Antonio Benavides, un canario universal: el gran desconocido

El que llegó a Teniente General de los Reales Ejércitos de España –y fue hombre de máxima confianza de Felipe V, el primer Borbón que reinó en nuestra nación–, don Antonio Benavides González de Molina, nació hace ahora trescientos treinta y seis años, el 8 de diciembre de 1698, en la Ilustre Villa de La Matanza de Acentejo. Muchos chicharreros saben de la vía santacrucera que lleva su nombre; así como los matanceros conocen la calle que lo recuerda, en su pueblo natal. Sin embargo –al menos hasta ahora–, muy pocos son los tinerfeños –aún menos los españoles de otras regiones– que tienen conocimiento de tan ilustre paisano: uno de los canarios más universales.¿Quién era Antonio Benavides?

Nuestro ilustre matancero era el tercero de ocho hermanos (uno de los cinco varones murió de niño), hijos de don Andrés y doña María, que constituían una familia de viticultores. Al ser don Andrés capitán de las Milicias provinciales, dio hospedaje en su casa a un oficial de la Bandera de La Habana, que reclutaba mozos para la guarnición de aquella isla de las Antillas. Prendado el militar de las virtudes castrenses –además de personales– que adivinó en el joven Antonio (según narra Bernardo Cólogan en biografía premiada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en 1795), no tuvo gran dificultad en convencer a éste y a sus padres para que –en condición de cadete– se alistara en el Ejército y lo acompañara a La Habana. A mediados de 1699 Benavides partía, junto a cien jóvenes campesinos más, rumbo a la isla de Cuba. Tres años después, ya ascendido a teniente, engrosando los refuerzos solicitados por Felipe V (al estallar la Guerra de Sucesión), viajó a Madrid, siendo destinado a uno de los regimientos de dragones de la Guardia de Corps, por orden directa del Rey. A partir de entonces, el joven matancero enfiló el camino de la más brillante carrera militar jamás soñada. Los ascensos se sucedieron por méritos de guerra: Al lado de su rey, Benavides se batió con ardor y valentía en la toma de Salcedilla, rindió Villareal e Inhiesta, sitió Barcelona y Tortosa; combatió al frente de su escuadrón de Dragones en Almahara y en Peñalba; actuó de forma decisiva en Zaragoza y en Brihuega –siendo dos veces felicitado por el Soberano, en persona–; hasta el 10 de diciembre de 1710, fecha en que tuvo lugar en Villaviciosa de Tajuña una batalla decisiva para el curso de la guerra.

Benavides salvó la vida del primer Borbón que reinó en España

En aquella gélida tarde de 10 de diciembre de 1710, se hallaban enfrentados los ejércitos franco-español y el austracista del Archiduque Carlos, en un prado cubierto por la nieve. Al poco de comenzar a tronar los cañones de uno y otro bando, se percató el ya teniente coronel Benavides de la diana perfecta que suponía para la artillería enemiga el imponente caballo blanco del Rey (el único de ese pelaje en el campo de batalla), sobre el alto emplazamiento desde el que observaba la batalla, junto a sus generales. De inmediato, cabalgando hasta aquel elevado lugar, advirtió al Monarca de tan peligrosa circunstancia –en la que el Rey no había reparado–, cambiando su alazán por la blanca montura regia. Al poco de volver a su posición, una granada de mortero alcanzó de lleno al caballo blanco, haciéndolo pedazos e hiriendo gravemente a su jinete. Sobrevivió Benavides de milagro, atendido por los cirujanos del mismísimo Rey, que ordenó tuviera cuantos cuidados y atenciones precisara. A partir de entonces, entre ambos se estrechó una sincera amistad, y tanto apreció el Soberano al hombre que salvó su vida, que lo llamaba padre delante de generales y cortesanos. Sin duda, de no haber intervenido Benavides de tan resolutiva manera, y Felipe V hubiese caído en aquel campo de batalla, el curso de la Historia hubiese tomado muy diferente camino, tan distinto como que hoy no reinaría en España Felipe VI, entre otras cosas porque ni él ni sus predecesores habrían visto la luz.

Sin embargo, aun siendo un hecho primordial para el recorrido vital de nuestro paisano el capítulo de Villaviciosa, fueron sus posteriores treinta y dos años como primera autoridad en provincias claves del virreinato de La Nueva España, durante los cuales Benavides dio muestras de su gran capacidad para el gobierno, la administración y la negociación en las más complicadas condiciones imaginables, así como sus extraordinarias virtudes militares.

Capitán General y Gobernador de la Florida, Veracruz y Yucatán

Al término de la guerra de Sucesión, descansaba Benavides en la Matanza, cuando recibió una misiva fechada el 24 de septiembre de 1717, en la que el Rey lo nombraba Capitán General y Gobernador de la Florida, la provincia más al norte de la América española. Estaba sumida ésta en un caos administrativo y de corrupción, a cuya cabeza figuraba su predecesor Juan de Ayala Escobar, acusado de contrabando.

