Plaza del Cristo, a propósito de una foto

Plaza del Cristo, a propósito de una foto

Plaza del Cristo - Enrique de Armas, 1950
Plaza del Cristo – Enrique de Armas, 1950

– Buenas seña Candelaria, cuanto tiempo sin verla, ¿cómo anda la familia?.

– Buenas Seño Juan ,pues mire ahi vamos escapando, aqui vengo de lavar un fisco ropa en los lavaderos y voy pa casa que ahorita mismo vienen todos a comer y aun tengo que poner el potaje al fuego y usted ¿qué se cuenta?.

– Pues yo vengo de la recova que pase por alli y vi unos «jigos picos» y dije voy a llevarle unos pocos a Seña Juana que le encantan y ¿cómo anda tu madre Candelaria?.

– Allí esta la pobre con la pata jeringada que no puede ni moverse pero bueno va escapando.

– ¡Ay mija no queda otra!, qué pena cuando se llega a viejo y no puede uno ya ni moverse,dele recuerdos de mi parte .

– Seran dados Seño Juan , dele usted también recuerdos a Seña Juana a ver si voy un día por ahí pa rriba a verla y me jace mas que sea un goto café de ese tan bueno que jace ella.

– ¡¡Ahhh se me olvidaba Candelaria !! ¿¿te enteraste que se murió Seña Eufrasia??

– ¡¿Qué me dice cristiano?!, pero si yo la vi la semana pasada por la vereda pa rriba,  ¿pero estaba mala ?, no había oído yo nada.

– Que va mija , se ve que le dio algo y se murió de repente.

– Vaya por Dios, pues tendré que acercarme un día de estos a darle el pésame a su hija, dito sea Dios no somos nadie, bueno Seño Juan voy pa casa que sino hoy no comemos. ¡¡Jisssuuuu que son ya casi las doce!! Adiós Seño Juan.

– Vaya usted con Dios Candelaria hasta mas ver.

 

Lourdes Ramos.

Cuentos Canarios – La Gaviota – Benito Pérez Armas

Benito Pérez Armas
Benito Pérez Armas

—¡GAVIOTA! ¡Gaviota!… ¡Borrachina!…¡Ranea, ranea!… .
—¡Toma, toma!.. ¡Pa tus besos, eslambío!.. ¡Toma!… ¡Toma!…

Estos eran los diálogos que a cada instante se establecían entre la chiquillería de Arrecife y Felipa la Gaviota. Tres generaciones de muchachos la habían conocido y con todos sostuvo idéntica batalla. Era la distracción de los Vagos del muelle y de la pescadería.

— Este enjalmo está carenao con la caña— decían los marinos sexagenarios—y no vira la quilla. Es más viejo que la lancha de señó Miguel el prático.

Efectivamente; por Felipa, como suele decirse, no pasaban los años. Era siempre la misma vieja alta, de constitución hombruna, nariz rojiza y piel tostada por los soleros de las playas.

Sus hijas parecían más viejas que ella y sobre todo más destrozadas por el Vicio, al que se entregaron como su madre, cuando eran ninas, niñas calvas, en que la juventud aún no habia hecho sonar los clarines del amanecer.

Su naturaleza lo resistía todo. De muchacha había sido una morena provocativa de formas espléndidas, torneadas sin delicadezas artísticas, pero sólidas, firmes a las caricias del vicio que a ella llegaban como las olas a un peñasco.

Durante treinta años había sido Felipa la sacerdotisa que mantuvo el fuego del amor en todos los marinos jóvenes de Arrecife. Aquellos muchachotes fuertes, de una rudeza casi salvaje, cuando regresaban de las costas africanas después de un mes de ausencia, no pensaban sino en Felipa; en la hembra cuyo recuerdo les incendiaba la sangre, durante las faenas de la fresca y salazón; en la hembra garrida de pulpa lozana v ojos agresivos.

Felipa, como las cortesanas de Alejandría, vivía en los muelles y gustaba del amor en las playas. En verano dormía oculta entre las rocas; detrás del viejo castillo de San Cristóbal; donde, quiera que la arena fina y apelmazada de las riberas brindaba un lecho fresco y agradable. Todavía, a pesar de sus años y sus borracheras, solía verse solicitada por jovenzuelos de quienes podría ser abuela.

