La fiesta mágica del día de San Juan (y II)

por Carlos García


Diversas y muy numerosas son la cantidad de prácticas que, influenciadas del mágico encantamiento que se logra en la misteriosa noche de San Juan, se mantienen y cultivan en Canarias, aunque desgraciadamente cada vez menos practicadas.

Es en ésta fecha cuando la superstición, la brujería y la hechicería hacen su mayor aparición. Los viejos curanderos aconsejan la recogida de plantas medicinales la madrugada de San Juan, antes de salir el sol, en la que las mismas tendrán acrecentadas sus virtudes curativas o medicinales. Y es el tiempo en que las brujas recogían las semillas del helecho macho para hacer sus diabólicas prácticas, como bien se documenta en los sumarios de la Inquisición de 1530. 

 Receta de curandero para ahuyentar a las brujas
en la noche mágica de San Juan
 (tomado de “La brujería en Canarias”)

Y no solo son efectivas las propiedades curativas sino también poseen efectos cosméticos o de belleza la mágica influencia de la noche de San Juan. El agua de pétalos de rosas expuesta al sereno durante la noche es la mejor fórmula para permanecer bella y con el cutis sano, si al amanecer se lava con aquella la cara. Se acostumbra, para el aprovechamiento de ésta influencia, dejar la ropa al sereno para que no se estropee. O la de poner una palangana de agua al sereno para luego ver su imagen reflejada en ella, o de lo contrario morirá ese mismo año (lo mismo ocurre al “alongarse”):

En el agua del estanque
temprano te has de mirar
si el agua estuviera turbia
un año no vivirás      
(La flor de la marañuela)

O la costumbre de echar una clara de huevo en el agua que luego se expone al influjo nocturno, y que, según la figura formada, pronosticará una señal: si es en forma de barco, se casará con un marino, o si es en forma de ataúd, con un sepulturero.

San Juan bendito
por ser tu día
repárame aquí
la suerte mía

Es la misma fórmula que la utilizada con el plomo, el cual es derretido y luego vertido en agua para conocer la figura que resultará:

Plomo al fuego derretido
en el agua lo echarás
con la figura que forma
lo que has de ser te dirá    
 (La flor de la marañuela)

Es tiempo también, el de San Juan, en el que antiguamente se realizaban “sangrías”, que comenzando por San Antonio, se repetía a los once días, esto es, el día de San Juan, y que llamaban de “emparejar”. Esto se hacía como medida curativa-preventiva a la entrada del verano.
Es el día en que cantan las zarzas con un chillido muy fino y agudo. Es día en que se pronostican también hechos agrícolas: “Si el día de San Juan amanece lluvioso, le caerá aljorra al trigo”;  “Serenoen San Juan, quita vino y da pan”.

O en el que son dañinos algunos productos:

El que quiere a su amante mal
déle coles por San Juan

Y cuando la higuera de leche da fruto amargo, se sangra el día de San Juan haciéndoles cruces y rezándole una oración.

Para pronosticar el régimen de lluvias se escribe en unos papelitos los nombres de los meses y se coloca un poco de sal en cada uno de ellos dejándolos el sereno. Según el grado de humedad que cada uno de ellos tenga, significará el mes más lluviosos.

Y para certificar la cantidad de chubascos que hay en la época de San Juan:

Enero frío y ventoso
sale del monte temblando
Ahí viene San Juan glorioso
sus lágrimas derramando

Seña Lugina: curandera y santiguadora

Presagios amorosos.- Existen entre los jóvenes una serie de entretenimientos o prácticas que vienen utilizándose como agüeros de amor, puesto que la devoción religiosa a éste santo, junto con la de San Antonio, los convierte a ambos en patronos de los enamorados.

Uno de los más utilizados es el de los papeles en agua; consiste en colocar dentro de una vasija con agua, varios papelitos bien doblados con los nombres de los pretendientes. El papel que resulta abierto o desdoblado en la mañana de San Juan, ofrecerá a la dama el nombre con el que próximamente se ha de casar. Al colocarse éstos papeles en agua, se canta ésta canción:

San Juan, San Juan Santo
Santo sin haber nacido
de mi Dios buen consejero
por alférez escogido
por éstos papeles te pido
que me traigan a mis ojos
o a mis oídos
el nombre de mi esposo
o de mi marido,
si es de cerca que lo vea pasar
si es de lejos que lo oiga nombrar.

Estas estrofas vienen a reseñar en sus últimos versos otra de las prácticas en cuanto a presagiar futuros amores. Es costumbre entre las muchachas que el primer nombre que oigan en la mañana de San Juan, así se llamará a su novio. O la de arrojar un ramo de flores a la calle y vigilar quién es que lo recogía.

Alborada mañanera
de la noche de San Juan
voz que canta tempranera
a tu amor lo ha de nombrar  
(La flor de la marañuela)

Muy extendida está la costumbre de las papas o de los duraznos, consistiendo en coger tres de ellas, pelar una totalmente, otra a medio pelar y otra sin pelar. Estas se tiran bajo la cama y, en el día de San Juan, se coge una de ellas sin mirar;  según la que se acierte  sacar, indicará la fortuna que tendrá el novio: “pelada” es que será pobre, “medio pelada” de mediana posición y “sin pelar” indicará riqueza.

Tres duraznos peladillos
bajo la cama has de echar
los teneres de tu novio
los duraznos te dirán       
(La flor de la marañuela)

O la de colocar bajo la cama tantas hojas de higuera negra como pretendientes se tenga, atravesadas por un palito, y la que mas estirada amanezca, indicará quién la quiere mas.
Es San Juan el día en que es costumbre, también, enramar las puertas de los novios con ramos y arcos de frutas y flores, o la de llevar y obsequiar a la amada con pan, queso, frutas, etc. Pero a quién no se quiere, se le coloca un rosario de huesos en las puertas, o una ristra de pimientos o calabazas.
Sirve también un abanico para predecir o saber si será amado o no. Se recorren las varillas diciendo: te quiero mucho, poco o nada. O la mujer que tenga buena mano para cogerse las pulgas, se casará pronto.

