Aquellas casas de ‘niñas malas’

Una ciudad como Santa Cruz, con puerto de mar, es imposible que no tuviera casa de “niñas malas”. De ahí que, a lo largo de la historia reciente de la Capital, la calle de Miraflores, la de la Curva y la parte baja de la avenida de San Sebastián concentraran en ese barrio cercano al muelle una batería de prostíbulos que han ido desapareciendo con el tiempo, por la expansión urbanística y porque, evidentemente, la prostitución se ha ido sofisticando con el paso del tiempo.

 

Hoy muchos inmuebles que albergaban muchachas que comerciaban con su cuerpo ya no están en pie. En su lugar se han construido modernos edificios y, en concreto, desde el Puente Serrador hacia abajo se levantará el Instituto Óscar Domínguez, todo una joya como espacio cultural, del que ya nos ocupamos en un reciente artículo.

 

Por aquella zona de San Sebastián y de Miraflores eran famosas, a mediados del siglo XX,  muchas casa de citas y algunas prostitutas de “reconocido prestigio”, como “La Bolígrafo”, “La Veneno”, “La Gallega”, o lugares tan conocidos con “El Quince”, porque el inmueble estaba situado en ese número de la primera vía citada. También tenían renombre “El Palomar” y, frente por frente “El Palacio”; o “Casa Manolita”, en la segunda calle mencionada o, por ejemplo, “La Blanca Paloma”, en las inmediaciones del Cuartel de San Carlos, donde se prestaban servicios económicos a los soldados de Infantería.

 

Una de las más conocidas casa de “encuentros” fue “La Húngara”, que estaba situada entonces en San Sebastián, donde luego se levantó la Clínica del doctor Matías Llabrés, padre de aquel gran médico que fue Lorenzo Llabrés Delgado y de su hermano Matías, farmacéutico, que era dueño de la oficina situada en la esquina de las calles Suárez Guerra y Viera y Clavijo.

 

Me han dicho que la casa de “La Húngara” todavía existe, pero ubicada ahora en el santacrucero barrio de Buenos Aires, en el arranque del Polígono Costa Sur, frente a la Papelera de Canarias, y que la fundadora de aquel establecimiento falleció hace tiempo, después de retirarse a vivir a un apartamento en la costa de Tacoronte.

 

En la calle de San Sebastián, esquina a la de Los Molinos, se encontraba el Dispensario Dermatológico, a donde acudían las “niñas malas” a hacerse revisiones médicas para prevenir y, en su caso, curar, diversas enfermedades venéreas. Ese centro, que ahora depende, creo, del Servicio Canario de Salud, se encuentra por debajo del Observatorio Meteorológico y de la clínica que fue de don Alberto Rodríguez López, ya en la confluencia con la avenida de La Salle, en cuyas proximidades estaban las sedes de las fábricas de tabacos “La Isol” y “La Antillana”,cuando el sector tabaquero isleño vivía momentos de claro crecímiento, no como ahora, en franco retroceso.

 

“La Mellada” y “La Paqueta”

 

Fuera del centro urbano de Santa Cruz siempre ha habido diversas casas de “niñas malas”, y los famosos cabarets de La Cuesta de Arguijón, como “La Caracola”, el ‘Tabares”, y numerosas “barras americanas” situadas en la avenida de Ángel Romero y en la misma Vuelta de Los Pájaros. Una de las más famosas barras fue el “Condal”, propiedad de una señora catalana que vivió algunos años en un edificio de la Cruz del Señor.

 

Una de las casas de mayor reputación (y nunca mejor dicho) fue la de Encarnación “La Mellada”, un inmueble de dos plantas, situada al inicio de la antigua carretera de San Andrés, en las cercanías de donde hoy está ubicada una gasolinera de ‘Texaco”, frente a “Ligrasa”, cerca de la Escuela de Náutica y poco antes de llegar a Valleseco.

 

Por allí pasaba la pequeña locomotora de Añaza, que hacía un singular recorrido entre la cantera de La Jurada y el muelle y que, a partir dé los años cuarenta, dispuso de vagonetas nuevas, para transportar el material necesario para la ampliación del dique del Sur, vagonetas que importó la empresa “Contratas Canarias”, de Maximino Acea, compañía de la que fueron directivos, entre otros, Pedro Alemany y el ingeniero Muñoz Reja.

 

La casa de “La Mellada”, que no estaba encalada y que lucía un discreto color cemento, fue sede de numerosos encuentros “amorosos”, a la que acudían gentes de perras y no tan pudientes del Santa Cruz de entonces, porque evidentemente el lugar estaba apartado de la ciudad y las cosas se hacían con mayor disimulo.

 

Una vez jubilada, ya mayor, Encarnación se le veía frecuentemente paseando por la Alameda y hablando en Los Paragüitas con Alonso El Chino, propietario del restaurante “Shangai”, situado en la calle de La Marina, luego explotado por su hijo Enrique, un establecimiento entrañable, donde se preparaba buena comida casera y se servían los mejores whiskies de todo Tenerife, porque el hielo se hacía con agua pura y en los vasos donde se ponían los escoceses no albergaron nunca otro tipo de bebida. Era uno de los “secretos” de la casa.

 

Otro de los lugares a donde acudían los hombres necesitados de comprar sexo era el chalet de  “La Paqueta”, situado en la avenida de Benito Pérez Armas, muy cerca de donde años después se levantó la sede provincial de la Compañía Telefónica Nacional de España, en las inmediaciones de la Prisión. “La Paqueta” llegó a tener una sucursal en La Laguna, en la entrada del barrio del Coromoto, muy cerca de la Autopista del Norte, a un tiro de piedra de la gasolinera de la “Mobil”. Según tengo entendido, en aquella casa había incluso un piano de cola, probablemente regalado por un cliente vip, que en alguna ocasión sirvió de escenario de alguna bacanal. Un amigo mío, ya entrado en años, me comentó recientemente que, hace muchos años, una pandilla, de la que él formaba parte, que había salido de fogalera por ahí, entró en la sucursal lagunera de “La Paqueta” y una de las internas les hizo un numerito encima del teclado.

 

Por Paco Pérez – Publicado el 19-04-2001. En la Gaceta de Tenerife

BARRANCO DE SANTOS – conferencia de D.Luis Cola

Pronunciada por Luis Cola Benítez  (Sala de Conferencias del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias -Almeyda, Santa Cruz de Tenerife- el 4 de julio de 2013.).

          Tengo que empezar agradeciendo a la Comisión de Fiestas del Barrio Duggi y al Sr. Cura Párroco de esta iglesia de María Auxiliadora, el honor que me hacen al invitarme a participar en este ciclo de charlas. He tenido la suerte de hablar en muy distintos lugares: en los salones de plenos del Cabildo Insular, de los Ayuntamientos de Santa Cruz y La Laguna, en las sociedades más importantes y señeras, en la ONCE -en donde me impresionó la atención prestada por los invidentes-, en algún colegio público para niños menores de diez años, -donde, por cierto, uno de ellos me preguntó dónde se guardaba el brazo de Nelson-, en algún Instituto, ante zangalotes y zangalotas -con cierta prevención por su posible comportamiento, terminando sorprendido por la atención y el interés demostrado-, pero esta es la primera vez que tengo la oportunidad de “predicar” en un templo, en la acepción de la palabra de “persuadir a alguien de algo”. Y se trata de persuadir de que vale la pena cuidar y mimar, tanto por su historia como por la potencialidad de los valores que posee, a nuestro Barranco de Santos. No se puede querer lo que no se conoce, y debemos desechar el antiguo dicho de “tíralo al barranco” para todo aquello inútil, sucio o que nos estorba.

          Barranco de Santos -no de Todos los Santos, como alguna vez he leído en la prensa-, pues su verdadero nombre es barranco de Santos o, más exactamente, de Diego Santos, uno de los primeros pobladores de Santa Cruz, de quien se tiene noticia cierta desde 1516. Personaje importante, amigo y protegido del primer Adelantado, que tenía casa propia en aquel paraje del incipiente puerto. A él se debe el nombre del más importante barranco de nuestra ciudad, parece ser, también, que por haber utilizado la ensenada de su desembocadura como varadero para la construcción de algún navío. Generalmente sólo tenemos presente la última parte de su cauce, pero, ¿cuál es su origen? Y, para conocerlo, ¿qué les parece si nos vamos de excursión?

