La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (y II)

por Carlos García

Elementos folklóricos tradicionales de La Laguna.-  A la fiesta se le agregan, con el transcurso del tiempo, una serie de elementos festi­vos que van acorde con el sentimiento popular de una comunidad que se encuentra celebrando algo. Estos elementos folklóricos son, por decirlo de algún modo, tí­picamente laguneros, apareciendo en la romería desde sus comienzos más primitivos. Uno de ellos, y casi identificativos de la romería lagunera, es la presencia de los “barcos”. Los barcos laguneros o como también se les identifica en algún momento,”barcos de San Diego”, son una de las reliquias folklóricas de las que se enaltece la romería de San Benito. La procedencia histórica de estos barcos de tierra adentro no está del todo aclarada, pero la teoría de más vigencia propone que provienen de residuos, de restos de antiguas representaciones teatra­les de origen eucarístico de ciertos Autos Sacramentales que, desde el siglo XVII y XVIII, se celebraban en La Laguna. Estos elementos con el tiempo se separan de su entronque primitivo y entonces pierden su valor específico, entrando a formar parte de una transculturación que lleva posteriormente a engaño.

Hay una referencia de un Auto Sacramental celebrado en la ciudad de Aguere en 1699 en honor de la Virgen de los Remedios, pa­trona de la ciudad, en la que, para divertimento del pueblo, se represen­taron autos sacramentales, haciéndose dos navíos sobre carretas y un castillo entre los que se producía una batalla de tipo alegórico.  El castillo se colocó, según versión de Rodríguez Moure, en la esquina que da a la calle de


Sobre la “cama” de la carreta, a la que se le quitan las estacas, se hace una especie de barco, cuyo casco construyen de un ripiado formando rejas y de él nacen las arboladuras, vergas, jar­cias, velas, gallardetes y banderolas. Tiran del barco una pareja de bueyes escogida para el caso. Es el mismo tipo de representación teatral que se mantiene hoy día en Santa Cruz de La Palma en sus fiestas lustrales, con la batalla entre el castillo y la nave, o las de las libreas que se representan en Valle Guerra y en otros lugares. De aquel auto deriva, al parecer, el nacimiento de nuestros populares barcos laguneros, pues finalizada aquella representación sacramental, estos barcos acompañaron a la imagen de la Virgen de los Remedios, a modo de procesión a su iglesia. Desde éste momento la costumbre de utilizar a los barcos en las procesiones y en las fiestas arraigó en el pueblo y comenzaron a ser frecuentes en éste tipo de manifestaciones.


Luego de las procesiones religiosas, los barcos vuelven, a los días siguientes a la fiesta, para ejecutar las carreras que el público sigue con interés. Puesto el barco en el lugar conveniente    ­el mozo que se coloca delante del yugo pone su mano sobre aquel   en­pu­ñando en la otra la “ahijada”, y a una voz, rejoneados los bue­yes, parten a la carrera. Otra versión diferente es la que propugna la aparición de los barcos como promesa realizada en el pueblo de Tegueste a su patrón San Marcos, allá por 1582 en que se produjo una terrible epidemia de peste, en plena época de Corpus lagunero, tras desembarcar en Santa Cruz unos tapices traídos de Levante. Esta promesa surge en pago de no haber permitido el contagio del pueblo. No obstante me inclino personalmente por la primera versión del origen de los barcos.

Referencias como la de Juan Primo de la Guerra en su Diario de 1808 nos confirman la presencia de éstos navíos en las fiestas:”…éste se forma con algunos maderos ligeros sobre una carreta tirada por bueyes, llevando dentro algunas muchachas que canta­ban…”.  “…en la víspera, por la noche hubo fuegos, entremeses y navíos, todo conforme al gusto de las fiestas que se hacen en los campos…” Otra es la del licenciado Pereyra Pacheco que nos informa sobre 1854, “que en la festividad de Ntra. Sra. de los Remedios u­na de las dos principales de Tegueste, con la de San Marcos, desta­ca la antiquísima costumbre de correr la víspera en la tarde y el día por la mañana, ­ concluida la procesión, unos barcos que figura, tirados por bue­yes, que forman el embeleso y reunión de estas gentes, y que si se quitaran cesaría sin duda la concurrencia de ésta fiesta”. Y bien dice el autor cuando refiere la costumbre de co­rrer, porque tras las procesiones, se realizaban carreras de bar­cos, con el afán de conocer que yunta era la más fuerte y rápida, en­tronque sin duda con el arrastre de ganado que hoy ha vuelto a ponerse de moda, en franca recuperación de una tradición abandonada. Estas carreras de barcos hace ya muchos años que no se realizan en la romería. 

Pasemos ahora a otra de las reliquias folklóricas que perduran en la romería de San Benito, una de las más coloristas, no exclusiva de la comarca lagunera, pero que desde luego sí que nace de los pagos y lugares del contorno como es “el baile de las cintas de San Diego”.

El baile de las cintas está bastante extendido por la geogra­fía de Tenerife, conservándose buenos ejemplos en la zona de Güi­mar, Candelaria, y en la zona de Valle Guerra, Guamasa y La Laguna. Otro baile emparentado con aquel es el que se puede ver en la zona norte de la isla que es la Danzade las varas o de las Vegas que utiliza varas o palos en vez de cintas. Del mismo modo en Guamasa se entrecruzan estos palos adornados de flores, y en otros lugares se cambian por arcos. Las danzas son un elemento imprescindible en la celebración de cualquier fiesta y ésta aparición en nuestra romería no iba a ser una excepción. La procedencia del baile de las cintas hay que buscarla en las costumbres de las sociedades primitivas de bailar en torno a un árbol sagrado o en torno a una figura o símbolo divino. La dendrola­tría es la costumbre de adorar a una divinidad en forma de árbol o de piedra (monolito), y esta danza viene a ser el resultado final de una larga evolución que dio comienzo con los ritos primitivos de bailar en torno a un árbol o piedra, a decir de Esquivel Navarro, en lo que él denomina Danza del cordón. No es una costumbre exclusiva de Canarias ya que bailes similares los encontramos en el folklore de otras regiones peninsu­lares, ya sean hispanas o portuguesas. El bailar en las procesiones es por tanto costumbre antigua, ­siendo algo mas peculiar entre nuestras fiestas realizar el baile delante del santo, ya que es tradición de las romerías canarias, en­cabe­zarlas el ganado y no la divinidad.


Estas danzas que preceden al santo se efectúan al son de tambor, flauta y castañue­las o chácaras, y fundamentalmente y casi en exclusividad, se practi­ca en ritmo de tajaraste. El baile se realiza alrededor de un palo del que cuelgan cintas de colores que los danzantes enrollan y desenrollan mientras ejecutan la danza a su alrededor. Podemos encontrar reminiscencias muy remotas en las danzas cívico-religiosas que nuestros aborígenes realizaban en ocasiones principales, sin olvidar por ejemplo las que se ejecutan en la fiesta de La Candelaria. Nos refiere Bethencourt Alfonso que en la danza de las cin­tas, ahora como en los tiempos aborígenes, formaban la cuadrilla 14 individuos: 12 danzantes y 1 tamborilero, el cual toca a la vez la flauta, además del conductor del palo. Al compás del tamboril se dividen los danzantes en dos tandas de a seis, llevando cada una guía delantera y otra postrera, y marchan bailando dando dos pasos atrás y dos delante, trazando círculos alrededor de la pértiga en sentido inverso cada tanda, una sobre la derecha y otra sobre la izquierda, pasando por dentro y fuera cada vez que se cruzan. Estriba el mérito en trenzar o vestir al palo y luego desves­tirlo sin trabar la danza.

Los danzantes visten con camisas blancas adornadas con dos cintas de colores cruzadas en el pecho, utilizando el color de la cinta que entreteje en el baile, y según viejas referencias, en algunos pueblos del sur de Tenerife, como Adeje, se usó la presencia de una niña que seguía cada bailador cogida de una banda, muy adornada y bailando. En lo que a la romería de San Benito se refiere desde muy temprano en su cronología aparece en la fiesta un grupo de baile de las cintas que llevaba el nombre de San Diego, que de nuevo vuelve a dar nombre a una manifestación folklórica de Hemos sabido por uno de sus actuales danzantes que ese baile data de muy viejo, ya que según el informante, lo bailaba su padre y su abuelo y sin duda fue la primera en salir en la festividad de San Benito. No conocemos el origen del baile pero parece ser una promesa a San Benito lo que motivó la constitución de un grupo de devotos de la zona de San Diego para organizar un baile de las cintas. Comenzaron a bailarla los hombres y siempre ha sido tradición que las mujeres no danzaran, aunque en alguna ocasión, y por ausencia masculina, han sido ellas las danzantes. Este grupo no lleva sino tamborilero y chácaras o castañue­las, no apareciendo la flauta, y ejecutan básicamente el ritmo de tajaraste que es el único que se toca en la procesión del santo­, aunque también tienen otros toques distintos como pasodoble y la isa, desde luego de procedencia mas moderna. Se compone el baile de unos 12 danzantes, aunque también pueden ser más, y la indumentaria consiste en pantalón azul con una cinta roja a los lados, camisa blanca y lonas, y el escudo de San Diego en el lado izquierdo de la camisa.

El baile de las cintas de San Diego solo sale la víspera de la festividad, acompañando a San Benito en la procesión que realiza en los alrededores de su ermita, no teniendo la costumbre de salir en la romería.

Termino expresando el interés que todos debemos mostrar por evitar que nuestras fiestas tradicionales desaparezcan. La revitalización y el robustecimiento de ellas es primor­dial sin querer aferrarnos al pasado e intentar copiar lo que se hacía en el pasado, lo que se hacía de viejo.  Sin olvidar nuestras raíces, nuestro entronque primitivo, conociendo de donde provienen nuestras fiestas populares, debe­mos apostar por nuevas aportaciones, introduciendo ideas novedosas y modernas, para que la fiesta evolucione  y no se pierda con el transcurso de los años venideros.  

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

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La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (I)

por Carlos García 

En el calendario popular, el de los pueblos, persisten tradicio­nes y costumbres que se repiten año tras año  que definen y diferencian las labores agrícolas en momen­tos distin­tos. En plena primavera, al comienzo del verano, tiempo de recogida de las cose­chas, las comunidades rurales acostumbran realizar fiestas que fundamentalmente mantienen un predominio lúdico, aunque sin olvidar el substrato religioso que gira en torno al agradeci­miento de algún santo o devoción, y sobre el que se basan una serie de ritos y manifestaciones folklóricas. El caso de la Romeríade San Benito Abad, en la ciudad de La Laguna, es uno de los muchos y diversos que existen en nuestra pequeña, pero variopinta geografía insular, y que sirve como excusa para desarrollar un sin fin de elementos folklóricos. Admitamos que una manifestación festera que tiene más de 480 años tiene un arraigo popular fuertemente enrai­zado desde sus comienzos, cosa no muy habitual entre las pervivencias culturales de nuestro archipiélago.


Es cierto que la fiesta de San Benito, tal y como la conocemos hoy, tiene tan solo una existencia que deriva de 1947 en que da comienzo la romería moderna, y no como erróneamente siempre se ha venido diciendo en 1948 como informa, con datos irrefutables Julio Torres.  Pero también es cierto que la romería, ­que la fiesta con su comienzo religioso de agradecimiento al santo, tiene su primer origen en 1532 cuando se elige a San Benito Abad, fundador de la orden benedictina, como protector y abogado de los campos y cosechas laguneras por parte de los labradores de la primera ciudad de Tenerife. Históricamente no conocemos la razón por la que San Benito fue elegido patrón de los labradores de La Laguna. Sísabemos que fue un golpe de suerte el que influyó para tal decisión, pero no el por qué de haber introducido su nombre entre los distintos santos para ser sorteado, existiendo santos como San Isidro que ya ejercían de patrones y benefactores del gremio campesino. Incluso fue tan extraña su elección que, según cuentan las cróni­cas, fue necesario extraer de la urna donde se encontraban las papeletas con los nombres de los santos en cuestión, en tres ocasio­nes diferentes el nombre del elegido, saliendo en las tres San Benito, siendo incuestionable desde ese momento su designación. 


