Isidra

Hace unos días mi amiga Sophie Baillon, me preguntó si podía averiguar algo sobre la señora que vivió en el polvorín adosado a la Casa de la Real Aduana del Puerto de la Cruz. Mis conocimientos en este aspecto son muy limitados, pero como dicen, lo mejor es tener el teléfono del que sabe, y en este caso nadie mejor que mi estimado amigo Melecio Hernández que tuvo la deferencia de enviarme  estas líneas:

Casa Aduana Puerto de la Cruz

Casa Aduana

“Isidra era uno de esos tantos personajes anónimos que pasan por la vida sin pena ni gloria; de baja estatura y cargada de espalda, vestía con las ropas que le proporcionaban las casas de su entorno donde fregaba pisos y escaleras, con lo que obtenía algunas monedas y, frecuentemente, alimentos básicos. La miseria de entonces permitió que transcurriera buena parte de su vida donde hace ángulo el histórico edificio de la Casa de la Real Aduana  por la cara oeste y al amparo de una techumbre improvisada y en condiciones infrahumanas, “arrejuntada” a Gregorio, un hombre, que, en alguna etapa de su existencia, realizó mandados para la Casa Yeoward; era de más edad que su compañera, y vestía de negro con ropas raídas y sombrero de fieltro; y en los tiempos libres se le veía departiendo con los pescadores entre lanchones varados en la playita del muelle como la manera más segura de “pescar”.

 

El emplazamiento de la “choza” fue posible gracias a la citada firma británica, pues actuaba por aquellos lares como si fueran propios y, ello, porque allá por la década de 1910, el Ayuntamiento portuense, por ser municipales los muelles, venía  explotándolos  sin beneficio, razón por la cual le fue adjudicada, previo subasta, la concesión a Yeoward por espacio de varios años. El modesto mobiliario consistía en una desvencijada mesa  y dos bancos, unas pocas cajas de madera a modo de alacena, un fogón de tres piedras, dos calderos tiznados para cocinar y elementales utensilios colgados en la pared sobre un poyo de piedra. La cama era un viejo catre, al parecer, regalo de la familia Hidalgo.

Ella adornaba el exterior de su “casa” con algunas plantas en cacharros a modo de tiestos, por donde merodeaban gatos y algún que otro perro, que eran su mayor propiedad. Recuerdo verla tocada de sombrero de paja  y salir de aquella “cueva” para  arrojar el agua sucia en la explanada del muelle. Me imagino las vivencias y los miedos de esta anciana pareja con el mar de leva y las impresionantes y heroicas escenas de los pescadores entrando por la bocana con sus lanchas en lucha titánica con el mar al regreso de su ardua faena de arrancar a la huerta marina el pan de cada día. En días así las olas saltaban y anegaban el refugio.

Permaneció en aquél espacio hasta que falleció. La verdad que desde la distancia el recuerdo se me hace intemporal.”


Melecio Hernández Pérez

  • No aporta Antonio Perez Carballo: “Tata(Gregorio) era el esposo de Isidra, yo los conocí ya viejos, recuerdo a Tata por las tarde en la escalera del bar Cayaya, donde se reunian los pescadores, siempre lo hacian enfadar, el pobre perdio su cabeza, andaba descalzo, las uñas de los pies, como no se las cortaba, eran como piñas de esas que vendian las turroneras, lo que no estoy seguro, es que si su procedencia era del Puerto de la Cruz.”
  • Nos aporta José Expósito. Dña. isidra tenia mas de veinte gatos y siempre tenia pescado que le daba los pescadores. pues llamaba los gatos uno por uno por su nombre e incluso con pescado en las manos y le venia el que ella llamaba los demás esperaba. cosa curiosa en esto animales.

 

Detalle de su "chalet". Cortesía de Bernardo Cabo.

Detalle de su “chalet”. Cortesía de Bernardo Cabo.

Isidra con Tata. Cortesía de Bernardo Cabo.

Isidra con Tata. Cortesía de Bernardo Cabo.

2 thoughts on “Isidra

  • 24/02/2012 at 8:17 am
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    Gracias a los dos- a mi de niña ella siempre me daba cierto miedo. El tinglado donde vivia estaba justo por debajo de una de las ventanas de mi cuarto.
    Saludos,
    Sophie*

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  • 24/02/2012 at 9:08 am
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    No recordaba el perro, pero gatos sí que tenía como toda supuesta bruja. Yo tendria unos 7 ó 8 años – veníamos de vacaciones de Venezuela a pasar un mes ó más aqui.
    Mi padre nos compraba alpargatas y nos animaba a quitarnos los zapatos cerrados. Andábamos por todo el Puerto con mucha libertad y disfrutabamos mucho de volver a ver a los amigos y la familia. Mi padre tenia un Austin 7 de color rojo y subíamos a la casa de mis abuelos en el Parque Taoro.

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