 O si se tropieza con un cacharro en la calle en el día de San Juan, no se casará ese año. O si se planta un romero ese día y no pega, no se casa.
En definitiva, serían innumerables las fórmulas existentes para los encantamientos o presagios amorosos, y pienso que con las enumeradas, sirven para dar una muestra de las mismas.

Cura de la hernia pasando al niño enfermo por el mimbre

Rituales curativos.- Además de lo anteriormente indicado, en cuanto a las propiedades curativas que se achacan a las plantas medicinales recogidas en la noche o madrugada del día de San Juan, existen otras creencias supersticiosas en cuanto al aspecto curativo que vienen referenciados en una serie de rituales.

Para los dolores de las piernas es bueno realizar saltos en las hogueras. Y para que nazca con fuerza el pelo, se recomienda arrancarse unos cuantos y colocarlos con las puntas hacia arriba dentro de un canuto de una caña hueca que esté plantada.
O para evitar el mal de ojo, una de las enfermedades mas comunes entre la población, el hombre debe beber un vaso de vino, con piedra de ara molida, junto con semilla de mostaza, en una encrucijada el día de San Juan, al tiempo que se reza un Credo.

Pero evidentemente, la principal figura ritual, consiste en la realizada para la curación de las hernias en los niños y que es conocida por el ritual del mimbre. Es ésta una práctica supersticiosa por la que se hace pasar por una mimbrera, en la mañana de San Juan, al niño que padezca una hernia, operación que, según las versiones, realiza un Juan y una María, para lo que se abre por el centro uno de los gajos de mimbre y haciéndose pasar por la abertura al niño se dice:

Que me traes María
Un niño quebrado
San Juan y la Virgen
te lo vuelvan sano

Si el gajo después de la operación logra soldar las partes separadas tras atarlas, el niño curará; de lo contrario seguirá con su hernia hasta que se repita la operación otra mañana de San Juan.
Es ésta una costumbre extendida no solo por el archipiélago sino también por la península, variando sola la planta escogida (roble, encina).

También existe la versión recogida por Luis Álvarez Cruz en 1934, en donde aparece un tercer personaje: una Isabel. Y una mas complicada, recogida por Alfred Diston entre 1855-1858, en donde los personajes son cuatro: Juan, Isabel, Ana y Juana, siendo la técnica de igual manera, la de pasar a los niños por la abertura y la de ligar posteriormente el junco partido. Diston atribuye éste ritual a los habitantes antiguos de Canarias, pero el dato no es fiable. No obstante, repito, es versión extendida no solo en la península sino incluso en Alemania, Escocia o en América, donde la han llevado los emigrantes europeos, a decir de Pérez Vidal.

Y casi con seguridad, la interpretación del mismo venga de la idea de la generación material, ligada al poder regenerador de la Naturaleza, según la interpretación de Garrisón, como también afirma el mismo Pérez Vidal.

Ritual del drago para la cura del niño herniado
(tomado de “Prácticas y creencias de una santiguadora canaria”)

Existe otra fórmula diferente que al parecer sirve para el mismo tratamiento, ofrecida también en el mismo artículo de La Prensa de 1934 por Álvarez Cruz: “Se puede hacer con las hojas del drago. Se les arranca un trocito de piel y se lo vuelve a pegar como un parche, de igual manera.”

Este último entronca mas con el ritual del drago, que aunque no es preceptivo realizarlo el día de San Juan, sirve para curar la hernia en los niños. Consiste éste en colocar la planta del pié apoyada en el tronco del drago y grabar con un cuchillo su contorno; si éste cierra bien, el niño sanará. Esto lo podemos comprobar, por ejemplo, en el cruce de cuatro caminos que hay subiendo hacia la ermita de San Diego en La Laguna, donde existe un drago al que se le advierten señales inequívocas de éste ritual.

Los piques.- Existe en la Gomera, en el pueblo de Agulo, una curiosa fiesta que se celebra en el día de San Juan, y que es conocida como la fiesta de los piques.
Es tradición en ella el entrecruzar los vecinos coplas que alaban u ofenden a los que habitan en los barrios de La Montañeta y de Las Casas, con el fondo del ritmo del Baile del Tambor, y se caracterizan por la improvisación que los cantares realizan en sus coplas.

Montañeta, montañeta
con Las Casas no te metas.

Y la respuesta no se hace esperar:

La Montañeta es valiente
aunque tenga menos gente

Es día en que las familias se separan según sean de un barrio u otro hasta que pase la fiesta. Es un caso que nos recuerda mucho a la fiesta de los Corazones de Tejina, donde cada barrio pugna por engalanar mejor el corazón al que pertenece, dándose los piques con frecuencia.

Celebraciones primitivas en La Laguna.- “Esta fiesta del divino precursor se instituyó con voto en ésta ciudad de La Laguna por la Justicia y Regimiento, tomándole por patrono y abogado de la peste por ante Alonso Cabrera de Rojas, escribano mayor del Cabildo en 25 de junio de 1582”

Así comienza el párrafo que recoge las Ordenanzas de Tenerife, y en donde, como se ve, fue instituida ésta fiesta a consecuencia de una epidemia de peste bubónica que azotó la ciudad lagunera y que dio lugar a la edificación del templo, que está bajo la advocación de San Juan Bautista, y a tenerlo como patrono de la pestilencia y celebrar su fiesta. La imagen del santo fue traída de fuera de la isla, quizá desde 1584.

