que pretenden que lo dejen entrar en la celda con ella, y que presenta como su hermano pequeño.

Encarnación es multada numerosas veces por prostitución en la vía pública y escándalo a lo largo de los años. En septiembre de 1918 ingresa en la Casa de Socorro con heridas punzantes y erosiones en las manos, producidas por una reyerta, quizás con la Caracatre. En octubre del mismo año, vuelve a ingresar en la Casa de Socorro, por heridas producida en otra reyerta, tenía 23 años.

Diez años después, con 33 años regenta una casa de citas en la Calle del Rosario. Es juzgada por corrupción de menores, por encontrar menores en su prostíbulo, delito por el que es denunciada y juzgada en 1928, 1932 y 1934, y en todas las ocasiones es declarada inocente.

En 1928 traslada su domicilio de calle del Rosario nº4, a la Rambla de Pulido nº4, aunque su prostíbulo se mantiene en la calle del Rosario.

En septiembre de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, dona 6 mantas para enviar al frente. Y en 1937, visita al Gobernador Civil, todavía no sabemos para qué.

Fue después de esta fecha cuando traslada su casa de citas a la localización cercana a la foto de cabecera, y que tantos recuerdos trae a algunas personas.

Se le podía ver dando paseos por la Alameda, donde podemos imaginar que las mujeres “decentes” la evitarían como a la peste, y los hombres “no tan decentes” la mirarían como nunca miraban a sus esposas o novias. Dura vida, triste vida, mala vida la de la Mellada.


  1. Le llamaban irónicamente Hotel Cambronero, porque su director Modesto Cambronero, había introducido mejoras en la prisión provincial que no eran bien vistas por todos. Fue criticado por poner demasiadas comodidades a los presos, como cambiar las camas y poner camas decentes y mantener un nivel de higiene mínimo en la cárcel.
CUENTO DEL DOMINGO “La Lucharona”

CUENTO DEL DOMINGO “La Lucharona”

Lucha-canaria-FEDAC
Lucha Canaria

Va de cuento: Muy mujer lo era, y tanto, que se tiene noticias existió.  Como el relato, con el correr del tiempo, formó historieta, la vulgar  narración del suceso le trocó en lo que hoy es.  Suprimiremos el nombre propio de la protagonista para dar a conocer la inaudita proeza que llevó a cabo.

I

–Un terrible marimacho lo era la maga del tiempo de mi mocedad; mujer casada y con hija a la que aun no he conocido. El diantre sin cuernos me confunda, si, en la época de su vivir juvenil, andaría suelto ningún chasnero por estas “Bandas del Sur”, el que, de momento, lidiase con ella.
–¡Fué la diableja una luchadora celebérrima!
–Pero… La forzada mujer, ya hecha polvo está, y, por esto, con lengua expedita podemos platicar, como buenos amigos y también respirar.
¡Los del otro mundo ni oyen, ni siquiera comen a nadie! ¿Qué tal será la
maga que dejó para muestra?

… … … … …

Lo atrás suscrito, lo narrado con trazas de diálogo y pacíficamente, le referían sentados en la era-alta dos viejones secos; cho Luis y cho Pancho, amigos inseparables, buenos luchadores en su tiempo y ante el corro que atentos les escuchaban. Como se trataba de realzar las dotes de una mujer, he aquí que el labriego no pierde jamás detalles que observar.

Atentos estaban todos y la apología, de sabor apocalíptico, había de finalizar para formarse la luchada nocturna y al aire libre.

Y así sucedió. Forzudos mozos habían llegado a agarrar o a pegar en aquél terrero, aun cubierto del tamo fino, aventado y con motivo de las trilladas del granó, desde la primera quincena del mes anterior, o sea, del de la fiesta de San Juan, y allí estaban en espera. Vino la agarrada. El juego había subido a su mayor altura de expansión. Bregábase de lo lindo y tanto, que, uno de los atletas, pronto se quedaba dueño y señor del terrero. El agraciado se gozaba, por haber tumbado, cual viento a paja, más de una docena, y en tres sopladeras; en media hora, aproximadamente, y en lucha franca, quedó este mozo soberano del terruño aronero, pasando a ser ensalzado como lo merecen los invencibles.

