José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

José Hernández Arocha, después de Baler. Contiene entrevista realizada al protagonista de ésta reseña.

Programa concierto para recaudar fondos.
Programa concierto para recaudar fondos.

Por Alejandro Carracedo Hernández.

Harto conocido es el devenir de éste héroe de Baler, el soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife, en la historia general del sitio de Baler, pero es el objetivo de este artículo hablar de la historia menuda que compone la Historia con mayúsculas.

Una vez reunidos y homenajeados en Barcelona, José Hernández Arocha vuelve junto con  Eustaquio Goper en el transatlántico Cataluña, llegando a Tenerife en la primera quincena de septiembre de 1899.

Es invitado a varios actos para homenajearlo, entre ellos a un concierto del orfeón catalán formado por soldados del Regional núm. 1 celebrado en la Alameda del Príncipe. [1]

A principios de octubre de 1899 el Ayuntamiento de La Laguna decide concederle un destino retribuido que permita tener asegurada su subsistencia.[2]

El sábado 7 de octubre de 1899 realizan un concierto en el Teatro Viana en la calle Juan de Vera, para recaudar fondos para el héroe de Baler. Estando próxima su boda la comisión decide comprarle una casa con las 2.000 Ptas. recaudadas.[3]

El  16 de Octubre de 1899, el Excmo. Sr. Capitán General ordena abrir una suscripción voluntaria entre las fuerzas que guarnecen el territorio del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife, suscripción que recauda 1.000 Ptas. y que junto a las 100 Ptas. que decide asignarles la comisión provincial, le son entregadas para su sostenimiento.[4]

El 17 de noviembre de 1899 firma la escritura de la casa situada en lo que hoy es Taco.[5]

El 18 de noviembre de 1899 se decide colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa que se le ha regalado a José Hernandez Arocha. [6]

En febrero de 1900 se le reclama el pago de los derechos por la donación de la casa, ascendiendo ésta a 365,01 Ptas., la prensa protesta por éste acto indigno y se queja del mísero sueldo que percibe del ayuntamiento y del hecho de mantener a sus padres con el mismo.[7]

A finales de febrero de 1900, cuando tenía 23 años se casa con Doña Juana González y Díaz de 20 años, y habitan la casa que les ha donado.[8]

En marzo de 1908 se le concede, por parte del ejército, junto a Eustaquio Gopar, una pensión vitalicia de 60 Ptas./mensuales, que vendrá a mejorar la economía familiar.

En diciembre de 1910, es invitado a la festividad de la patrona de infantería en el Cuartel de San Carlos, dónde luce con orgullo [sic] su cruz laureada de San Fernando en el pecho (Nota aclaratoria: nunca se le concedió la Laureada de San Fernando, aunque todos se la merecían. Se cita literalmente la información de la nota de prensa). [9]

En enero de 1946 se le asciende a teniente honorario y el día 1 de abril se le imponen las insignias que le reconocen como tal.[10]

Llegado a éste punto, puede que no sepas que pasó en Baler, quién mejor que el propio protagonista para que te lo cuente.

 

Entrevista a José Hernández Arocha, publicada el 26 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.
Marcado con el nº 22, Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife.

¿Quién no ha oído hablar de Baler? Hasta hace poco tiempo, puede asegurarse que dos terceras partes de los españoles desconocían hasta el nombre de ese pequeño pueblo de Filipinas, situado en la parte norte de la isla de Luzón, provincia de Exija, próxima á la de Vizcaya, Distrito del Príncipe y cruzado por la cordillera de Caraballo, que es la principal de la mencionada isla; pero hoy sería vergonzosa, para todo buen español, la ignorancia de ese nombre que un puñado de héroes acaba de inmortalizar, escribiendo allí una brillante epopeya digna de los tiempos de Sagunto y de Numancia, con la que se ha demostrado al mundo entero que aún hierve en los corazones españoles aquel olímpico valor que hace mirar la vida como cosa secundaria siempre que se trate del amor á la patria y la honra nacional.

De las dos desgraciadas campañas que acabamos de sostener en Cuba y Filipinas, nos quedan dos ejemplares hechos, cuyo recuerdo es bastante para halagar aún nuestro orgullo patrio, consolándonos en parte, de los terribles desastres que, por la torpeza de gobiernos imprevisores, si no por causas más vituperables, que no por la abnegación y bizarría de nuestros soldados, hemos sufrido: El héroe de Cascorro y los de Baler.

Plano de la Iglesia.
Plano de la Iglesia.

Para dar á nuestros lectores una cabal idea de los grandes sacrificios y proezas de estos últimos, bástanos referir, á grandes rasgos, la conversación que, en una entrevista ó interview, como ahora se dice, tuvimos ayer con el soldado, del destacamento  de Baler, José Hernández Arocha natural de esta Ciudad, en la que fué alistado con el número 46, el año de 1895.

El José Hernández, que es mozo de aspecto agradable y de vigorosa constitución se prestó muy complaciente á satisfacer nuestro interés y curiosidad, contestando modestamente á nuestras repetidas preguntas.

—Después de tomar parte, nos decía, en la gloriosa, aunque infructuosa, campaña emprendida por el bizarro general Lachambre (cuando Polavieja) en la que avanzamos de triunfo en triunfo desde Parañaque hasta Imús, sosteniendo, entre otros varios, los heroicos combates de Silang y Pérez, Las Mariñas, fui destinado al destacamento de Baler, con otros compañeros, partiendo para dicho pueblo el 7 de Febrero del año próximo pasado, llegando el día 13 del mismo mes. La fecha respondió esta vez á la fatalidad que la superstición le atribuye; pues con dicho día coincidió el principio de nuestros sinsabores.

Componíase el destacamento de 54 hombres al mando de un capitán con dos segundos tenientes y un módico segundo, teniente también. En los primeros tiempos no iba la cosa mal y podíamos salir al pueblo casi despreocupados de todo peligro; pero el día 27 de Junio fuimos atacados por los filipinos tan rudamente que tuvimos que replegarnos á la iglesia, que fué, desde entonces nuestra inexpugnable fortaleza donde nos hicimos fuertes, mientras los insurrectos dominaban todos los contornos; allí nos atacaron con tal insistencia que creímos no poder escapar con vidas. Llegaron hasta apoyar en los muros escaleras para facilitar el asalto; pero nosotros, á nuestra vez, nos defendíamos con tanta decisión, que nos apoderamos de las tales escaleras y de otros artefactos de guerra.

Desde ese día los ataques fueron continuados y porfiados, sin que nos dejaran un momento de verdadero reposo.

—Y diga V., le preguntamos, ¿qué condiciones de defensa tenía esa iglesia en que Vds. estaban?

—Pues eran muy buenas; pues sus paredes, gruesas y fuertes eran á prueba de terremotos, que allí son frecuentes y además, la artillería de los tagalos no era muy temible, que digamos. Componíase aquel recinto de la nave que era nuestro cuartel y campo de operaciones; el bautisterio, destinado á prisiones militares; la sacristía, que tenía la misión más triste: era nuestro cementerio. Comunicándose con la iglesia por la sacristía, seguía la casa del cura, medio destruida, pero con los muros en buen estado; de manera que nos servía de patio y de algo más preciso, en sustitución de lo que juntamente con la casa se había destruido. Este era nuestro mundo en todo el tiempo que allí estuvimos sitiados.

—¿Y qué tiempo duró el asedio?

Último de Filipinas
Último de Filipinas

— Desde la fecha que he dicho (27 de Junio del 98) hasta el 2 de Junio del presente año, Referir todo lo que en ese tiempo sufrimos sería cuento de no acabar. En un segundo asalto llegaron los enemigos hasta arrimar leña por la parte de la sacristía con intentos de prenderle fuego y nosotros, ya a la desesperada, hicimos una salida, con tan buena suerte, que los rechazamos, apoderándonos de la leña con que querían quemarnos. Teníamos tal convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida. En el tercer asalto usamos del agua hirviendo al mismo tiempo que de nuestros certeros tiros y siempre con buen resultado.

—¿De agua hirviendo dice V? ¿Y cómo conseguían Vdes. esa agua?