La fiesta comenzó a celebrarse con regularidad desde 1593, aunque con periodos de decadencia diversa. En 1756 la imagen hacía años que no salía en procesión debido a la carencia de ropa con que vestirlo, y mas tarde existieron pleitos con la Audiencia por la denegación de autorizar gastos diversos en el santo y en templo. Esto llevó a cerrar el mismo y mas tarde cederlo a la autoridad militar en 1862, el cual lo utilizó de hospital.

La decadencia fue manifiesta hasta su restauración en 1955 y no olvidemos que bajo la iglesia, bajo sus cimientos, se encuentran enterrados los fallecidos de aquella enfermedad pestilencial, que se cifraron en unas 9.000 personas.

Ya para finalizar, recordar que la fiesta de San Juan  es una de la que posee más posibilidades en cuanto a aspectos tradicionales y costumbristas se refiere, siendo de gran importancia para la etnología. Es una pena que estos usos vayan en pleno retroceso y hay que luchar denodadamente para que los mismos se mantengan, pues por desgracia, muchas de nuestras fiestas están desapareciendo y nuestras generaciones modernas no tendrán la oportunidad de conocerlas, ni tampoco de saber que, si en una mañana de San Juan descubren un encantamiento, tan frecuentes como los que he relatado, deben inmediatamente realizar una cruz en el aire con la mano derecha, sin pestañear ni separar los ojos, con lo cual el mismo quedará desencantado. Y es que si no conocemos los simbolismos que encierran las tradiciones populares canarias, puede existir el riesgo de que las influencias mágicas nos afecten.


            

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La fiesta mágica del día de San Juan (y II)

por Carlos García


Diversas y muy numerosas son la cantidad de prácticas que, influenciadas del mágico encantamiento que se logra en la misteriosa noche de San Juan, se mantienen y cultivan en Canarias, aunque desgraciadamente cada vez menos practicadas.

Es en ésta fecha cuando la superstición, la brujería y la hechicería hacen su mayor aparición. Los viejos curanderos aconsejan la recogida de plantas medicinales la madrugada de San Juan, antes de salir el sol, en la que las mismas tendrán acrecentadas sus virtudes curativas o medicinales. Y es el tiempo en que las brujas recogían las semillas del helecho macho para hacer sus diabólicas prácticas, como bien se documenta en los sumarios de la Inquisición de 1530. 

 Receta de curandero para ahuyentar a las brujas
en la noche mágica de San Juan
 (tomado de “La brujería en Canarias”)

Y no solo son efectivas las propiedades curativas sino también poseen efectos cosméticos o de belleza la mágica influencia de la noche de San Juan. El agua de pétalos de rosas expuesta al sereno durante la noche es la mejor fórmula para permanecer bella y con el cutis sano, si al amanecer se lava con aquella la cara. Se acostumbra, para el aprovechamiento de ésta influencia, dejar la ropa al sereno para que no se estropee. O la de poner una palangana de agua al sereno para luego ver su imagen reflejada en ella, o de lo contrario morirá ese mismo año (lo mismo ocurre al “alongarse”):

En el agua del estanque
temprano te has de mirar
si el agua estuviera turbia
un año no vivirás      
(La flor de la marañuela)

O la costumbre de echar una clara de huevo en el agua que luego se expone al influjo nocturno, y que, según la figura formada, pronosticará una señal: si es en forma de barco, se casará con un marino, o si es en forma de ataúd, con un sepulturero.

San Juan bendito
por ser tu día
repárame aquí
la suerte mía

Es la misma fórmula que la utilizada con el plomo, el cual es derretido y luego vertido en agua para conocer la figura que resultará:

Plomo al fuego derretido
en el agua lo echarás
con la figura que forma
lo que has de ser te dirá    
 (La flor de la marañuela)

Es tiempo también, el de San Juan, en el que antiguamente se realizaban “sangrías”, que comenzando por San Antonio, se repetía a los once días, esto es, el día de San Juan, y que llamaban de “emparejar”. Esto se hacía como medida curativa-preventiva a la entrada del verano.
Es el día en que cantan las zarzas con un chillido muy fino y agudo. Es día en que se pronostican también hechos agrícolas: “Si el día de San Juan amanece lluvioso, le caerá aljorra al trigo”;  “Serenoen San Juan, quita vino y da pan”.

O en el que son dañinos algunos productos:

El que quiere a su amante mal
déle coles por San Juan

Y cuando la higuera de leche da fruto amargo, se sangra el día de San Juan haciéndoles cruces y rezándole una oración.

Para pronosticar el régimen de lluvias se escribe en unos papelitos los nombres de los meses y se coloca un poco de sal en cada uno de ellos dejándolos el sereno. Según el grado de humedad que cada uno de ellos tenga, significará el mes más lluviosos.

Y para certificar la cantidad de chubascos que hay en la época de San Juan:

Enero frío y ventoso
sale del monte temblando
Ahí viene San Juan glorioso
sus lágrimas derramando

Seña Lugina: curandera y santiguadora

Presagios amorosos.- Existen entre los jóvenes una serie de entretenimientos o prácticas que vienen utilizándose como agüeros de amor, puesto que la devoción religiosa a éste santo, junto con la de San Antonio, los convierte a ambos en patronos de los enamorados.

Uno de los más utilizados es el de los papeles en agua; consiste en colocar dentro de una vasija con agua, varios papelitos bien doblados con los nombres de los pretendientes. El papel que resulta abierto o desdoblado en la mañana de San Juan, ofrecerá a la dama el nombre con el que próximamente se ha de casar. Al colocarse éstos papeles en agua, se canta ésta canción:

San Juan, San Juan Santo
Santo sin haber nacido
de mi Dios buen consejero
por alférez escogido
por éstos papeles te pido
que me traigan a mis ojos
o a mis oídos
el nombre de mi esposo
o de mi marido,
si es de cerca que lo vea pasar
si es de lejos que lo oiga nombrar.