Muchas tardes, cuando las mareas eran grandes y los mariscos de las costas quedaban descubiertos, luciendo sus extrañas vegetaciones, Felipa armada de un arpón de verga se dedicaba a pulpear. Arremangada, con el agua hasta las rodillas, recorría hurgando covachas, revolviendo piedras, atisbando escrupulosamente en todos sentidos, las playas de los islotes próximos al puerto. Cuando cerraba la noche encendía el hachón de tea, y como un fantasma entre resplandores, que iluminaban las aguas del océano de modo variado y caprichoso, Felipa continuaba cogiendo pulpos, ensartando morenas y cangrejos… Entonces era cuando los jovenzuelos la buscaban temblando de emoción. Felipa dejaba de pulpear; los resplandores se extinguían…

El hacho ardía nuevamente, la silueta de Felipa tornaba a dibujarse entre los manchones de escarlata que sobre el mar y las rocas arrojaba la tea en combustión. La interrumpida faena continuaba. Para la Gaviota no tenía más trascendencia iniciar a un joven en las ofrendas del amor, que estrangular un pulpo: ¡las flechas de Cupido allá se iban con las barbillas del arpón! Eran los oficios de toda su existencia, las dos maneras de procurarse pan y aguardiente de caña. Este último no le abandonaba nunca, y de cuando en cuando, sacaba el tarrito para matar el frío.

—Por caá pulpo un buche—solía decir.

Debe saberse, para completar el retrato de Felipa, que pensaba en alta Voz, esto es, que sus soliloquios se exteriorizaban siempre por medio de la palabra.
—Trágatelo endino; trágatelo… ¡juisge una suta que rejos tiene!… No te lo dije, alma de perro que yo te lo enjilaba.. Lárgala, lárgala toda…

El cefalópodo, mientras tanto, estiraba y encogía desesperadamente sus ocho tentáculos, poniendo al descubierto las ventosas y movia locamente la cabeza convirtiendo en tinta las aguas de los charcos. Al final de la lucha, cuando la presa ya estaba en las manos, Felipa decía éstas o análogas frases:
—¡Bonito pértigo! Se lo llevaré al cura. Pero si no me da una fisca que se limpie… La compañera debe también estar entaliscáa po estas cuevas. ¡Como la trinque!…

Pescado para el caldo nunca le faltaba, porque los marinos por la fuerza de la tradición, y sin duda recordando antiguos favores, nunca le negaban ora una cabeza de sama, ora unos chirrimiles gustosos, ora un par de caballas.
Bien de mañanita se presentaba en la pescadería.
—Hoy te toca a ti, niño. No me vengas con fulas y galanas, como el otro día. ¡Anda, Cachimba! — Como cada marino tiene sus alias. Felipa no empleaba nunca el nombre de pila.
—¡Toma y quítateme delantre, Gaviota de los demonios!
—¡Sale; cómetelo tú si’quieres! ¡Un rascáis, valiente tiesto!… Ganas me dan de no mirarte más al josico!
—Cállate raquera, porque te lo estregó!…

La Vida de la Gaviota se deslizaba sin alternativas, cuando el Ayuntamiento de Arrecife nombró comisario de policía a un sargento de la guardia provincial, hombre de mala catadura y grandes energías. Llevado de sus prácticas militares no daba cuartel a la canalla, como él la apellidaba, y tenia en cintura a todos los vagos, calaveras y parrandistas del pueblo.

