La Virgen de la Peña

Tradiciones portuenses.

Para el pundonoroso oficial de las gloriosas milicias Canarias
mi excelente amigo don Rafael Martínez Morales,

Para nosotros los portuenses que honramos a la Virgen Madre de Dios, bajo todas sus advocaciones  y la seguimos honrando con todos nuestros pensamientos, con todos nuestros ideales, con todas nuestras aspiraciones bajo el pomposo título de Nuestra Señora de la Peña de Francia, será orgullo y estimación grande nos llamen y respondamos por hijos suyos

¿Quién de los portuenses no ha invocado  a su Virgen de la Peña, en aflicciones, en sucesos adversos y desgraciados? ¿Quienes de ellos no han visto con solo pedir con fe con sinceridad de corazón y confianza en su misericordia, que no haya sido oído y atendido en todos sus infortunios por esta Madre?…

Pues bien: al Puerto de la Cruz de Taoro, que arrullado vive por una constante sinfonía de brisas y a la sombra de los jardines repletos de guaidiles sagrados, llegó por el año 1.745 un Pastor protestante. flaco y lampiño.

Valido del dinero y labia peculiar, de que siempre disponen estos propagandista » de la errónea secta luterana, el fader se conquistó (?) a un joven de buena sociedad  de carácter vivaracho y no de muy escasa inteligencia a quien le regalaba libros  lujosamente empastados y hojillas de todas clases y para todos gastos, con cuentos aplicados intencionadamente contra la idolatría, mejor dicho, combatiendo el culto que los católicos rendimos a las imágenes sagradas.

El Pastor creyó que aquel nuevo convertido, había adjurado de sus creencias católicas con solo la lectura de aquellos papeluchos, y para ganárselo mejor, le trajo a vivir a su casa, dándole, con mano rumbosa, un sueldo crecido para pasarlo bien y prestarle servicios de secretarlo.

Y corrieron los días, los meses, los años… El joven converso siempre se mostraba contento, satisfecho y feliz. Ante la presencia del Pastor, el discípulo apóstata luterano, fingía de continuo, hacía su papel de iluminado. En imágenes, en vírgenes de madera ¡bah! todo eso se acabó para él: en nada de figuras hechas por manos de mortales creía, solo al presente, y a costa del Pastor, vivir eran sus intenciones y vivir., ¡que no fuese poca cosa ahorrar para el mañana pesetillas con que seguir la carrera eclesiástica en pago de tales comiquerías!

Todas las mañanas, todas las noches, al contemplarse el joven que sus carnes iban engordando y ceja dentro habían ya como unas 80 onzas en oro, y de doblones. 100 metidos, se decía: «¿En qué pararán estas cosas?» «¿Qué saldrá de todo esto? » «¿Me condenaré o se condenará?»

Y unas veces, salía a pasear el Pastor para leerle algunos capítulos de la Biblia y dormir la siesta en la playa, junto al catequisado; y otras, las mas, se las pasaba difamando de las imágenes mientras el joven en su cuarto, meciéndose, ocupaba la hamaca defina cabulla que  desde La Margarita había traído tan flemático señor y quien a grandes vocea seguía, perturbando el sueño aparente de aquél iluminado que le creía transportado en alma a las regiones celestes con tales sunsunetes… Y llegó el momento; instante final…

Un día, día funesto, volvió a mecerse el cuco joven con mayor violencia que de ordinario lo acostumbraba, cuando, de repente, uno de los ganchos o colgantes se quiebran, se revientan y cae, cuan largo era, sobre el Pastor y de él, contra el suelo, recibiendo tremendo batacazo que le hizo clamar, todo lloroso y compungido: – «Me he matado. Virgen de la Peña. Virgen de la Peña, Virgen de la Peña, levántame, ayúdame a levantarme»…

Y aquí se descubrió el paste!, aquí dio fina todo, lo que fue una verdadera patraña…

-¿Con que de esas maneras andamos, indigno joven, idólatra adorador de muñecos, de mamarrachos?- dijo el Pastor – «Laigo de aquí. Afora de la mía casa, váyase Vd. a invocar su pedazo de mamarracho y con viento a otra parte»…

El Pastor, antes de marchar a su tierra, refirió el cuento tal cual había pasado a un ferviente católico inglés establecido en este pueblo hacia algunos años, y se le quejaba de la mala partida que recibió de tal joven, por lo que trataba de pedir, ante su cónsul, reparación o indemnización de daños y perjuicios; pero el paisano del fader le aconsejó que desistiese de ello, y el día de tomar barco al despedirle para Inglaterra y estrecharle su mano, le habló al oído estas palabras: «Inglés que dá manteca es buen inglés, pero.., estos portuenses, primero dejan mancharse con ella que invocar a la Virgen de la Peña».., «Goodbay father.»

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