Estas estrofas vienen a reseñar en sus últimos versos otra de las prácticas en cuanto a presagiar futuros amores. Es costumbre entre las muchachas que el primer nombre que oigan en la mañana de San Juan, así se llamará a su novio. O la de arrojar un ramo de flores a la calle y vigilar quién es que lo recogía.

Alborada mañanera
de la noche de San Juan
voz que canta tempranera
a tu amor lo ha de nombrar  
(La flor de la marañuela)

Muy extendida está la costumbre de las papas o de los duraznos, consistiendo en coger tres de ellas, pelar una totalmente, otra a medio pelar y otra sin pelar. Estas se tiran bajo la cama y, en el día de San Juan, se coge una de ellas sin mirar;  según la que se acierte  sacar, indicará la fortuna que tendrá el novio: “pelada” es que será pobre, “medio pelada” de mediana posición y “sin pelar” indicará riqueza.

Tres duraznos peladillos
bajo la cama has de echar
los teneres de tu novio
los duraznos te dirán       
(La flor de la marañuela)

O la de colocar bajo la cama tantas hojas de higuera negra como pretendientes se tenga, atravesadas por un palito, y la que mas estirada amanezca, indicará quién la quiere mas.
Es San Juan el día en que es costumbre, también, enramar las puertas de los novios con ramos y arcos de frutas y flores, o la de llevar y obsequiar a la amada con pan, queso, frutas, etc. Pero a quién no se quiere, se le coloca un rosario de huesos en las puertas, o una ristra de pimientos o calabazas.
Sirve también un abanico para predecir o saber si será amado o no. Se recorren las varillas diciendo: te quiero mucho, poco o nada. O la mujer que tenga buena mano para cogerse las pulgas, se casará pronto.

 O si se tropieza con un cacharro en la calle en el día de San Juan, no se casará ese año. O si se planta un romero ese día y no pega, no se casa.
En definitiva, serían innumerables las fórmulas existentes para los encantamientos o presagios amorosos, y pienso que con las enumeradas, sirven para dar una muestra de las mismas.

Cura de la hernia pasando al niño enfermo por el mimbre

Rituales curativos.- Además de lo anteriormente indicado, en cuanto a las propiedades curativas que se achacan a las plantas medicinales recogidas en la noche o madrugada del día de San Juan, existen otras creencias supersticiosas en cuanto al aspecto curativo que vienen referenciados en una serie de rituales.

Para los dolores de las piernas es bueno realizar saltos en las hogueras. Y para que nazca con fuerza el pelo, se recomienda arrancarse unos cuantos y colocarlos con las puntas hacia arriba dentro de un canuto de una caña hueca que esté plantada.
O para evitar el mal de ojo, una de las enfermedades mas comunes entre la población, el hombre debe beber un vaso de vino, con piedra de ara molida, junto con semilla de mostaza, en una encrucijada el día de San Juan, al tiempo que se reza un Credo.

Pero evidentemente, la principal figura ritual, consiste en la realizada para la curación de las hernias en los niños y que es conocida por el ritual del mimbre. Es ésta una práctica supersticiosa por la que se hace pasar por una mimbrera, en la mañana de San Juan, al niño que padezca una hernia, operación que, según las versiones, realiza un Juan y una María, para lo que se abre por el centro uno de los gajos de mimbre y haciéndose pasar por la abertura al niño se dice:

Que me traes María
Un niño quebrado
San Juan y la Virgen
te lo vuelvan sano

Si el gajo después de la operación logra soldar las partes separadas tras atarlas, el niño curará; de lo contrario seguirá con su hernia hasta que se repita la operación otra mañana de San Juan.
Es ésta una costumbre extendida no solo por el archipiélago sino también por la península, variando sola la planta escogida (roble, encina).

También existe la versión recogida por Luis Álvarez Cruz en 1934, en donde aparece un tercer personaje: una Isabel. Y una mas complicada, recogida por Alfred Diston entre 1855-1858, en donde los personajes son cuatro: Juan, Isabel, Ana y Juana, siendo la técnica de igual manera, la de pasar a los niños por la abertura y la de ligar posteriormente el junco partido. Diston atribuye éste ritual a los habitantes antiguos de Canarias, pero el dato no es fiable. No obstante, repito, es versión extendida no solo en la península sino incluso en Alemania, Escocia o en América, donde la han llevado los emigrantes europeos, a decir de Pérez Vidal.

Y casi con seguridad, la interpretación del mismo venga de la idea de la generación material, ligada al poder regenerador de la Naturaleza, según la interpretación de Garrisón, como también afirma el mismo Pérez Vidal.

Ritual del drago para la cura del niño herniado
(tomado de “Prácticas y creencias de una santiguadora canaria”)

Existe otra fórmula diferente que al parecer sirve para el mismo tratamiento, ofrecida también en el mismo artículo de La Prensa de 1934 por Álvarez Cruz: “Se puede hacer con las hojas del drago. Se les arranca un trocito de piel y se lo vuelve a pegar como un parche, de igual manera.”

Este último entronca mas con el ritual del drago, que aunque no es preceptivo realizarlo el día de San Juan, sirve para curar la hernia en los niños. Consiste éste en colocar la planta del pié apoyada en el tronco del drago y grabar con un cuchillo su contorno; si éste cierra bien, el niño sanará. Esto lo podemos comprobar, por ejemplo, en el cruce de cuatro caminos que hay subiendo hacia la ermita de San Diego en La Laguna, donde existe un drago al que se le advierten señales inequívocas de éste ritual.