—Fácilmente. En el patio de la casa del cura abrí yo por mis propias manos un pozo en el que encontramos agua de muy buenas condiciones, á las tres varas más ó menos. Por esa parte estábamos bien. ¡Ojalá en víveres hubiese sido lo mismo!
Pues qué, ¿estaban Vds. mal de provisiones?
En municiones de boca y guerra no andábamos como queríamos; aunque las de guerra fueron suficientes. En los cinco meses primeros teníamos unas latas de sardinas y unos sacos de harina que ni para perros; pero como había que aprovecharlas porque no había otras, comimos de ellas con muy buen apetito y para utilizar la harina me encargaron la construcción de un horno cuyo lecho ó piso tendría próximamente un metro cuadrado y 95 centímetros de alto; así pudimos comer algo parecido á pan:

—¿Y con qué materiales pudo Vd. Construir ese horno?

—Con los ladrillos del piso de la iglesia y tierra amasada. Esa era toda la argamasa.

— Y terminados esos víveres ¿con qué se alimentaban luego?
Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín.

Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida,; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disentería que allí se habían desarrollado y de las que habían muerto 19 á más de otros dos que lo habían sido de balazos; un navarro llamado Julián Galbete y un valenciano, Salvador de Santa María. Entre los muertos por  enfermedad se cuentan dos paisanos nuestros.

Nuestros esfuerzos, sin embargo, eran inútiles, pues siempre seguíamos hostilizados por un inmenso enjambre de tagalos que me hacían recordar las bandadas de cuervos revoloteando al rededor de la carne muerta. Por fin, comprendiendo que el pueblo era una verdadera guarida de enemigos decidimos prenderle fuego, adoptando para ello el procedimiento de salir uno solo, arrastrándose con la mayor cautela por entre la yerba, hasta llegar á las casas más cercanas y con un estoperón empapado en petróleo se les prendía fuego y luego á huir, antes de ser sorprendido. De esta suerte íbamos saliendo todos, por turnos con el empeño de ver quien quemaba más viviendas. El mismo sistema seguíamos para ir á segar la yerba con que nos alimentábamos; y á pesar de los continuos disparos que nos hacían los tagalos, esperábamos con ansia el día en que nos tocaba el turno; pues al mismo tiempo que teníamos la satisfacción, tanto más agradable cuanto más peligros corríamos, de llevar el sustento á los compañeros, solíamos aprovecharnos de algún valioso hallazgo que en la dificultad de repartirlo con los demás, por lo poco, lo gustábamos á solas ¡condimentado con el silbido de las balas enemigas.

Parlamentario acercándose a la iglesia—¿Y de disciplina cómo andaban Vds.?

—Bien; todos estábamos animados del mismo espíritu y de iguales deseos; habíamos tomado al pie de la letra la ordenanza militar y nadie, y eso que tuvimos días de tristeza y de desesperación horribles, pensó en capitular. No obstante las repetidas intimaciones que nos hizo el enemigo acompañadas de algunas alucinadoras insinuaciones. Dos desgraciados, únicamente, quisieron desertar y fueron descubiertos y fusilados en el mismo templo. Qué más; nosotros ignorábamos el desastre que los nuestros habían sufrido en la lucha con los americanos; y un día que se presentó un teniente coronel con órdenes superiores para que nos rindiéramos, desconfiamos de él y no le hicimos caso; y lo mismo sucedió con un segundo emisario á quien igualmente desobedecimos.

Es imposible referir, siguió diciéndonos el valeroso soldado, todos los heroicos episodios de aquella lucha sin esperanzas de triunfos ni de socorros por tanto tiempo esperados. Un día, cuando más el hambre nos atormentaba, pasó á tiro un perro y lo tumbamos; pero los tagalos se apercibieron de ello y á fin de no dejarnos recogerlo nos enviaron una lluvia de balas que nos impedía salir. Un compañero se decidió entonces y burlando el fuego enemigo nos lo trajo; y después de todo resultó sarnoso, pero nos supo á jamón.

Iglesia de Baler
Iglesia de Baler

En medio de nuestros sufrimientos teníamos un noble orgullo que nos llenaba de consoladora satisfacción: ningún día dejó la bandera española de ondear en lo alto de la torre, aunque dos veces fué derribada por los enemigos á cañonazos.

—Y si fué derribada ¿cómo pudieron reponerla?

—De una manera que no puede ocurrirle á Vds. De unas sotanas de los monacillos tomamos el color rojo, y el amarillo de una casulla del Párroco.

Por último llegó el día en que el teniente coronel del ejército republicano, Celso Mayor nos propuso, en nombre de Aguinaldo, que capituláramos; para esto pusimos las condiciones de que se nos había de tratar con todos los honores de la guerra y nunca como vencidos, conduciéndonos hasta lugar seguro para embarcarnos para España.

—¿Y aceptaron?

—Desde luego. Fuimos conducidos al palacio de Aguinaldo, en Talac, quien nos regaló un par de duros á cada uno de los 33 que quedábamos y pronunció un enérgico discurso en que, dirigiéndose á los suyos, nos presentó como modelos de abnegación y de heroísmo.

De allí fuimos escoltados por fuerzas de los filipinos hasta San Fernando de la Pampauga, en Bulacán, donde se nos entregó á los americanos que nos tributaron, lo mismo que los tagalos todos los honores de la guerra; pues al pasar por sus filas nos presentaron las armas y las bandas de música nos tocaron la marcha real y el paso doble de Cádiz. Tras de tantas penas y fatigas sentimos, ante aquellas manifestaciones, la agradable satisfacción del que cumple con un deber sagrado.

¿Les dieron alguna recompensa? Preguntamos por último, admirados de tan grandes virtudes.

—Aún, no, pero dicen que nos darán la laureada.

¡Oh! sí; pensamos nosotros; les darán una GRAN CRUZ: la de una vida miserable y de desengaños que es el premio que sabe dar España á sus héroes humildes.


 

[1] 12 de septiembre de 1899 en La Región Canaria.

[2] 2 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[3] 16 de octubre de 1899 en Unión Conservadora.

[4] 17 de octubre de 1899 en  La Región Canaria.

[5] 18 de noviembre de 1899 La Región Canaria.

[6] 18 de noviembre de 1899 Diario de Tenerife.

[7] 22 de febrero de 1900 La Región Canaria.

[8] 1 de marco de 1900 La Región Canaria.

[9] 9 de diciembre de 1910 La Gaceta de Tenerife.

[10] 8 de enero de 1946 Falange.

Las fiestas del Cristo de La Laguna

La imagen del Santísimo Cristo de La Laguna recibe culto público desde el año 1520 en que fue traída al Convento Franciscano de San Miguel de las Victorias tras haber sido donada al primer Adelantado de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, por el Duque de Medina Sidonia.

Es sin duda las más venerada imagen de Cristo de todo el archipiélago canario, teniendo gran devoción por ella desde los primeros momentos en que se expuso al culto, habida cuenta de que se trata “de un pueblo formado por españoles del siglo XV y una cristiandad nueva, noble y de generosos sentimientos cual fuera la de los Guanches”, a decir de Rodríguez Moure.

El origen de los festejos en honor del Cristo de La Laguna hay que buscarlo siglos atrás, prácticamente desde el comienzo de la veneración pública de la santa imagen.
Núñez de la Peña nos cuenta que los mismos eran anteriores a la fundación de la Venerada Esclavitud, que en el año de 1659 fue constituida y compuesta por treinta y tres caballeros en memoria de los años de Cristo.
Los festejos consistían entonces en comedias, saraos, toros, torneos, libreas y luminarias y el Proveedor de las fiestas, que casi siempre era un caballero de la nobleza invitado por los religiosos franciscanos, al final de las fiestas ofrecía un valioso obsequio para embellecimiento del templo. Por ejemplo, en el año 1630, el regalo consistió en la Cruz de Plata que sustituyó a la de madera y que fue realizada por el Regidor de ésta isla y Señor de la Gomera y el Hierro, Don Francisco Baptista Pereira de Lugo.
No obstante y según el Padre Quirós, estas fiestas ya se celebraban en 1524, porque en dicha fiesta, un tal Andrés Gallardín, regalaba toros para ser lidiados en los festejos.

Desde 1608 el Cabildo asignaba la cantidad de 50 ducados, además de lo concedido por el Proveedor, para sufragar los gastos que se derivaran.
Este mismo año y tras la visita del Padre Quirós como Visitador Provincial de la Orden al cenobio de ésta ciudad, vio que el 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Cruz, se juntó mucha gente a celebrar la misma, acudiendo un gran número de todas las islas.