          En el término municipal de La Laguna, el barranco de La Jardina, de Gonzaliánez o de la Carnicería, que viniendo desde las estribaciones de Las Mercedes servía de desagüe natural a la antigua Aguere (= laguna), se une con el del Barrio Nuevo cerca de la Curva de Gracia y, casi inmediatamente recibe por la derecha al barranco Gomero, que viene desde las proximidades del camino de San Francisco de Paula, y por la izquierda al de Colín, que recoge las aguas de las laderas de San Roque y La Gallardina. Atraviesa los barrios de Finca España y La Higuerita, y recibe al barranco de Tabares por su izquierda. Cuando en su marcha descendente ya casi abandona las estribaciones de esta montaña, justo al cortar con su cauce la cota de los 160 metros de altitud, el barranco de Diego Santos entra en la jurisdicción de Santa Cruz, a la altura del barrio de la Salud Alto.

          Al considerar esta primera parte de su recorrido se hace evidente el importante papel que juega como colector de las aguas de una amplia comarca. Ello explica el volumen de sus avenidas y la aparatosidad de las mismas cuando alcanzan el tramo final de su curso. Esta circunstancia se ve incrementada al recibir luego por la izquierda la aportación de los barrancos de Los Puercos y de Carmona, que -después de recoger las aguas de los Valles-, pasa entre la citada montaña de Guerra y la de Las Mesas, y confluyen en el de Santos poco más arriba del antiguo mercado del barrio de La Salud.

          En esta zona sobreviven los restos de la segunda presa en altitud entre las que se construyeron en el pasado; la primera, a mayor altura, está en el término de La Laguna. Todas ellas, hasta ocho, están desde hace muchos años inutilizadas, derruidos los muros de contención y rellenados sus vasos por los arrastres del barranco. Si se conservaran, de alguna forma servirían para retener los aportes sólidos en las avenidas, evitando males mayores en la zona baja de su curso.

          Entre el Barrio Nuevo, en las laderas de Las Mesas, y el de La Salud, el cauce se estrecha y las edificaciones de ambas márgenes casi se dan la mano, separadas por el reducido y pedregoso lecho y, poco más abajo, se alza la rectilínea estructura del puente de Javier Loño. Desde lo profundo del cauce, algunas edificaciones de Barrio Nuevo no tienen nada que envidiar a las conocidas “casas colgantes” de otras latitudes, de las que se diferencian por su mayor modernidad y por las circunstancias sociales que las originaron.

          Antes de llegar al puente Zurita, el barranco recibía -digo bien recibía- la aportación del de Macario, cubierto hoy desde Salud Alto para la creación de un moderno parque. En todo este tramo, hasta el puente de las Asuncionistas, se ensancha algo, para inmediatamente después estrecharse en un profundo corte que termina en un gran salto, antiguamente conocido como Salto del Negro, que separa este barrio Duggi del Parque Viera y Clavijo. Es la frontera Sur del barrio, cuyo nombre se debe al que fuera varias veces alcalde accidental de la ciudad, Luis José Duggi y Oria, en el tramo final del siglo XIX, antiguo propietario de todas estas tierras.

          Al pie de este salto se encuentra el paraje más impresionante de todo el recorrido urbano del barranco. El lecho, bastante llano, discurre entre altos paredones basálticos de total verticalidad, e inicia un paulatino ensanche al aproximarse al puente Galcerán. Este lugar, por su salvaje aspecto no exento de cierta grandiosidad, en medio del casco urbano y al mismo tiempo tan distante del bullicio ciudadano, es de los más sugestivos y encierra una extraña belleza susceptible de un bien meditado aprovechamiento, si se tiene el acierto de resaltar adecuadamente todo su valor natural y paisajístico.

          Al acercarse al mar se remansa y se integra en el paisaje urbano, Es, simplemente, el barranco, de entrañables historias y añejas tradiciones santacruceras, que en su último tramo ha sufrido importantes transformaciones impuestas por el urbanismo y las instalaciones portuarias. Allí, cuando al morir en el mar recibía la bienvenida de las olas, existió el Charco de la Casona, entre el hospital y la iglesia, de nostálgicos y evocadores recuerdos para los más vetustos de nuestros conciudadanos. Las aguas se remansaban al llegar al talud que formaba la misma playa, y las pleamares lo abastecían con su salobre aporte.

          Algo hay que decir del nombre con el que se conocía el famoso charco. Hay quien lo ha llamado Cazona, con Z, aludiendo a una pretendida hembra del conocido selacio, relativamente abundante en nuestros mares, que de alguna forma la fuerza de la marea impulsó dentro del charco, enseñoreándose del mismo. Resulta extraña esta conclusión, pues, aparte de que en nuestro común hablar la Z se pronuncia como S, no es normal en los peces diferenciar su sexo por el nombre. Existen el mero macho y el mero hembra; la vieja, pero no el viejo; el sargo, pero no la sarga. ¿Por qué habría de decirse el cazón y la cazona? Tarquis Rodríguez aporta una explicación más lógica, al decirnos que, al final de la calle de La Caleta, cerca de la desembocadura del barranco, existió una casa que se distinguía de las demás por su apariencia, la de Diego Santos, en la que el propio Adelantado otorgó testamento en 1525, y que era conocida como la Casona, denominación que se hizo después extensiva al gran charco que allí cerca se formó.

          El famoso charco llegó a ser un problema por recoger todos los desagües y aguas negras del vecindario, lo que daría ocasión a que se pensara en múltiples soluciones. Una empresa extranjera propuso al Ayuntamiento el desvío del cauce hacia el barranco del Hierro; otro proyecto era el contrario, es decir, socavar la desembocadura para permitir la libre entrada del mar, y convertir el lugar en balneario, idea que fue bastante aireada y discutida en su época. Como era habitual con este género de proyectos, todo quedó en nada.

          Y aquí terminamos nuestra imaginaria excursión, en la que hemos recorrido el barranco de Santos, desde su nacimiento hasta su llegada al mar, con algunas anotaciones marginales. Pero, ¿cuál es su historia y qué ha representado en la evolución de la ciudad?

          En los tiempos antiguos, cuando la navegación se basaba sólo en los vientos y las corrientes marinas, acercarse a una costa de accidentada geografía representaba un riesgo que no siempre podía calcularse. Por ello Alonso de Lugo escogió un lugar abrigado por las montañas de Anaga de los vientos dominantes, en la ensenada que le brindaba como playa natural la desembocadura del barranco de Añazo, que, además, con sus aguas permanentes aseguraba a sus hombres este primordial elemento. Transcurridas dos centurias las condiciones de la zona apenas habían sufrido transformación.

          Los barrancos -y especialmente el de Santos- jugaron un relevante papel en el desarrollo de la población. En principio los propios guanches los escogían para establecerse, pues además de sus aguas aprovechaban como moradas las cuevas volcánicas naturalmente formadas en sus márgenes. Son incuestionables las evidencias que confirman la existencia del asentamiento aborígen a lo largo del cauce. Está demostrado que el área que ocupa el actual Santa Cruz no estaba deshabitada antes de la llegada de los castellanos, ni tan siquiera era lugar de pastoreo estacional y trashumante de los guanches de Anaga. Los numerosos hallazgos arqueológicos realizados hasta tiempos recientes son pruebas contundentes de la existencia de núcleos sedentarios. Cuscoy estudió numerosos yacimientos desde la desembocadura hasta La Cuesta, por lo que puede asegurarse que la capital de la isla nació “sobre el mismo emplazamiento del primitivo poblado de cuevas.”