Los piques.- Existe en la Gomera, en el pueblo de Agulo, una curiosa fiesta que se celebra en el día de San Juan, y que es conocida como la fiesta de los piques.
Es tradición en ella el entrecruzar los vecinos coplas que alaban u ofenden a los que habitan en los barrios de La Montañeta y de Las Casas, con el fondo del ritmo del Baile del Tambor, y se caracterizan por la improvisación que los cantares realizan en sus coplas.

Montañeta, montañeta
con Las Casas no te metas.

Y la respuesta no se hace esperar:

La Montañeta es valiente
aunque tenga menos gente

Es día en que las familias se separan según sean de un barrio u otro hasta que pase la fiesta. Es un caso que nos recuerda mucho a la fiesta de los Corazones de Tejina, donde cada barrio pugna por engalanar mejor el corazón al que pertenece, dándose los piques con frecuencia.

Celebraciones primitivas en La Laguna.- “Esta fiesta del divino precursor se instituyó con voto en ésta ciudad de La Laguna por la Justicia y Regimiento, tomándole por patrono y abogado de la peste por ante Alonso Cabrera de Rojas, escribano mayor del Cabildo en 25 de junio de 1582”

Así comienza el párrafo que recoge las Ordenanzas de Tenerife, y en donde, como se ve, fue instituida ésta fiesta a consecuencia de una epidemia de peste bubónica que azotó la ciudad lagunera y que dio lugar a la edificación del templo, que está bajo la advocación de San Juan Bautista, y a tenerlo como patrono de la pestilencia y celebrar su fiesta. La imagen del santo fue traída de fuera de la isla, quizá desde 1584.

La fiesta comenzó a celebrarse con regularidad desde 1593, aunque con periodos de decadencia diversa. En 1756 la imagen hacía años que no salía en procesión debido a la carencia de ropa con que vestirlo, y mas tarde existieron pleitos con la Audiencia por la denegación de autorizar gastos diversos en el santo y en templo. Esto llevó a cerrar el mismo y mas tarde cederlo a la autoridad militar en 1862, el cual lo utilizó de hospital.

La decadencia fue manifiesta hasta su restauración en 1955 y no olvidemos que bajo la iglesia, bajo sus cimientos, se encuentran enterrados los fallecidos de aquella enfermedad pestilencial, que se cifraron en unas 9.000 personas.

Ya para finalizar, recordar que la fiesta de San Juan  es una de la que posee más posibilidades en cuanto a aspectos tradicionales y costumbristas se refiere, siendo de gran importancia para la etnología. Es una pena que estos usos vayan en pleno retroceso y hay que luchar denodadamente para que los mismos se mantengan, pues por desgracia, muchas de nuestras fiestas están desapareciendo y nuestras generaciones modernas no tendrán la oportunidad de conocerlas, ni tampoco de saber que, si en una mañana de San Juan descubren un encantamiento, tan frecuentes como los que he relatado, deben inmediatamente realizar una cruz en el aire con la mano derecha, sin pestañear ni separar los ojos, con lo cual el mismo quedará desencantado. Y es que si no conocemos los simbolismos que encierran las tradiciones populares canarias, puede existir el riesgo de que las influencias mágicas nos afecten.


            

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La fiesta mágica del día de San Juan (I)

por Carlos García 




Tras la finalización de las fiestas de mayo y entrada ya la plena estación veraniega, aparece en el calendario la festividad de San Juan Bautista, que tiene como principal característica la costumbre de encender hogueras. Se trata, sin duda, de una fiesta con ceremonia muy antigua de ritos de fecundidad y vegetación dotada de elementos cristianizados. Estas celebraciones ya se realizaban durante el solsticio de verano en los países musulmanes y están vinculadas al culto solar, siendo anteriores al advenimiento del cristianismo, quién, posteriormente la instaura con el fin de hacer desaparecer su conformación pagana. Es éste día cuando el sol se aparta mas en el signo de Cáncer, y éstos condicionantes son los que hacen también que se le conozca como Fiesta del Sol.

Su especial característica, la del culto al fuego mediante las hogueras, es también costumbre muy antigua, en la que, para la celebración de festejos, se realizaban grandes hogueras como en el caso de las fiestas romanas o griegas.

Y en cuanto a la tradición específica que nos ocupa, y que está perpetuada en la noche de San Juan, nos relata Pérez Vidal que Seignobos en su “Historia Universal” afirma: “A veces los druidas sacrificaban hombres en la fiesta del solsticio de verano en honor del Dios Solar, encerrándolos en jaulas de mimbre y prendiéndoles fuego…” 

Iglesia de San Juan en La Laguna (Tenerife)

Son éstas hogueras muy antiguas en Canarias y  se utilizan no solo en la festividad de San Juan sino en la de San Antonio y San Pedro. Por información de Jiménez Sánchez conocemos que,  en una cita existente en el archivo de la iglesia parroquial de San Juan Bautista de la ciudad de Telde, se lee:”…en 1544 la cofradía de la Hermandad de San Juan, acordaron pagar a los esclavos negros para llevar leña para las fogaleras de la noche de San Juan…” La Fiesta de San Juan estambién celebrada en otros lugares, debiendo el auge experimentado  desde la Edad Media, a que la devoción proviene tanto del cristianismo como del mundo musulmán, por creer éstos que el santo había sido moro:


El día de San Juan

es día de alegría
hacen fiesta los cristianos
y los moros de morería.