San Benito de Nursia, fundador de la Orden monacal Benedicti­na, allá por el siglo VI, introdujo por vez primera su famoso lema de “ora et labora” en sus abadías y prioratos, dándole así un contexto diferente a la vida religiosa, imponiendo a sus monjes, junto con el rezo, la obligación de trabajar la tierra, de labrarla. Creo que éste es el nexo de unión que relaciona a la ciudad de La Laguna con su patrón San Benito. Ciudad eminentemente agrícola que debía protegerse bajo la intersección de un santo que supiera de labradores, de sequías y de cosechas. Pero sin olvidar nunca su condición de ciudad de conventos, de religiosidad histórica, de obispado y recoletas iglesias.  

   

Los orígenes de las romerías.-Antiguamente se denominaban romeros a los que iban a Roma, de donde deriva luego el término ir en romería .De igual modo, a los que acudían a Santiago de Compostela, se les denominaba peregrinos, e incluso a los que caminaban rumbo a la ciudad santa de Jerusalén se les llamaba palmeros. Por tanto el viaje que se hace a una ermita o santuario para agradecer favores a un santo o a una virgen, casi siempre patrones de la zona, se conoce como romería. Esta afluencia de personas de forma colectiva termina siempre de manera festiva y lúdica, con cantes y bailes donde lo religioso y lo festivo se confunde en un solo cuerpo.


El comienzo de la romería lagunera tiene su origen en la procesión que a San Benito se le hacía en su ermita, hecho recogido ya en el año antes mencionado y que luego las ordenanzas de 1540 obligan realizar. Estas primitivas procesiones que apenas se alejaban de los alrededores de la ermita, son los humildes comienzos que darán paso, con los años, a una manifestación de fiesta popular que los propios campesinos, los romeros, acudiendo desde los distintos pagos de la ciudad, e incluso de otros, a lomos de sus bestias de transportes, o sobre los medios de transportes de entonces, las carretas y carros, en compañía de sus ganados, tributa homenaje de agradecimiento al patrón implorando su bendición y favores. En éste contexto es de suponer que las expresiones de alegría y fiesta estén representadas por los bailes, las canciones, las comidas y viandas, que en definitiva conforman  los elementos que dan lugar a una participación popular, cada vez más grande, y que termina por consolidarse en las costumbres de los habitantes del lugar. 

Es por tanto nuestra romería una celebración festiva que tiene su origen en una sociedad rural, en una sociedad labradora, en este caso de La Laguna, que es la receptora y propagadora de una supervi­ven­cia, del mantenimiento de algunas tradiciones del pasado. Porque casi siempre el estrato popular de la población, mucho más que el aristo­crático o el acomodado, es el verdadero caldo de cultivo donde germina y crece, donde se conservan todas las  manifestaciones tradicionales y folklóricas de un sector. De aquí es de donde, probablemente, derive la estructura que hoy conocemos de la romería, constituyendo un cortejo popular, con las carretas, como viejos medios de transportes, con las parrandas, o grupos de romeros que caminan hacia la ermita cantando y divirtién­dose como corresponde a un día de fiesta, vestidos a la usanza tradicional, haciendo uso de la gastronomía local, y acompañándose de sus ganados en pos de obtener un beneficio sobrenatural del santo patrón o para pagar una promesa de algo recibido.


Las fiestas primitivas.- Mucho antes de comenzar las romerías organizadas, con la intervención de una comisión para tal efecto y como veremos más adelante, las fiestas de San Benito tuvieron un fuerte arraigo popular entre los vecinos y parroquianos del lugar. Fueron fiestas de barrio, modestas pero mantenidas por los lugareños con un orgullo que sirvió como base para su consolidación posterior, y se nombran como de las mas importantes que tiene La Laguna junto con las del Corpus y la del Santísimo Cristo en Septiembre. Así por ejemplo en la primera veintena de siglo, la fiesta de San Benito ofrecía en la noche de su víspera la aparición de un pequeño des­file que se realizaba desde la propia plaza de la ermita con la aparición de una pareja de gigantes hechos de cañas y papel, de los que sa­lían, como escupidos, cohetes y fuegos de artifi­cios de sus pechos o brazos, cohetes que confeccio­naba Cho Juan “el foguetero”­, aquel que tenía su taller artesanal en la calle del  Adelantado, en pleno barrio. Se hacían carreras de sortijas en bicicletas, con las que se obtenían las preciadas cintas de colores; se montaban en la pequeña plaza ventorrillos, puestos de turroneras, juegos de ruletas, etc., que eran la admiración de todos, chicos y grandes; y por supuesto se hacía lo más importante de la fiesta que era la procesión.

La procesión del santo se realizaba saliendo de la ermita y bajando en un trayecto de recorrido muy corto, por la antigua calle de la Empedrada, hoy calle Marqués de Celada, tras cruzar por el callejón de la Cordera, antes llamada de la Encantada, retornaba a su lugar subiendo por la del Adelantado, nombre que recuerda los prime­ros solares que Fernández de Lugo utilizó para su vivienda transi­toria a comienzos de la ciudad. Incluso este trayecto viario, la calle de la Empedrada y su comienzo del Adelantado, llegó a denomi­narse en algún momento como calle de San Benito, sin duda referen­ciando al trayecto  que lleva a la ermita.

En éste recuerdo hay que mencionar que la procesión, como acto más importante de las fiestas, se acompañaba por el párroco de la Concepción, tal y como ocurre en la primera romería de 1947 en la que asisten los vecinos con sus ganados, que acudían en busca de la bendición y protección del santo patrón. Las calles a su paso eran engalanadas de pétalos de flores, con alfombras de hojas verdes y girasoles, y los estallidos de los cohetes se confundían con el bullicio, gritos y ajijides de los habitantes del barrio y los de la villa de arriba que acudían. Documentos solicitando ayuda económica al Ayuntamiento, aportados por Julio Torres y localizados en los archivos municipales, avalan esta fecha de manera irrefutableY poco más daba de sí este acto festero, que se reducía a lo expuesto, pero que con el paso de los años iba a dar lugar al nacimiento de una fiesta mucho más importante.

Nacimiento de la primera comisión de fiesta.-   La romería de San Benito, tal y como hoy la conocemos,  se gestó por una serie de laguneros que con su empeño y trabajo hicieron posible,  la primera “romería moderna” de ésta fiesta lagunera tan entrañable. Ha venido manteniéndose  en el recuerdo popular, y así lo corrobora doña Dolores Padrón, que recuerda de sus años jóvenes, siendo aún novia de D. Antonio Hernández Arrón, su asistencia a las procesiones de San Benito tal y como antes he definido. El que fuera luego su marido fue uno de los verdaderos artífices y gestores de la revitalización y resurgimiento de lo que sería desde entonces, la romería de San Benito, aunque antes ya otros, como Virgilio Martín, a la sazón concejal de La Laguna, y primer presidente de la romería, motivaron el comienzo de la misma.

D. Antonio Hernández Arrón, hijo de un conocido lagunero, D. Cirilo Hernández, mayordomo de la ermita de San Benito, en compañía de un grupo importante de jóvenes de la Villade Arriba, entusiastas en las tradiciones canarias, recordando entre ellos a Cipriano Hernández, Juan Ferrera, Juan y Luis Marrero ( hermanos),a Eliseo Izquierdo, Isidro Gutiérrez, Antonio del Rosario, Juan Ríos Tejera, ­Juan Ríos del Castillo, Manuel Gutiérrez, Juan Hernández, Antonio Padrón y algunos otros de feliz memoria, fueron los que dieron comienzo, los devotos vecinos que organizaron la  romería ya estructurada. A­demás la ayuda muy valiosa de Andrés Rosa, que también fue mayordomo de la ermita, y la de Virgilio Martín, sin obviar la presencia de Ángel Álvarez de Ar­mas, panadero, que fue un destacado partici­pante e impulsor en la organización primige­nia. No olvido tampoco el entusiasmo y colabora­ción de Doña Luisa Machado que formó parte de la organización, y que además colaboró personalmente participando en las obras de teatro tradicional que hacía junto a Ángel Álvarez, en sus memorables recreaciones de diálogos campesinos, en el papel de Seña Rita o Mariquilla. Todas estas personas, laguneros de bien, son los verdaderos protagonistas que organizan definitivamente y sacan a la calle la romería entendi­da como la actual en los años siguientes. Se reunían, a decir de Eliseo Izquierdo, en El Comercio, tiendas de ultramarinos, propiedad de Don Cirilo en la parte alta del barrio.

Aquella primera romería contó tan solo con seis carretas, con cuatro rondallas o parrandas, una del propio barrio, otra de la Punta y una de Taco, tres o cuatro grupos de danzas, la de San Diego y la de San Benito, mucho ganado e incluso con algunos camellos que, al pasar casualmente por el lugar cargados de cardos, fueron incorporados a la comitiva a petición de Manuel Hernández Gutiérrez, hecho que con el tiempo se transforma en costumbre y tradición pues, la presencia de éstos  fueron siempre emblemáticas en San Benito. También hubo balie organizado por un vecino de la zona conocido por Juan en unos salones de su propiedad. Para mayor lucimiento de la rome­ría, las carre­tas fueron llena­das con niños del barrio. Su trayecto no pasó de la iglesia de la Concepciónretornando desde allí a la ermita.

Nos cuenta Eliseo Izquierdo que, en 1952, fue a quién se le ocurrió realizar la Fiesta de la Copla con el premio de la Espiga de Oro, encargando al orfebre Rafael Trujillo la elaboración de aquel símbolo. El primer ganador fue Sebastián Padrón Acosta  con una copla hoy popularmente conocida, logrando el galardón presidiendo el jurado Amaro Lefranc. Pero al no haber finalizado el artesano la misma, realizada en plata y bañada en oro, se le entregó en un estuche una espiga de trigo verdadera hasta que, posteriormente, se le entregó la verdadera que, a su vez, donó a las joyas de la Virgen de Candelaria donde hoy se encuentra. Sebastián Padrón, muy enfermo en la ocasión, no pudo recoger su premio que le fue llevado a su domicilio donde falleció pocos días después. Dice la copla: “Si subes a La Laguna, entra en el Cristo a rezar, para que Dios de perdone, lo que me has hecho penar”.


Esta revisión y actualización de las fiestas fue muy importan­te y trascendente para la continuación de las mismas, ya que por desgracia, la devoción y lucimiento de las antiguas fiestas habían decrecido a consecuencia de una serie de vicisitudes, como la de la utilización de la ermita como sede de enfermos de la epidemia de fiebre amarilla en 1862, o su posterior pertenencia a la jurisdic­ción militar que usó el recinto como cuadras de caballos hasta el año 1898 en que fue devuelta y reabierta al culto. Todas estas causas motivaron el que los vecinos y fieles de­bilitaran su devoción que estuvo a punto de desaparecer, y desde entonces las fiestas no tuvieron el lucimiento de antaño, debiendo transcurrir el tiempo para que las fiestas de San Benito fueran nuevamente de las principales de la ciudad, hasta la llegada de éstos promotores que la revitalizan extraordinariamente.