Como es lógico. Felipa era una víctima del arriscado e inflexible comisario. Casi todas las noches la hacia dormir en la prevención, o cuarto de los ratones, como allí le dicen, después de darla un par de pescosones, y la Gaviota lo odiaba furiosamente.
—Si lo cojo pa parte sola, sin sable, le bato las costillas de un tenicazo. ¡Rayos encendaos se lo coman!…

Un sábado por la tarde Felipa no podía mantenerse en pié. La amplia explanada del muelle estaba llena de cebollas, que muy pronto debían ser trasladadas a la bodega de un fragatón que salía para Cuba. Dos o tres camellos tendidos en tierra rumiaban tranquilamente, como si gozaran del éxtasis dionisiaco, con las caras vueltas a occidente, impasibles, viendo como se iba la luz del día, cómo avanzaba el crepúsculo… Felipa se ocultó entre dos montones de cebollas. Lo que es aquella noche se jeringaba el comisario; allí se estaba bien, al aire libre; después se trasladaría a su cuartucho o dormiría en la playa al socaire de uno de los lanchones varados…

En estas cavilaciones se perdía la buena de La Gaviota, cuando una niñita de cinco a seis años avanzó casi hasta el sitio del escondite.
Caminaba torpemente la criatura, y llevaba entre sus manos uno de aquellos tubérculos de que los muelles estaban llenos.
—¡Es la niña del comisario! —Pensó Felipa llena de terror. —Ese demonio debe estar por las veltas —y se acurrucó todo lo más posible.
Pero no era asi. La niña había ido al muelle en compañía de una criaduela que entretenida con otras de su jaez, se olvidaba de los deberes de su oficio.

Una docena de pequeñueias, cojidas de las manos, daban vueltas y más vueltas, cantando la siguiente cancioncilla, con monotonía desesperante:
Yo tengo un castillo
Matarile rile rile;
Yo tengo un castillo
Matarile rile ron.

La hija del comisario, moviendo sus píemecillas, corría tras la cebolla que poco antes llevaba en las manos. El tubérculo al llegar a la arista del muelle cayó al agua, y la inocente criaturita también. Nadie estaba por aquellos alrededores.
— ¡Concio que se ajoga!— gritó Felipa, y sin vacilar un instante se arrojó al agua en menos que se cuenta. Era una nadadora consumada, pero los años, las ropas y sobre todo la embriaguez, le robaban las; fuerzas… Bregó con furia un instante hasta apoderarse de la niña.
Después hubo un momento de angustia, de terror instintivo. Las escalerillas estaban distantes y era seguro que no podría llegar a ellas.
—¡«Dejar la niña nunca, concio»! Lo mejor era ganar la borda de uno de los lanchones, a pocos metros de distancia fondeados; ¡sí, si, a los lanchones!…

Avanzaba muy poco. Su situación era parecida a la de un barco Viejo, anegado de agua, que tuviera solo un remo para defenderse de las corrientes encontradas. Con el brazo izquierdo tenía asida a la criatura y luchaba con el derecho.

Por último, jadeante, desfallecida, casi asfixiada, llegó a la borda de uno . de los lanchones, y con impulso desesperado pudo arrojar dentro a la niña del comisario.

La Gaviota no tuvo más fuerzas. Quiso trepar, pero le fué imposible; las enaguas de bayeta roja se enredaron en el tolete o escálamo del remo de proa, y el cuerpo de Felipa quedó colgando; colgando y sumergido en las aguas, sintiendo los estertores de la muerte. Unas burbujas de espuma resbalaron por la superficie del cristal. ¡Eran producidos por el último suspiro de la infeliz perdida, que terminó su existencia con un hecho heroico, con un hecho que demostraba que todo en su corazón no era cieno!…

El guiñapo rojo dio el alerta a los primeros transeúntes, y el sacrificio de la infeliz Gaviota no fué inútil, se salvó la niña del comisario.

BENITO PÉREZ ARMAS. Publicado en la Atlántida 20 de mayo de 1928

El payasito por Pinito del Oro

El payasito por Pinito del Oro

Cuando un corazón se llena de dolor o alegría es muy difícil describir la evolución, los cambios bruscos y la resignación del sentimiento que producen tales latidos con palabras que no estén gastadas por el exceso de novelas y cartas amorosas.

No quiero describir demasiado lo que sentí, sino lo que me ocurrió.

Yo he trabajado infinidad de veces para hospitales y más o menos estoy acostumbrada a sonreír a un grupo de enfermos sentados o acostados en camas blancas, con las piernas colgadas en posición vertical o los brazos amarrados a tablas rectas o viéndome a través de un espejo colocado horizontalmente sobres sus cabezas. Todo ello me inunda de profunda tristeza y una vez más doy gracias a Dios por haberme dejado disfrutar completamente de mis miembros y sentidos. Leer más

El caciquismo o ¡qué poco hemos cambiado!