Apenas puso Benavides pie en San Agustín de la Florida, limpió de corruptos la administración de la provincia, encarcelando a los culpables y premiando con cargos de responsabilidad y confianza a los que se habían mantenido honrados y colaboraron en poner orden en aquel desbarajuste. Resolvió los innumerables conflictos que había con las beligerantes tribus indígenas –azuzadas en su mayor parte por los ingleses, más allá de las lindes del norte–. Tanto fue así, que ante el ataque y destrucción que sufrió el fuerte de San Luis, la misión y el poblado de San Marcos de Apalache, en la frontera norte –a manos de los belicosos apalaches–, marchó hasta allí con la sola compañía del capitán que trajo la mala nueva y unos intérpretes, con el fin de evitar más derramamiento de sangre y no poner en peligro las vidas de los muchos prisioneros hechos por los indios más beligerantes de aquellos vastos territorios. Sorprendentemente –lo que demuestra sus dotes de gran negociador y su talante conciliador–, rescató a los españoles prisioneros, dio cristiana sepultura a los caídos, reconstruyó el fuerte, la misión y las casas pasto de las llamas, y firmó un pacto de paz y colaboración entre el Reino de España y la tribu Apalache, cuyos jefes y pueblo dio muestras de adoración por el nuevo Gobernador, como lo hicieron posteriormente todas las tribus de las provincias del Nuevo Mundo bajo su gobierno.

Y aunque eran sólo cinco los años preceptivos en el mantenimiento de la gobernación en las provincias españolas en las Indias, ante los brillantes resultados alcanzados por Benavides y la total confianza que en él tenía Felipe V –demostrando la misma Fernando VI, a la muerte de su padre–, lo mantuvo cinco lustros en la Florida, más diez años en Veracruz y siete al frente de la provincia de Yucatán y San Francisco de Campeche. Ardua fue su lucha contra la Armada británica, así como con piratas y corsarios, que asediaban las costas españolas.

Durante la Guerra del Asiento (1739-1748), al frente del escaso ejército regular, reforzado por milicias campesinas, reforzó con enorme eficacia las defensas de Tabasco y Honduras –que sufrían constantes envites de escuadras británicas–, estableciendo puertos de avituallamiento y refugio para los navíos de la Armada Española, de los que antes carecían.

La labor de Antonio Benavides durante su largo mandato en la América española fue excepcional, no sólo por los resultados obtenidos en la buena administración de las provincias y el éxito en las campañas de defensa que emprendió, también lo fue por lo alcanzado por su talante conciliador y bondadoso, por su honradez inquebrantable –hasta tal punto que Fernando VI le dio autorización para el uso de los caudales públicos en función de sus necesidades, sin su previa aceptación–, y su lealtad absoluta a su Rey y a su Patria. Pensemos que treinta y dos años al frente de tres provincias del Nuevo Mundo, de habérselo propuesto, le habrían hecho un hombre muy rico. Por el contrario –y esta circunstancia engrandece aún más su figura–, no sólo no se enriqueció, sino que a lo largo de su dilatada vida hizo innumerables obras de caridad, despojándose a tal fin de todo bien material. Tanto fue así, que abandonado el Nuevo Mundo, en los primeros meses de 1749, se presentó ante el Rey vestido con un uniforme que le prestó su amigo el Marqués de la Ensenada, dado que el único del que disponía nuestro paisano no estaba en condiciones para tal circunstancia.

El ansiado regreso a la Patria chica

Luego de entrevistarse en la Corte madrileña con Fernando VI –quien le agradeció sus años de leal y ejemplar servicio, ofreciéndole la Capitanía General de Canarias, cargo que rechazó Benavides–, marchó a Tenerife. En esta última etapa de su apasionante existencia, vivió en el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados de Santa Cruz, en una austera estancia que para él prepararon. De su pensión, destinó fondos para la mejora de las instalaciones de este hospital; ayudó a todos los vecinos necesitados que a él acudían; se involucró en los aconteceres cotidianos de la isla; y dada su excepcional experiencia y gran conocimiento en todo lo concerniente a las Indias, asesoró a las autoridades locales sobre comercio y emigración entre las Canarias y la España a la otra orilla del Atlántico. Mucho le lloraron sus paisanos, cuando el 9 de enero de 1762 –hará en breve 253 años–, a sus longevos ochenta y tres años, cerró los ojos para siempre. Fue enterrado vestido con el hábito de la Orden Franciscana –abrazado a su fe católica, tal como él había pedido–, a la entrada de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz. Hoy apenas puede leerse sobre su lápida –desgastada por las pisadas a lo largo de tantos años, cuestión que debería restaurar la autoridad competente–, el siguiente epitafio:

Aquí yace el Excmo. Sr. D. Antonio de Benavides, Teniente General de los Reales Exército.

Natural de esta Isla de Tenerife.

Varón de tanta virtud cuanta cabe por arte y naturaleza en la condición mortal.

No se ha hallado retrato de Antonio Benavides, sencillamente porque no quiso destinar dinero alguno a tal fin, como renunció a tantos bienes materiales, siempre a favor de los más necesitados, allá en el Nuevo Mundo y aquí en su tierra natal. Fue, fundamentalmente, un patriota y un hombre honrado; un español de leyenda, desconocido u olvidado, como tantos otros. En suma: un canario universal.

Jesús Villanueva Jiménez es escritor. Autor de La Cruz de plata. Publicado el 2 de enero de 2015 en la Opinión de Tenerife. http://www.laopinion.es/opinion/2015/01/02/antonio-benavides-canario-universal-gran/583459.html

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