Tras el éxito de la primera romería que sirvió a modo de ensayo y como precedente el regocijo vivido por los habitantes de la Villa de Arriba, no fue posible dejar de organizarla en años venideros, hasta el punto de ir ganando cada año transcurrido en categoría e importancia, pasando de una fiesta de barrio a romería insular y más tarde a regional. En aras de enaltecer esta fiesta popular, fiesta de un barrio en las afueras del casco urbano, los promotores tuvieron la feliz idea de recabar ayuda a las familias nobles de La Laguna, incluyendo en los primeros momentos a hijas de aquellas para que formaran parte como Romeras Mayores, idea afortunada para el patrocinio económico que necesitaba el evento. Así, una de las primeras familias laguneras que acudieron en ayuda de los organizadores fue la se Monteverde-Ascanio, sumándo­se pronto otras de gran abolengo y solera. Lo mismo ocurrió con D.Manuel Cerviá Cabrera, Magistrado del Tribunal Supremo, hijo de Tenerife, que aportó ayudas inestimables a la romería lagunera, motivo por el que ostentó la Presidencia de Honor de la misma.

Como ejemplo del rápido e importante auge que obtuvo la fiesta, solo un año después, en 1949, el programa de festejos que se celebró en junio tenía un “Pregón anunciador” que dio paso años mas tarde al pregón radiofónico que se hacía en Radio Club, la “proce­sión de la víspera”,”diana floreada”,”misa y función religio­sa”, “b­endición del ganado”,”fiesta de exaltación regional” que se convertirá luego en la Fiestade la Copladonde se falla el certa­men mas presti­gioso de coplas, la Espiga de Oro,”carreras ciclis­tas, fútbol y luchas cana­rias”,”concierto musical” y por supuesto “la romería” que ya hizo un trayecto por toda la ciudad, bajando por San Agustín y subiendo por La Carrera. Ytodo ello en tan solo un año de organi­zación.

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

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Castillos de Lanzarote: Torre de las Coloradas y Castillo de San José

por Agustín Pallarés Padilla


Castillo de las Coloradas

A comienzos de 1741 fue enviado a Lanzarote por el entonces Capitán General de Canarias Andrés Bonito Pignatelli, que había tomado posesión de su cargo poco antes, el ingeniero militar Claudio de Lisle con la misión de fijar el lugar en que se habría de construir una pequeña fortaleza o torre que se tenía proyectado hacer al sur de la isla en el estrecho de La Bocaina. Para tal fin eligió el citado funcionario la Punta del Águila, un promontorio que alcanza una altura de unos 15 m sobre el nivel medio de las mareas desde el que se domina prácticamente toda la costa de la isla correspondiente al estrecho citado. Las obras se llevaron a cabo con toda celeridad, pues habiendo sido iniciadas en ese mismo año de 1741 ya estaban terminadas al año siguiente.

La forma de esta torre es troncocónica, con un diámetro en la base de unos 14 m y una altura de poco más de 8 m sobre el suelo. La puerta de entrada se abre a media altura de la pared por el lado que mira hacia tierra, accediéndose a la misma mediante una meseta escalonada separada del edificio sobre la que se tendía el puente levadizo.

El interior del edificio se dividía en dos grandes salas superpuestas, la superior que servía de alojamiento a la tropa, a la que se entraba, una vez traspasada la puerta exterior y un pequeño pasillo que seguía a continuación, cubierta por el techo en bóveda de cañón del castillo, con el piso de madera, que se hallaba sostenido por un grueso pilar central de sillería apoyado en todo su perímetro en un saliente de la pared. A los lados tenía esta sala dos pequeñas habitaciones, una frente a la otra, y en la pared del fondo un ventanuco para permitir la entrada de la luz exterior.
La sala inferior, que servía de almacén, era de menor amplitud, y su techo era el piso de madera de la sala de arriba, disponiendo, como la superior, de un ventanuco para permitir, asimismo, su iluminación diurna.
En este nivel inferior se encontraba el calabozo y el almacén de la pólvora. Luego en lo alto, por encima de la bóveda, en el grosor del techo, había dos cisternas situadas en posición diametralmente opuestas, cuyas bocas, protegidas con las correspondientes tapas de madera, se abrían en la azotea.

En 1749, apenas siete años después de su construcción, recibió ya la pequeña fortaleza su bautismo de fuego. Dos jabeques argelinos dotados de una tripulación de unas cuatrocientas personas atacaron la torre, y después de rendir la guarnición redujeron el maderamen interior del edificio a cenizas, quedando con ello la fortaleza totalmente inhabilitada para realizar su función ofensivo-defensiva, en cuyo estado se mantuvo durante veinte años.


Fue, pues, en 1769, siendo Comandante General del archipiélago don Miguel López Fernández de Heredia cuando fueron reparados por el ingeniero Alejandro de los Ángeles los desperfectos sufridos en 1749, quedando con ello de nuevo el fuerte en normales condiciones de operatividad.

Al finalizarse estos trabajos se colocó sobre la puerta de entrada una placa con la leyenda siguiente:
REINANDO EL SR. D. CARLOS III MANDANDO ESTAS ISLAS EL EXCMO SR. D. MIGUEL LOPEZ FERNANDEZ DE HEREDIA MARISCAL DE CAMPO SE REDIFICO ESTA TORRE DE SAN MARCIAL PUERTO DE LAS COLORADAS PUNTA DEL AGUILA AÑO DE 1769.

En este letrero se observa un error de identificación de la torre al llamarla ‘de San Marcial’, ya que se trata de una confusión con el castillo betancuriano al creerse entonces erróneamente que el de los franceses se había construido en este mismo lugar.

Castillo de San José. Las obras de este castillo se comenzaron en abril de 1776 siendo Comandante General de Canarias Eugenio Fernández de Alvarado, marqués de Tabalosos, corriendo el proyecto a cargo del ingeniero Andrés Amat de Tortosa.
 

Al frente de las obras fue puesto en un principio el ingeniero José Arana acompañado del teniente de artillería Rafael de Arce y Albalá, pero en octubre de ese mismo año cesó Arana al marchar a la Península, quedando al frente de las obras el mencionado teniente de artillería, y en ejecución material de las mismas el maestro mayor José Nicolás Hernández con su cuadrilla de obreros. El teniente Arce cesó a su vez en estas funciones el 30 de julio de 1778, figurando en las etapas finales como técnico director de la obra el ingeniero Alfonso Ochando.

Se dice que la construcción de este castillo obedeció más a una gracia del monarca Carlos III concedida para aliviar el estado de miseria reinante entonces en la isla dando trabajo a parte de la población –de donde el título de ‘fortaleza del hambre’ por el que fue también conocido–, que a necesidades defensivas propias de su carácter militar. 

Su planta es de forma cuadrada entre el frontis, que mira hacia tierra, de 35 m de largo, y los laterales rectos, de unos 15 m, en tanto que en el resto o parte trasera, que da hacia el mar, es curva en arco de circunferencia. 

Consta en primer término de dos amplias cámaras alargadas en sentido transversal, que ocupan algo más de la mitad anterior del edificio, con techos en bóveda de cañón de sólida sillería de roca basáltica y piso empedrado, a las que se denominaron cuartel alto y cuartel bajo al hallarse una sobre la otra. En la mitad de la derecha de la primera de estas salas, accesible directamente por el portalón de entrada del edificio, se encontraban los dormitorios de los oficiales y la cocina, y en la segunda, a la que se llegaba a través de una escalera del mismo material, que se inicia en el lado izquierdo de la puerta de entrada, el dormitorio de los soldados. En el resto de la planta alta estaban, a la izquierda entrando el calabozo o mazmorra, a continuación el aljibe, cuya boca se abría en la plaza de armas o azotea, protegida por una recia tapa de madera; en el centro, el depósito de efectos de artillería, y en el lado derecho el almacén de la pólvora.


El acceso al portalón de entrada se efectuaba mediante una escalera de piedra separada de la fortaleza, que quedaba unida a la puerta mediante un rastrillo levadizo que salvaba un foso seco de unos 4 m de anchura que corría a lo largo del frontis del edificio. En la plaza de armas, de piso enlosado, cuyo acceso se efectúa por una escalera, asimismo de sillería, que se encuentra a la derecha de la puerta de entrada se construyó, en cada extremo del frontis, una garita, y entre ambas, en el centro, una espadaña. En el parapeto que circunda al castillo se abren once cañoneras, dos en el frontis, otras dos en cada lateral recto y cinco en la parte curva trasera.

Hacia mediados del siglo XIX dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de esa fecha, sobre esta fortaleza, después de ensalzar la solidez de su fábrica, que “monta 12 cañones de bronce, pero que tiene la desventaja de poder ser dominada por una batería que se construya en las colinas que se hallan a tiro de fusil por el frente de su puerta y foso”, a lo que añade:“Además desmerece mucho de su importancia por razón de la elevación a que por la parte del mar están sus fuegos; pues que los buques pueden introducirse en la bahía lamiendo el pie del risco sin ser incomodados ni en la entrada ni en la salida, hasta cierta distancia que los proyectiles son siempre menos certeros y menos eficaces.

Finalmente decir que en 1976 fue instalado en este castillo, por iniciativa y obra de César Manrique, el Museo de Arte Contemporáneo, modelo de esta clase de establecimientos en Canarias.

NOTA: Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor Prehistoria, Historia y Toponimia de Lanzarote, Canarias

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La fiesta del Corpus Christi en La Laguna

por Carlos García

Este blog se honra al contar por primera vez con una colaboración de Carlos García. Doctor en Medicina y Cirugía, especialista en Traumatología y Ortopedia,  es miembro del Instituto de Estudios Canarios y de la Real Sociedad de Amigos del País de Tenerife. Por su labor como investigador de la Historia y el Patrimonio cultural canario, ha obtenido distintos premios como el de Periodismo de Investigación Histórica Antonio Rumeu de Armas, el de Periodismo Antonio Carballo Cotanda, Coplas Canarias Alhóndiga Tacoronte, Coplas Canarias Tejina, Coplas Canarias San Benito Abad la Laguna, Premio de Periodismo Mare Nostrum, Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Es asimismo autor de distintas publicaciones sobre temas históricos, costumbristas y tradicionales de Canarias. Fue, por último, durante muchos años miembro de Los Sabandeños. 

El título I de las Ordenanzas de Tenerife realizadas por el Cabildo de Tenerife en época inmediata a la conquista, que fue recopilado por Núñez de la Peña en 1670, trata de las cosas del servicio de Dios y de sus santos y cuyo principio versa sobre la fiesta del Corpus Christi:

Primeramente que el día de Corpus Christi se haga la procesión muy suntuosa con los instrumentos, juegos, carretones y danzas que se acostumbran hazer, antes acresentando que disminuiendo y acompañen esta procesión la Justicia u Regimiento y toda la gente del pueblo, y para mejor regir la procesión, los regidores, jurados y escrivano del concejo, y personero, silo ubiere, lleven cada uno sus varas como de justicia, y los vecinos de calle, por do pase la procesión, tengan barridas y rregadas sus pertenencias, y entapizadas, y enramadas y con perfumes, y las partes do no ubiera vecino sean obligados los mas cercanos a lo menos a lo barrer, y regar, sopena de cada trescientos maravediz al que assi no lo hiciera; y todos los oficios saquen sus pendones y carretones so la dicha pena, y comtribuian según que hasta aquí lo han usado, y de los propios se gaste la cera y cosas, que fueran necesarias, y se acostumbren a gastar, y se paguen los alguaciles que de los oficiales cobrasen los repartimientos; y se encargue a todos que vaian a ésta procesión toda contricción y reverencia, y que se elijan dos diputados de la fiesta como es costumbre, que tengan cargo de lo hacer a cumplir así y que la procesión se haga en cada pueblo.”