En las Ordenanzas de Tenerife, recopiladas por Núñez de la Peña en 1670 en su Título I De las cosas del Servicio de Dios y de sus Santos nos dice de la Fiesta del Santísimo Cristo de La Laguna: «En diez y siete de setiembre del año mil seiscientos y siete se añadió a éste título la fiesta del Santísimo Christo, y los señores Justicia y Regimiento mandaron que se celebre por el magnífico aiuntamiento, por acuerdo ante Francisco Cabrera de Roxas escriuano del concejo que su tenor es que se sigue.
La Justicia y Regimiento dixeron que es cosa sauida la mucha y antigua deuoción, que en todas estas islas,i en toda España se tiene al Sanctísmo Christo, que está en el conuento de esta ciudad, y se celebra la fiesta en casa su año a catorze de setiembre, a la cual concurre mucho número de personas destas islas con gran deuoción, por las muchas mercedes que Dios es seruido hazernos, por lo bien que se celebra la dicha fiesta, y en las nesecidades que esta isla ha tenido de falta de salud, ide aguas, y otras muchas patentemente se a visto iendo a su casa en procesión, y haciendo otros sufragios; y para que estas mercedes merezcan a Dios con mas bentaja mandaron que de aquí en adelante para siempre jamás se celebre la dicha fiesta por su día, y haciéndose con el amor aparato, y desencia que se pueda y en cada vn año se nombren diputados deste aiuntamiento, que le hagan y en ello se gasten cinquenta ducados y estos sean doscientos que este concejo tiene facultad real de la fiesta de Candelaria.
Y en doze de agosto de mil seiscientos y veinte y cinco años se acordó por ante Saluador Fernández de Villareal escriuano del Concejo que se vaia en forma de ciudad a la fiesta del Santísimo Christo”

CAMBIAN LAS FIESTAS.-
Los primitivos festejos de toros, cañas, comedias y saraos, que antes se realizaban en la víspera, fueron sustituidos por las máscaras y tapadas que solas o en cuadrilla, reunía la extensa plaza a la que se llamaba “Patio del Cristo”.

Las mas honestas y comedidas con sus chácharas, excitaban por lo menos la curiosidad de galanes y viejos verdes, sacándoles con donaire, galas y adornos mujeriles que se vendían a subido precio en las tiendas que de éstos géneros se improvisaban, otras mas libres y descocadas, a más de limpiarles los bolsillos con los obsequios de que no se veían saciadas, eran el escándalo vivo que se paseaba por la plaza, situaciones que nos relata Rodríguez Moure.

Tras la fundación de la Esclavitud se hace cargo de la organización de los festejos un Esclavo Mayor y dos diputados, según establece la cláusula XII de sus estatutos, y aunque los mismos limitaban los gastos, no pudiéndose hacer mas de dos o tres comedias, unos fuegos de noche antes de las fiestas y algunas danzas, siempre fueron magníficas y de gran esplendor, durando las mismas ocho días como así lo atestiguan las crónicas.
Más adelante, en 1802, los festejos cambian a nuevas fórmulas y como gran acontecimiento, tienen lugar tres grandes corridas de toros en el coso que existía en La Laguna, lidiándose ganado de renombradas divisas peninsulares, actuando en los tres Fernando Gómez “El Gallo” con sus respectivas cuadrillas.
También en dicho año se organizó una Fiesta de Arte a cargo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País y se quemó, por primera vez, fuegos en “El Risco”, empleándose cohetes de silbato, las coronas y las tracas.

Casi un siglo después, en las Constituciones de la Esclavitud de 1892, se establece una Comisión de Festejos compuesta por un presidente y cuatro vocales, siendo los encargados de los gastos del culto y las fiestas conque se acostumbraba solemnizar el día 14 de septiembre (los ingresos provenían de las cuotas de los esclavos, lo recaudado por Lo Divino y las aportaciones de casas comerciales y familias acomodadas).

Mas complicada fue la organización festera que se produjo en 1920 cuando, en unas nuevas Constituciones, se obliga al presidente de la comisión de festejos no solo a arbitrar recursos sino a confeccionar un programa variado que agradara a la junta, al público y a la prensa, lo que obliga a la renuncia del cargo.
Esto se prolonga hasta 1926 en que se repite la renuncia de todos os miembros de la comisión de festejos, opinando la Corporación de los Esclavos que las fiestas populares deberán organizarlas el Ayuntamiento.
El decreto que el Obispo de la Diócesis Fray Albino realizó, establece por fin la creación de un comisario de la fiesta religiosa y otro de la fiesta popular junto a tres vocales, para así dejar claro que la Esclavitud debería solo de organizar las fiestas religiosas, pero sin olvidar que, como desde antiguo viene organizando los festejos populares, ésta seguirá interviniendo en la organización de los mismos, relacionándolos con sus fiestas religiosas, pero absteniéndose siempre de organizar los puramente profanos.
No obstante tampoco ésta decisión dio resultado, pues en 1930, vuelven a suceder problemas en la celebración de las fiestas, lo que obliga a la Junta General proponer que la Esclavitud se desentienda de los festejos populares.

LAS PROCESIONES.-
Desde casi el comienzo de la presencia de la imagen del Cristo en la isla, esta realiza procesiones a través de la misma.
En tiempos de sequías, como por ejemplo en 1562, se acuerda por el Cabildo de Tenerife sacar a la imagen en procesión lo mismo que ocurre con la Virgen de Candelaria. Esto se repite en 1556, 1571 y 1577.
En 1585 fue llevado el Cristo a la iglesia de Los Remedios, Hoy Catedral, para interceder ante una plaga de langostas. De la misma manera, en diferentes epidemias fueron realizadas procesiones por las calles de la ciudad de La Laguna.

Pero no solo en estas circunstancias salía el Cristo lagunero en procesión. También para rendir culto al Santísimo, nos cuenta Quirós, el Cabildo eclesiástico de los Beneficiados y otros del clero, hicieron asiento con los franciscanos del convento, para que el día de la Exaltación de la Cruz (que es el 14 de septiembre y se celebra la fiesta del Santo Crucifijo), saliese por las calles mas principales de la ciudad en procesión, y que todos le acompañen juntamente con los religiosos.

Desde entonces deriva la costumbre de sacar en procesión al crucificado en el día de su fiesta, aunque la llamada “Procesión del Retorno”, que es la que tiene lugar al mediodía del día principal de las fiestas, es una aportación más moderna y novedosa, de pocos años, con la que el Cristo regresa a su Santuario tras haber permanecido durante varios días en la Iglesia Catedral recibiendo el culto popular de su ciudad.

Y finaliza la fiesta principal de nuevo con una procesión, ésta vez nocturna, visitando los conventos de Santa Clara y Santa Catalina y la iglesia de La Concepción, para volver a su plaza, el “Patio del Cristo”,donde se echa de menos por los más viejos el templete de madera , y donde a su llegada, se quemarán las ruedas, cascadas y cohetes, primero en “El Risco” y luego los que se denominan de “La Entrada”, que finaliza con la ensordecedora traca que tan bien describió Domingo J. Manrique:

Anochece. En la plaza los álamos austeros
muestran en su ramaje matices de alborada
y bajo la arquería, de luces constelada
sus risas y canciones suspenden los “romeros”.

La procesión retorna; cohetes mensajeros
tienden su deslumbrante cabellera dorada
ha llegado el momento sublime de la “Entrada”
el aire tiembla al brusco tronar de los morteros.

Y súbito millares de rojas serpentinas
estallan fragorosas en ígneos surtidores,
la plaza es un incendio, volcanes las colinas,

y entre nubes de púrpura, coronado de espinas,
surge Jesús, abriendo sus brazos redentores
a todas las angustias, a todos los dolores.

Es el día más importante de La Laguna, el día del Santísimo Cristo, donde la gente acude con devoción a visitarlo en su onomástica, para mantener vigente la copla anónima que dice:

Pasa un año y otro año
y este culto no se pierde
porque no hay un lagunero
que del Cristo no se acuerde.

 

El origen de la palabra fisco. La fisca, moneda macuquina.

En Canarias se llamaba así a la moneda columnaria o macuquina acuñada en Hispanoamérica, generalmente de uno o dos reales. En el Archipiélago todavía se usa la palabra «fisco» por trozo, poca cosa, pequeñez, recorte.

Las personas de fuera de las Islas se hacían un verdadero lío en Canarias con los cálculos entre las monedas legales – reales de vellón, escudos y pesetas- y las tradicionales canarias como las fiscas, tostones de Portugal (así como en una primera época los ceutís lusos), reales de plata, bambas, pesos… que unos versos satíricos de finales del siglo XIX definía de esta manera:

Entre fiscas, pesos, y tostones
si dicen -Esa chica te conviene
porque tiene de renta dos millones-
no se sabe de fijo lo que tiene

En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.
En la imagen, una Fisca de 1 real de plata de 1760 del Potosí.