Diversas son las leyendas y los romances que, llegados de tierras peninsulares, sitúan en el día de San Juan la fecha de su relato:

La mañana de San Juan   

a punto que alboreaba
grande fiesta hacen los moros
en la Vega de Granada

También el romancero canario recoge la festividad de San Juan, como la escena recogida por Agustín Espinosa en “Los cautivos Melchor y Laurencia” o también en “El Conde Niño”:

Mañanita de San Juan

como costumbre que fuera
las damas y los galanes
bañarse a las Arenas…                                  

Mañanita, mañanita

mañanita de San Juan
fue a dar agua a su caballo
a la orilla de la mar….

El fuego de las hogueras.- El fuego siempre ha sido considerado como un elemento mágico, uno de los mas importantes para dominar “los poderes maléficos”, habiéndose usado, como dice Frazer en La Rama Dorada, contra la magia negra y las brujerías, así como contra las enfermedades o desgracias.

Fueron prohibidas las hogueras por el culto cristiano desde el Concilio de Constantinopla en el año 680, aunque tal prohibición no resultó efectiva pues la tradición se mantuvo hasta nuestros días.
Es elemento imprescindible para festejar la noche de San Juan el realizar hogueras en honor del santo, aunque el ritual va dirigido a preservar la armonía de los hogares, calles, barrios y ciudades, purificando lo contaminado, destruyendo lo viejo, a decir de Galván Tudela.
Estas hogueras se realizan por la población infantil rivalizando en tamaño con la de los barrios vecinos  y sobre las llamas de las mismas se realizan saltos y cabriolas que sirven como remedio de diferentes males o para presagiar una próxima boda…

Salten niñas casaderas
fuego del señor San Juan
la que no se salte el fuego
soltera se quedará                                                                                                                                   (La flor de la marañuela. Juandel Río Ayala).

Se acostumbre también la quema de cohetes acompañado de gritos y el sonar de los bucios y caracolas, pensando algunos que esta costumbre deriva de que San Juan fue también pastor y solía tocarlas. Y se cree pecado el escupir o insultar en la hoguera, y allí se reza un Padre Nuestro y un Ave María “a nuestro padre San Juan Bendito”. Se tiene por juego el saltar el fuego diciendo:


Salto por San Juan

salto por San Pedro
para que me abran
las puertas del cielo.


En ésta noche se suele coger una escoba a la que atan una cuerda del puño y, después de encenderla, la hacen girar describiendo un círculo luminoso en la oscuridad de la noche.

La bruja por esta noche 

no tendrá en que cabalgar 
que le quemaron la escoba
 que barría en el pajar.
(La flor de la marañuela)   
            
Hachitos de Las Canales (Icod)

No hay que olvidar que existen también en Canarias otras manifestaciones con el fuego como protagonista. Es éste el caso de los “Hachitos de San Juan” que se celebran en Icod de los Vinos, en donde con antorchas o hachos, hoy de petróleo y antes de tea, iluminan bajando las lomas desde la Vega hasta el Amparo, y en el que se baila, a ritmo de tajaraste, mezclas de la danza y el baile corrido. También en Garachico se celebra la noche con carozos encendidos que alumbran toda la montaña, o se tiran los “Fuegos del Risco” desde el Mazapé, en San Juan de la Rambla, haciendo rodar bolas de fuego montaña abajo.


Tiene San Juan un arraigo especial en el pueblo canario, tanto en su aspecto religioso como popular, viniendo expresado éste sentimiento por distintas manifestaciones que lo demuestran:

Viene mayo con sus flores

San Juan con sus clavellinas
Santiago con sus duraznos
Y  agosto con sus vendimias                 
Todos los Santos son buenos
y San Juan es el mejor
porque éste tuvo la dicha
de bautizar al Señor

Sirve la fecha para la diferenciación o el señalamiento de un tiempo específico. Así por ejemplo, sirve para dar comienzo a las temporadas de los baños de mar:

Hasta San Juan no te bañes

que te hace daño el agua.

Día de San Juan al mar
día de San Pedro al Monte
día de San Nicolás
por coles a Tacoronte.

Es costumbre, desde muy antiguo, que la gente iba al mar a darse un baño con el fin de poder llegar vivos hasta el año siguiente o para preservarse de enfermedades. Es difícil conocer de donde deriva originalmente ésta práctica, pero es de suponer que está ligada íntimamente con la superstición de la purificación de los baños rituales en diversas ceremonias y evidentemente interrelacionadas con la salud. El agua siempre es símbolo purificador y de vida. Y no solo era preceptivo de las personas sino también extensivo a los animales, costumbre por otra parte difundida a otros lugares geográficos de nuestro Estado, remontándose en nuestro entorno a la época aborigen guanche en que se acudía con los rebaños a la orilla del mar. Años atrás se realizaban auténticas romerías con instrumentos y parrandas a la orilla del mar en la madrugada de San Juan:


En la mañana de San Juan 

cuando la gente madruga
el que con vino se acuesta
con agua se desayuna
                       
Es también la fecha que señala el comienzo de algunas actividades agrícolas como se indica en las máximas: “Por San Juan tiene lugar las primeras descamisadas canarias” o “Por San Juan comienzan los asaderos de piñas”.
También la isla mágica de San Borondón está ligada a la fecha en cuestión. Es por San Juan cuando la fantasmal isla aparece como por encanto en el horizonte durante la alborada de la mañana de San Juan, mañana radiante en que al naciente del sol aparece la isla de San Borondón, bello y majestuoso fenómeno meteorológico que algunos han tenido la fortuna de contemplar e incluso fotografiar.                                
El baile del sol.- Es corriente la leyenda de que el sol en el día de San Juan baile en el horizonte a la hora de su salida;  es creencia generalizada entre los campesinoscanarios y también extendida en otros lugares de la Península y Portugal. Es  la significación del culto a la fiesta solar en que la gente sube a los montes para ver amanecer y como baila el sol.