«…El caciquismo constituye en esta Ciudad un caso patológico del que nadie puede forjarse ni siquiera una idea aproximada, sino viéndolo, tocándolo, observándolo de cerca y atentamente.

Actúa en todas las esferas sociales, se mueve en todas las periferias, gira en torno de todos los organismos políticos, administrativos y particulares; oprime en todas partes, se impone en todos los órdenes de la vida, aplica su boca vampiresca doquiera que hay riqueza, estrangula con su garra de pantera todo cuanto se opone á su obra maldita; múltiples son sus manifestaciones y funestos sus efectos.

A la sombra de los intereses creados, al amparo de un poder omnipotente y rufianesco1 ejercido durantes luengos años, crece el parasitismo matonil, se desarrollan las miserables larvas de la cloaca política.

Nada se respeta, ni personas ni cosas. Aqui no existe más poder que el del Cacique, dueño de vidas y haciendas, ni otra legalidad que aquella que sus mandatarios imponen.

Todo parece comprado, todo parece materia mercantil, conciencias, ideas, personas… «Esto huele á podrido»—diría Hamlet. El caciquismo se ha impuesto por el oro y por el terror. Reparte sinecuras, derrama el dinero á manos llenas, compra matones. La majeza es fórmula de convicción, el billete de Banco intermediario, entre el hampón encumbrado y la canalla hambrienta ó ambiciosa…»

El Progreso – 21 de noviembre de 1911. Hace más de un siglo, y seguimos casi igual.

Gofio y Cabra

gofioycabra

El proyecto Gofio y Cabra surge por tres motivos bien diferenciados:

El primero de ellos es la afición por la ilustración y la animación. Después de un proceso de evolución y estudio, en la búsqueda de la mínima expresión necesaria para representar un personaje con todas sus expresiones y en todas sus facetas.

El segundo pilar de nuestro trabajo es Canarias y su cultura. Qué decir de las Islas Canarias, se nos llena la boca hablando de ellas. Es difícil pensar en una palabra para definirlas, pero una que nos puede ayudar a entenderlas es “variedad”, variedad en islas, especies, paisajes, climas, gentes, habla… son el resultado del mestizaje entre África, América y Europa. Tienen una gran historia y una gran cultura, que no nos gustaría perder. Para contribuir en esta causa, Gofio y Cabra pretenden crear afinidad tanto con los niños, por su sencillez y buen humor, como con los adultos, a través de su personalidad y picardía.

Hoy cada vez más, es necesaria la creación de organismos u organizaciones que respondan ante nosotros para perpetuar esta identidad, por ello nos queremos sumar a la causa, para que la utilización de nuestras palabras, expresiones y costumbres canarias que tanto nos enorgullecen, sean un hoy, un mañana y no un ayer.

El tercer motivo y no menos importante es el humor, la diversión y el entretenimiento. Ante todo nos gustaría llevar a cabo nuestro proyecto de forma amena, divertida y haciendo participar, en la medida de lo posible, a todo aquel que sea atraído por nuestra propuesta.

Con estos tres ingredientes queremos hacer nuestro potaje, e invitarles a todos a compartirlo con nosotros y pasar un rato agradable en compañía.

Un cordial saludo

Gofio y Cabra

http://www.gofioycabra.com

En las Cañadas del Teide

Investigaciones históricas, genealógicas y terapéuticas

Al Sr. D. Bernardo Benítez de Lugo y del Hoyo, respetuosamente,

Entre cerros y barrancos bregando vamos camino arriba, peregrinando vamos poco a poco.

Es una tarde de a medidos de Mayo, del Mayo florido, espléndido para investigar cosas del pasado y gozar placidamente.

En esta hermosa tarde, contemplamos las diseminadas chozas lejanas, palacios de nuestros forzudos magos, opacas, bajo el tenue brillar de sus hogueras ardientes interiores y de amortiguado fuego, que se ocultan envueltas por aquel humear constante. 