Felipillo, este era el gracioso nombre del héroe. Tenía su casucha en el valle de San Lorenzo, y la pata, en esa noche, en la era-alta. Felipillo era el guapetón, tirador de hombres que se había cargado a Florencio “el del Roque”; el decirlo a pensarlo es mucho, pero…Florencio, el caído, venía a platicar con la hija que dejó la marimacho, con la maga, y he aquí que, por casualidad, se encontraban los novios reunidos entre los del corro donde peroraban cho Luis y cho Pancho, con grato placer de los concurrentes.

II

Profundo silencio reinaba en toda la era alta. El del Roque había perdido, desde esa noche, la merecida fama de su alcurnia tan tibiamente.

De pronto, algunas muchachas y viejas divertían el corro con sus chanzas y punzantes sátiras; muchas con puntas dirigidas a cada cual de los espectadores y en tiempo oportuno.  Florencio recibió su buena parte, por lo que estaba escamado, y su
hembra se sentía herida, pudiendo ocultar el estado de indignación, de corrida, de avergonzada, pormenor y detalle de su pundonoroso corazón cuando, sin ser vista, entra en el terrero vestida de luchador, pide lucha, reta a Felipillo, da ágil y soberbia chascona y consigue derribarle dejando pasmados a los congregados en la era-alta.

Resonaron palmas y ajijides y en medio del contento, de la algarabía, la moza quita su disfraz y vuelve a colocarse en el corro, con la mayor naturalidad que le era dable, y sin notar su ausencia por ningún concepto, aprovechando el momento de que la estrella de la noche ocultaba su luz tras de un negruzco pompón de nubes.

¿Y quién será ese mozo fornido y cómo se llamaba? –se preguntaba el “del Roque” y cuantos allí atónitos estaban por saberlo.
El luchador había desaparecido –se decían–. ¿Dónde está el hombre de esta noche? –interrogaban los más–; y mientras se gritaba y se aplaudía, el caído se desliza por el camino y abrazado de Felipillo, también caído, ambos en pos siguieron y sin valvucear frase alguna durante su marcha a…
–¿Quién será? –dice cho Luis.
–¿Quién sería? –pregunta cho Pancho.

III

En la era-alta ya había terminado la luchada. Mozos y mozas, altos o bajos, medianos en edad o viejos rechochos, fueron poco a poco retirándose, cada cual a su choza.

¿Quién sería el mozo que tumbó a Florencio, y el otro, el mejor, el que de una chascona se cargó a Felipillo? Esto y con babitud se interrogan los unos a los otros y sin poder averiguar el enigma en que permaneciera envuelto el misterioso suceso…
Pero… llegó el nuevo día y presentóse Florencio al trabajo más madrugador que de costumbre. Cho Pancho notó que el corrido no estaba en caja; cho Luis, que ni siquiera le miraban Elvira, Josefa y Petrilla…  Cuando de pronto, una mujerona, más alta que un pino y aprovechando que el rancho estuviese reunido, colérica, se presenta y dice:
“Ahí tienen ustedes al cobarde de anoche!!… De nada le han valido sus fuerzas, de nada le sirvieron sus mañas!!…  ¡El que le llaman “el del Roque”, no es mago, ni sabe maguearse…  Magos como éste no merecen que las mujeres le quieran!… Mientras esto sucedía, la maga reprochadora le entregaba a su novio unas enaguas, de revés y derecho, improperándole así:
Como no eres mago, no te quiero y por hoy, puedes vestir con lo que  me ha sobrado desde anoche. Pregúntaselo a Felipe, que es tan cobarde como tú.

Epílogo

La novia de Florencio, La Lucharona, murió soltera en Arico, en Miloo, y conocida por este apelativo, y él, el pobre corrido, en América, víctima de un continuo luchar por la existencia y pensando en su desgracia.

EL BARÓN DE IMOBACH.
Puerto de la Cruz Agosto de 1930.

Camacho

Camacho

Hotel Camacho - álbum de Paco Yanes
Hotel Camacho en Santa Cruz – álbum de Paco Yanes

Dejemos atrás la Alameda con sus tamarindos, y sigamos hacia arriba por la calle de San José . En el edificio donde hoy se halla instalado el Centro de Telégrafos se estableció antes el “Hotel Camacho”. Su simpático dueño era mi buen amigo y compadre (él llamaba compadre a todo el mundo) don Luis Camacho, a quien todos recordamos con simpatía.