Este tipo de tradiciones, que tan perfectamente se recogen en las Ordenanzas, fueron mantenidas desde el siglo XVI y durante los siglos XVII y XVIII, quedando reflejadas y reseñadas la fe religiosa de nuestros antiguos pobladores y vecinos en las diversas crónicas que nos relatan las grandes solemnidades que envolvían a la fiesta tanto en su vertiente devota como en su vertiente pagana y popular. Con motivo del nacimiento de Felipe II, Viera y Clavijo nos ofrece una reseña de las fiestas que se celebraron en la ciudad de La Laguna y que fueron ordenadas por el Cabildo se celebraran en el día del Corpus:


Pero las fiestas que se hicieron al nacimiento de Felipe II, en 1527, merecen relación mas circunstanciada. Diéronse las siguientes disposiciones: “Habrá un palenque en la Plaza de San Miguel de los Ángeles, donde se hará de sentar el Adelantado, el Regimiento y caballero. Correrá pareja la nobleza y para socorrer, se pondrán trece varas de raso o damasco repartidas por el orden siguiente: el primer caballero que llegara al pario, ganará seis varas,; el segundo ,cuatro; el tercero, tres; y todos habrán de correr en caballos y no en yeguas, empezando desde el camino de San Lázaro hasta dicha plaza. Se prepararán en ella una fuente de vino con botijas para que todos beban. Se jugarán cañas. Se correrá sortijas y habrá doce varas de damasco o raso para que caballero gane media, con tal que saque la sortija dentro de la lanza a vista de los diputados. Se habrá de correr doce toros. Habrá una lotería y cada suerte solo de reales. Serán convocados para estos regocijos todos los caballeros de la isla, quienes traerán buenos caballos enjaezados y bien atañadas sus personas. Habrá luchas, y al luchador que venciese a tres, dando a cada uno dos idas sin rectificar ninguna, ganará  dos varas de la misma seda. El día del Corpus se duplicaran los festejos, para lo que se echará un pregón.” 

Estas fiestas eran de las más lucidas que se hacían tanto en Santa Cruz cono en La Laguna, donde el gran esplendor estallaba en las calles, saliendo los figurones y figuras, gigantes y papahuevos, diabletes, bichas, haciéndose danzas con vihuelas y tambores. Pero también existían espectáculos de comedia y teatro, que al faltar recintos apropiados, se realizaban, en los recintos de las iglesias con las consiguientes prohibiciones antes reseñadas. Francisco Martínez Viera en su libro “Anales del Teatro en Tenerife” nos ofrece la información tomada de las “Constituciones y nuevas adiciones sinodales del Obispo de las Canarias, hecha por el Iltmo. Sr. D. Pedro Manuel Dávila y Cárdenas, a las que hizo en 1629 el Iltmo. Sr. D. Cristóbal de la Cámara y Murga” y que dice: 

De las Comedias y Representaciones en la fiesta del Corpus: Haviendo de hacer comedias en las fiestas del Corpus mandamos so pena de excomunión mayor, y de diez ducados, no se representen sin que sean vistas y examinadas por Nos o nuestro Provisor y Vicarios.

Y después de examinadas y aprobadas las dichas comedias, por ningún caso queremos que se representen fuera de las iglesias pero no por las mañanas, porque aquella es justo se ocupe toda y todos en solo la asistencia de la procesión.Pero bien permitimos que los Autos y las comedias se puedan hacer alrededor de las Iglesias, de manera que guardando la decencia a tan grata fiesta, puedan sin ofensa regocijarla.

Por tanto se suprime la representación de las comedias dentro de las ermitas o iglesias,” como antiguamente lo an fecho porque en las representaciones que se acostumbran hazer en las yglesias en los días del Corpus Christi y de Navidad y Pascua de Resurrección suelen aver cosas yndesentes y tales que no se sufren en sancto lugar”.

 Es por eso que pasan a celebrarse fuera de las iglesias, pero como el costo de los andamiajes era elevado y no existían fondos suficientes, se dejaron de representar. Mas adelante, en el siglo XVIII, los espectáculos comienzan a celebrarse fuera de los templos, bajo enramados y en unos tablados montados para tal fin o sobre carros o carretas. Esta costumbre se extendió durante dos siglos. Existen comedias teatrales que costeadas por el Cabildo fueron representadas en 1697 para la fiesta del Corpus. En orden a otro tipo de festejos populares tengo que referir las corridas de toros que normalmente figuraban en la fiesta del Corpus lagunero, siendo numerosas las citas que de lidias o corridas taurinas se dan en las crónicas, y era el Cabildo quien se encargaba de aderezar las barreras y corrales para correr los mismos. En 1599 se lidian tres toros en la fiesta del Corpus, tres el día de San Juan y tres el día de Santiago,”como es costumbre pero sin matar”, y se desarrolla en la Plaza de Arriba.


Peculiaridades del Corpus lagunero.- Podemos precisar algunas características peculiares de la fiesta celebrada en la Ciudad. En 1775, Lope Antonio de la Guerra nos cuenta:”En las vísperas del Corpus, 14 de Junio, salió vestida de nuevo una Danza que el Cabildo costea para dicha festividad, ya que hacía algunos años que no se hacía, porque las personas que se vestían eran gente indignas y ha costado trabajo hallar muchachos decentes para una Danza, y que se dedica a tan alto objeto como obsequio de S. M. Sacramentado.”

También referencia éste hecho el clérigo Pérez Sánchez y Norman: “1755 Junio. Hoy, 13 de dicho mes y año, al solemnizar las vísperas del Corpus Christi, estrenó el Cabildo de ésta Ciudad una danza de muchachos que se llaman Matachines, con ropaje de damasco azul y encarnado y aunque antes había danzas, eran diversas y para éstas, los vestidos indecentes, y los que se los ponían otros tales: variaron de sujetos y vestidos.”

Lógicamente, todo el dispositivo que acompañaba a la procesión, los gigantes, bichas, diabletes, etc., iban deteriorándose con el paso de los años, y a mediados del siglo XVIII, la bicha estaba tan quebrada que no pudo salir. Una Orden de 21 de Junio de 1781 declaró indecorosa la presencia de los figurones en las procesiones y eximió al Cabildo de la obligación de proceder a nuevos arreglos de aquellos trastos desvencijados. Rodríguez Moure vuelve a darnos aspectos específicos del Corpus de La Laguna de 1817 dentro de su novela El ovillo: ”La procesión del Corpus está constituida de la siguiente forma: van delante los gigantes, la tarasca, la vicha, los papahuevos con la danza de los matachines. Siguen luego los diversos gremios con sus santos patrones, alcaldes y gonfalones. El gremio de los laneros con su patrono San Severo. El gremio de los zapateros con San Crispín y San Crispiniano, ostentando en el estandarte los atributos del oficio: la pata de cabra, la cuchilla y el buscete. El de los pedreros con San Roque y el gonfalón en que aparecen la cuchara simbólica y el alegórico martillo de cabeza. El de los sastres con San Andrés. El de los carpinteros con San José y el gremio de los labradores con San Benito Abad. Tras los gremios vienen las cofradías y hermandades con sus distintivos y aparecen luego las andas de plata repujada con la custodia y el palio y los ministros celebrantes, yendo tras estos el clero secular y regular, el tribunal eclesiástico subalterno, el tribunal del Santo Oficio, el Cabildo con su corregidor y regidores y el batallón de milicias con sus jefes y oficiales, correados, de sombrero de tres picos y morrión.”

Aparece en el Archivo de La Laguna un dato curioso del siglo XVII y que nos relata Sebastián Padrón, y es la solicitud del pintor Gonzalo Hernández de Sosa para guardar, por todos los años de su vida, un águila imperial que había hecho por las fiestas del Príncipe, que se usaba en el día del Corpus, y que venía a representar al evangelista San Juan. Posiblemente sea esta fecha de 1685 la que señala la desaparición del Águila en las fiestas  canarias del Corpus pues desde ella no ha sido vista más en los libros de cuentas.

Estas figuras alegóricas y algo grotescas que aparecen en las procesiones son los restos que quedan de las antiguas representaciones y composiciones plásticas de origen eucarístico de los Autos Sacramentales que, separados del todo del que formaban parte, no tienen ya igual valor. Los gigantes son residuos de un antiguo entremés que representaba a David y Goliat, que al separarse del bíblico conjunto del Antiguo Testamento, ha perdido su profunda significación. La vicha que forma parte de la procesión del Corpus lagunero en el tercio del siglo XIX, es una especie de dragón equivalente a la “vibria” de la procesión barcelonista (la primigenia en 1319) y que iba en la alegoría de San Jorge. Los diabletes del siglo XVIII son restos de la representación del Infierno. Los papahuevos son personajes introducidos posteriormente. Al gigante fueron agregados los papahuevos que eran enanos de cabeza descomunal y que hoy son los actuales cabezudos. La tarasca es una serpiente monstruosa, resto de la plástica representación del Paraíso. Todas estas figuras grotescas han desaparecido de las procesiones canarias.

A través de Francisco GonzálezDíaz tenemos la siguiente descripción, muy interesante de tiempos pretéritos en la conformación de costumbres populares en torno a esta fiesta lagunera: “Cuando pasaba la procesión se abrían los balcones del palacio, tendidos de heráldicos reposteros y surgía trémula aquella sombra del pasado. Se asomaba al balcón, la Sra. Doña AntoniaMaría de la Nava Grimón, Llarena del Castillo, Fernández de Córdoba y Pérez de Barradas. La Dama se postergaba un momento ante la Suma Omnipotencia”. Esto ocurría al paso de la procesión por el palacio de Nava y Grimón, al comienzo de la calle del Agua, y la dama era la Marquesa que salía totalmente enjoyada y luciendo su corona marquesal.

El año 1749 trajo un incidente entre el culto, el Obispo y el Cabildo. Se había traído aquel año, desde su santuario, a la Virgen de Candelaria para dedicarle un novenario a consecuencia de una pertinaz sequía, y como éste hecho coincidió con el Corpus, conociendo el Obispo D. Juan Francisco Guillén que si se sacaba la Virgen en procesión junto con el Cristo Sacramentado, la mayor parte de los homenajes se los llevaría la primera, prohibió que así se hiciera, hecho que alteró los ánimos de los fieles dada la devoción popular que se tenía por la Candelaria. Se reunió inmediatamente el Cabildo, presidido por el Corregidor Enríquez, acordando que una comisión fuera a hablar con el Obispo con el fin de que consintiese en que la Virgen saliera en la procesión. El Obispo, molesto con tal decisión, no recibió a la comisión del Cabildo, con lo que éste apeló al Vicario del Partido que tampoco aceptó la proposición. También el Padre Prior de Candelaria, Fray Pedro de Espinosa, consideró lastimado el culto a la Virgen y trató de regresar la imagen a su santuario, cosa que no le fue permitida por el Beneficiado de la parroquia de los Remedios donde se encontraba aquella. El Procurador Mayor denunció que mientras estuvo descubierto el Santísimo en la parroquia, la imagen de la Virgen se mantuvo tapada con escándalo y susurro de todo el concurso, apelando luego el municipio ante la Audiencia y ante el Consejo de Castilla de las determinaciones del Obispo.Al final intervino el Comandante General D. Juan de Urbina, dirigiendo una carta al Corregidor para que se le hiciera una fiesta a la Virgen en la parroquia de la Concepción antes de retornarla a su convento de Candelaria.