Campos y lomas, montañas y bosques, contemplamos atónitos — gratos el mirar—; luce desde aquella oscura hondonada, la silueta del colosal Teide en reflejos y  sombras purpúreas preñado; desde este otro cerro, henchido en torbellinos de gasas que le ofrende el húmedo ambiente y en la quietud majestuosa le vislumbramos todo estático, todo sereno.

Es él el mismo pico, el mismo Teide, el propio gigante de cabellos plata que nos dice: «Yo soy y heme aquí.»  Leer más

El barco de la luz

por Antonio González

Un nublado día de Mayo de 1973 , silenciosamente y sin nadie que lo despidiera , salía del puerto de Santa Cruz un barco gris y triste , pero que tuvo durante años una luminosa presencia en el mismo.

¿ Qué quién era esa nostálgica nave que nos ocupa ?… , pues su nombre era el NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ ,y cual fué su historia anterior , pues intentaré narrartela brevemente.

 


Su nombre de nacimiento en Masachusstes en el año 1943 fué  el USS OSWALD DE-71 , en pocos meses este brava fragata especializada en la lucha antisubmarina , fúe cedida por EEUU a la marina inglesa (ROYAL NAVY) , dónde la  rebautizaon con el nombre de HMS AFFLECK .

Sus intervenciones en la cruel contienda mundial , fueron brillantíisimas , siendo varios los submarinos alemanes del Almirante Doenitz que sucumbieron a esta veloz fragata.

Participó en el apoyo naval del desembarco de Normandía en Junio de 1944 , poco más tarde fué alcanzado por un torpedo alemán que terminó con su participación en la guerra.

Fue remodelado en Amberes en el año 1949 y adquirido por el INI español y adecuado a su nueva misión de buque generador de energía electrica , realizó diversos servicios en la Península hasta que en septiembre de 1962 llegó al que sería su principal destino… Santa Cruz de Tenerife.

Hacia mediados de septiembre de 1962, sería llevado hasta Tenerife por el remolcador RA-3 de la Armada Española −este remolcador también había navegado con la bandera de la Royal Navy durante la II Guerra Mundial−. Después de unos treces días de navegación tras la estela del RA-3, el NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife, quedando amarrado en el ángulo de la dársena sur, desde donde de inmediato comenzó a suministrar electricidad a gran parte de la Isla, y lo hizo fielmente durante once años, convirtiéndose en todo un referente en la historia del Puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Candelaria, estaba tomando forma una gran central eléctrica, capaz para el suministro de toda la Isla, siendo inaugurada a las 17:30 horas del 12 de mayo de 1973

 

 El NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ sería utilizado como central eléctrica flotante en Lanzarote

Virgen de la Luz en Lanzarote
Virgen de la Luz en Lanzarote

Y un buen día, el viejo y cansado NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ como mismo llegó a Canarias, se marchó, pausado, sin ruido, con mucha discreción, y  probablemente así llegó a Cádiz, para ser internado en el Arsenal Naval de La Carraca, donde al parecer permaneció en su último tramo de vida.  Oscuro final para tan luminosa existencia.

La Leyenda del Lagarto de Las Angustias

El Lagarto
El Lagarto

Cuenta la Leyenda que hace años vivía en Icod de los Vinos un pastor que cuidaba su rebaño de cabras cerca del Monte del Amparo. Un día vio sobre una piedra un pequeño lagarto, sacó de su morral un trozo de queso y lo dejó sobre la roca, el reptil se acercó y se lo comió de un bocado.

Al día siguiente el cabrero volvió a la piedra en busca del lagarto, y allí estaba esperándolo, el cabrero le volvió a poner de comer, esta vez ordeñó una de sus cabras, para poder alimentar a su pequeño “amigo”, y así lo hizo, día tras día, durante mucho tiempo.

Pasaron los años, y el cabrero comenzó a preocuparse porque el lagarto ya era casi de su tamaño. Ya no podía alimentarlo solo con leche y queso y así fue que un día el reptil se introdujo en el corral y se comió un cabra entera. Leer más