 

Fuente: http://www.odalsi.com/usuarios/bamba/?refer=www.numisma.org

LAS FIESTAS DE LA CRUZ: fiestas de Mayo

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Cruz de la Conquista
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Urna con la Cruz en la Iglesia de la Concepción

Dicen las Ordenanzas de la Isla de Tenerife, en su título XIII,  que se refieren a las fiestas y común alegría, lo siguiente: “Muy bien parece a los pueblos el regocijo y placer a temporadas y da mucha alegría a la ciudad, y lo contrario tristeza, y como en todo el reino se tenga esto por costumbre y la qual es muy buena y loable, no es razón hacer menos en esta isla, pues los derechos quisiera favorecer la pública alegría. Por ende ordenamos se hagan fiestas y alegrías….”.

 Este fragmento de las ordenanzas recopiladas por Juan Núñez de la Peña en 1670 y realizadas por el Cabildo de Tenerife en época inmediata a la conquista, nos da una idea de la importancia que las fiestas tuvieron desde los primeros asentamientos urbanos.

Cronológicamente tenemos que suponer que la primera fiesta celebrada fue sin duda la de la Santa Cruz de Mayo, coincidiendo con el ofrecimiento de la primera misa en las costas santacruceras al tiempo del desembarco de las tropas castellanas.

Se cree que, históricamente, el 3 de mayo de 1494 se celebró en el campamento que Alonso Fernández de Lugo levantó en Añaza la festividad de la Santa Cruz, que, al coincidir su llegada con ésta fecha, a decir de Núñez de la Peña, en memoria de este santo día, originó el nombre que lleva nuestra ciudad.

Otros datos no tan rigurosos cuentan que el mismo Adelantado llevó en sus brazos la Cruz que clavó en tierra tinerfeña en el mismo lugar de su desembarco, correspondiendo al lugar que conocemos como “el Cabo”, nombre de la restinga o cabo donde se produjo la llegada de los conquistadores, en la zona del Puerto de los Caballos.

Esta es la tesis mas aceptada, producto del hecho fundacional mismo. Pero no la única ya que Santa Cruz puede derivar también de la primera advocación religiosa que tuvo su primer templo.

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La cruz en procesión por las calles de la ciudad

La primera edificación religiosa que se levantó fue la ermita de la Consolación allá por 1496, aunque luego fuera la primera iglesia abierta al culto público la fundada en 1499 y conocida como iglesia de la Santa Cruz.

Fue por tanto la primera advocación que tuvo ésta parroquia ya que antes del año 1638 siempre se le denomina Parroquia de la Santa Cruz, no por referirse al lugar de población, puesto que los documentos que la nombran hacen distinción entre el lugar y la advocación..

En la visita pastoral que el obispo Francisco Martínez realiza el 15 de julio de 1601 se lee: “….comenzó a hacer la visita en el dicho mes y año dicho de la parroquia del dicho lugar de Santa Cruz, cuya advocación es la Santa Cruz”.

 Es en el año 1638 cuando comienza a ser denominada parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, estando recogido en el documento que hace constar la visita de Diego Vázquez y Romero Coello, tesorero de la Santa Iglesia Catedral de Canaria, en esa fecha. Y desde entonces así se le sigue conociendo.

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Bando del Alcalde de 1799 con motivo de las fiestas

Hay otro documento en el archivo del Cabildo de La Laguna de 8 de julio de 1652 que dice:”…de la iglesia parroquial de Santa Cruz y fue el primer templo donde se celebraron los oficios divinos en tiempos de la conquista, entrando por ella la santa fe católica, por cuya causa, el señor Adelantado y sus conquistadores, pusieron por nombre Santa Cruz”.

 El comienzo de las fiestas.- Las fiestas que celebran la onomástica de la capital tinerfeña existen desde hace varios siglos, si bien es verdad que no con el nombre, ni la denominación actual de Fiestas de Mayo, pero sí con la de Fiestas de la Cruz.

Fue fiesta con procesión y se celebraba por lo menos desde el año 1600 siendo la “fiesta del pueblo”, día de la Invención de la Cruz. Y tuvo que ver ésta fiesta con la denominada como Cruz de la Conquista, que no parece ser leyenda ni engaño sino una verdad histórica.

Esta cruz de madera, que ha permanecido depositada en el templo parroquial de la Concepción, ha pasado por muchos y diferentes avatares y circunstancias. Estuvo durante años al aire libre en los que sufrió daños y alteraciones en su estructura y en su pedestal.

Escribe Buenaventura Bonnet que permaneció en la entrada de la ermita de San Telmo, lugar donde se supone celebró el canónigo Alonso de Samarinas la primera misa antes referida. Allí estuvo olvidada por todos hasta que por los años 1849-1850, el fraile dominico Lorenzo Siverio, visto el abandono de aquella reliquia y conociendo su importancia histórica, la trasladó a la capilla del Hospital Nuestra Señora de los Desamparados  colocando en San Telmo otra de construcción moderna.

No tardó en ser devuelta y colocada nuevamente en la ermita desde donde tradicionalmente era sacada en procesión en la fiesta del 3 de mayo.

Temporalmente también estuvo en la iglesia de San Francisco hasta que definitivamente pasó a la iglesia de la Concepción, a partir de 1896, y donde permanece hoy en día.

Los  primitivos actos festeros de que se tienen constancia se remontan a 1798 y los mismos consistieron en una misa en la Concepción, existiendo un documento que prueba la antigüedad de las mismas, ya que un bando de la alcaldía de Santa Cruz, fechado en mayo de 1798, ordena a la vecindad engalanar las fachadas y arreglar las calles para el paso de la procesión de la Cruz de la conquista.

Otro bando municipal de José María de Villa, Alcalde Real de la Plaza, hace saber a todos los vecinos de ella, como “ el viernes tres del corriente, en que la iglesia celebra la Invención de la Cruz, le tribute este pueblo los debidos cultos como a su copatrona y tutelar, por lo que, y para mas solemnidad y celebración, se habrán de poner luminarias en todas las ventanas la víspera por la noche… y encarga a todos los vecinos, seguir la procesión el viernes por la mañana, y las calles las tengan aseadas, limpias de piedras, procurando adornarlas con ramos y flores”.  Santa Cruz, mayo primero de 1799.

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Misa de campaña en San Telmo. 1890

En su vertiente popular las fiestas fueron desde el principio promovidas por iniciativa particular. Así, en 1853, se conocen fiestas con luchadas, regatas de botes, riñas de gallos, además de una feria instalada en la plaza de la Constitución.

Se recuerdan como a iniciadores de las mismas a Ramón Trujillo Ferraz, su hermano Domingo y a Félix López, y mas tarde a Elicio Padilla.

Este grupo de vecinos lograron, allá por 1870, que la Cruz de la Conquista fuera integrada de nuevo a San Telmo, y desde allí comenzaron a celebrarse unos sencillos festejos que consistían en música, paseo, iluminación y fuegos de artificios en la noche de la víspera, amen de la misa cantada el día tres. Los fondos para esos gastos se obtenían por suscripción popular y la música de los festejos la realizaba la charanga del batallón de Infantería o la banda de “La Bienhechora”.

Muy pronto el ayuntamiento cayó en la  cuenta de que, conociendo la importancia y significación de la Cruz de la Conquista, éste no gestionaba su derecho a poseerla y comenzó un litigio, en 1872, con el propósito de ejercer su derecho a mantenerla y así sacarla del olvido secular que llevaba padeciendo, ya que había permanecido tres siglos en aquel lugar de El Cabo y que, gracias a la vecindad, la cruz seguía existiendo y se habían mantenido vivas las tradiciones y festejos en su honor.

En 1887 se creó la cofradía de San Telmo y la Cruz de la que saldría una comisión organizadora de la fiesta de la Santa Cruz, titulada de la Conquista.

Como “Fiestas de Mayo” ya propiamente dichas, aunque no del todo oficiales, se celebran en 1890 durando tres días y en las que figuró una misa de campaña en la plaza de San Telmo, asistiendo las tropas de la guarnición, la guardia provincial y la marinería del crucero “Isla de Cuba”.

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Participantes en 1928

Del Cuartel de San Carlos partió una “retreta militar”; hubo baile en el casino, velada literaria en el “Gabinete Instructivo” y la procesión, con su itinerario de siempre, no pasando de la Concepción y regresando de nuevo a San Telmo.