Las alfombras de flores.- En la ciudad de La Laguna se acostumbran realizar tapices o alfombras de flores por las que transita la procesión del Corpus y que los habitantes y vecinos confeccionan con gran mimo y rivalidad, y a pesar de que su origen no puede contar con la primicia de la idea, sí que es una de las que más ampliamente han pervivido junto con las de la Orotava. Esta grandiosidad de la que disfrutaba el Corpus, que hasta ahora he venido refiriendo, fue decayendo por distintos motivos a mediados del siglo XIX, y por un afán de darle mayor realce y dotarlas de novedades, una dama orotavense, Doña Leonor del Castillo Bethencourt, viuda de Monteverde, tuvo la feliz idea de confeccionar, en 1847, una “alfombra de flores” frente a su casa en la calle del Colegio de Jesuitas, pues a través de sus hermanos, se había enterado de que en una localidad napolitana, llamada Torre del Greco, se confeccionaban alfombras con flores por donde pasaba la procesión del Corpus, aunque existen otras versiones diferentes del origen de las alfombras del Corpus que ahora no hacen al caso.

La primera alfombra realizada corrió a cargo de su hija Mª Teresa Monteverde Bethencourt, que, con motivos vegetales barrocos trazó sobre el empedrado, decorados de pétalos de geranios y otras flores, ocupando en extensión, tres varas por dos y media de ancho. Daba comienzo así una de las manifestaciones que más fama ha alcanzado dentro y fuera de Canarias  y una tradición artística que se ha extendido por otras localidades, entre ellas La Laguna, con las “alfombras corridas”, cada vez de mayor belleza y complicación artesanal, y que ha culminado con la impresionante alfombra del Ayuntamiento de la Orotava que se confecciona con tierras obtenidas de las Cañadas del Teide.

Poco esplendor ofrece actualmente la fiesta del Corpus en La Laguna y son pocas las cosas que restan de la grandeza de antaño. Su decadencia es manifiesta y las generaciones actuales no conocen el tipismo que las mismas ofrecían tiempo atrás. Hay que intentar mantener la tradición que queda en la confección de alfombras, de arcos, de flores y en las últimas fechas, a pesar del cambio festivo del día específico en el calendario, parece existir una leve reactivación en ese sentido, especialmente por el alto interés mostrado en su recuperación por los colegios, escuelas e institutos docentes con participación activa de escolares y jóvenes estudiantes. Deseamos que así se mantenga por el bien de nuestro patrimonio cultural y folklórico.

NOTA: El autor quiere expresar su agradecimiento a Gerardo Guerra por la cesión de las fotos de su colección particular para ilustrar este artículo.

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Un Corpus lagunero señalado

por Melchor Padilla

El día 29 de mayo de 1929 el periódico tinerfeño La Gaceta de Tenerife anunciaba en una gacetilla los actos programados para el día siguiente, festividad del Corpus Christi, en San Cristóbal de La Laguna. Entre estos, pues la fiesta tenía mucha más importancia en aquellos tiempos que ahora, se incluían no sólo actos religiosos sino también otros mas profanos como una luchada en la que se enfrentaban un combinado de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura y otro de Tenerife, conciertos de música en la plaza de la Catedral y la calle de la Carrera e, incluso, un baile nocturno organizado por el Ateneo en el Teatro Leal. Pero el eje central de la celebración del día era la procesión. Decía La Gaceta: «A las seis de la tarde saldrá procesionalmente de la Catedral el Santísimo Sacramento recorriendo las calles de Obispo Rey Redondo (la Carrera), Nava y Grimón (del Agua), San Agustín y Ascanio y Nieves, que estarán cubiertas por un tapiz de flores naturales, confeccionándose distintas alfombras que llamarán poderosamente la atención.» Como era tradicional estaba previsto que acudieran todas las autoridades gubernativas y que fuera como escolta una batería del Batallón de Artillería de Montaña cuyo cuartel estaba en la plaza del Cristo.

Durante todo el día fue numerosa la afluencia de forasteros que recorrieron las calles de la ciudad de Aguere admirando las numerosas alfombras que, como sigue ocurriendo hoy, cubrían las calles por las que iba a pasar la procesión; pero entre ellos había uno que hizo que ese día del Corpus de 1929 quedara para siempre en nuestra memoria visual. 

Nos referimos al fotógrafo Wilhelm Tobien. Poco sabemos de su biografía, únicamente que era alemán, que falleció en 1946 y que recorrió en los años 20 y 30 del pasado siglo muchos países de Europa  -Austria, Suecia, Alemania, Bulgaria, Rumanía, Italia y las islas Azores, Madeira y Canarias- haciendo fotografías que iba publicando en distintos números de The National Geographic Magazine. De su paso por las islas tenemos constancia por las imágenes que tomó durante su estancia aquí en Tenerife, La Palma y Gran Canaria en el año 29 y sabemos por la prensa de la época que viajó desde Tenerife a Gran Canaria entre los días 10 y 12 de junio de ese año. De esos días son las imágenes tomadas por él en esa isla. Asimismo, viajó a La Palma, pero donde obtuvo el mayor número de fotografías fue en Tenerife. Contamos con abundantes imágenes de algunos rincones del valle de La Orotava y Puerto de la Cruz. En la Villa fotografió también imágenes de las alfombras de Corpus. 

Es importante señalar que las fotografías de Tobien no son coloreadas a mano sino que están tomadas utilizando las placas autocromas o la autocromía, una de las primeras técnicas de fotografía en color que se conocen. Fue un procedimiento fotográfico en color patentado en el año 1903 por los hermanos Lumiére y comercializado en 1907 y resultó ser el único procedimiento en color disponible hasta el año 1935. Las que aquí vamos a comentar se publicaron en el número de mayo de 1930 de la citada revista.

Estas son algunas de las imágenes que nos han quedado de aquel día:

Algunos de los Hermanos de la Escuelas Cristianas posan ante su alfombra acompañados de un grupo de niños justo enfrente del Colegio Nava-La Salle en la calle de la Carrera.


Vemos a un grupo de personas delante de la puerta de la Casa del Corregidor, cuya piedra aparece pintada de gris. En la acera unas regaderas para mojar las flores para mantenerlas frescas y darles más peso y que así no las arrastre el viento. Al fondo, la plaza del Adelantado y un coche que enfila la calle del Agua.

Un orgulloso artista se deja retratar ante su obra en la calle de San Agustín, ya cerca de la esquina con Viana. Como siempre en las fotografías de aquella época, un grupo de curiosos se une a la escena.


Alfombras y pasillos de flores ante la iglesia del Hospital de Dolores en la calle de San Agustín. Algunos curiosos y paseantes, entre ellos unos marineros.


Tres soldados francos de servicio, seguramente artilleros del batallón del cuartel de la plaza del Cristo tan ligado a la historia de La laguna, posan con sus uniformes de paseo ante la puerta de la iglesia del Hospital de Dolores.
No puedo precisar con certeza dónde está obtenida esta imagen pero me inclino a pensar que es delante de la iglesia de San Agustín, en la calle del mismo nombre.
En la última de las imágenes, en esta ocasión en blanco y negro, aparece un grupo de jóvenes laguneras elaborando una alfombra en la esquina de la calle de la Carrera con Ascanio y Nieves. Arriba a la izquierda los jardines de la plaza de la Concepción.

En suma, un Corpus Christi lagunero igual a tantos otros que se han celebrado en la ciudad de La Laguna desde tiempo inmemorial pero que en esta ocasión permanece en nuestra memoria gracias a las imágenes que nos legó Wilhelm Tobien.

NOTA: Las imágenes que se incluyen han sido obtenidas de la red para ilustrar un artículo que, como todos los de este blog, tiene un carácter cultural y educativo y está escrito sin ánimo de lucro alguno.


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Depósitos y torreones

por Charo Borges


Desde muy niña, he visto en Santa Cruz unas construcciones muy peculiares que, de siempre, han acaparado mi atención. En casa, oía que los llamaban torreones de la luz, a unos, y depósitos del agua, a los otros. Hoy, continúan ahí. Testigos mudos e inamovibles que han visto cómo han ido transformándose sus alrededores y, a ellos, se les ha ido perdonando la vida. Si esa vida fuera animada, seguro que estarían pensando que si siguen en el mismo sitio y sin grandes cambios, es porque aún son necesarios a la ciudad. Y no se equivocarían. Incluso, a los depósitos de agua en particular, se les adecenta y embellece cada cierto tiempo, con una campaña de mantenimiento encomiable, por parte de la empresa que gestiona los asuntos del líquido elemento. Seguramente, como parte de su compromiso legal con la institución pública que dirige esta ciudad. 


Menos cuidadas aparecen las tres antiguas estaciones transformadoras, que permitieron los inicios de la iluminación de la capital, y que aún se conservan. Según los anales, fueron construidas en la década de los años 20 del pasado siglo, y solían encargarse a prestigiosos arquitectos de la época, siendo el técnico municipal, D. Antonio Pintor y Ocete, el responsable de estos «torreones de la luz», que muestran características del estilo ecléctico imperante en aquellos años. Dos de ellos siguen teniendo vida activa gestionada por la compañía Unelco-Endesa, mientras que el otro sólo sobrevive al paso de los años. Están situados con bastante proximidad, unos de otros. En sentido descendente, la primera de estas viejas estaciones está en la calle Horacio Nelson, en el cruce de esta vía con la del Perdón (antigua General Goded) y el Camino Oliver. 

La siguiente tiene difícil localización, porque se encuentra en el interior de los jardines del Parque García Sanabria. Concretamente, en los aledaños a José Naveiras o de Los Campos, muy cerca del acceso a este recinto, desde esta calle y su confluencia con la de Méndez Núñez. El tercero y último está en la vía ascendente de la Rambla 25 de Julio, frente al antiguo edificio de la Escuela de Comercio, hoy, sede de la escuela de Empresa y Turismo. Además de estas estaciones en forma de torres, se conservan otras dos, en la Cruz del Señor y en Ofra, que no responden, en absoluto, a este diseño, aunque pertenecen a la misma época que las anteriores. La primera es de estilo puramente racionalista y fue diseñada y construida por el arquitecto José Blasco, de cuyo proyecto no se llevó a cabo el edificio anexo que él concibió. Se encuentra en la esquina formada por la Avenida de Ángel Romero, con la calle José Turina. Hoy aparece rodeada de un muro que impide apreciar, por completo, su calidad. Tanto ésta como la de Ofra, pasan desapercibidas, porque están integradas en el mosaico de edificaciones de esas amplias zonas de la ciudad y no están debidamente mantenidas, ofreciendo un aspecto poco deseable, para su indudable valor histórico-industrial. 
Los depósitos de agua potable, más fáciles de localizar en nuestra ciudad, son el de la Plaza de Toros y el de Salamanca. Ambos fueron construidos por la empresa privada EMMASA, entre los años 50 y 60 del siglo XX y son de factura arquitectónica similar, aunque de dimensiones y ubicación muy diferentes. El primero ocupa una buena superficie rectangular limitada por la calle Comandante Sánchez Pinto y la zona de aparcamientos de la calle Horacio Nelson. Tiene una magnífica visibilidad, dado que es una construcción exenta, sin ninguna otra edificación adosada a ella. Hubo un tiempo en el que su aspecto fue bastante lamentable y se temió por su paralización e, incluso, desaparición, pero el crecimiento demográfico imparable y el sentido común de alguna autoridad, han hecho que se la regenerara y recuperara con todo su esplendor. 