          Desde los primeros momentos estas cuevas, hasta entonces moradas guanches, comenzaron a ser utilizadas con idéntico fin por los colonizadores. Es en los barrancos donde en realidad comenzó la colonización de la Isla. Además, al irse transformando la economía pastoril hacia una estructura de cultivos de subsistencias, los colonos aprovechaban “los únicos ensanches aptos para la agricultura.”Pasan los años, va extendiéndose la población hacia el norte de su emplazamiento original al abrigo del puerto, y las cuevas del barranco continúan realizando su función como lugares de habitación. En el siglo XIX aún hay muchas ocupadas, y a pesar de sus malas condiciones y de los peligros de hundimiento y de inundaciones, la situación perdurará durante siglos, prácticamente hasta nuestros días.

          Era raro el invierno en que no se producían aluviones que ocasionaban daños y anegaban estas precarias viviendas. Así ocurrió en el famoso temporal de 1826, en marzo de 1837 y en 1853, año este último en que se sabe que las cuevas fueron visitadas por el arquitecto municipal, lo que indica que ya había constancia oficial de su lamentable existencia. En 1859, cuando Santa Cruz accede al título de Ciudad, sólo en el barranco de Santos eran veinte las que estaban habitadas, algunas de las cuales resultaron destruidas en el aluvión de diciembre, que llegó a ocasionar víctimas. En 1890, la prensa denunciaba la suciedad e inmundicia de aquellas cuevas. Nueve años después, con motivo de otro aluvión, estas precarias viviendas volvieron a sufrir importantes daños. Y hasta la segunda mitad del pasado siglo todo siguió más o menos igual.

          Cuando comenzó a formarse la población lo hizo con una pobreza de medios desoladora. Las primeras construcciones, de piedra y barro y con techumbre de paja, hojas de palma y maderas, fueron surgiendo anárquicamente de acuerdo con las necesidades o preferencias de sus constructores. Si exceptuamos la calle del Castillo, trazada a cordel con criterio militar desde la antigua fortaleza de San Cristóbal, y la de la Marina, imprescindible mirador sobre la bahía para un pueblo que vivía esperando siempre la llegada de todo por el mar, en Santa Cruz no existió nada parecido a un planteamiento inicial y la única norma fue la de la improvisación, por lo que en su trazado parece haberse atendido únicamente a las circunstancias de cada momento. Así nacieron los primeros grupos de casas, sin pensar en un trazado viario, que comenzaría a formarse sin más condicionamiento que la topografía del terreno y a resultas del repetido tránsito de personas, caballerías y carruajes, entre los puntos y en las direcciones que la necesidad imponía.

          Por este motivo, tiene razón Cioranescu cuando afirma que la primera calle de Santa Cruz fue el camino que subía a La Laguna, elocuente ejemplo de órgano creado por la necesidad. De esta manera se confirma para el poblado su inicial carácter de asentamiento perentorio, sin planificación, sólo en atención a su primaria misión de lugar de paso, pasillo canalizador hacia el interior de la Isla de personas y suministros. Esta calle, que desde la Caleta de Blas Díaz partía paralela al mar hasta la desembocadura del barranco, y que después de cruzarlo subía hacia La Laguna por su margen derecha -camino de San Sebastián-, fue la más importante, casi la única vía de comunicación del primitivo puerto y por ello fue la primera que recibió la mejora de ser empedrada. En el primer plano conocido de Santa Cruz, dibujado por Torriani hacia 1588, no se aprecia nada que pueda merecer el nombre de calle, más bien veredas, y el único camino que parte del caserío es precisamente el que va a La Laguna.

          La relación de las vicisitudes y trabajos que el Cabildo de la isla y el pueblo de Santa Cruz pasó durante largos años para mantener mínimamente transitable este camino se haría interminable. Las reparaciones y arreglos no cesaban. Cuando en 1754 se abrió al tráfico el puente Zurita, Santa Cruz contó con dos caminos a lo largo de otros tantos barrancos: el ya citado, que partía del barrio del Cabo, y el que desde La Caleta subía por el barranquillo del Aceite hasta el nuevo puente. Ambos venían a unirse poco más abajo de la actual Cruz del Señor.

          Desde el emplazamiento inicial, entre el barranco de Santos y el barranquillo del Aceite,  el pueblo comienza a extenderse al poco tiempo hacia el Norte, y sus construcciones va ocupando el espacio comprendido entre el centro aglutinador de la parroquia, entonces conocida como iglesia de la Santa Cruz, y el embarcadero de la Caleta de Blas Díaz. Los motivos de este desplazamiento fueron, sin duda, la apertura de pozos de agua potable en la calle de Las Norias,  el tráfico comercial que se hacía por la Caleta, lugar abrigado y seguro, y la construcción del castillo de San Cristóbal.

          Desde ese mismo instante, el barranco de Santos, pórtico de la colonización y eje primario de la expansión hacia el interior de la isla, adquiere el carácter de profundo límite físico de la población, peculiaridad que se prolongará casi hasta nuestros días. La consolidación del poblado tendrá lugar en la orilla izquierda, pero el proceso se verá seriamente condicionado por la proximidad del barranco, que influirá en su historia en muchos aspectos. La primera y más inmediata consecuencia de este desplazamiento del centro urbano fue la marginación que comenzó a padecer la zona de El Cabo y Los Llanos, que se hará secular no obstante su proximidad geográfica.

          Los esfuerzos por sostener la comunicación entre el barrio de El Cabo y el de la Iglesia, se hacen bien patentes a lo largo del tiempo. Resulta revelador el hecho de que el puente que los conectaba nunca se llamó “de la Iglesia”,  o “del barranco”. La denominación por la que se le conoce a lo largo de su accidentada historia no es otra que la de “puente de El Cabo”,  dando a entender la prioridad que en el común sentir se daba a la comunicación con este barrio.

          Desde antes del siglo XVIII se sitúan en aquel sector diversos edificios públicos. Además de la ermita de San Telmo, están la de Regla y la de San Sebastián, esta última situada entonces en un descampado muy en las afueras del pueblo. También en El Cabo se levantan el castillo de San Juan, la Casa de la Pólvora y el hospicio, que luego sería cuartel de San Carlos, así como el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados y el Lazareto. Como puede apreciarse, algunos de estos establecimientos, lejos de contribuir a enaltecer el barrio, evidencian el deseo de alejar de la nueva zona de expansión, donde se habían establecido ya las clases más acomodadas, ciertas actividades no del todo agradables. Lo mismo ocurre con algunas industrias que podían resultar molestas o peligrosas, tales como las panaderías -que dieron nombre a calles del barrio, como las de los Molinos, las Tahonas o del Molino Quebrado-, las herrerías -calle del Humo-, que los regidores procuraban autorizar sólo al otro lado del barranco por el peligro de incendio que podían representar, y con los almacenes de salazón, por sus desagradables emanaciones.

          Más tarde, hacia el Oeste, entre el barranco y el barranquillo, tiene lugar en 1610 la fundación del convento dominico de Nuestra Señora de la Consolación -donde hoy están el Teatro y la Recova Vieja-, no sin cierta oposición por un significado grupo de vecinos que opinaba que el lugar era demasiado pobre para contribuir al sostenimiento de esta comunidad de frailes. La primera consecuencia de esta fundación es el nacimiento de un nuevo barrio, el de Vilaflor, que se formó a su sombra. Los terrenos pertenecían a la parroquia de Los Remedios y al Cabildo, ambos en La Laguna, y -aquí vuelve a ser protagonista el barranco- fueron cedidos a los nuevos vecinos a condición de que, al levantar sus viviendas a la vera del barranco, contribuyeran a la solución del eterno problema que representaban las avenidas con la construcción de muros y terraplenes de contención.

          El barranco de Santos, que como un profundo tajo divide en dos a la ciudad, puede parecer inofensivo a un espectador no avisado. Su cauce seco y de aspecto desolado durante períodos que abarcan a veces varios años, no induce a pensar en el cambio que puede experimentar con lluvias torrenciales, como las que se  producen de tarde en tarde, y el enorme caudal de agua que es capaz de reunir en su cuenca. Si aún hoy, después de realizadas tantas obras de contención, encauzamiento, desvíos, alcantarillado, etc., resultan impresionantes sus avenidas, podemos imaginarnos lo que serían en tiempos pasados, cuando las aguas corrían libres por doquier arrastrando cuanto se oponía a su paso. Los efectos que producían estos aluviones eran imprevisibles y, aún sin serlo, no se disponía de medios para evitarlos.