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El cambio del pendón, en 1867.Tambor y corneta utilizados por el pregonero para difusión de las fiestas

 

Por fin, el 6 de febrero de 1892, las fiestas adquieren el rango de “oficiales” y así, el ayuntamiento acuerda “…que inspirándose en los deseos manifestados por el público y la prensa, ha acordado celebrar una fiesta anual en el mes de mayo. Para la debida organización se ha convenido en nombrar una comisión en que estarán representados el clero, el comercio, la prensa y las sociedades que aquí existan.”  El alcalde era Anselmo de Miranda y Vázquez.

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Participantes en la cabalgata de 1892

Fue este el año en que se mandó construir un estuche de madera y níquel para la conservación de la cruz, obra que realizó Rafael Fernández Trujillo y Toste y en cuya parte posterior figura el escudo de Santa Cruz y una inscripción que dice: “Aquí se encierra la cruz colocada por el conquistador de Tenerife don Alonso Fernández de Lugo, en el altar ante el cual se celebró la primera misa en las playas de Añaza, el día 3 de mayo de 1494. Fue costeada por el Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife en 1892. In Hoc Signo Vinces”.

Era la primera vez que el ayuntamiento patrocinaba las fiestas y aquellas tuvieron como principal atracción la presentación, por parte de Felipe Verdugo, de un foco de luz eléctrica en la plaza de la Constitución, utilizando la dinamo y la máquina de vapor que poseía Nicolás Díaz.

Se dispuso por parte del Capitán General José López Pinto que los días 1, 2 y 3 se izara el pabellón nacional en los puestos y dependencias militares, autorizando la “retreta militar”, disponiendo que a la procesión cívica concurrieran un cabo y ocho guardias provinciales de la sección montada y una compañía del batallón de cazadores de Tenerife nº 21, con banda y música, para custodiar el Pendón de la Ciudad, y que, a la procesión de la Cruz de la Conquista, le diera escolta un piquete del mismo batallón con banda de cornetas, y que acudiesen todos los jefes y oficiales francos de servicios.

Calles de Santa Cruz engalanadas para las fiestas de 1892
Calles de Santa Cruz engalanadas para las fiestas de 1892

Entre los festejos populares estaban aquellas divertidas y pintorescas “cucañas” del muelle y de San Telmo, embadurnadas de cebo que hacían de la chiquillería casi imposible el subirse por ellas y disputarse el premio: unas buenas treinta pesetas. El festival musical, fue celebrado en la plaza del Príncipe, siendo Juan Padrón su principal organizador y en donde intervino la orquesta Santa Cecilia y el Orfeón Tinerfeño, a la vez que las dos bandas de música de La Laguna. Además participó una agrupación de guitarras y bandurrias que interpretaron aires de la tierra. Por la noche en el Teatro Principal se realizó, a cargo de palmeros residentes en Tenerife, el Baile de los Enanos,  junto con un desfile bailando por las calles y plazas de la ciudad, con una copla popular : “ De Mayo en el festival- con esta “Danza de Enanos” – dan prueba los palmesanos – de su afecto fraternal” y una cabalgata con el desfile de figuras alegóricas en carros engalanados y un baile popular en la plaza de la Constitución, cerraban el denso programa de las fiestas de mayo de Santa Cruz.

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Carroza engalanada
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Carroza desfilando por Santa Cruz

Desde entonces las fiestas siguen vigentes. La Cruz de Mayo, que recorre junto con el Pendón de la ciudad las calles de la capital en solemne procesión, con tradición de más de  cinco siglos de historia,  nos debe hacer pensar en mantener la tradición de las que fueron fiestas mayores de Santa Cruz.

Datos tomados de Las Fiestas de Mayo de Manuel Perdomo Alonso
 

Exposición en la sociedad Santa Cecilia en las fiestas de 1892

 

Las Aguas de San Juan de la Rambla.

El Rosario y Las Aguas, desde Las Aguas.
El Rosario y Las Aguas, desde Las Aguas.

El cronista A. de Espinosa, refiriéndose a Betzenuhya, primer mencey de Taoro (hijo mayor de Tinerfe y abuelo del Rey Grande, Quebehi Benchomo o Bencomo, que gobernaba el menceyato en la época de la conquista española a fines del s.XV), nos dice:»…y señoreó el reino de Taoro, que ahora llaman Orotava, cuyo término fue desde Centejo hasta la Rambla, aguas vertientes a la mar».

Algunos atribuyen esas aguas vertientes al mar, al barranco de Ruiz, en cuya desembocadura, está la Rambla de los Caballos, que le da nombre a toda la zona.

Lo que es cierto, es que toda esa zona, entre el barranco de Ruíz, y la cueva de la Golondrina, estaba llena de nacientes que vertían su agua al mar, que incluso, hasta hace pocos años, formaban charcos en los que la gente pasaba la tarde yendo a merendar, o usaban, utilizando con tubería un pino de pitera ahuecado, para endulzarse después de bañarse en el mar.

Esa gran cantidad de nacientes, y barrancos con agua, son los que le dan el nombre, a este barrio tan popular del municipio de San Juan de la Rambla, Las Aguas.

Según cuentan algunos vecinos, parte de este agua «despareció» con la construcción de una galería, en la que se trabajaba de noche, para que no protestaran, esta galería robó el freático y secó algunos de estos manantiales, y lo que quedaron, dicen que están contaminados por los pozos de la zona alta del acantilado, y no sirven para nada. La gran cantidad de vegetación y el agua que aún hoy se ve correr por zonas como la de la gasolinera de la entrada a San Juan, son testigo mudos del porqué se llama Las Aguas, como se llama.

La Mellada.

Carretera a San Andrés
Carretera a San Andrés

Muchas de las veces que esta foto ha sido compartida por Internet, surge un nombre, el de la Mellada. La Mellada era la Madame de una casa de citas que había aproximadamente en lo que hoy es la gasolinera que está al lado de la Casa del Mar, Pero, ¿Quién era la Mellada?

Encarnación Macias López, nace a finales del siglo XIX, en 1894 entre octubre y diciembre. El 27 de diciembre de 1907, la detienen a la una de la madrugada, cuando sólo tenía 13 años, junto a Rosa Rodríguez de 17 años y Lucía Toledo de 14, por tenerse conocimiento de que cometen actos inmorales.

Unos años después, en 1913, la detienen por pelearse con Virginia Salazar Hernández, una vieja conocida de la noche santacrucera, conocida como la Caracatre, con la que tendrá numerosos episodios de escándalo público. Ya en esta época, con 19 años, era conocida como la Mellada.

En 1914, se resiste a entrar en el Hotel Cambronero (1), nombre con el que se conocía la prisión provincial, insultando y faltando al honor a los agentes que intentaban encarcelarla, y es obligada a entrar a empujones en la celda. Acude a prisión con un niño pequeño, que pretenden que lo dejen entrar en la celda con ella, y que presenta como su hermano pequeño.

Encarnación es multada numerosas veces por prostitución en la vía pública y escándalo a lo largo de los años. En septiembre de 1918 ingresa en la Casa de Socorro con heridas punzantes y erosiones en las manos, producidas por una reyerta, quizás con la Caracatre. En octubre del mismo año, vuelve a ingresar en la Casa de Socorro, por heridas producida en otra reyerta, tenía 23 años.

Diez años después, con 33 años regenta una casa de citas en la Calle del Rosario. Es juzgada por corrupción de menores, por encontrar menores en su prostíbulo, delito por el que es denunciada y juzgada en 1928, 1932 y 1934, y en todas las ocasiones es declarada inocente.

En 1928 traslada su domicilio de calle del Rosario nº4, a la Rambla de Pulido nº4, aunque su prostíbulo se mantiene en la calle del Rosario.

En septiembre de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, dona 6 mantas para enviar al frente. Y en 1937, visita al Gobernador Civil, todavía no sabemos para qué.

Ubicación de los restos de la Casa de la Mellada sobre foto de 1952.

Fue después de esta fecha cuando traslada su casa de citas a la localización cercana a la foto de cabecera, y que tantos recuerdos trae a algunas personas.

Se le podía ver dando paseos por la Alameda, donde podemos imaginar que las mujeres «decentes» la evitarían como a la peste, y los hombres «no tan decentes» la mirarían como nunca miraban a sus esposas o novias. Dura vida, triste vida, mala vida la de la Mellada.