El otro depósito emblemático, por su antigüedad, es el de Salamanca, llamado así porque su solar se ubica en el límite del barrio del mismo nombre y el del Uruguay, estando su entrada en la calle de Febles Campos. Al contrario que el de la Plaza de Toros, colinda con el Colegio público Salamanca (antiguo José Antonio) y una antigua guardería infantil, gestionada con fondos públicos, y hoy cerrada. Hasta hace unos pocos meses, era imposible saber sus características desde fuera, porque una gran portada metálica y sin huecos, impedía ver su interior. Recientemente, esa portada fue sustituida por una cancela mucho más ligera y abierta y que deja ver un pequeño sector del interior de la instalación. Como la de Horacio Nelson, también dejaba ver un deterioro exterior deplorable, pero se ha subsanado al mismo tiempo que se sustituyó la portada de acceso. 


También en otros lugares de la ciudad, podemos apreciar, con relativa facilidad, depósitos de construcción posterior y de menor interés arquitectónico, como puede ser el de Tío Pino, entre la calle del mismo nombre y la de Pedro José de Mendizábal, en la urbanización Tristán, o también el de la zona de Ofra, en la esquina correspondiente a las calles Nicolás González Sopranis y José Víctor Domínguez, en la trasera de los jardines de la clínica San Juan de Dios. 
Sirvan las muestras de hoy como ejemplo de la arquitectura industrial que se hizo, en esta capital, en la primera parte del siglo XX y que, por fortuna, aún perviven y cohabitan con otras mucho más modernas, pero quizá también más anodinas y de menor interés, desde el punto de vista estrictamente estético, y que es el que siempre mueve a quien esto les cuenta.

NOTA: Pueden leer otros artículos de la autora en su blog Paseando por mi ciudad

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Un artista anglo-canario: Rodrigo Moynihan de la Puerta

por Melchor Padilla

No es infrecuente que en estas islas desconozcamos muchos aspectos de nuestra historia. Esto es consecuencia, por una parte, del aislamiento y el marasmo cultural que creó el régimen franquista y, por otra, de la falta de interés de nuestros gobernantes en los aspectos culturales no relacionados con lo que se ha denominado cultura popular. Todo ello provoca que artistas o intelectuales canarios sean prácticamente desconocidos en la tierra que los vio nacer.

Este es el caso que hoy nos ocupa. Rodrigo Herbert James Moynihan de la Puerta nació en Santa Cruz de Tenerife el 17 de octubre de 1910. Su padre era el británico de origen irlandés Herbert James Moynihan, al que encontramos en 1908 asumiendo la representación para Tenerife de la casa inglesa Dan Wuille & Co. Esta empresa era propietaria de fincas, tanques y galerías de agua y almacenes de empaquetado de frutos, que exportaba al Reino Unido, en varios municipios de la isla, sobre todo en Candelaria. Tenía su sede social en el número 33 de la calle de La Marina de la capital insular. Dan Wuille era, asimismo, fundador de una empresa que, desde su sede en Covent Garden (Londres) actuaba como importadora y distribuidora de frutas y otros productos de las islas. Tenían , además, otra sucursal en Las Palmas, así como una casa mercantil en Liverpool.

Su madre era la tinerfeña María de la Puerta y Guillén que pertenecía a una de las más conocidas familias de Santa Cruz. Era nieta de Juan de la Puerta Canseco (1827-1902), leonés natural de Valencia de Don Juan, quien durante muchos años fue un referente pedagógico e intelectual fundamental en la vida de la capital tinerfeña, pues fue maestro de la gran mayoría de los santacruceros que destacaron intelectualmente en las dos últimas décadas del siglo XIX. Fundó y dirigió las revistas «El Instructor», dedicada a los niños, y «El Auxiliar», también enfocado a la instrucción primaria. Fue autor de varios libros, entre los que destaca «Descripción geográfica de las Islas Canarias». La ciudad de Santa Cruz le dedicó tras su fallecimiento una céntrica e importante calle.

Rodrigo Moynihan recibió su nombre de su abuelo materno, Rodrigo de la Puerta y Vila (1853-1931) Maestro también, ejerció en Tenerife y Gran Canaria hasta que pasó a ocupar por oposición el puesto de inspector de Primera Enseñanza de Canarias. Destaca también por su interesante labor como fotógrafo que, pese a ser secundaria a su trabajo docente, lo llevó a colaborar en varias revistas locales, y participó en varias exposiciones de fotografía. Sus imágenes ilustraron el libro de su padre que citamos más arriba. Casado con la también maestra, natural de Gáldar, Francisca Guillén, el matrimonio tuvo dos hijas: la mayor Laura, reconocida maestra que llegó a ser Directora y profesora de la Escuela Normal Superior de Maestras de La Laguna y María, madre de nuestro artista.

María de la Puerta Guillén, nació en 1890 y siguió también la trayectoria familiar dedicándose a la enseñanza como maestra. Llegó a abrir una escuela en enero de 1910 de 1ª y 2ª enseñanza en Santa Cruz para que pudieran cursar estudios las aspirantes a maestras elementales y superiores. En marzo de ese mismo año contrajo matrimonio con H.J. Moynihan, fruto del cual fue nuestro artista. Tras unos años más de estancia en Tenerife, en 1918 la familia se trasladó por motivos laborales primero a Londres y, más tarde, a Madison en Wisconsin (EE.UU.) donde Rodrigo Moynihan hizo sus estudios secundarios. Tras una estancia en Roma comienza a interesarse por la pintura y permanece entre 1928 y 1931 realizando estudios artísticos en la Slade School of Fine Art de Londres.

A principios de la década de 1930 participó, junto con otros pintores, en la formación del grupo ‘Objetive’ por lo que se le considera uno de los pioneros de la pintura abstracta inglesa.Con el desarrollo del realismo social, a finales de 1930, Moynihan abandonó la abstracción y desde 1937 se asoció estrechamente con la Escuela de Euston Road.

Tras el estallido de la II Guerra Mundial, Moynihan fue movilizado, sirviendo en la Royal Artillery y más tarde, tras una herida, fue nombrado miembro del Comité Asesor de Artistas de Guerra. De su obra de este periodo se hizo muy famoso el retrato de la soldado Clarke, miembro del Servicio Auxiliar Territorial (ATS) femenino. Entre 1948 y1957 ejerció como profesor de pintura en el Royal College of Art de Londres, lo que acrecentó su fama e hizo que recibiera importantes encargos de retratos de lo más granado de la sociedad inglesa. Incluso pintó para la Casa Real un retrato de la por entonces todavía princesa Isabel.

Pese al éxito adquirido, en 1957 abandonó el Royal College of Art y la Royal Academy of Arts para la que había sido elegido, trasladándose a vivir a Francia. Tras retornar a otra etapa abstracta, a partir de 1970 se especializó en naturalezas muertas y volvió al retrato realizando en esta época los de la primera ministro Margaret Thatcher o del pintor Francis Bacon. Obra suya está expuesta en museos tan importantes como The Tate Gallery, Robert Miller Gallery o National Portrait Gallery. Un excelente resumen de su obra puede contemplarse en esta página de la BBC. Moynihan se casó en 1931 con la artista Elinor Bellingham-Smith con quien tuvo un hijo, John Moynihan. Tras divorciarse en 1960, se casó con otra artista Anne Dunn con la que tuvo un segundo hijo Daniel «Danny» Moynihan.

Rodrigo Moynihan de la Puerta falleció el 6 de noviembre de 1990. Nuestra sociedad, tan acostumbrada a llevar a cabo homenajes públicos a personas de dudoso mérito que ven su nombre en calles y plazas, ¿no debería dedicar una calle en Santa Cruz a la memoria de este hijo suyo que goza de reconocimiento mundial?

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Castillos de Lanzarote: San Gabriel

por Agustín Pallarés Padilla

Este castillo nació como consecuencia del ataque a la isla perpetrado por el pirata argelino Dogalí en 1571. A raíz de este aciago suceso fue enviado a Lanzarote por la Real Audiencia de Canarias el arquitecto militar Gaspar de Salcedo con objeto de planificar un fuerte que defendiera el Puerto del Arrecife, que era cómo se llamaba entonces a la actual capital de la isla. 

La nueva fortaleza se construyó entre 1572 y 1576 sobre la parte más elevada del islote entonces llamado de Fuera, que a partir de ese momento cambió su denominación por la de El Islote del Castillo. En esta primera fase la fortaleza se redujo a un edificio de planta cuadrada de poco más de 11 m de lado, con un baluarte en cada esquina de los denominados en punta de diamante. Su estructura exterior se hizo a base de mampostería y cantos labrados, con la plaza de armas o azotea rodeada de un muro o parapeto muy bajo, de apenas tres pies de altura, en tanto que la distribución interior de los diferentes compartimentos era de madera. El acceso a la fortaleza desde tierra firme se efectuaba en aquellos primeros años tomando en primer término el muellito que la enlazaba con el Islote de Tierra, que era el que sirve de apoyo en la actualidad al Puente de las Bolas, en tanto que la distancia de unos 100 m que hay entre este islotillo y el del castillo, había que salvarla a pie cuando aquel tramo quedaba en seco por la bajada de las mareas, o valiéndose de un bote cuando las aguas lo cubrían.

En 1586 se produce la invasión del pirata argelino Morato Arráez. Si bien el desembarco de las tropas la realizó por Los Ancones, a unos 9 Km al N de Arrecife, pocas horas después Morato ocupó el referido puerto, apoderándose fácilmente de su fortaleza. Durante el asalto a que fue sometido este enclave marítimo los atacantes mataron a un artillero y capturaron a otras once personas que se hallaban en el interior del castillo, sometiendo a continuación el edificio al fuego hasta calcinar todas sus estructuras interiores de madera.

En su visita a la isla en 1591 Torriani describe al castillo y deja instrucciones escritas para su reconstrucción y mejora, tal como puede verse en su citada obra. Pero lo cierto es que estos proyectos del ingeniero italiano no se llevaron nunca a efecto, continuando la fortaleza fuera de servicio, en estado ruinoso, hasta 1666, año en el que fue reconstruido el castillo, practicándosele una amplia y profunda reforma que lo dejó en condiciones normales de operatividad. Consistieron dichas obras en construir las paredes de distribución de las habitaciones de obra de fábrica, en tanto que los techos se hicieron en bóveda a base de cantos labrados al efecto. También se elevaron las cortinas o paredes exteriores aumentando con ello la altura de los parapetos, se enlosó la plataforma o azotea, se construyó una escalera interior para subir a la misma y se dotó de un aljibe, una mazmorra y unas garitas. Fue, por cierto, a partir de este año cuando se comenzó a denominar a la fortaleza, que hasta entonces había sido conocida como el Castillo del Arrecife, con el nombre de San Gabriel, según se cree en honor de don Gabriel Lasso de la Vega, Capitán General de las islas en aquellas fechas, bajo cuya égida se llevó a efecto la reconstrucción.

Setenta y seis años después, en 1742, fue sometido de nuevo el castillo a importantes obras de reforma que modificaron sustancialmente su fisonomía exterior, pues se le unieron los baluartes de las esquinas con un grueso muro corrido, rellenándose con escombros y arena el corredor que había quedado entre ambas paredes, con lo que el edificio adquirió mayor volumen y la superficie de la plaza de armas o azotea quedó notablemente ampliada, obras que fueron proyectadas y dirigidas por el ingeniero Antonio Riviere.

