Carta de Antonio Bauza Fullana a José Hernández Arocha

Antonio Bauza Fullana
Antonio Bauza Fullana

Al héroe de Baler (Filipinas), al mártir de la Patria, a mi cariñoso e íntimo amigo y compañero de penas
y sufrimientos, José Hernández Arocha ¡Fué por la Patria, querido José; bien está!

Queridísimo amigo:

Han pasado 21 años de la triste y desolada campaña de Filipinas; hace 21 años que no te veo; hace 21 años que nos separamos de aquel célebre, inmortal e invicto sitio da Baler, en donde las heroicidades y hazañas cometidas por los que formábamos aquel destacamento, ha causado el asombro del mundo; hace 21 años que juntos nos encontramo sitiados por un enemigo cien veces mayor que nosotros (ya recordarás , que éramos 5º) ¡Qué 11 meses tan tristes! ¡Qué calvario más grande!, ¡qué pena, qué calamidades y qué sufrimientos! Muertos de hambre, enfermos y completamente desnudos, sufrimos el calvario mas grande que ninguna persona pueda creerse; ¡qué días más amargos, amigo José! ¡Quién supiera escribir para decirte todo lo que siento! ¿Te acuerdas de nuestro Médico Vigil de Quiñones, que hinchado como nosotros del «Beri-beri», andaba, arrastrandose, curándonos con aquel valor y entereza que no te puedo explicar?

¿Te acuerdas, amigo José, cuando de noche en los pocos momentos que teniamos de descanso, íbamos uno por uno, a nuestros compañeros y formábamos aquellas célebres listas que decían: «expediciones al otro mundo»; y apuntábamos en ella primero los que estaban más graves, después los que empezaban a hincharse y los últimos, los qur estaban algo buenos, y todos en corro le decíamos al qua estaba más malo: «mira, esta noche vas a morirte, ¿dónde quieres que te enterremos?» Y aquél compañero, aquel mártir de la Patria, decía como todos nosotros con toda resignación, que le abrieran el hoyo al lado de aquel amigo que había fallecido el día anterior, y asi se hacía, en presencia de todos, dándole sepultura al día siguiente?

Ya sabes, amigo Arocha, que nosotros habíamos prestado juramento cuando quedamos encerrados en la Iglesia del pueblo da Baler y sin tener comunicación con nadie, de morir todos antes que rendirnos, y sabes también como yo, que nuestra única alegría era ver cómo ondeaba de día en la torre de la Iglesia, donde estábamos sitiados, la enseña gloriosa de la Patria y de noche, cuando la quitábamos, ver esa misma bandera sirviendo de sudario para cubrir los cadaveres de los que morían en defensa de la Patria.

Yo me acuerdo verte completamente desnudo en la torre de la Iglesia de centinela, el día aquel que se presentó un parlamentario indio con una cara para el Jefe de nuestro destacamento, el mis veces héroe y mártir de la patria, don Saturnino Martín Cerezo, hoy Coronel, y tú, como todos nosotros, lleno de rabia y corage porque aquel infame enemigo no quería otra cosa que la rendición del sitio, ¡magras!; así que le viste, le soltaste un tiro certero de los tuyos y le arrebataste la carta de las manos al mismo tiempo que le decías:

“Márchate de ahí , indio maldito, porque te mato; mira cómo estoy desnudo, que no tengo ni un pedazo de trapo para tapar mis carnes, mírame el pelo que llega hasta las espaldas, pero no importa, dile a tu Jefe que nosotros no nos rendimos y yo menos que soy canario y que si acaso se apoderaran de esta Iglesia, no encontrarán en esta sino cadáveres, porque es preferible la muerte a la deshonra. ¿Te acuerdas que en esos momento subió a la torre el Teniente Cerezo y el Médico y allí, abrazados los tres, te dijeron que sera posible que hubiese en el destacamento soldados tan valientes? Y tu contestaste, “¿Pero mi teniente, V. se extraña de eso que le dije al indio parlamentario?¿No hemos jurado hace tiempo morir todos aquí dentro antes que rendirnos? Pues eso fue lo que le dije a ese maldito”.

Me preguntarás por qué, y yo, amigo José, te digo que es porque tengo muchas ganas de llorar, de llorar mucho, mucho, de estar llorando un mes, dos, un año, quisiera desahogar mi pobre corazón que como el tuyo está muy oprimido y hoy, escribiéndote, desahogo un poco después de nuestro calvario en Baler.

Yo quisiera llorar, pero contigo, juntos los dos, en un rincón apartado de este pedazo de tierra canaria, española, donde me hallo muy bien, y después de que ya no nos quede ni una sóla lágrima siquiera que echar, subir a lo alto de una montaña de esas que veo desde aquí y entonces allí, los dos solitos, repartir aquel grito que dimos en aquellos días de nuestro calvario, que se siente en España, para que lo oiga nuestro simpático Rey, y que retumbe en Baler: ¡Viva España!

Antonio Bauza Fullana.
Aruba de Candelaria Octubre 1919

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