El Cristo ahogado (Acaecido en 1810) (Puerto de la Cruz, motín de los franceses)

(Recuerdo de un Carnaval)

 

Plataforma de Santa Barbara
Plataforma de Santa Barbara

¡Oh plataforma desartillada de Santa Bárbara! ¡Oh Cruz de “Los Arcedianos” ¡Cuan sin resguardo, cuan sin tertulianos y solitarias os han dejado!

Así se condolía y así exclamaba en cierta ocasión el tío Pererita, práctico viejo del puerto, sentado en un grueso cuadernel perteneciente el legendario «barco blanco», el que yacía tendido a la sombra— casi media centuria—bajo el formidable balcón de la casa de Lercaro y que un día compró como de barato el último alcalde castellano del fuerte de San Felipe, señor González de Chaves, de honrosa memoria para esta población y uno de los hijos de más clara inteligencia que ha nacido en ella durante el siglo XIX.

Así se lamentaba quien, tan niño y de padres marineros, espigó yendo y viniendo a los placeres es «la lancha catalana» patronada por tío Cascarilla, pescando pargos y samas de ley. los que eran vendidos en trozos y par poco precio en los escalones de la Aduana Real por el timonel Caleta, con la única condición de reservar las cabeza del más gordo peje – según ordenanza o costumbre inveterada – para la cazuela de. los viernes cuaresmales que hacía el señor ayudante de Marina en riguroso cumplimiento de la Santa Cruzada.

I

 

Dieron las doce y se partió el día. El viejo práctico rezaba, me llamó y también me hizo rezar; me dio a besar un Crucifijo que sacó por entre la gruesa camiseta de bayeta roja atado con la correa de San Blas; me puso sobre sus rodillas mascó un troza de piola con el colmillo izquierdo y luego. acariciándome con sus manos temblorosas, hacía de mis rizos negros una trenza. ¡Parecía que mis cabellos le servían al lobo marino de acicate para su narración!

Mi niño – me dijo – voy a contarte algunas cosas tristes; no te asustes, no. Yo no soy el coco, yo soy un espíritu inofensivo, no temas; no tengas miedo, que si hoy es día de Carnaval, hoy hace setenta y tantos años de la matanza de los franceses…

Y prosiguió Pererita de esta forma:

– Mírale, aquel hombre que se apoya a la borda o banda de estribor de la lancha «La Vialta», aquel, no es otro que el nieto de uno de los tunantes que ahogaron al Cristo… Aquel, también con una cuchilla, cortó el cuadro de la Patrona que aun se conserva en el coro baja de la parroquia. Quién a los suyos se parece, en nada se desmerece.

Pagaron las parrandas, máscaras y mamarrachos dando gritos ensordecedores, y mí hombre volvió a sacar la tabla de piola para mondar un pisco de ella que consumió con agrado.

El 4 de Marzo de 1810 día de Carnaval, el populacho de la vecina villa de la Orotava formó una gran algarabía en contra de sus señores y señorías para que se aboliese cierto medio diezmo con que se quería grabar a la agricultura, y después de armada la gresca por puro vicio de su rudeza, bajó a este Puerto a buscar y examinar los papeles de un bailarín francés que había vestido a un perrito lanudo con adornos parecidos a los colores de la bandera española y cuyo animalito se exhibía en la «Plaza del Charco de los Camarones» (hoy Constitución.), y que su autor trataba embarcarse por aquellos días para los Estados Unidos del Norte de América, si mal no me informaron.

Y dieron las tres de la tarde y sonaron los bronces parroquiales…. El anciano práctico rezó fervoroso una oración para continuar y después da acariciar mi rostro y tomar mis cabellos con sutileza de atraer al pensamiento aquel recuerdo olvidado, hizo pausa, hizo puntos suspensivos.

 

II

 

La gente del pueblo bajo de este Puerto, aleccionada por aquellos descamisados, no tardaron solo en imitarles, sino exceder la barbaria de ellos y juntos, en masa, se apoderaron, sin ton ni son, de la persona del maestro de escuela, del hombre más querida de ente pueblo, llamado Mr. Bronel, quien, para evitar ser atropellado, habíase refugiado en la plataforma de Santa Bárbara pidiendo protección al gobernador militar de la misma. Allí mira, allí en el muelle.

Y en ella le buscaron los matadores, y a la fortaleza entraron como por su casa, ofreciendo a Bronel no dañarle, pero … ¡oh, pérfidos!, los alborotadores, así que salió el maestro del portalón, le metieron mano y cuando de rodillo en tierra imploraba misericordia, fue vilmente asesinado, fue muerto a cuchilladas.

Nadie salió en su defensa ¡Que horror ¡ ¡Qué crimen tan horrendo!

A Pererita se le saltaron dos grandes lágrimas por sus chiquitines ojos y a mí me hizo llorar como niño, como cristiano y como portuense enrojecido de…

-Por Bronel (repitió) nadie saltó en su defensa. Los artilleros, en su mayoría gente peluda, se encontraban de parranduela y la plataforma solo se hallaba vigilada por el caduco gobernador y un viejo chocho como yo, que apenas podía ya dar paso con el armazón de su esqueleto y menos disparar la carabina de chispa para defenderse. puesto que el sable lo tenía hacía muchos años sin filo y lleno de herrumbre.