La primera acción militar importante en que el castillo se vio involucrado después de esta reforma fue en 1762. En ese año dos buques corsarios ingleses de alto bordo, el Lord Anson y el Hawke, atacaron el Puerto del Arrecife echando en tierra unos cien hombres. El castillo fue silenciado con las primeras andanadas de los cañones de las poderosas naves. No obstante éste logró poner al poco su artillería en servicio acosando a los marinos ingleses apenas desembarcados, pero de nuevo la superioridad cañonera de los buques corsarios dejó fuera de operatividad al castillo. Luego, al intentar desembarcar el comandante del Lord Anson por sus proximidades en una chalupa, fue muerto por un disparo de fusil hecho desde tierra por el teniente coronel Carlos Monfort, que se había ocultado detrás de una peña próxima al castillo, lo que provocó la retirada definitiva de los corsarios. Cuenta a este respecto el historiador canario José Agustín Ávarez Rijo como hecho anecdótico que el hijo de aquél, Mateo Monfort, administrador de tabacos de la isla, guardaba con orgullo, como una reliquia, el fusil con el que el padre había logrado tal proeza.

En 1810 se vio esta fortaleza implicada en la llamada ‘Guerra Chiquita’, que consistió en un amotinamiento popular que intentó impedir la toma de posesión del coronel Bartolomé Lorenzo Guerra como gobernador de la isla en sustitución del que ocupaba el puesto interinamente el capitán José Feo de Armas al haber sido nombrado el primero para el cargo por la Junta Central del Reino creada durante la Guerra de la Independencia. Durante esta sonada revuelta social un cañonazo disparado desde este castillo, en el que se había refugiado Lorenzo Guerra, mató a uno de los insurgentes.

A finales de ese siglo, concretamente el 27 de febrero de 1895, fue declarado por real orden inútil el castillo en su función militar, dados los avances conseguidos por estas fechas en el campo de la artillería que lo hacían prácticamente ineficaz para tal cometido.En 1972 se inaugura este castillo como museo arqueológico previa compra al Ejército por el Ayuntamiento de Arrecife. Un año después se realizan en el edificio varias modificaciones con vistas a ampliar su capacidad interior, tales como el vaciado del relleno de escombros que se le había puesto entre las paredes exteriores primitivas y el muro corrido que se le hizo en 1742 por fuera de aquéllas. Como consecuencia de ello hubo que enlosarle la azotea, acondicionándosele además la explanada exterior delantera.

Últimamente, hace apenas un par de años, fue sometido el edificio a determinadas reformas de nuevo, cometiéndose, al igual que había ocurrido con el castillo de Guanapay en 1981, errores estéticos garrafales, al menos en lo que a las terrazas que lo circundan se refiere, ya que han sido cubiertas con baldosas modernas de superficie lustrosa que nada tienen que ver con las toscas baldosas propias de las pasadas épocas de funcionalidad militar del castillo, siendo además dotadas de pasamanos de acero inoxidable, material asimismo desconocido en aquellos pretéritos tiempos, sin que nadie, ni ninguna entidad oficial haya opuesto el menor reparo.

En cuanto concierne a la construcción de su anexo el Puente de las Bolas, hay que decir antes de nada que en absoluto intervino en la misma Leonardo Torriani como empecinadamente se ha venido sosteniendo hasta ahora, ignorándose quién o quiénes lo hicieron. No obstante, dada la fecha en que se construyó, en los mismos años que el castillo de San José, o sea la década de los setenta del siglo XVIII, parece de lógica elemental suponer que lo fueran algunos o alguno de los técnicos que construyeron este último fuerte.Con anterioridad el puente consistía en unos simples tablones sueltos tendidos sobre el paso abierto en el camino o adarve que aún enlaza tierra firme con el puente actual, que podían por lo tanto quitarse a voluntad para permitir el paso de las embarcaciones arboladas que tenían que pasar al Charco de Juan Rejón o viceversa.

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¿Cómo destruir la historia de Canarias?: elitismo y disneyficación»

por Álvaro Santana Acuña

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros constan los nombres de reyes.
¿Llevaron los reyes los bloques de piedra a cuestas?
(Bertolt Brecht, 1935)

Canarias y su historia van camino de convertirse, si nadie lo evita, en un parque temático. En el futuro los canarios visitaremos los monumentos heredados del pasado como quien en Disneyland se pasea por un reino postizo y especioso de cartón piedra. La creciente «Disneyficación» de nuestro pasado y entorno cotidiano está íntimamente conectada con la manera despersonalizada, incoherente y elitista en que entendemos y custodiamos el patrimonio histórico. Para una gran parte de la opinión pública e instituciones políticas, sólo han de ser protegidos los monumentos más famosos y singulares (palacios, iglesias, conventos, casas solariegas, etc.), lo que además facilita su explotación como lucrativas atracciones turístico-culturales. Aunque no cuestiono su grado de protección y valor histórico, estos monumentos representan exclusivamente a una minoría; mientras continúa la ignominia y desaparición de los más representativos (la casa terrera urbana, la vivienda unifamiliar rural, etc.). En efecto; quien haya visitado un parque temático de Disney habrá recorrido, por ejemplo, el lujoso palacio de la Bella Durmiente. Pero nunca habrá explorado el interior de las humildes casas de los campesinos del reino. Sencillamente porque no existen.

De modo similar, la «Disneyficación» del pasado canario amenaza con confundir la historia de ciudades, pueblos, yacimientos arqueológicos y espacios naturales con la historia de una minoría dueña de suntuosos palacios e iglesias. Los monumentos de esa minoría constituirán los únicos reclamos turísticos de un parque temático de islas de cartón piedra, flotando en un océano gobernado por las mareas de un desarrollismo trasnochado y elitista. En realidad, este desarrollismo (que dice buscar la conservación de nuestro pasado) protege obstinadamente el palacio de la Bella Durmiente, mientras destruye sistemáticamente las casas de los campesinos del reino y en su lugar construye una autopista, aparcamientos y varios restaurantes para facilitar a los turistas canarios y foráneos la cómoda visita del palacio y el resto del parque temático.

Mi diagnóstico, quizás, le parezca al lector exagerado e incluso caricaturesco. Sin embargo, los casos que refiero a continuación evidencian (1) que la protección del patrimonio histórico canario está gobernada por una concepción profundamente elitista de nuestro pasado y (2) que las instituciones políticas (tanto a escala regional como insular y local) encargadas de la conservación y defensa patrimonial se han convertido, deliberada o accidentalmente, en el brazo ejecutor de esa concepción elitista que va camino de transformar el patrimonio regional en un parque temático de cuento de hadas.

Comencemos por un caso desafortunado. En 2006, un incendio destruyó la Casa Salazar en La Laguna, sede del Obispado de Tenerife. El transcurrir lánguido e inexorable del tiempo acomodó en el seno de la opinión pública la tesis del «desgraciado accidente». Por lo tanto, no ha de sorprendernos que al día de hoy el casco histórico de La Laguna, declarado por la UNESCO Bien Cultural-Patrimonio de la Humanidad hace ya más de once años, continúe careciendo de un plan específicamente diseñado para la prevención, detección y extinción de incendios. Como expliqué con mayor detalle a raíz del incendio, esta carencia resulta aún más alarmante dado que el Ayuntamiento prosigue, impasible, su proyecto de peatonalización del centro histórico, mientras que más del 80 por ciento de las edificaciones que lo componen no disponen de las más mínimas medidas anti-incendios. Los adoquines no se queman, las casas sí.

Como es de sobra conocido, la legislación vigente obliga a hoteles, residencias y museos a contar con eficaces sistemas contraincendios. Pese a su alto valor histórico-artístico, la experiencia de otros desafortunados incendios en La Laguna y en el Archipiélago y, sobre todo, el conocimiento de cuán inflamables son los materiales de las edificaciones históricas canarias, la Casa Salazar carecía, insisto, de un sistema autónomo de extinción con aspersores de agua, como el que tiene una moderna biblioteca o un archivo histórico. La actual inacción institucional y mayoritaria dejadez ciudadana permiten que incendios de estas características puedan repetirse tanto en La Laguna como en cualquier otra isla.

Sin embargo, el incendio afectó a un inmueble protegido por la concepción elitista del patrimonio, lo cual suscitó – aunque tímida y esporádicamente – serias dudas sobre la calidad de la protección del patrimonio regional. Al contrario de lo que las instituciones políticas nos hacen creer, por activa y por pasiva, el gran problema a afrontar no es la falta de fondos económicos, sino la pervivencia de esa concepción elitista de la historia canaria, lo que se traduce en la conservación prioritaria del patrimonio más célebre y monumental. Así, en las ciudades históricas de Canarias, se continúa preservando, celebrando y, cuando se queman, llorando los grandes y singulares monumentos, mientras que la casa terrera urbana (es decir, el tipo de vivienda más representativa) es víctima de la desidia ciudadana y el genocidio institucional. En vez de diseñar soluciones creativas para convivir armónicamente con nuestro patrimonio, se destruye todo aquél que parece insignificante debido a su aparente falta de monumentalidad y valor histórico.


Se pregona que con mantener las fachadas de las casas antiguas preservamos su historia. Este «lifting» del pasado es un error fatal. En primer lugar, porque no existe una política patrimonial que verdaderamente proteja la armonía arquitectónica y urbanística de los conjuntos históricos, sino sólo los monumentos singulares. Y, en segundo lugar, porque la organización del espacio dentro de las viviendas no es eterna. Por ejemplo, no es igual la manera de disponer las habitaciones en una casa del siglo XVI, que en una del siglo XIX o en una de 2011. Esta organización tampoco es igual dentro de una casa terrera que lo era en el interior de la Casa Salazar. Y aunque esto parezca evidente, en los cascos más históricos de Canarias (los que han de dar el mejor ejemplo) sigue reinando despóticamente la política de mantener las fachadas de los edificios que no son grandes monumentos y derribar sus espacios interiores o, simplemente, demolerlos en su totalidad. Ahora bien, ¿qué se gana con mantener una fachada del siglo XVIII que esconde un interior del siglo XXI? Una ciudad a la Disneyland. Esta falsificación del patrimonio que impone la concepción elitista supone, en realidad (queramos admitirlo o no), destruir la historia del Archipiélago. Porque, al fin y al cabo, qué tipo de historia preservamos en nuestras calles para transmitir a las futuras generaciones y mostrar a los turistas que nos visitan: ¿la de la mayoría de la población o la de una poderosa minoría?

Si trasladamos el análisis de las ciudades al campo, la situación se torna aún más desesperada. En las llanuras de Lanzarote y Fuerteventura, los valles y terrazas de La Gomera y El Hierro y en las medianías de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, la arquitectura rural tradicional agoniza. Aquí también la concepción elitista reina despóticamente. Impone la conservación y protección de las grandes casonas, mientras que las viviendas más pequeñas (que nos enseñan una simbiosis única en el mundo entre el ser humano y una naturaleza extinta de Europa hace millones de años, como la laurisilva) desaparecen una tras otra como afectadas por una peste. Con el desagraciado añadido del turismo rural, que en los últimos años ha desatado la moda homicida de adaptar casas rurales a las comodidades de un hotel del siglo XXI en medio del monte.

El elitismo afecta también al patrimonio menos visible: los documentos históricos. No me refiero a la situación (muy positiva, dicho sea de paso, tras años de penuria) de los archivos provinciales y diocesanos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, ni los municipales como el de La Laguna. Por el contrario, me refiero al deplorable estado de los archivos históricos de pequeños municipios, instituciones culturales, empresas privadas y familias. Y a cuya salvación y protección los profesionales de los archivos arriba citados y un puñado de historiadores heroicos han dedicado cientos de horas anónimas desinteresadamente, las cuales ni han sido remuneradas por las instituciones políticas, ni tampoco agradecidas públicamente por los medios de comunicación y la sociedad canaria.