Don Luis, de nacionalidad portuguesa, era un barbián de cuerpo entero, y un entusiasta de nuestro país, que consideraba como el suyo propio. De ahí aquella frase suya, cuando sufría alguna decepción o ingratitud, que no fueron pocas: “Yo, que hasta les he enseñado a comer pescado con cubierto”…

Efectivamente — en eso no habla duda—en ningún hotel anterior al de Camacho se conocía en aquella época el cubierto para trinchar el pescado. La costumbre cundió, y hoy hasta el más modesto tinerfeño es un refinado “gourmet”.

Nuestro amigo no pudo hablar con corrección el español, ni esto le preocupó gran cosa; la mala pronunciación, unida a algunas palabras portuguesas que por su similitud unía a las españolas, daban por resultado un potaje hispano-lusitano, que no tenía desperdicio.

Recuerdo que unos amigos que guardaban a don Luis un verdadero afecto, fueron al Hotel Tacoronte, recien inaugurado al público, e idearon hacerle algo que le fuera agradable. La ocurrencia consistía en unas letras de cartón , como de unos quince centímetros , que, colocadas en orden, dijeran: “Hotel Camacho”. Estas letras se las trabaron en la parte posterior del pantalón , cubiertas con la americana.

Con la anterioridad consiguiente se habían llevado a cabo los ejercicios o ensayos para el momento de la llegada a Tacoronte. Debo hacer constar que se hicieron varias pruebas en la serventía contigua al Café de Bernardo Perera, seguidas de un buen consumo de patatas fricas y cerveza, hasta el punto de que, cuando se terminaron los ensayos, el bueno de Bernardo decía con sorna: “Debieran inventar otra bromita por el estilo.”

Hotel Camacho en Tacoronte
Hotel Camacho en Tacoronte

El amigo que mandaba la “fuerza” era el simpático Pepe Martín Neda, con unas voces de mando que dejaban atrás al gran Napoleón. Las voces eran las siguientes:

  • Primera voz.—¡Alinear! Obedeciendo a esta orden, todos los números, mejor dicho, las letras, se ponían ordenadamente en fila.
  • Segunda voz.—¡Guardar distancias, mar! A ésta voz se corrían hacia la izquierda hasta ponerse cada letra o persona en su sitio correspondiente.
  • Tercera voz.—¡Suban saco, mar!—, A esta voz se subían a un tiempo todas las americanas, hasta la cintura.
  • Cuarta y última.—¡Viento en popa! Casi que no necesita explicación esta voz, pero consistía en doblar el cuerpo hacia delante por la cintura y presentar el posterior como para recibir, algún azote.

Estos militares “de Caracas” se colocaron previamente en la orilla de la carretera, dando espaldas al hotel. Después del consiguiente último ensayo, se trajo al bueno de don Luis a una de las ventanas y quedó sorprendido al ver aquellos veteranos y apuestos soldados.

Ejecutadas con toda precisión las cuatro voces de mando, el simpático don Luis no cesaba de aplaudir, e hizo repetir la suerte distintas veces, llamando a todas las personas que se hallaban en el hotel, que no eran pocas, para que presenciaran la broma que le dedicaban sus amigos.

Aquel día fué para don Luis uno de los más memorables de su vida.

Marcos Pérez, seudónimo de D. Blas Gonzáles, publicado en la Prensa 13-03-1932

 

Oye Bubú

Oye Bubú

Totti
Los guardias posan con “orgullo” con el pobre Bubú

Aunque parezca de ficción es real. A principios del S. XX, en Canarias existía un circo ambulante que viajaba por las islas entreteniendo aq las gentes que cada vez mas iban acercándose del campo y laciudad a ver los personajes y animales que ofrecían. Este circo era el famoso “Circo Totti”, nombre de su director y payaso principal (hoy en día en Canarias para llamar payaso a alguien se le dice “Totti”).

De entre los muchos espectáculos que ofrecían, quizás el de el domador “Mr. Sabbas” y su león “Bubú” fuese el mas recordado. Ver aquél animal sometido al hombre era algo que fascinaba. ¿Cómo lo hacían? simplemente era “amistad”, Mr. Sabbas lo había comprado de cachorro a un circo yugoslavo y juntos habían pasado muchísimos años de pueblo en pueblo, Bubú tenía un cuidador, alguien que jugaba con él, que lo atendía y le daba de comer… Sabbas tenía en él el sustento de su vida y un amigo que le mostraba cariño… tras tantos años juntos en una vida ambulante, Sabbas y Bubú solo se tenían a sí mismos, él uno era la mitad del otro.