  1. Le llamaban irónicamente Hotel Cambronero, porque su director Modesto Cambronero, había introducido mejoras en la prisión provincial que no eran bien vistas por todos. Fue criticado por poner demasiadas comodidades a los presos, como cambiar las camas y poner camas decentes y mantener un nivel de higiene mínimo en la cárcel.
Ubicación de la casa de la Mellada sobre foto actual.

LAS FUENTES PÚBLICAS: primer abastecimiento de agua de Santa Cruz

Fuente de Isabel II. (foto Miguel Bravo)
Fuente de Isabel II. (foto Miguel Bravo)

La necesidad de agua en torno a la creación de los primeros asentamientos de población es un hecho primordial que condiciona a los mismos.

Por tal motivo, tras la conquista de las islas, su colonización y poblamiento, se efectúan cerca de los manantiales o en las orillas de los barrancos, como sucedió, por ejemplo, con la ubicación de las tropas del Adelantado en el primitivo Añazo, a la vera y en las inmediaciones del Barranco de Santos.

No olvidemos que uno de los factores que mas influenciaron en la elección de la ciudad de Aguere como sede principal de los primeros pobladores, fue el hecho de la existencia de una laguna que ocupaba gran parte del territorio en la vega, lo que condicionaba la presencia de buenos pastos para los ganados, tan vitales y esenciales en los primeros momentos, y el abastecimiento de agua de manera fácil y sin complicaciones, por lo menos, en el comienzo de la fundación del primer núcleo vecinal.

En lo que respecta a Santa Cruz, la primera población fundada en Tenerife por los conquistadores, ésta fue localizada, como he dicho, en el margen izquierdo del Barranco de Santos, escogiendo éste lugar, que coincidía con los asentamientos de los primitivos aborígenes, por la cercanía de la presencia de agua.

Pero además de los riachuelos de agua natural que discurrían por el cauce del barranco mencionado, pues mantenía presencia de agua permanente todo el año, para el crecimiento de la población se pensó, y así se realizó, en la perforación de pozos que permitieran disponer de agua suficiente y con mayor seguridad. Estos pozos fueron realizados muy próximos al cauce del barranco por los primeros colonizadores y evidentemente surtían de una mejor calidad acuífera que la obtenida de los corrientes naturales.

El agua era sacada por el sistema de “norias”, lo que dio origen a la denominación de tal lugar terminando más tarde por llamarse con el nombre de “Calle de la Noria”, a pesar de que más correctamente hubiera sido “de las Norias”. (hoy Domínguez Afonso).

Fueron utilizados estos pozos primordialmente para el abastecimiento de agua a la población de Santa Cruz y luego para el aprovisionamiento de los barcos, existiendo al menos uno de estos pozos hasta el siglo XVII que se llamó “Pocito del Adelantado”.

No obstante, en los primeros momentos, el agua en Santa Cruz era abundante, ya que no solo existía el Barranco de Santos sino otros como el del Aceite (conocido como “el barranquillo”), el de Tahodio, o el de El Bufadero, todos ellos ya conocidos y utilizados por los aborígenes como fuentes naturales de donde proveerse de agua.

En el reparto de tierras tras la conquista, se tiene muy en cuenta el hecho de que las mismas dispongan de agua suficiente como se puede contemplar en algunas Datas: “…. el agua que viene del río (Barranco de Santos) que podedes hazer un estanco…. y que si algún agua sobrare e la quisiérades dar al pueblo, que yo os pague e faga pagar lo que sea de razón…”.

Todo demuestra que al principio no había escasez de agua: “…cualquier agua que hallárades en ésta isla de Tenerife que esté hundida que no paresca encima de tierra, para que la saqueis vos e para quien vos quisiérades…”

Pero no obstante, y a pesar de ésta riqueza de agua, desde la presencia de los primeros pobladores se empezaron a realizar obras hidráulicas tales como las perforaciones ya nombradas y las canalizaciones por donde debía discurrir el agua alumbrada.

Detalle de un plano de Santa Cruz de Le Chevalier, en el que se puede ver la canalización de madera que conducía agua hasta la fuente del Chorro en la actual calle del Pilar.

Las obras de canalización.

A pesar de existir desde el primer momento la idea de conducir las aguas que mas caudal tenía, la del Barranco de Tahodio y la de los altos de los montes de Aguirre, no se puso manos a la obra por diferentes litigios de carácter económico, pues el Cabildo de entonces no podía sufragar los gastos.

La idea de traer el agua por medio de canales de madera desde su nacimiento en Aguirre hasta la ciudad, fue dilatada hasta 1707 que, por orden del Capitán General Agustín de Robles y Lorenzana, comenzaron a realizarse.

Fueron estas primeras conducciones construidas en madera, formando canales que estaban colocados sobre palos o soportes, a cierta distancia del suelo con el fin de impedir que el ganado abrevara de él, y situados por lugares poco frecuentados para que los vecinos no sustrajeran el líquido elemento.

Fueron estos canales de agua costeados por la Real Hacienda, pósitos de Cabildo y varios vecinos de la plaza a quienes se concedieron, en remuneración de estos estipendios, dados de agua de medio real.

La abundancia de los frondosos bosques en aquel entonces suministró con facilidad la madera precisa, lo que condicionó la facilidad y poco coste de su construcción.

Dada la fragilidad que mostraban los canales, condicionaba un gasto continuado y muy elevado en su mantenimiento y reparaciones constantes.

Una buena descripción de estos conductos por donde discurría el agua la tenemos por boca de un viajero francés, André-Pierre Ledrú que, en 1796, decía en su “Viaje a la isla de Tenerife”: “Las fuentes públicas son abastecidas por acueductos de madera de una construcción grosera y poco sólida. Su construcción es muy sencilla. Imagínense una larga sucesión de vigas de pino, ahuecadas en forma de canalones, apoyadas unas sobre otras en sus extremos. A su vez, están apoyadas sobre otras perpendiculares… La reparación de estos canales ha costado sumas inmensas, que hubieran sido suficientes para construirlos de piedra.”.

Los canales entraban por la calle que, por ellas, se llamaba de Canales Bajas o calle que va a las canales, a la altura de la hoy calle de Santa Rosalía en su extremo alto, y pasaba luego por la de El Pilar, cruzando previamente por parte de la actual Méndez Núñez, dirigiéndose hacia San Roque donde entraba en una caja de agua o arca. Seguía después por la calle de Canales de Santo Domingo (Angel Guimerá) hasta llegar a la Casa del Agua, en una calle que salía al Barranco del Aceite (Barranquillo) tras seguir la pared del convento de Santo Domingo (Teatro Guimerá).

De aquí salían los canales a la fuente de la Plaza de Santo Domingo, a la Pila en la Plaza de la Constitución y al resto de las fuentes públicas.

Las primeras fuentes públicas.

Las aguas de Aguirre bajaron a Santa Cruz trayendo el agua corriente a la población desde comienzos del siglo XVIII, primero por canales de madera y luego cambiada por tarjeas de barro en 1776. La primera fuente pública conocida fue la:

Fuente de la Pila : a ella debió uno de los primitivos nombres la que luego sería Plaza Real, de la Constitución y actualmente de Candelaria, y su agua era libre y gratuita para toda la vecindad.
Era ésta de modesta arquitectura y de basalto ampolloso y permaneció en ésta ubicación hasta el año de 1813 en que fue trasladada a la huerta situada al oeste del Castillo Principal de San Cristóbal.
Se trasladó la misma, en 1844 a la plaza que quedaba enfrente del castillo de San Pedro, siendo además cambiada su imagen por una de nueva confección encomendada su plano a Pedro Maffiotte.

-Fuente de Isabel II: se compone ésta de un receptáculo, un primer cuerpo de seis columnas de orden toscano que sostienen el piso, y un segundo cuerpo o remate coronado por las armas de la ciudad. En los intercolumnios hay cinco cabezas de león de bronce que arrojan agua. Está fabricada de granito basáltico azulado y su costo ascendió a treinta y diez mil seiscientos veinte reales de vellón y veinticinco maravedíes. Se colocó un 25 de agosto de 1.845 celebrando el cumpleaños de la Serenísima Señora Infanta Doña María Luisa Fernanda.

