El curandero de Tamargada

Versión de Domingo Rodríguez, de 72 años, de Tamargada (ay. Vallehermoso). Recogida por Max. Trapero, Helena Hernández y Lothar Siemens el 20 de agosto de 1983.

Publicada en Romancero de la isla de La Gomera (1987), nº 344.
Vuelvo de nuevo a pedir atención, silencio y calma,
valor en los corazones porque es ocasión tirana,
hace llorar a las piedras y sus pies en detallalas.
Día primero de octubre, fecha que no es olvidada,
que siempre las malas suertes vienen sin ser asperadas.
Yo tenía mis hijitos y así les determinaba:
–Juan lleva la yunta buéis y Antonio lleva las vacas,
Anselmo lleva el ternero, (?) la potranca
y yo voy por aquí al pozo para ir sacando el agua.–
Más al fin cuando llegó aquella malvada vaca
sin saber cómo ni cuando me ocasionó mi desgracia
y me ha enredado una pierna, de la soga allí me arranca.
A la carrera un caballo que por el aire volaba.
En la carrera caí con la fuerza que llevaba.
Del puesto me levantaron entre cuatro pa mi casa,
me acostaron en un catre, según luego me contaban,
que yo me quedé sin tino, que de eso no supe nada.
Mi mujer por otro lado en el suelo desmayada,
llama por todos los santos, tristemente alimenta(d)a:
–Virgen de la Caridad, ven que esta pobre te llama,
ten piedad y miselicordia, no me tengas tan amarga.–
Y yo envuelto en un letalgo sin poderle decir nada.
Me volvió el conocimiento cuando ya la casa estaba
llena de gente pues todos con amor la consolaban:
–No llores, no tengas pena, que si Dios quiere se sana,
y el trabajo de la vega no se echa a perder nada.–
Unos se brindan a arar y otros a sembrar las viandas,
y otros le dicen “Yo tengo dinero, si le hace falta”.
En la reunión de gente entre ellos se consultaban:
–Hay que traer un dotor.-Pero otros determinaban:
–Traer a Benito Coello, que tiene la mano santa,
que para huesos rompidos el isleño tiene gracia.–
Salió Antonio mi cuñado, con dirección a su casa:
–Buenas tardes, don Benito. –Buenas, León, ¿qué le pasa?
–Allá Antonio mi cuñado que le ha enredado una vaca
y le ha partido una pierna y a que vaya allá me manda.
–Pues yo allá no puedo dir aunque lo siento en el alma,
miren a ver si lo puén traer pronto y no demoren nada
porque si le coge el frío luego la cura es más mala.–
Me cargaron al momento, me llevan con tanta pausa.
–Buenas tardes, don Benito. –Buenas, León, ¿qué le pasa?
–Sólo tengo que decirle, don Benito, mi desgracia.
–No señor, desgracias son aquellos que pierden su alma,
que por partirse una pierna a usted no le pasa nada.
Tráiga acá una taza caldo –le dijo a la serviciala.–
Mas dispués que la tomé más de fuerza que me gana,
me echa mano a la pierna, ¡oh Dios, qué hora tan mala!,
pa colocar ese hueso sonó como una campana.
Y entonces dije: –¡Ay, mi madre, quién me viera en su compaña!
¡Si usted supiera su hijo en los trances que se halla
con su manada de hijos regados en tierra extraña!
¿Quién me les buscará el pan si su padre no se sana?
Como esta triste mujer que ocupada se encontraba
esperando a dar a luz, que pocos meses le faltan.
Y entonces me dijo el hombre: –Parece una cosa extraña,
¡que por tan poca cosa los hombres no se acobardan!
–Donde hay dolor no hay vergüenza -le dije con toda mi alma-,
y no le digo otra cosa porque respeto tus canas.Mas
a fe cuando me dijo: –Ya su pierna está curada.60
Le dije: –Fíjese bien, no me quede jorobada.
–No señor, no tenga miedo, que está bien entablillada,
y entre cuatro o cinco días yo voy allí a registrala,
lo cual creo no tener que volver a hacer más nada,
que hasta hoy mi inteligencia está muy acreditada.

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