La historia empieza cuando en 1935 el circo se dirige a La Palma, a realizar una gira por los pueblos. En el trayecto el domador ve que el león lleva un tiempo cabizbajo, taciturno… triste. Sabbas no sabe que le pasa a Bubú, ¿quizás esté ya viejo y cansado tras tantos años de trabajo? o ¿Simplemente ya se aburrió del cautiverio y desea saborear la libertad?… la respuesta eran ambas preguntas.

En la primera función la ciudad entera se desplazó a ver a aquél león “fiero” del que todos hablaban, pero entre bambalinas el domador vió que el león estaba raro, casi no le escuchaba, estaba viejo… cuando llegó su turno “Bubú, el león” empezó a girar y saltó la valla hacia las gradas desobedeciendo al domador. La gente salió corriendo espantada ante “la fiera”, que débil y cansada estaba mas asustada que ellos… esta también huyo corriendo y se perdió por la ciudad. La gente corría y corría asustada al ver a aquél león deambulando por las calles de Santa Cruz de La Palma… finalmente se perdió.

Mr. Sabbas, estaba asustado su único amigo, su compañero de historias se había perdido… corrió a avisar a las autoridades, y estas ya estaban enteradas. Fue junto con ellas a capturarlo. Los “guardias de asalto” y el domador encontraron al león durmiendo en un descampado a las afueras de la ciudad, cuando lo vio el domador, corrió saliendo feliz hacia él, al fín volvían a estar juntos… entonces los guardias de asalto cansados de inacción o por simple barbaridad empezaron a montar fusiles y apuntaron al inofensivo animal que allí estaba echado indiferente a ellos. Sabbas se asustó, les dijo que ya estaba todo controlado, que él lo llevaría, pero los policías ante la opción de un buen trofeo hicieron caso omiso y abrieron fuego contra el pobre animal que cayó muerto al instante.

Mr. Sabbas se quedó solo en el Mundo, sin su fiel amigo que le daba cariño en esa vida errante… perdió su mitad. Y según cuenta la historia esa misma noche lloró y lloró hasta que murió de pena. Dos días mas tarde el pueblo los enterró juntos en La Palma, y allí siguen estando los dos por siempre y si dudan de ello pueden ir a ver su tumba. Esta historia muchas veces se ha contado como prefacio de La Guerra Civil Española.

Fuente: Cochino Negro

Nota del administrador: Según la hija de Sabas, Lola Djordjevic, el nombre real del león era sultán. En una entrevista que le hicieron, afirma que su padre no murió de pena en su camerino, ni de un agónico zarpazo de Sultán. Lola Djordjevic reconoció entre lágrimas, que Míster Sabas había caído “como un valiente”, alcanzado por una bala perdida, que le atravesó el abdomen, mientras trataba de evitar que disparasen sobre su león, un imponente ejemplar, amaestrado y dócil, que había adquirido en el zoológico de Belgrado unos años antes.

En una época en la que la policía, y más en las islas pequeñas, era la ley, no pudo quedar otra que la verdad oficial.

Fernanda Siliuto.(20/04/1834 – 23/04/1859)

Por Alejandro Carracedo Hernández.

Dedicado a Melecio por indicarme el camino.

No hay en este mundo sosiego para el dolor que me embarga. Tu ausencia, ya prolongada, ha alimentado el mal, el aliento ya no me llega ni para suspirar.

“¿No son libres las aves…? Por qué el hombre
no ha de serlo también?”

Cada tarde, en este balcón al Infierno vivo el martirio de no tenerte a mi lado. Encerrada en vida, si es que esto es vida, esperando tu regreso, soñando con tu  sonrisa. ¿Volverás?

“Ley inhumana
que ni aún respeta la cabeza cana
del que se acerca al fin de su vivir;”

Esta tos, que me ladra en la cabeza y mancha de atardecer mis pañuelos, ya no me da cuartel, ni descanso. Me siento débil, todo me pesa, hasta la pluma se rebela contra mí negándose a deslizar sobre el papel. La hermana me ha traído un chocolate caliente que no ha conseguido ni templar mi cuerpo.

“Ley que los mismos hombres han creado
para satisfacer su necio orgullo”

He de dejarte mi amor, volveremos a encontrarnos, yo te esperaré como cada tarde en este Infierno de balcón…

“degradante invención; siglo afamado
¿por qué la esclavitud no has de omitir?”