Fuente de Santo Domingo: fue otra de las pilas antiguas y primeras de la ciudad y estuvo en la actual calle de El Pilar, antes conocida como calle de El Chorro, en la esquina de la huerta de Roberto de la Hanty, donde, desde el principio de la conducción de las aguas de Aguirre, existió un pilar o fuente construido en 1.709 y adosado a la pared de la huerta mencionada, esquina a San Roque (hoy esquina a Suárez Guerra). Pero desde que se construyó la iglesia de Nuestra Señora de El Pilar, que cambió el primitivo nombre a la calle, la fuente fue preciso trasladarla. No obstante permaneció allí hasta 1.816 en que, por orden del Ayuntamiento, se cambió a la plazuela que hoy conocemos como de Santo Domingo, resultante de la confluencia de las antiguas calles de la Luz y Canales (Angel Guimerá).
Esta fuente se compone de un receptáculo en el centro del cual se levanta un pilar cuadrado coronado por una gran esfera, todo de basalto pero tosco y de feo aspecto con cuatro surtidores, dos al este y dos al oeste. Su última transformación fue en 1.894 en cuya fecha aun seguía prestando servicio y utilidad.

Fuente de los Caballos : localizada en una plazuela que forma la confluencia de las calles de Santa Rosalía y Ferrer y el arranque de las antiguas calles de Canales Bajas y Los Campos (esquina Dr. Guigou con Méndez Núñez), se situó la fuente adosada a la pared de una huerta dando al norte. Su construcción data de 1805 y se hizo bajo la protección del Marqués de Casa Cajigal, Capitán General de Canarias. Es de basalto y con cuatro surtidores y fue conocida por ese nombre, de los Caballos, por tener un receptáculo que constantemente permanecía con agua y que servía de abrevadero público de las bestias.

Fuente de Puerto Escondido: fue creada por la necesidad de contar con agua para la población que vivía en el barrio de Los Toscales. Así, en 1820, se acordó crearla con el nombre de Chorro de Arriba en la esquina de la calle de San Roque con la del Norte, y allí continuó hasta 1845 en que se trasladó situándose próxima a la Plaza del Patriotismo. Por fin, en 1912, fue de nuevo cambiada de lugar a la entrada del Parque Recreativo, un poco mas arriba y en la calle de Puerto Escondido desapareciendo en 1932. Era de basalto y disponía de cuatro surtidores.

Fuente de Morales: situada junto al Barranco de Santos, mirando al sur, y allí localizada para suministrar agua a los habitantes del barrio de El Cabo. Fue fabricada en 1837 bajo la dirección de Lorenzo Pastor de Castro y fue dedicada al General Tomás Morales en testimonio de gratitud por su participación, años antes, en la canalización de las aguas.
Se inauguró el 2 de febrero de 1833 a las cinco de la tarde y con numerosa concurrencia de público. Se dispararon multitud de cohetes y se interpretaron piezas musicales.
Es de piedra basáltica y tiene cuatro surtidores. Presentaba un bastidor en lo alto en donde se lee
Dedica Santa Cruz con celo ardiente
a tu nombre, Morales, esta fuente
Hoy da nombre a la pequeña calle que pasa frente al antiguo Hospital Civil.

Existió otro chorro o fuente pública en el camino de La Laguna (Rambla de Pulido) cerca del cruce de la calle de Benavides que, en 1837, había fabricado la Sociedad Constructora pero que, apenas terminada, fue cedida al Ayuntamiento para que fuese integrada dentro del servicio de aguas municipales.

En definitiva, en 1880, existían en la ciudad seis fuentes públicas para suministro de agua a la vecindad. Sus chorros continuados de agua, ya que no existían grifos, suponían grandes pérdidas al Ayuntamiento, pero se siguieron utilizando hasta que la vecindad comenzó a demandar agua corriente a presión. Así, en 1.92, fue presentado un proyecto de agua a presión, por Raul Turr, conducida por tuberías metálicas aunque este no fue aceptado.

No obstante desde ese mismo momento, y comenzando el siglo XX, las antiguas fuentes o chorros de agua, habían quedado heridas de muerte.

CUEVA DE LA NEGRA (Topónimo de Fasnia)

(Historia de exclavitud, amor y libertad….)

Llegaste desde tu África
venías encadenada
ibas a ser vendida
pero tu destino estaba
para siempre aquí ligada.
En esta Zona del pueblo
cerca de D. Juan Marrero
en la hoya de Don Eusebio
esta historia aquí pasó
y no hace tantos años
que las argollas
de aquí alguien

Los esclavos los escondían
en las cuevas que allí había
hasta que por fin
a alguien se los vendían

Don Manuel era el encargado
de los esclavos vigilar
cuando llegó aquel grupo
blancos y negros mezclados
y te pudo divisar
su cuerpo se estremeció
y enseguida comprendió
que la llama del amor
na´más verte se encendió

Desde que te vio mujer
se quedó escandilado
eras tan esbelta y tan bella
no se pudo resistir
y te entregó su amor
mientras su corazón pudo latir

Tú mujer de color
del Africa Tropical
que con tu gran belleza
lo supiste enamorar

Viniste como esclava
mezclada con los demás
pero quién te lo iba a decir
que gracias a tu belleza
la libertad ibas a conseguir

Cómo serías de linda
qué belleza tan impresionante
que arriesgó su vida
para salvarte

Don Manuel no concilió el sueño
duerme varias semanas
su corazón le decía
tienes que ser para mí
linda gacela africana
y una noche de temporal
de la cueva te sacó
te había secuestrado
sabiendo que si lo cogían
moría bien ahorcado

Te escondió en una cueva
informó que habías muerto
que te había enterrado
cuando lo cierto del caso
es que le habías enamorado

Se cuenta que un hoyo cavó
y que un animal
que había muerto
en tu lugar enterró
y un poco más arriba
tus ropas ya colocó

Cuando el traficante
su historia no la creyó
pero al abrir el hoyo
tus ropas ya divisó
y al llegarle el perfume
el hoyo se taponó

Él temblando se había puesto
porque si descubría el engaño
ya estaba dispuesto
al hoyo ir a parar
porque el robo de una esclava
con la vida has de pagar

Cuánto tiempo estuviste
encerrada en aquella cueva
amando aquel fasniero
que la primera palabra
que te enseñó a decir
es la amorosa “te quiero”

Se acabó la esclavitud
y te dio la libertad
pero para siempre decidiste
a su lado continuar

En premio a tu gran amor
decidieron bautizar
a esta zona de Fasnia
como Cueva de La Negra
para siempre a ti recordar

Quiero hacer constar
que todo lo que aquí describo
es pura realidad
pues un familiar de Don Manuel
me contó esta verdad

(Fasnia, Agosto de 1999)

Aportación de:Arístides Díaz Chico
Fuente http://www.fasnia.net/html/arist06.html

Antonio Benavides, un canario universal: el gran desconocido

El que llegó a Teniente General de los Reales Ejércitos de España –y fue hombre de máxima confianza de Felipe V, el primer Borbón que reinó en nuestra nación–, don Antonio Benavides González de Molina, nació hace ahora trescientos treinta y seis años, el 8 de diciembre de 1698, en la Ilustre Villa de La Matanza de Acentejo. Muchos chicharreros saben de la vía santacrucera que lleva su nombre; así como los matanceros conocen la calle que lo recuerda, en su pueblo natal. Sin embargo –al menos hasta ahora–, muy pocos son los tinerfeños –aún menos los españoles de otras regiones– que tienen conocimiento de tan ilustre paisano: uno de los canarios más universales.¿Quién era Antonio Benavides?

Nuestro ilustre matancero era el tercero de ocho hermanos (uno de los cinco varones murió de niño), hijos de don Andrés y doña María, que constituían una familia de viticultores. Al ser don Andrés capitán de las Milicias provinciales, dio hospedaje en su casa a un oficial de la Bandera de La Habana, que reclutaba mozos para la guarnición de aquella isla de las Antillas. Prendado el militar de las virtudes castrenses –además de personales– que adivinó en el joven Antonio (según narra Bernardo Cólogan en biografía premiada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en 1795), no tuvo gran dificultad en convencer a éste y a sus padres para que –en condición de cadete– se alistara en el Ejército y lo acompañara a La Habana. A mediados de 1699 Benavides partía, junto a cien jóvenes campesinos más, rumbo a la isla de Cuba. Tres años después, ya ascendido a teniente, engrosando los refuerzos solicitados por Felipe V (al estallar la Guerra de Sucesión), viajó a Madrid, siendo destinado a uno de los regimientos de dragones de la Guardia de Corps, por orden directa del Rey. A partir de entonces, el joven matancero enfiló el camino de la más brillante carrera militar jamás soñada. Los ascensos se sucedieron por méritos de guerra: Al lado de su rey, Benavides se batió con ardor y valentía en la toma de Salcedilla, rindió Villareal e Inhiesta, sitió Barcelona y Tortosa; combatió al frente de su escuadrón de Dragones en Almahara y en Peñalba; actuó de forma decisiva en Zaragoza y en Brihuega –siendo dos veces felicitado por el Soberano, en persona–; hasta el 10 de diciembre de 1710, fecha en que tuvo lugar en Villaviciosa de Tajuña una batalla decisiva para el curso de la guerra.