          Al haberse establecido la parroquia, primera edificación pública de la población, junto a su cauce, hizo que desde los primeros momentos fuera una preocupación constante la de tratar de aplacar las iras del barranco, que con un tesón admirable y evidente irreverencia, invadía una y otra vez el sagrado recinto. Estaba, además, el problema del acceso al barrio de El Cabo, que quedaba entonces incomunicado, lo que equivalía -hasta que se construyó el puente Zurita- a que también quedara cortado el camino a La Laguna.

          Al ser la iglesia la primera afectada, parece natural que la primera  disposición que conocemos de defensa contra las avenidas fuera dictada por el obispo Francisco Martínez de Ceniceros. En 1605 manda que se hiciera junto al muro de la iglesia que linda con el barranco “una estacada de estacas fuertes y bien incadas en la tierra” que debía rellenarse con piedras. La obra no debió ser muy eficaz puesto que en 1645 otro obispo, Francisco Sánchez de Villanueva, toma otras medidas similares para reparar y completar las defensas contra los desbordamientos. Han pasado cuatrocientos años y resulta esperpéntico constatar que hoy la iglesia de la Concepción sigue inundándose.

          Pero de todos los problemas que creaba el barranco, ninguno era tan importante como los que afectaban al puente de El Cabo, paso obligado de salida hacia La Laguna. El primer puente tardaría bastantes años en realizarse, de madera y sólo para peatones y caballerías, sería así hasta mediados del XVIII. Todavía en 1742, al conceder el Cabildo al alcalde del Lugar un solar para casa de apeo, lo hace junto al barranco con la condición de mejorar el cauce para que no siga rompiendo la tierra de sus márgenes “y dejando paso para las carretas por debajo del puente”. La prohibición de pasar las carretas por el puente persistió muchos años, prueba evidente de su fragilidad.

          La primera noticia cierta de su destrucción la tenemos en 1722, en que fue arrastrado hasta el mar por la riada, lo que obligó al Cabildo a su reconstrucción para no quedar aislado del puerto. En 1750 las aguas inundan una vez más la parroquia y vuelven a arrastrar el puente. Esta historia se repetirá intermitentemente durante cientos de años, lo que viene a decirnos que el barranco era mucho barranco o, más bien, que el puente que se hacía una y otra vez resultaba poco puente.

          De nuevo había que reconstruirlo y se habla de buscar un emplazamiento más apropiado y menos expuesto al peligro de las avenidas, y se piensa en hacer un nuevo puente más arriba, a pesar de que la obra representaría un mayor costo; pero algunos vecinos se oponen por considerar que continúa siendo necesario el acceso directo al barrio de El Cabo, más aún al haberse establecido en aquella zona el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. Finalmente, de una reunión sostenida entre el personero general de la isla Baltasar Peraza de Ayala con el comandante general Juan de Urbina, salió el acuerdo de que debían realizarse ambos.

          Se formó una comisión integrada por Peraza de Ayala, el ingeniero Sebastián Creagh y el personero de Santa Cruz Roberto La Hanty, que el 15 de marzo de 1753 reconocen los parajes que se consideran más apropiados, en la zona denominada llanos de Perera. Como consecuencia, se decide que el lugar idóneo es “la pasada del medio llamada de Sorita”. El lugar quedaba en descampado y lejos del centro del pueblo, pero presentaba evidentes ventajas por la mayor altura de las márgenes y por crearse con el nuevo puente una vía diferente de acceso a la capital, La Laguna.

          Las obras se iniciaron aquel mismo año a costa de los propios del Cabildo, y el flamante puente se terminó y pudo utilizarse al año siguiente; en muy corto plazo si tenemos en cuenta la envergadura de la obra y los medios con los que se contaba. Desde entonces pasó a ser el principal camino a La Laguna, nombre que recibió la polvorienta calle que desde la actual plaza  Weyler conducía al puente, hoy llamada Rambla Pulido. Estas realizaciones contribuyeron al desarrollo de un extenso sector ocupado por huertas y eriales, sobre el que paulatinamente se fue ensanchando la población, dando origen a los barrios de Salamanca y del Perú, y más tarde a este de Duggi, cuyo límite Norte quedó constituido por la citada Rambla.

          Al mismo tiempo que se levantaba el nuevo puente, se realizó la reconstrucción de el de El Cabo, gracias en gran parte al empeño del personero Roberto La Hanty y a su importante aportación económica. Pero cinco años después, en 1759, un nuevo aluvión vuelve a causar su ruina y el Cabildo tiene que ocuparse de las obras. En 1773 se repite la historia y queda dañado y  casi inutilizable, por lo que el comandante general López Fernández de Heredia ordena su reparación a una comisión que encabeza el alcalde Bernardo Rodríguez Carta, que reunió los recursos necesarios con aportaciones del vecindario. Pero esta era la obra de nunca acabar, pues a los diez años el puente se encontraba en tal estado de ruina que se decide rehacerlo. Antes de acabar la centuria, en 1798, el alcalde José de Zárate recurre una vez más al Cabildo en solicitud de ayuda para reparar el puente, “por ser muy considerable la obra necesaria” -decía- “y no poder atenderla de su bolsillo como había hecho en otras ocasiones”.

          Al llegar el siglo XIX es cuando Santa Cruz de Tenerife, comienza a tomar conciencia de sí misma y de su papel dentro del conjunto del Archipiélago, aunque las carencias que acompañan a este proceso, vistas desde la perspectiva actual, resultan con frecuencia impresionantes. Pero a pesar de ello fue en esta centuria cuando Santa Cruz cimentó las bases de su futuro, en buena medida gracias al excepcional talante de sus ciudadanos, que una y otra vez se prestaban a colaborar en obras de interés general.

          Las realizaciones urbanas eran pocas y marchaban con lentitud por la falta de recursos, que tampoco permitían dedicar atención a las labores de conservación de lo ya existente. Por este motivo, el famoso puente de El Cabo había ido sufriendo un progresivo deterioro, lo que hace que en 1824 se encuentre prácticamente en ruinas. Se buscan recursos para su reconstrucción, y a alguien se le ocurrió la buena idea de hacerlo gravando los vinos y aguardientes, con tal éxito que al año siguiente ya estaba la obra terminada. Posiblemente se hubiese tardado bastante más de haberse gravado el agua potable. Ironías aparte, no presumía el pueblo de Santa Cruz lo poco que iba a durar la obra realizada.

          En el mes de noviembre de 1826 tiene lugar uno de los mayores aluviones que ha sufrido la Isla, o por lo menos el más famoso del que se tiene memoria. Fue el mismo que hizo desaparecer en el pueblo de Candelaria la imagen original de la Virgen, que arrastrada por las aguas se perdió para siempre. En la capital las crecidas de los barrancos alcanzaron tal nivel e intensidad, que resultaron destruidas cuantas obras de encauzamiento, puentes y bóvedas se habían realizado hasta entonces a costa de tantos esfuerzos. En el barranco de Santos sólo se sostuvo en pie el puente Zurita, pues tanto el de El Cabo como los murallones de defensa de sus inmediaciones resultaron arrasados. Se tardó un año en reconstruir el puente, pero la reparación de las murallas se prolongó varios más por el motivo de siempre, es decir, la falta de dinero.

          En los años siguientes el Ayuntamiento multiplica sus esfuerzos para tratar de remediar la situación y, a veces, echa mano a originales iniciativas que le permitan disponer de los fondos necesarios, como cuando en 1830 sustituye por postes de madera los viejos cañones que muchos vecinos colocaban en las esquinas de sus casas como defensa contra los carruajes, y los vende con el mencionado fin. También se contaba con las aportaciones del vecindario y, si la colecta no se engrosaba con la rapidez necesaria, podía surgir un particular que adelantara el dinero, como hizo entonces Francisco Roca, aunque luego tuvo dificultades para resarcirse. De esta forma se financió la muralla norte del barranco. Las obras progresaban así lentamente, pero lo grave fue que, antes de que se terminasen, la meteorología volvió a hacer de las suyas y de nada sirvió lo realizado hasta entonces.