Quizás, la circunstancia más paradójica sea el surgimiento de un discurso nacionalista en las últimas décadas, mientras, que a lo largo y ancho del Archipiélago, los yacimientos arqueológicos de nuestros proclamados antepasados son continuamente expoliados. ¿Por qué? Porque, de nuevo, sólo se protegen determinados yacimientos: los más singulares. El caso más reciente es el de la Cueva Pintada de Gáldar. Tras ser reabierta al público después de años de abandono social y desidia institucional, la Cueva ha sido bautizada como la «Capilla Sixtina» de Canarias. Sin embargo, uno de los yacimientos al aire libre de grabados rupestres más importantes de España y Europa, El Julan en El Hierro, es repetidamente expoliado pese a la denuncia de numerosos herreños que se topan con la sordera institucional.


No acaba aquí el problema del elitismo. Para quienes lo desconozcan, la Cueva Pintada de Gáldar era parte de un sofisticado hábitat protourbano, y no un centro público de ocio de los aborígenes. La Cueva pudo servir de vivienda a poderosos miembros de la nobleza aborigen y/o como santuario sagrado. De hecho, como es bien conocido, Gáldar fue la sede de los Guanartemes y su corte. Al igual que la visita de la Capilla Sixtina en Roma estuvo exclusivamente reservada durante siglos al Papa, la curia vaticana e ilustres personalidades, la contemplación de los motivos geométricos parietales de la «Capilla Sixtina canaria» hubo de limitarse a una reducida elite aborigen. Por lo tanto, ¿cómo hoy puede considerarse a la Cueva Pintada un símbolo de identidad de todos los canarios cuando no lo fue para los de la prehistoria?

Concluiré con otros dos casos que revelan el modo contradictorio e inmaduro en que es tratado nuestro patrimonio. Hace casi ochenta años fue demolido el Castillo de San Cristóbal en Santa Cruz de Tenerife. El Castillo ocupaba gran parte del espacio que hoy es conocido como la Plaza de España. Se decidió demolerlo porque era un adefesio ciclópeo que asfixiaba el desarrollo urbanístico y el progreso de Santa Cruz. Pero el siglo XXI nos ha devuelto al muerto. Removiendo en su tumba en 2006, las obras de reforma de la Plaza de España descubrieron accidentalmente parte de los cimientos del Castillo. La inmediata reacción político-institucional fue congratularse de haber encontrado restos del muerto y además pedir su incorporación necrófila al proyecto de reforma de la Plaza. He aquí como el adefesio ciclópeo pasó ochenta años más tarde a convertirse en necrofilia político-artística: la celebración gloriosa de nuestro pasado en ruinas.

Hoy, con los mismos argumentos empleados para legitimar la desaparición del Castillo de San Cristóbal, se aplaude la decisión de demoler (parcialmente) otro «adefesio» urbanístico de Santa Cruz: la Plaza de toros. Brevemente, se trata de un ejemplo muy importante de la arquitectura historicista canaria de inicios del siglo XX. Además, es el único coso taurino que queda en el Archipiélago. Su ocaso significará el triunfo del desarrollismo urbanístico que no sabe, ni quiere convivir armónicamente con el pasado, sino sólo destruirlo.

El aplaudido apuntillamiento de la Plaza de toros constituye otra muestra evidente de elitismo patrimonial. En efecto, se continúa solicitando la rehabilitación de la logia masónica de Santa Cruz. La logia, que fue construida también a inicios del siglo XX, funcionó como un centro de reunión privada y exclusiva de los masones. Dicho de otro modo. Su importancia histórica e impacto en la vida cotidiana de la ciudad ha sido mucho menor que el de la Plaza de toros. Esto no significa que la logia no deba ser rehabilitada con urgencia. Al contrario, mi objetivo es preguntar qué valor tiene para Santa Cruz y Canarias la Plaza de toros; un edificio abierto al público y por cuyas gradas pasaron varias generaciones de ciudadanos y que, hasta los años ochenta del siglo XX, fue el centro neurálgico de los actos del Carnaval. ¿Será posible que el elitismo y la «Disneyficación» nos hagan estar tan ciegos y ser tan desagradecidos con nuestra historia y patrimonio?

Hasta que los canarios de a pie no entiendan que la conservación de un suntuoso palacio o una mansión señorial es igual de importante que la protección de las casas más pequeñas y menos monumentales que conforman la mayoría absoluta en los cascos históricos canarios y también en el medio rural, su patrimonio les seguirá siendo extranjero a ellos mismos; como si no les perteneciera. De la sociedad canaria depende, por tanto, acabar con el analfabetismo respecto a su historia favorecido desde las instituciones políticas por la concepción elitista que gobierna la preservación del patrimonio. La alternativa que defiendo consiste en apreciar y salvaguardar juiciosamente el patrimonio como una muestra representativa de nuestro pasado, convivir con él en armonía, enriquecerlo con nuestras propias aportaciones y transmitirlo con orgullo al futuro. La otra alternativa, un tumor cancerígeno por extirpar que le ha salido al Archipiélago, se resume en permitir a las instituciones políticas que prosigan con su elitista protección del patrimonio. Así, el tumor se transformará, finalmente, en el ansiado parque temático: Disneycanarioland.

Álvaro Santana es Historiador y Sociólogo. Universidad de Harvard.

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El naufragio del ‘Niger’

por Melchor Padilla

El día 15 de agosto de 1857, el periodíco británico ‘The Illustrated London News’ publicó un grabado en el que aparece la imagen de un barco varado en la costa acostado sobre su lado de estribor y, pegadas a su banda de babor, algunas embarcaciones más pequeñas. A la izquierda de la imagen podemos contemplar unas fortificaciones costeras y más atrás una rada llena de barcos. Las montañas que forman el fondo paisajístico del grabado nos permiten reconocer el puerto de Santa Cruz. En ese grabado se dice expresamente que el buque es el SS Niger y que encalló en el puerto de Tenerife.

El SS Niger era un carguero de 708 toneladas de registro bruto, de vela y vapor movido por hélice, que fue construido en Glasgow por Robert Napier & Sons en 1856. Propiedad de Elder Dempster Lines Ltd. – African Steamship Co de Liverpool, hacía habitualmente la ruta entre Plymouth, Liverpool, Madeira, Tenerife y la costa de África hasta el golfo de Guinea. Su agente en Santa Cruz era la compañía Bruce y Hamilton, establecida desde 1837 en Tenerife y dedicada principalmente al comercio con Europa y a la atención a los buques que recalaban en el puerto de la capital de la isla. Desde 1839 actuaba, además, como agente del Lloyd’s Inglés.

¿Qué ocurrió para que este vapor mixto de pasajeros y carga encallara en una de las antiguas playas de Santa Cruz? Para conocer las causas del naufragio vamos a seguir la crónica que sobre el suceso publicó el bisemanario local ‘El Eco del Comercio’ (Periódico de progresos morales y materiales) el domingo 14 de junio de 1857 :

«El 12 del corriente a cosa de las 9 de la noche, con un tiempo hermoso y mar tranquila, se sintieron varios cañonazos disparados a cortas intermitencias por un buque que a fuerza de ceñir la tierra se había encallado sobre el marisco de las carnicerías, a cosa de un kilómetro al Sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Aquella señal de socorro fué dada por el Vapor de hélice Niger, capitán Rolt, perteneciente al la Compañía inglesa que esplota la línea de la Costa Occidental de África. Inmediatamente salieron en su auxilio varias lanchas de socorro, pero careciendo el buque de combustible para hacer fuerza de vapor, todos los esfuerzos fueron inútiles, y la corriente contraria contribuyó á dejar que el buque permaneciese en su puesto.»

Gracias al buen tiempo reinante, las autoridades del puerto pudieron rescatar sin dificultad a los 46 pasajeros que se hallaban a bordo y sus equipajes.  El Niger paso la noche inmovilizado a muy poca distancia de tierra. Sólo algunos golpes sordos sobre las piedras de la orilla daban testimonio de su presencia

El mismo día 12 por la mañana los agentes de la compañía naviera habían recibido noticias de que el Niger se hallaba fondeado en el puerto de Los Cristianos en el sur de la isla pero que, por falta de carbón, no podía continuar su viaje hasta Santa Cruz. Bruce y Hamilton fletaron un barco de cabotaje que llevara al vapor el carbón necesario para remontar hasta el puerto de la capital, pero el capitán se proveyó allí mismo de algunas cargas de leña creyendo que podría llegar a Santa Cruz utilizando ese combustible.

Sigue contando ‘El Eco del Comercio’: «Zarpó pues de Los Cristianos con la intención de ceñir mucho la tierra esperando encontrar en su camino el buque que debia llevarle el combustible; pero la corriente, la calma que reinaba, la falta de carbón para dar vigor a su hélice, y el poco socorro que le suministraba su vela, así como su empeño en ceñir demasiado la tierra, todo contribuyó a que sucediese tan infausto suceso.»

No sabemos por qué motivo, pero seguramente debido al retraso que traía, el capitán Rolt decidió salir antes de que llegara el carbón y lo hizo bordeando la costa utilizando madera como combustible y con la poca ayuda de sus velas. La proximidad a la costa con la que navegaba hizo que al llegar a la capital el Niger encallara.

¿Dónde varó exactamente el buque? El periódico que seguimos nos da los datos precisos para ubicar el lugar del suceso pues ya hemos dicho que había «encallado sobre el marisco de las carnicerías, a cosa de un kilómetro al Sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife.» Esto quiere decir que embarrancó en una zona de bajíos comprendida entre la hoy desaparecida playa de las Carnicerías, al norte de la desembocadura del barranco de Santos -frente al actual edificio del Cabildo Insular de Tenerife- y, midiendo un kilometro desde el puerto, donde se encuentra el cuartel de San Carlos.

De aquellos días es la imagen del barco varado que publicó The Illustrated London News y cuyo autor fue el pintor local Lucio Aguilar. Sabemos muy poco de este artista, sólo que fue ayudante de Obras Públicas y que su nombre aparece como participante en el catálogo de la primera exposición de la Sociedad de Bellas Artes, celebrada en 1847 en el Salón de la Junta de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, en la que presentó un cuadro.

Aunque ni el pasaje ni la tripulación sufrieron daños, el barco quedó a merced de la marea, por lo que el 5 de julio la prensa local informaba que el barco había desaparecido tras romperse en tres pedazos. Los restos y los objetos valiosos de la nave, -jarcias, velamen, perchería, anclas, madera, ropa y demás útiles- fueron subastados en noviembre del mismo año en la sede del consulado británico de Santa Cruz. Seis años más tarde, en su obra Wanderings in West Africa (Vagabundeos por el Oeste de África. I. Madera y Tenerife), Richard F. Burton comenta que «Pasando hacia el Sur vimos la resaca de las olas en el lugar donde el 12 de junio de 1857 naufragó el barco Niger de la African Steam Ship.»
El 9 de septiembre de ese año, The Glasgow Herald comentaba una noticia del Times de Londres que contaba que en Greenwich se había abierto una investigación para depurar responsabilidades acerca de la posible actuación errónea del capitán del buque, pero este, que como hemos dicho más arriba adujo como causa del accidente la mala señalización luminosa del puerto, fue exonerado, atribuyéndose el naufragio al mal funcionamiento de los faros de la costa tinerfeña.

Sólo queda preguntarnos si bajo las aguas próximas a la actual dársena de Los Llanos descansan todavía los restos sumergidos del que fue el vapor Niger.

NOTA:
Quiero agradecer a Sebastián Julián Hernández Acosta su asesoramiento en materia de términos náuticos.

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