Después, el cuerpo del pobre maestro fue arrastrado, mutilado y pasando la orda salvaje a la Casa Escuela, sacaron los bancos, mesas, libros y papeles, quemándolo toda en la plaza de !a Iglesia. Hasta el presidencial cuadro al óleo de un mérito extraordinario, que representaba al Cristo Crucificado, al Redentor del género humano, no pudo ser libertado [1]. Cristo fue llevado al mar y en él, se efectuó la fatídica ceremonia del ahogamiento, siendo uno de los sayones el abuelo de aquel, de aquel que se halla arrimado al costado del bote “La Visita”. Entiéndelo bien, fue el abuelo de aquel…

 

III

 

También en dicho día loco, en día tan  funesto, asesinaron a otros franceses. Uno de ellos era persona muy instruida y ferviente católico. Llamábase Mr. Bressen, joven escribiente de la Casa comercial de los Cólogan, quien estuvo oculto bajo las sayas y por algunas horas, de una dama noble en el imperioso momento  que las turbas asaltaron su morada en busca de carne francesa, de carne de inocentes prisiones de la guerra napoleónica.

Y todos los liberales de aquí y de arriba en este día luctuoso fueron valientes. Y todos se consideraban superiores a los moderados monárquicos – a los del Rey – a los nobles y personas pacíficas  iQué horror, que horrendo espectáculo!

El carnicero del pueblo tomó una bandera de le batería de San Telmo y con ella paseó las calles, loco y borracho, vitoreando a S. M. don Fernando VII.

Otros canallas pedían dinero a los transeúntes y en las casas pobres rebanadas para con caña de la estila, brindar y hacer gritar a la chusma que le seguía: ¡viva el Rey!, ¡mueran los frailes y franceses!…

Y mientras tanto el Cristo ahogado era extraído de las aguas por e! Señor ayudante da Marina y puesto a disposición del Vble. párroco, señor Esquivel. Pero esto no paró aquí, no.

El improvisado abanderado continuaba su procesión triunfal y la chusma, apiñada tras de él, hacía alto en todas las cuatro esquinas de la población. De vez en cuando tomaba !a palabra, cierto hombrecillo que se las daba de orador y fracmasón empedernido , diciendo entre otras cosas:

“Ahora manda el Parlamento bajo, ya bastante han mandado los de arriba, los altos, los grandes. He dicho y siga la comparsa.”

Durante los tres días de esta brutal soberanía popular, todos los vecinos que tenían poco o mucho que perder, se concitaron para a cierta hora, armados secretamente y reunidos en la Plaza del Charco – después de leído con toda solemnidad el bando que mandaba publicar el señor alcalde por medio del escribano-secretarlo de la Muy Ilustre Corporación Municipal—, dando el santo y seña, prendieron a los revoltosos.

Todo salió a las mil maravillas. Los desalmados fueron prendidos, amarrados y enfilados codos con codos; disponiendo el señor alcalde mayor y juez de causa, pasasen a la prisión de Santa Cruz de Tenerife, donde algunos murieron y otros les siguieron en viaje pereciendo de la epidemia de la fiebre amarilla.

 

IV

 

Las esposas y familias de los condenadas vistieron de luto. No se corrió el Carnaval en este Puerto por muchos años, no solo en evitación de alborotos, sino por disposición judicial de la Real Audiencia de Las Palmas, pero cuando tuvo lugar la celebración de estos días locos (permitidos ya), hubo cierto poeta que, en recuerdo del Cristo ahogado, compuso una canción que decia asi:

 

«El cuadro del Redentor
A quien ahogó un tunante,
Se le llevó el ayudante
Casa el párroco rector.
Como no estaba flamante
El rector, con gran dolor
Envióle al Instante
Con su más fiel servidor
Casa Don Luís el pintor,
Haciendo en él lo apremiante
Como buen restaurador
Que de su Cristo fue amante.
Ya que era su donante
Y también su propio autor.»

Ve niño precocísimo a vuestra casa y sírvate este relato histórico, como remembranza del pasado (como recuerdo de un Carnaval) y a quienes contases el mismo en época no lejana presten de lección o ejemplo. Ello deben tenerlo presente, los que crean que esta forma de soberanía popular, puede dar al ciudadano un resultado racional. Nada juicioso ni cosa buena es, por que se equivocan quienes así pensaran tan a la ligera.

F. P MONTES DE OCA GARCÍA.
Puerto de la Cruz, Octubre de 1924


  1. Este cuadro que por más de medio siglo permaneció en poder del señor Esquivel, pasó a ser propiedad de mi venerado maestro don Benjamín J. Miranda, y hoy se conserva en casa de don Francisco Oramas y Morales, que habita en la calle de Valois núm 22 de esta población.

 

 

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