Para Fernanda Siliuto, nunca amaneció. Su entierro fue de noche, a oscuras, al igual que su vida desde que su primo marchó a hacer las Américas, con la promesa de volver con el dinero necesario para casarse. De su tumba, sólo se sabe que está en el cementerio entrando a la derecha. Incluso se habla de que no fue enterrada en sagrado, por lo extraño de su muerte. En su mesilla de noche, un poema, Esclavitud, como buena romántica no entendía más esclavitud, que la del amor.

 

Vista desde el balcón hacia el Infierno.
Vista desde el balcón hacia el Infierno.

 

Esclavitud

¿No son libres las aves…? Por qué el hombre
no ha de serlo también? Ley inhumana
que ni aun respeta la cabeza cana
del acerca al fin de su vivir;
Ley que los mismos hombres han creado
para satisfacer su necio orgullo
degradante invención;  siglo afamado
porque la esclavitud no has de omitir?

El opresor a su vasallo dice:
“Trabaja sin cesar de noche y día
si osas no obedecer a la voz mía
que te maten diré sin compasión;
Yo como dueño, mandaré a mi antojo
tú como esclavo servirás callando,
y perdido serás si algún enojo
mostrares del que abriga corazón”.

y el triste negro trabajando calla
encerrando su odio cauteloso
que en su pecho infeliz, con furia estalla
y le impulsa con rabia a maldecir.
Y cuando se detiene fatigado
para toma: respiración sediento,
temblando de furor siente sangriento
el afrendoso látigo crujir.

Oprobiosa ignominia..,! ¿No es tu hermano
el que haces padecer y a quién humillas?
¿Crees así elevarte soberano
robándole su fuerza y voluntad?
Un puñado de oro fe hace dueño
de un semejante a ti que cual te encierra
un corazón…  ¿por qué en perpetua guerra
le haces vivir muriendo sin piedad?

No son libres las aves… ¿por qué el negro
no ha de serlo también…? Ley inhumana
que no respeta la cabeza anciana
ni la de aquel que empieza sin vivir;

Ley que los hombres viles han creado
dando al olvido lo que Dios dispuso,
olvido criminal… siglo afamado
por qué la esclavitud no has de omitir?

¿Pero que digo yo, aún los que tienen
blanco y terso el color, blando el cabello
opresos gimen doblegando el cuello
cual si de ébano fuese su color?

¿Qué digo yo, si el que consigue alzarse
pisa la pura frente de su hermano
y en su trono infamante al asentarse
hace que le proclame su señor?

Que mucho entonces ¡ay! que el Africano
el Indio y otros mil esclavos gimen
y que tengan por dueño algún tirano
que les baga cumplir su voluntad.

Cuando los que jamás esclavos fueron
hoy como nunca sufren abatidos,
cuantos viven ¡oh Dios! envilecidos
sirviéndoles de escudo su maldad.

Fernanda Siliuto (1859)

 

A una nube

¡Nube errante, nube errante
que al cruzar en raudo vuelo
tiendes tu velo flotante
sobre el claro azul del cielo!

¡Fueran cual tú las sombrías
nubes que eternas se mecen
en el cielo de mis días
y que mi senda oscurecen!

¡Del sol las rubias quedejas
sólo ocultas un instante,
y para siempre te alejas,
nube errante, nube errante!

Mientras cual fúnebre manto,
cual señal de eterno duelo,
las contemplo con espanto,
siempre flotando en mi cielo.

Cielo en que triste fulgura,
cual sol de la vida mía
la estrella de desenvultura
que llaman Melancolía.

¡Y si levísimos rastros
dejas, ¡oh, nube!, al pasar
y como antes los astros
de nuevo se ven brillar!

Y ¡ay! en mi cielo se placen
esas nubes tristemente…
¡O si se alejan lo hacen
tan lenta, tan lentamente!

Y en el pobre pecho mío,
que suspira por amor
dejan un velo sombrío,
sombrío como el dolor.

Dejan en mí un desaliento
y una congoja, un afán…
que ignoro si es más tormento,
si vienen o si se va.

Por eso, al ver que los cielos
recorres, digo anhelante:
“Fueran como tú mis duelos,
nube errante, nube errante”

Fernanda Siliuto Briganty