          El día 8 de marzo de 1837 estuvo lloviendo intensamente durante ocho horas seguidas. El barranco se desbordó por varios sitios, sus aguas pasaron sobre el puente, derribaron dos casas, se llevaron parte de la huerta del hospital y, una vez más, inundaron la iglesia de la Concepción, las viviendas de la calle de la Noria, plaza de la Iglesia y barrio de El Cabo. Todos los sectores de la población por la que discurrían barranquillos y barranqueras sufrieron importantes daños. Y vuelta a empezar.

          Era evidente que el mayor problema estribaba en que las defensas del barranco de Santos resultaban insuficientes, pero para su solución el Ayuntamiento se veía precisado a afrontar cuantiosos gastos que estaban muy por encima de sus posibilidades. El hecho de que entonces Santa Cruz ostentara la capitalidad de Canarias, no quería decir que la escasez de recursos estuviera superada, y las arcas municipales seguían tan exhaustas como siempre. Por ello la mayor parte de las obras se eternizaban durante años, a menos de que surgiera algún vecino acomodado, a veces el mismo alcalde, que con sus aportaciones diera agilidad al proceso. Otras veces era el capitán general de turno el que tomaba la iniciativa, y los fondos de fortificaciones servían para paliar necesidades diversas, no siempre relacionadas con el ámbito militar. Entonces podía ocurrir que, mientras el pueblo llano sufría penurias de todas clases, el deseo de figurar o de congraciarse con los vecinos llevaba a algunos de estos hombres prepotentes a empeñarse en proyectos que, si bien representaban mejoras para la población, en absoluto obedecían a un criterio de prioridades en cuanto a las más urgentes necesidades. Así nació la Alameda del Muelle y así se realizó también el paseo de la Concordia junto al barranco de Santos.

          Desde 1836 era comandante general y jefe superior político el general Juan Manuel Pereyra y Soto-Sánchez, marqués de la Concordia, autoridad que tomó a su cargo la reconstrucción de las murallas de contención del barranco. Al prolongarlas hacia arriba por la margen izquierda, resultó  una explanada que el marqués consideró apropiada para la construcción de un paseo o alameda. En noviembre de 1838 se concluyó la obra, pero el paseo parece que no nació con buen pie y, bien por las pocas simpatías que al parecer tenía el promotor entre sus gobernados o porque se consideraba el lugar extraviado, no sólo no tuvo el éxito apetecido sino que resultó ser una fuente de problemas, y peor aún, de continuos gastos de mantenimiento.

          Pasados los primeros tiempos de novedad se sostuvo a duras penas algunos años, pero llegó un momento en que su degradación era evidente. En 1855 se derrumba “el muro que sostenía el terraplén”, y desaparecen los materiales que formaban la pared. Un año antes, y no había sido la única vez, parte del risco que daba al paseo había sufrido un desprendimiento y quedaron reducidas a escombros nueve viviendas. En 1858 el estado de abandono en que se encontraba era extremo, situación a la que nadie ponía remedio a pesar de las denuncias de la prensa. El Ayuntamiento hizo ligeras obras de acondicionamiento, pero a los pocos años vuelve a estar destrozado. La situación se hace insostenible y la corporación se siente impotente para encontrar una solución definitiva. Entonces se pensó que eliminado el paseo desaparecerían los problemas, y este fue el radical remedio al que se acudió. En 1867 el Ayuntamiento acuerda la venta de solares en aquel sector y, de esta forma, no sólo desaparecían los inconvenientes sino que se obtenían beneficios. A la subasta sólo se presentó un único licitador, que adquirió el solar con la intención de dedicarlo a la construcción de almacenes de guano. Esto revela en lo que se había convertido la famosa alameda, cuando desde mucho antes la prensa formulaba frecuentes denuncias para que los almacenes de guano fueran trasladados a las afueras de la población para evitar las molestias al vecindario. De tan lamentable manera, el primer intento serio de embellecer el entorno del más importante barranco de Santa Cruz, alcanzó tan triste y maloliente final.

          Con las fuertes lluvias de 1853 y 59, resultaron dañadas las pilastras del puente y hubo que recomponerlas. En 1867, otro aluvión volvió a causar daños, y en esta ocasión de nuevo se recurrió a los bolsillos de los vecinos para allegar fondos. Las obras tardarían dos años en realizarse.

          Por entonces el barranco de Santos estaba próximo a disponer de un nuevo puente, el “Puente Nuevo”, como comenzó a denominársele, hoy conocido como de las Asuncionistas. Hacía tiempo que varios propietarios de fincas de la Costa, nombre que recibía un amplio sector al Sur de la población, estaban interesados por motivos obvios en este proyecto, cuya realización también representaba una gran ventaja para las comunicaciones con los pueblos del Sur, cuya nueva carretera ya estaba en construcción, al evitarse la penosa subida hasta La Cuesta por el camino de La Laguna. Las obras se iniciaron, gracias a una suscripción voluntaria entre particulares, el 24 de septiembre de 1869 y finalizaron el 25 de junio del año siguiente. La calzada del nuevo puente es la frontera Oeste del barrio Duggi.

          Paulatinamente y a costa de muchos esfuerzos la ciudad va logrando salvar los límites que los barrancos le imponen, si bien con los inconvenientes y retrocesos lógicos, de los que son responsables tanto los agentes naturales como  la poca solidez de las obras de paso y contención. De esto último tenemos un claro ejemplo en estos años, cuando el muro que sostenía la calle de Miraflores junto a la recova, se viene abajo en gran parte en dos ocasiones. También puede ocurrir que las realizaciones urbanas finalicen forzosamente al toparse con el barranco, como ocurrió en 1875 la calle de la Maestranza -actual de Galcerán- cuya prolongación era imposible. Esta calle viene a ser el límite Este de este barrio.

          A finales de 1879, otra vez lluvias torrenciales y se repiten los problemas. El puente de El Cabo se arruina una vez más, vuelve a inundarse la iglesia y sus inmediaciones y, según Martínez Viera, toda aquella zona quedó convertida en un inmenso lago. El barrio de El Cabo volvió a quedar incomunicado y con él el cementerio de San Rafael y San Roque, imposibilitando los enterramientos durante varios días, por lo que el Ayuntamiento convocó a los vecinos para -se decía- “conferenciar sobre este interesante asunto”, eufemística manera de decir que se trataba de solicitar, como siempre, su aportación económica.

          A partir de este momento, cuando se inicia una vez más la reconstrucción del puente del Cabo, se producen durante varios años una serie de episodios -algunos no exentos de cierto pintoresquismo- que hacen que estas obras sean la comidilla de todo el pueblo, motivo de vivas polémicas de prensa y hasta de enfrentamientos personales en el seno de la corporación santacrucera.

          La obra comenzó sin problemas, y en noviembre de 1880, al año escaso del aluvión, ya estaba terminada la parte de mampostería y la costosa reparación de los muros laterales. Hecho esto, empezaron los inconvenientes y la obra quedó detenida. Al ser de madera el resto del puente se requerían “tosas” de grandes dimensiones, por lo que fue necesario anunciar varias subastas antes de conseguir quien se comprometiera a extraerlas del monte, pero luego también hubo que esperar a la aprobación por parte del Gobierno del plan de aprovechamiento forestal.Solventado todo lo anterior, por fin se logró que el material llegara desde el monte hasta Vilaflor, pero la dificultad que ofrecía su transporte hasta la playa para su posterior traslado por mar hasta Santa Cruz, fue entonces la causa de que la obra continuara paralizada. En la plaza de Vilaflor estuvieron las maderas detenidas varios meses, por una razón bien sencilla y no exenta de lógica: los responsables de arrastrarlas hasta la playa para su embarque tenían sus yuntas ocupadas en las habituales labores de labranza y, si por este motivo alguien tenía que esperar, estaba claro que tenía que ser el puente y no los cultivos para su inmediata subsistencia. Esta dificultad resultó insalvable para el Ayuntamiento de Santa Cruz, hasta que, por fin, el problema se solventó por sí sólo -es decir, cuando pasó el tiempo de labranza-, y pronto se reanudaron los trabajos en el puente de El Cabo.