Benavides salvó la vida del primer Borbón que reinó en España

En aquella gélida tarde de 10 de diciembre de 1710, se hallaban enfrentados los ejércitos franco-español y el austracista del Archiduque Carlos, en un prado cubierto por la nieve. Al poco de comenzar a tronar los cañones de uno y otro bando, se percató el ya teniente coronel Benavides de la diana perfecta que suponía para la artillería enemiga el imponente caballo blanco del Rey (el único de ese pelaje en el campo de batalla), sobre el alto emplazamiento desde el que observaba la batalla, junto a sus generales. De inmediato, cabalgando hasta aquel elevado lugar, advirtió al Monarca de tan peligrosa circunstancia –en la que el Rey no había reparado–, cambiando su alazán por la blanca montura regia. Al poco de volver a su posición, una granada de mortero alcanzó de lleno al caballo blanco, haciéndolo pedazos e hiriendo gravemente a su jinete. Sobrevivió Benavides de milagro, atendido por los cirujanos del mismísimo Rey, que ordenó tuviera cuantos cuidados y atenciones precisara. A partir de entonces, entre ambos se estrechó una sincera amistad, y tanto apreció el Soberano al hombre que salvó su vida, que lo llamaba padre delante de generales y cortesanos. Sin duda, de no haber intervenido Benavides de tan resolutiva manera, y Felipe V hubiese caído en aquel campo de batalla, el curso de la Historia hubiese tomado muy diferente camino, tan distinto como que hoy no reinaría en España Felipe VI, entre otras cosas porque ni él ni sus predecesores habrían visto la luz.

Sin embargo, aun siendo un hecho primordial para el recorrido vital de nuestro paisano el capítulo de Villaviciosa, fueron sus posteriores treinta y dos años como primera autoridad en provincias claves del virreinato de La Nueva España, durante los cuales Benavides dio muestras de su gran capacidad para el gobierno, la administración y la negociación en las más complicadas condiciones imaginables, así como sus extraordinarias virtudes militares.

Capitán General y Gobernador de la Florida, Veracruz y Yucatán

Al término de la guerra de Sucesión, descansaba Benavides en la Matanza, cuando recibió una misiva fechada el 24 de septiembre de 1717, en la que el Rey lo nombraba Capitán General y Gobernador de la Florida, la provincia más al norte de la América española. Estaba sumida ésta en un caos administrativo y de corrupción, a cuya cabeza figuraba su predecesor Juan de Ayala Escobar, acusado de contrabando.

Apenas puso Benavides pie en San Agustín de la Florida, limpió de corruptos la administración de la provincia, encarcelando a los culpables y premiando con cargos de responsabilidad y confianza a los que se habían mantenido honrados y colaboraron en poner orden en aquel desbarajuste. Resolvió los innumerables conflictos que había con las beligerantes tribus indígenas –azuzadas en su mayor parte por los ingleses, más allá de las lindes del norte–. Tanto fue así, que ante el ataque y destrucción que sufrió el fuerte de San Luis, la misión y el poblado de San Marcos de Apalache, en la frontera norte –a manos de los belicosos apalaches–, marchó hasta allí con la sola compañía del capitán que trajo la mala nueva y unos intérpretes, con el fin de evitar más derramamiento de sangre y no poner en peligro las vidas de los muchos prisioneros hechos por los indios más beligerantes de aquellos vastos territorios. Sorprendentemente –lo que demuestra sus dotes de gran negociador y su talante conciliador–, rescató a los españoles prisioneros, dio cristiana sepultura a los caídos, reconstruyó el fuerte, la misión y las casas pasto de las llamas, y firmó un pacto de paz y colaboración entre el Reino de España y la tribu Apalache, cuyos jefes y pueblo dio muestras de adoración por el nuevo Gobernador, como lo hicieron posteriormente todas las tribus de las provincias del Nuevo Mundo bajo su gobierno.

Y aunque eran sólo cinco los años preceptivos en el mantenimiento de la gobernación en las provincias españolas en las Indias, ante los brillantes resultados alcanzados por Benavides y la total confianza que en él tenía Felipe V –demostrando la misma Fernando VI, a la muerte de su padre–, lo mantuvo cinco lustros en la Florida, más diez años en Veracruz y siete al frente de la provincia de Yucatán y San Francisco de Campeche. Ardua fue su lucha contra la Armada británica, así como con piratas y corsarios, que asediaban las costas españolas.

Durante la Guerra del Asiento (1739-1748), al frente del escaso ejército regular, reforzado por milicias campesinas, reforzó con enorme eficacia las defensas de Tabasco y Honduras –que sufrían constantes envites de escuadras británicas–, estableciendo puertos de avituallamiento y refugio para los navíos de la Armada Española, de los que antes carecían.

La labor de Antonio Benavides durante su largo mandato en la América española fue excepcional, no sólo por los resultados obtenidos en la buena administración de las provincias y el éxito en las campañas de defensa que emprendió, también lo fue por lo alcanzado por su talante conciliador y bondadoso, por su honradez inquebrantable –hasta tal punto que Fernando VI le dio autorización para el uso de los caudales públicos en función de sus necesidades, sin su previa aceptación–, y su lealtad absoluta a su Rey y a su Patria. Pensemos que treinta y dos años al frente de tres provincias del Nuevo Mundo, de habérselo propuesto, le habrían hecho un hombre muy rico. Por el contrario –y esta circunstancia engrandece aún más su figura–, no sólo no se enriqueció, sino que a lo largo de su dilatada vida hizo innumerables obras de caridad, despojándose a tal fin de todo bien material. Tanto fue así, que abandonado el Nuevo Mundo, en los primeros meses de 1749, se presentó ante el Rey vestido con un uniforme que le prestó su amigo el Marqués de la Ensenada, dado que el único del que disponía nuestro paisano no estaba en condiciones para tal circunstancia.

El ansiado regreso a la Patria chica

Luego de entrevistarse en la Corte madrileña con Fernando VI –quien le agradeció sus años de leal y ejemplar servicio, ofreciéndole la Capitanía General de Canarias, cargo que rechazó Benavides–, marchó a Tenerife. En esta última etapa de su apasionante existencia, vivió en el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados de Santa Cruz, en una austera estancia que para él prepararon. De su pensión, destinó fondos para la mejora de las instalaciones de este hospital; ayudó a todos los vecinos necesitados que a él acudían; se involucró en los aconteceres cotidianos de la isla; y dada su excepcional experiencia y gran conocimiento en todo lo concerniente a las Indias, asesoró a las autoridades locales sobre comercio y emigración entre las Canarias y la España a la otra orilla del Atlántico. Mucho le lloraron sus paisanos, cuando el 9 de enero de 1762 –hará en breve 253 años–, a sus longevos ochenta y tres años, cerró los ojos para siempre. Fue enterrado vestido con el hábito de la Orden Franciscana –abrazado a su fe católica, tal como él había pedido–, a la entrada de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz. Hoy apenas puede leerse sobre su lápida –desgastada por las pisadas a lo largo de tantos años, cuestión que debería restaurar la autoridad competente–, el siguiente epitafio:

Aquí yace el Excmo. Sr. D. Antonio de Benavides, Teniente General de los Reales Exército.

Natural de esta Isla de Tenerife.

Varón de tanta virtud cuanta cabe por arte y naturaleza en la condición mortal.

No se ha hallado retrato de Antonio Benavides, sencillamente porque no quiso destinar dinero alguno a tal fin, como renunció a tantos bienes materiales, siempre a favor de los más necesitados, allá en el Nuevo Mundo y aquí en su tierra natal. Fue, fundamentalmente, un patriota y un hombre honrado; un español de leyenda, desconocido u olvidado, como tantos otros. En suma: un canario universal.

Jesús Villanueva Jiménez es escritor. Autor de La Cruz de plata. Publicado el 2 de enero de 2015 en la Opinión de Tenerife. http://www.laopinion.es/opinion/2015/01/02/antonio-benavides-canario-universal-gran/583459.html