Yo vide bailar el sol
la mañana de San Juan
a ahora veo en el terrero
a dos hermanos bailar

Históricamente parece ser también creencia derivada de la época prehispánica, ya que en Corrían podemos leer que “éstos bárbaros creían que también bailaba su Dios…”.

NOTA: La fotografía de los Hachitos de Las Canales es de Francisco Javier Toledo Ravelo (Licencia Creative Commons)


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El convento de las Clarisas de la Laguna y su Museo de Arte Sacro.

por Margarita Gallardo González

La autora de este artículo es Licenciada en Geografía e Historia y responsable, desde hace muchos años,  del Archivo del Monasterio de Santa Clara de Asís de La Laguna. Se ha encargado, pues, de la tarea de catalogar los importantes fondos documentales que custodia la institución desde su fundación. Para este blog es un auténtico honor contar con ella en estas páginas.


El establecimiento de la orden de Santa Clara en las Islas Canarias obedece a la demanda de una determinada sociedad que, desde comienzos del siglo XVI, está solicitando la fundación de un monasterio capaz de cubrir las necesidades espirituales de la población femenina. En 1547 llegarían a la Isla de Tenerife diez religiosas clarisas, procedentes de los monasterios andaluces Regina Coeli de Sanlúcar de Barrameda y San Antonio de Baeza. Esta primera aportación permitirá a la ciudad de San Cristóbal de La Laguna disponer de un cenobio para dar cabida a la gran afluencia de vocaciones que se genera. El resurgimiento de una nueva piedad, el fervor religioso, la política tridentina que apuntaba hacia una clausura sin fisuras, el incremento demográfico y los propios intereses de personas de elevada posición social o relacionadas con estamentos privilegiados serán, los factores espirituales, sociales y económicos que en mayor medida influirían a la rápida expansión de las clarisas franciscanas en el archipiélago canario.                    

                         

Desde la primitiva fundación en San Miguel de las Victorias hasta el traslado de la comunidad al actual monasterio transcurrieron más de 30 años. Desde ese momento el crecimiento de la orden no va a detenerse a pesar de  las adversidades sufridas; sucesos como el incendio de 1697 o las turbulencias sociales, políticas y económicas del siglo XIX. Tras el incendio de 1679. Las religiosas clarisas vivirían durante algún tiempo acogidas en el Monasterio de Santa Catalina. Coadyuvaron a la reconstrucción de las zonas destruidas las familias de las religiosas, la utilización temporal de sus dotes y la generosa aportación de ricos donantes locales.

                    
La vitalidad de las clarisas laguneras queda recogida en la documentación de su archivo y nos ofrece la oportunidad de conocer las distintas ampliaciones de la fábrica, ampliaciones que obviamente responden a la necesidad material de un mayor espacio físico. Inventariar el contenido patrimonial del convento supone un primer paso que permitirá en un futuro profundizar y estudiar detenidamente cada pieza inventariada. A través de los años el convento de Santa Clara ha acumulado un rico caudal artístico y documental que ha llegado hasta nosotros gracias al celo de las religiosas que lo han custodiado e incrementado, con aportaciones familiares, propias y/o a través de donaciones particulares

Debemos mencionar que el estudio de estos bienes ha sido fundamental para la reconstrucción, al menos, de forma parcial de casi cinco siglos de historia. Dentro del respeto a la clausura conventual es un privilegio que hoy podamos mostrar su museo con obras y objetos de la vida cotidiana que gracias al delicado cuidado de las religiosas han llegado prácticamente intactas hasta nuestros días. En cuanto a la metodología utilizada  en el museo, si bien hemos dado prioridad a la funcionalidad, agrupamos las obras en las salas atendiendo a temas específicos en lugar de seguir un orden cronológico. Esperamos que el visitante pueda acercarse con más facilidad al carisma franciscano. Con paciencia, consenso de criterios y el trabajo de un reducido número de personas hemos ido valorando, seleccionando y ordenando cada pieza siguiendo un rigor puramente temático, como puede comprobarse en el inventario, para el que utilizamos la misma metodología.


Las pautas estructurales seguidas en las salas del Museo de Santa Clara de Asís y por consiguiente en el inventario de sus obras artísticas son el resultado de una idea preconcebida en la que ha primado  la sencillez franciscana y un orden temático que hemos antepuesto al cronológico  con el fin de facilitar al visitante respuestas a “Qué hacen y como viven 14 religiosas en un edificio de grandes proporciones arquitectónicas en el medio de la ciudad.” Cuestiones que más de una vez se han planteado personas cuando pasan por las calles Nava y Grimón, Ernesto Ascanio. Anchieta o Viana. Si su exterior es casi monumental, en su interior se conserva un rico patrimonio. Ha llegado el momento de dar respuesta a esas reflexiones abriendo unas puertas al convento cuyo interior comparte áreas claramente diferenciadas. Para algunas personas posiblemente será la primera vez que entran en una institución conventual, así al introducirse en el edificio e ir disfrutando de su arquitectura,  de las distintas dependencias y finalmente en la contemplación de sus salas encuentran la respuesta a muchas de sus anteriores cuestiones. Sorprenderán  elementos materiales y espirituales como la paz de los claustros o que este edificio conventual permanezca en pie desde el siglo XVI, habitado por la Comunidad de las religiosas clarisas que lo fundara a pesar de los años transcurridos y las vicisitudes que han sufrido en determinadas épocas. Es verdaderamente heroico su continuidad, firmes y fieles a la de su patrona.