          Pero no estaba todo resuelto. Al continuarse la obra se observó que el puente iba a resultar más alto de lo conveniente, lo que produciría un apreciable desnivel en la unión con las calles de sus márgenes, por lo que se decidió rebajar los pilares cosa de cincuenta o sesenta centímetros. El arquitecto municipal, autor del proyecto y director de las obras, Manuel de Cámara y Cruz, se opuso frontalmente a esta determinación aduciendo razones de orden técnico. Las obras volvieron a paralizarse y nadie era capaz de encontrar salida. La polémica se extendió al público, en el que había partidarios de una y otra solución, y los periódicos se encargaban de airear el asunto con sus comentarios. Uno de ellos decía: “El deseo general lo que ha manifestado, es que hay necesidad de bajar el puente o de subir el Hospital; y como esta último no puede ser, el público se inclina á que se baje el puente.”

          El Ayuntamiento, para cubrirse las espaldas, solicitó un dictamen al arquitecto provincial, pero cometió la desatención de no informar a Manuel de Cámara, al que, lógicamente, no podía caerle bien esta decisión. Este segundo informe, contrario al del técnico municipal, fue el que prevaleció, provocando las críticas de los que pensaban que dada la importancia del asunto debería de haberse recabado la opinión de un tercer facultativo. El revuelo fue de tal envergadura que el alcalde accidental Federico Ucar, ordenó paralizar los trabajos hasta que los ánimos se calmaran.

          Tampoco se solucionó nada con la suspensión de las obras, que permanecieron largamente interrumpidas. En 1883 la cuerda se rompió por su parte más débil, cuando Cámara presentó la renuncia a su cargo, basándose en las actuaciones que la corporación había tomado sin consultarle y en la falta de apoyo demostrada por algunos de sus miembros y, a partir de entonces continuaron los trabajos. Fue necesario repetir la subasta de las obras varias veces, por falta de licitadores, hasta que a finales de 1884 se adjudicaron por la cantidad de 8.345 pesetas con 8 céntimos. La odisea había durado más de cinco años.

          Al comenzar la última década del XIX, forzosamente hay que volver a ocuparse del famoso puente, que había tardado casi tanto tiempo en reconstruirse como en encontrarse de nuevo en estado ruinoso. El Ayuntamiento, más que harto de tanto problema y de no menos gastos, en 1892 solicitó ofertas de un puente de hierro que garantizara un mínimo de solidez y duración. En esta ocasión el asunto marchó con bastante rapidez, y el proyecto se incluyó en el presupuesto del año siguiente por un total de 25.000 pesetas, encargándose su construcción en Barcelona. Siguieron las obras con continuas quejas de los vecinos, al resultar muy dificultoso el paso por el cauce del barranco, especialmente con las mareas altas. Mientras se estaba en estos trances se produjo un nuevo temporal que no tuvo consecuencias graves, puesto que en aquel momento no había puente. Por fin, en 1893, se finaliza y se inaugura el nuevo puente, para lo que hubo que acometer algunos trabajos de acondicionamiento en sus accesos. En esta ocasión no se rebajó el puente, ni se subió el Hospital, pero sí hubo que hacerlo con la parte baja de la calle de la Noria, calle frente a la Iglesia y Vera del Barranco, lo que en unión del estrechamiento a que ha sido sometido el cauce, provoca que las inundaciones de la iglesia continúen después de cuatrocientos años.

          Al filo del nuevo siglo, en diciembre de 1899, otro aluvión hizo estragos en Santa Cruz y puso a prueba la nueva construcción después de cinco días de lluvias continuadas. El puente fue rebasado por las aguas y resistió el embate, pero volvieron a inundarse la iglesia y varias viviendas de la zona, con daños considerables.

          También se decidió en este año la realización de la vieja idea de construir otro puente sobre el barranco de Santos, que enlazara la población que se iba consolidando alrededor del edificio de Capitanía, con la parte alta del barrio del Cabo y de San Sebastián. En principio se pensó hacerlo a la altura de la calle de Iriarte, para poco después optar por la de Alfaro. La decisión era tan firme que se apremiaba a los técnicos para la prolongación de dicha calle hacia el Sur, y se incluía en el presupuesto municipal de 1899-1900 una partida de 60.000 pesetas para un puente de hierro similar al que se había colocado en El Cabo. A pesar de estas prisas, transcurrieron seis lustros antes de hacerse realidad este proyecto -de hormigón, no de hierro-, pero en ninguna de las dos calles citadas, sino en la intermedia de Galcerán.

          El barranco de Santos, cauce principal de la ciudad, y barrera física para su expansión, se ve sumido en un período de calma que se prolonga por varios años. Esto era bueno, puesto que las noticias que le afectaban nunca solían ser placenteras. Parece como si se viera inmerso en el marasmo generalizado que Santa Cruz padeció en el comienzo del siglo XX, que se acentuaría luego gravemente con la Gran Guerra.

          Hasta que vuelve a dar señales de vida en diciembre de 1922, cuando la ciudad sufre un nuevo temporal de lluvias, y el aluvión vuelve a producir serios daños a lo largo del curso de todos los barrancos, barranquillos y barranqueras. Como es natural, los efectos en el barranco de Santos fueron los de más graves consecuencias, y las aguas, que pasaron sobre el puente de El Cabo, volvieron a inundar la iglesia, la Vera del Barranco, la calle de la Noria, y destruyeron los murallones laterales de aquella zona, que tantos esfuerzos habían costado. Las obras de encauzamiento se demoraron al ser necesario reformar el trazado de los muros de contención hasta la desembocadura, para amoldarlos al nuevo puente de la Avenida Marítima en construcción.

          Por aquel entonces parece como si a Santa Cruz le entrara prisa por resolver sus problemas con los barrancos. Y así era. A la ciudad le urgía contar con zonas de expansión y necesitaba salvar las barreras que se lo impedían. Son años fecundos en diversas realizaciones para la ciudad. Se aprueba, después de tantos años, el desvío del barranquillo del Aceite hacia el barranco de Santos, se construye el puente Galcerán y se abre al tráfico la Avenida Marítima con su nuevo puente, por muchos años salpicado por las olas, hasta que se hizo “de tierra adentro” con las obras de las nuevas avenidas, plaza de Europa y dársenas portuarias.

         Da la sensación de que a la ciudad le ha dado la fiebre de los puentes, y los proyectos, propuestas y sugerencias son abundantes. Se habla de construir uno nuevo en la prolongación de la calle del Norte, desde su cruce con la de Miraflores hasta el barrio de las Cuatro Torres. Hay quien piensa que es un proyecto disparatado, puesto que ya se cuenta con el de la Avenida Marítima, el de El Cabo, el Galcerán, el de las Asuncionistas y el de Zurita. Se llega a decir al alcalde García Sanabria que “ya está bien de puentes y que ya se terminó la era de los sueños”. Otros opinan que no sólo es conveniente hacer un puente más, sino que lo ideal sería hacer un único “puente desde la Avda. Marítima hasta el Manicomio”, con lo que se acabarían los problemas. También por estos años, principios de los treinta, un concejal propone que se prolongue la calle Seis del barrio del Uruguay -actual Obispo Pérez Cáceres- para dar comunicación directa al núcleo que ya se estaba formando al otro lado -barrio de La Salud-, idea original del actual puente de Loño. El otro puente, el de la calle del Norte, se inauguraría en 1945 con el nombre del general Serrador.

          A la vera del barranco, en su margen izquierdo, nació este barrio Duggi por iniciativa del propietario de los terrenos, Luis José Duggi, quien en 1888 obtuvo autorización del Ministerio de Fomento para lo que se llamó “ensanche del Sudoeste”, desde la calle Iriarte al Camino de la Costa y del Camino de La Laguna al barranco de Santos, comprometiéndose a ceder al municipio los espacios necesarios para la apertura de calles. Al paso de los años, tanto el Ayuntamiento como particulares se fueron haciendo con solares y, en 1902, cuando se acuerda poner el nombre de Luis J. Duggi “a la última calle de la parte Sur”, se concede licencia a la sociedad “El Progreso” para construir ocho casas y, el año siguiente, ya se pide a la Compañía Eléctrica que dote de alumbrado a la parte urbanizada del barrio. En 1926 el arquitecto Antonio Pintor presentó proyecto de urbanización con presupuesto de 873.610 pesetas y, por la topografía del terreno, las obras de desmonte y explanación se prolongaron durante muchos años, incluso hasta 1937.

          Seguramente no son muchos los vecinos que saben que este barrio estuvo a punto de contar con una importante instalación militar. El capitán general había pedido un solar para construir el cuartel de Caballería y el Ayuntamiento demoró la contestación, hasta el punto de que la autoridad militar “amenazó” con instalarlo en La Laguna y, Santa Cruz, celosa de su representatividad, acabó cediendo el sitio de El Monturrio. Los militares pidieron un solar mayor y, cuando se abrió la calle 25 de Julio, se permutó un solar militar, necesario para la apertura, por otro municipal aledaño al primeramente cedido. Pasó el tiempo, y los militares alegaban que el terreno era de dificultoso aprovechamiento… y nos les faltaba razón. Al final renunciaron al cuartel y el Ayuntamiento recuperó los solares, dentro de la operación de permuta del castillo de San Cristóbal en 1926.

          La historia más reciente del barranco de Diego Santos, nuestro barranco por antonomasia, es bien conocida por todos. Parecía que las lluvias ya no son lo que eran, o que las realizaciones urbanísticas habían sido capaces de aplacar sus iras, o que nuestro barranco ya no era el mismo. Y así parecía, hasta que recientemente se han repetido las mismas escenas, y la iglesia de la Concepción ha vuelto una vez más a inundarse, igual que hace cuatrocientos años, a lo que aún no se ha puesto remedio. Pero algo sí ha cambiado. Ya no hay charcos para los baños de la chiquillería, para cazar ranas y para terminar los juegos a pedrada limpia; ya no se escucha el típico canto del boyero cuando llevaba a abrevar sus ganados, ni los más alegres de las lavanderas que en el cauce ejercían su limpio oficio. Sin embargo, contiene un potencial enorme de posibilidades y, esperemos, que las nuevas obras, ya a punto de culminar, le dote de un entorno adecuado y digno, para que la ciudad y este entrañable barrio Duggi puedan asomarse a su curso sin avergonzarse y con orgullo.

         No sé si mi prédica habrá sido útil, pero al menos lo he intentando con todo cariño y la mejor voluntad.

Cuentos Canarios – La Gaviota – Benito Pérez Armas

Benito Pérez Armas
Benito Pérez Armas

—¡GAVIOTA! ¡Gaviota!… ¡Borrachina!…¡Ranea, ranea!… .
—¡Toma, toma!.. ¡Pa tus besos, eslambío!.. ¡Toma!… ¡Toma!…

Estos eran los diálogos que a cada instante se establecían entre la chiquillería de Arrecife y Felipa la Gaviota. Tres generaciones de muchachos la habían conocido y con todos sostuvo idéntica batalla. Era la distracción de los Vagos del muelle y de la pescadería.

— Este enjalmo está carenao con la caña— decían los marinos sexagenarios—y no vira la quilla. Es más viejo que la lancha de señó Miguel el prático.

Efectivamente; por Felipa, como suele decirse, no pasaban los años. Era siempre la misma vieja alta, de constitución hombruna, nariz rojiza y piel tostada por los soleros de las playas.

Sus hijas parecían más viejas que ella y sobre todo más destrozadas por el Vicio, al que se entregaron como su madre, cuando eran ninas, niñas calvas, en que la juventud aún no habia hecho sonar los clarines del amanecer.

Su naturaleza lo resistía todo. De muchacha había sido una morena provocativa de formas espléndidas, torneadas sin delicadezas artísticas, pero sólidas, firmes a las caricias del vicio que a ella llegaban como las olas a un peñasco.

Durante treinta años había sido Felipa la sacerdotisa que mantuvo el fuego del amor en todos los marinos jóvenes de Arrecife. Aquellos muchachotes fuertes, de una rudeza casi salvaje, cuando regresaban de las costas africanas después de un mes de ausencia, no pensaban sino en Felipa; en la hembra cuyo recuerdo les incendiaba la sangre, durante las faenas de la fresca y salazón; en la hembra garrida de pulpa lozana v ojos agresivos.

Felipa, como las cortesanas de Alejandría, vivía en los muelles y gustaba del amor en las playas. En verano dormía oculta entre las rocas; detrás del viejo castillo de San Cristóbal; donde, quiera que la arena fina y apelmazada de las riberas brindaba un lecho fresco y agradable. Todavía, a pesar de sus años y sus borracheras, solía verse solicitada por jovenzuelos de quienes podría ser abuela.

Muchas tardes, cuando las mareas eran grandes y los mariscos de las costas quedaban descubiertos, luciendo sus extrañas vegetaciones, Felipa armada de un arpón de verga se dedicaba a pulpear. Arremangada, con el agua hasta las rodillas, recorría hurgando covachas, revolviendo piedras, atisbando escrupulosamente en todos sentidos, las playas de los islotes próximos al puerto. Cuando cerraba la noche encendía el hachón de tea, y como un fantasma entre resplandores, que iluminaban las aguas del océano de modo variado y caprichoso, Felipa continuaba cogiendo pulpos, ensartando morenas y cangrejos… Entonces era cuando los jovenzuelos la buscaban temblando de emoción. Felipa dejaba de pulpear; los resplandores se extinguían…

El hacho ardía nuevamente, la silueta de Felipa tornaba a dibujarse entre los manchones de escarlata que sobre el mar y las rocas arrojaba la tea en combustión. La interrumpida faena continuaba. Para la Gaviota no tenía más trascendencia iniciar a un joven en las ofrendas del amor, que estrangular un pulpo: ¡las flechas de Cupido allá se iban con las barbillas del arpón! Eran los oficios de toda su existencia, las dos maneras de procurarse pan y aguardiente de caña. Este último no le abandonaba nunca, y de cuando en cuando, sacaba el tarrito para matar el frío.

—Por caá pulpo un buche—solía decir.

Debe saberse, para completar el retrato de Felipa, que pensaba en alta Voz, esto es, que sus soliloquios se exteriorizaban siempre por medio de la palabra.
—Trágatelo endino; trágatelo… ¡juisge una suta que rejos tiene!… No te lo dije, alma de perro que yo te lo enjilaba.. Lárgala, lárgala toda…

El cefalópodo, mientras tanto, estiraba y encogía desesperadamente sus ocho tentáculos, poniendo al descubierto las ventosas y movia locamente la cabeza convirtiendo en tinta las aguas de los charcos. Al final de la lucha, cuando la presa ya estaba en las manos, Felipa decía éstas o análogas frases:
—¡Bonito pértigo! Se lo llevaré al cura. Pero si no me da una fisca que se limpie… La compañera debe también estar entaliscáa po estas cuevas. ¡Como la trinque!…

Pescado para el caldo nunca le faltaba, porque los marinos por la fuerza de la tradición, y sin duda recordando antiguos favores, nunca le negaban ora una cabeza de sama, ora unos chirrimiles gustosos, ora un par de caballas.
Bien de mañanita se presentaba en la pescadería.
—Hoy te toca a ti, niño. No me vengas con fulas y galanas, como el otro día. ¡Anda, Cachimba! — Como cada marino tiene sus alias. Felipa no empleaba nunca el nombre de pila.
—¡Toma y quítateme delantre, Gaviota de los demonios!
—¡Sale; cómetelo tú si’quieres! ¡Un rascáis, valiente tiesto!… Ganas me dan de no mirarte más al josico!
—Cállate raquera, porque te lo estregó!…

La Vida de la Gaviota se deslizaba sin alternativas, cuando el Ayuntamiento de Arrecife nombró comisario de policía a un sargento de la guardia provincial, hombre de mala catadura y grandes energías. Llevado de sus prácticas militares no daba cuartel a la canalla, como él la apellidaba, y tenia en cintura a todos los vagos, calaveras y parrandistas del pueblo.

Como es lógico. Felipa era una víctima del arriscado e inflexible comisario. Casi todas las noches la hacia dormir en la prevención, o cuarto de los ratones, como allí le dicen, después de darla un par de pescosones, y la Gaviota lo odiaba furiosamente.
—Si lo cojo pa parte sola, sin sable, le bato las costillas de un tenicazo. ¡Rayos encendaos se lo coman!…

Un sábado por la tarde Felipa no podía mantenerse en pié. La amplia explanada del muelle estaba llena de cebollas, que muy pronto debían ser trasladadas a la bodega de un fragatón que salía para Cuba. Dos o tres camellos tendidos en tierra rumiaban tranquilamente, como si gozaran del éxtasis dionisiaco, con las caras vueltas a occidente, impasibles, viendo como se iba la luz del día, cómo avanzaba el crepúsculo… Felipa se ocultó entre dos montones de cebollas. Lo que es aquella noche se jeringaba el comisario; allí se estaba bien, al aire libre; después se trasladaría a su cuartucho o dormiría en la playa al socaire de uno de los lanchones varados…

En estas cavilaciones se perdía la buena de La Gaviota, cuando una niñita de cinco a seis años avanzó casi hasta el sitio del escondite.
Caminaba torpemente la criatura, y llevaba entre sus manos uno de aquellos tubérculos de que los muelles estaban llenos.
—¡Es la niña del comisario! —Pensó Felipa llena de terror. —Ese demonio debe estar por las veltas —y se acurrucó todo lo más posible.
Pero no era asi. La niña había ido al muelle en compañía de una criaduela que entretenida con otras de su jaez, se olvidaba de los deberes de su oficio.

Una docena de pequeñueias, cojidas de las manos, daban vueltas y más vueltas, cantando la siguiente cancioncilla, con monotonía desesperante:
Yo tengo un castillo
Matarile rile rile;
Yo tengo un castillo
Matarile rile ron.

La hija del comisario, moviendo sus píemecillas, corría tras la cebolla que poco antes llevaba en las manos. El tubérculo al llegar a la arista del muelle cayó al agua, y la inocente criaturita también. Nadie estaba por aquellos alrededores.
— ¡Concio que se ajoga!— gritó Felipa, y sin vacilar un instante se arrojó al agua en menos que se cuenta. Era una nadadora consumada, pero los años, las ropas y sobre todo la embriaguez, le robaban las; fuerzas… Bregó con furia un instante hasta apoderarse de la niña.
Después hubo un momento de angustia, de terror instintivo. Las escalerillas estaban distantes y era seguro que no podría llegar a ellas.
—¡«Dejar la niña nunca, concio»! Lo mejor era ganar la borda de uno de los lanchones, a pocos metros de distancia fondeados; ¡sí, si, a los lanchones!…

Avanzaba muy poco. Su situación era parecida a la de un barco Viejo, anegado de agua, que tuviera solo un remo para defenderse de las corrientes encontradas. Con el brazo izquierdo tenía asida a la criatura y luchaba con el derecho.

Por último, jadeante, desfallecida, casi asfixiada, llegó a la borda de uno . de los lanchones, y con impulso desesperado pudo arrojar dentro a la niña del comisario.

La Gaviota no tuvo más fuerzas. Quiso trepar, pero le fué imposible; las enaguas de bayeta roja se enredaron en el tolete o escálamo del remo de proa, y el cuerpo de Felipa quedó colgando; colgando y sumergido en las aguas, sintiendo los estertores de la muerte. Unas burbujas de espuma resbalaron por la superficie del cristal. ¡Eran producidos por el último suspiro de la infeliz perdida, que terminó su existencia con un hecho heroico, con un hecho que demostraba que todo en su corazón no era cieno!…

El guiñapo rojo dio el alerta a los primeros transeúntes, y el sacrificio de la infeliz Gaviota no fué inútil, se salvó la niña del comisario.

BENITO PÉREZ ARMAS. Publicado en la Atlántida 20 de mayo de 1928

Los personajes de La Laguna en los 80.

Eran los años finales de la década de los 80, dos discotecas tenían la exclusiva de los bailoteos discotequeros, el Ringo Star y el Equilibrio acaparaban la noche lagunera. Cada uno situado en un extremo de la misma acera de la avenida Trinidad, eran las discotecas.

Habían bares y pubs, si, pero discotecas, lo que se dice discotecas, sólo habían dos, no existía el cuadrilátero y nada similar, pero lo que si había era buen rollo.

En nuestra noche coexistían:

  • Rockers, como los flechas negras, algunos llevaban nunchakos e incluso uno un hacha pequeña.
  • Punkies con cresta, como los White Warrios, dirigidos por Paco, D.E.P.
  • Punkies cabezas rapadas, como los Cholas, porque en vez de botas, llevaban chanclas, y predicaban el buen rollo.
  • Siniestros, lo que ahora son góticos, como Becky, que nos saludaba con un beso en los labios y algunas veces con un “¿cómo la tienes hoy?” mientras palpaba la cruz del pantalón. Se formaban colas para saludarla.
  • Los rastas, seguidores de la música Reggae, como Carmen.
  • Indeterminados como Norman Badoo Yudoo, que bailaba haciendo catas de kárate y dando volteretas, catalogaba a las mujeres como zorras, cueros, y cueros vírgenes, pero aún así, él y su grupo tenían siempre un enjambre de mujeres alrededor.
  • Candy la morena, preciosa chica con unas formas exuberantes que sorprendían al descubrir que sólo tenía 13 años.
  • Jaime el disckjockey, se parecía al cantante de la Dama se esconde,  y pinchaba de todo, música para todos los grupos.
  • Los caramelos Jackson, que imitaban la estética de Michael Jackson en su vídeo Bad.
  • Anticristos, una especie de punk/got/pasademí, iban de cuero, con cristos colgando de las puntas de los cuellos, y gorras tipo Mao de cuero y una serpiente pintada en su interior.

Todos coexistiendo con tranquilidad y buen rollo, La Laguna variopinta y multicultural. ¡Qué recuerdos!

¿Recuerdas alguna tribu? Deja tu comentario con tu experiencia.

 

Pregón de las Fiestas Mayores de Julio, de Puerto de la Cruz 2013

Pregonero: Salvador García LLanos.
Título:  “PLIEGUES DEL COSTUMBRISMO Y DEL SENTIMIENTO PORTUENSE”:
“…El oficio de pregonar. Veintitrés años después. El solar al que tanto se quiere, con permiso de Tomás de Iriarte, justifica la gratitud del encargo. Se acomete con las mismas ganas de entonces, tratando de desbaratar el refrán de las segundas partes.

 

Y es que “la mar -como cantara Pedro García Cabrera- juega el envite en el Puerto, dejando en el aire rumbos de aventuras y de sueños, y llevándose a sus anchas malvasías de silencio”. Sigamos tan llamativa metáfora, “la mar juega al envite en el Puerto”, para plasmar, en las vísperas festeras, las impresiones, las inquietudes, los afanes, las sensibilidades, nostalgias pero también aspiraciones, aspectos evolutivos, en fin, del fértil acervo popular portuense.

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El padre Pimienta.

Era el P. Pimienta uno de los religiosos agustinos que surgieron en Canarias de grandes facultades, no sólo como escritor, genealogista y hasta poeta; esta última y privilegiada modalidad llegó a ser temido y por aquello de haberle endilgado a los Sres. de Alta Alcurnia de la Villa de la Orotava aquellos versos que tanto harían y levantarían llagas de:

“Son de la Orotava
sus habitadores
unos, señorías,
y otros, son señores,
pobres, con haciendas,
en proezas, godos,
todos, son parientes
y pelados todos.” Leer más