                        

Para mejor clarificación, destacamos y distinguimos por sus diferencias  las tres estancias de mayor interés del edificio conventual:


Hábitat de la Comunidad  (clausura) donde se encuentran los elementos propios de una familia numerosa, un pequeño oratorio familiar, el obrador que atiende a necesidades litúrgicas propias y externas, sala de labor, cripta, claustros, secretaría, una formidable biblioteca y el “alma mater” del convento para todo historiador, su archivo.

Iglesia abierta al culto. 

Museo de Santa Clara de Asís.

SALA I “Regina Coeli”. Destaca el tema mariano en pintura y escultura (evidentemente el inventario se ha realizado con el mismo criterio). Contempla las piezas de orfebrería y textiles afines.

SALA II  “SALA SERÁFICA”. Destaca toda relación con los fundadores de la orden San Francisco de Asís y Santa Clara de Asís, así como con santos de la orden en pintura, escultura y el resto de elementos. Digna de mención aparte es una Piedad atribuida a Cristóbal Hernández de Quintana en el interior del oratorio y, por su originalidad, los retratos de dos jóvenes antes de tomar el hábito franciscano o los retratos postmortem de algunas “Venerables” en los que en breve profundizaremos, esculturas con sus atributos, orfebrería , textiles y otros materiales, además de las reliquias. Entre los “Bienes Muebles” de esta sala destacamos;  el báculo de la abadesa (su valor es sobre todo testimonial), un arcón de tres llaves donde se guardaban los documentos y objetos de valor. El hermoso baúl de procedencia mejicana, en su interior se recrea parte del ajuar de una religiosa. Incluimos también en esta sala el oratorio de la antigua enfermería del convento,  ricamente decorado.

Documentos que dan autenticidad a las reliquias expuestas,  6 muestras bibliográficas de los siglos XVII y XVIII y la biografía de Sor Catalina de San Mateo, religiosa del Monasterio de San Bernardino en Las Palmas de Gran Canaria.


SALA III “SALA DE LA REDENCIÓN” siguiendo el mismo orden; pintura, escultura y sus atributos de orfebrería textiles además de otros materiales. Liturgia con 4 atriles y una cruz relicario. Entre los Bienes Muebles de esta sala es digna de mención la Capilla de Nuestra Señora de la Piedad rematada con una calcografía de la Dolorosa.


SALA IV. “Quién como Dios”; pintura, escultura y atributos, orfebrería textiles y otros materiales. Contiene esta sala cuatro capillas, dos doseles y un baldaquino entre sus Bienes Muebles. El único elemento correspondiente a la LITURGIA es un ostensorio de madera policromada.

SALA V “Corpus CHRISTI” dedicada totalmente a la LITURGIA  a excepción de un sagrario de madera  policromada y un Guión los objetos expuestos pertenecen al capítulo de la LITURGIA.

En el “CLAUSTRO ALTO” el visitante encontrará Baúles de Ajuar, un Tenebrario y algunos elementos musicales singulares como la conocida “tambora”.

“De Profundis”. En la PLANTA BAJA se expone un Altar y Manifestador, las incorporaciones posteriores, varios “testigos” de la antigua escalera procesional y textiles antiguos.

Concluimos la visita al museo y su inventario en el CLAUSTRO BAJO donde se conservan las viejas campanas del siglo XVII, en bronce y las insustituibles maquetas que dan una visión global del convento; antes y después de la última restauración con el acondicionamiento del inmueble que ha permitido armonizar la vida contemplativa y la apertura al exterior de este museo.  

El museo se encuentra en la calle Viana, nº 38 en La Laguna (Tenerife)                                                                                                 .

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El reloj de la Catedral de La Laguna (y II)

por Carlos García

La copla sirvió para mantener latente un conflicto añejo que venía desde tiempos pasados y que diferenciaba totalmente a la sociedad de Aguere dividida en dos territorios marcados. Las envidias y recelos continuaban entre las personas que habitaban en los dos barrios correspondientes motivando algaradas y peleas. Con el tiempo, la disputa se avivó al conocerse la decisión del obispo Cámara y Murga de construir una nueva torre en la iglesia de la Concepción para la adquisición de una nueva campana mucho mayor que las existentes. Pero sobre todo, con la intención de traer un nuevo reloj a la Villa de La Laguna. Este reloj fue encargado a la ciudad de Londres por el comerciante Guillermo Van den Heede Dujardín con un coste de catorce mil ciento cuarenta y un mil reales de vellón, llegado a la isla a bordo del bergantín goleta “Las dos hermanas” el 8 de junio de 1751 y ocasionando una disputa entre la  parroquia de Los Remedios, la de la Concepción y las Casas Capitulares.
Pero además originó una rocambolesca situación, según bien nos relata Luis García de Vegueta en su libro “Islas Afortunadas”, y que encontramos entre las notas del Diario del regidor  Anchieta y Alarcón, en la que intervino la presencia de dos señoritas de la aristocracia lagunera enredando mucho más la tensa situación. Ante el litigio planteado por las parroquias, se decide en votación para dilucidar a quien corresponderá su ubicación. Asisten los regidores, el síndico personero, beneficiados y sacerdotes de las parroquias. No se llega a ningún acuerdo ya que cada uno argumenta a favor de su parroquia.
Entonces aparecen las damiselas laguneras que con sus encantos, amoríos y engaños seducen a los carreros encargados de recoger el reloj del velero, amarrado en el muelle de Santa Cruz, para que no asistan a su trabajo, con la excusa de citarlos por la noche en los jardines de sus casas. Esta argucia, maquinada de antemano por los partidarios de robar el reloj y colocarlo en la Concepción, motiva que se presenten en Santa Cruz y, tras recogerlo, lo esconden en los graneros del Cabildo. Se denuncian los hechos y comienza la investigación del paradero de lo robado. Debe intervenir el gobernador Juan Urbina quién comienza las pesquisas. Se reúne el Cabildo, se hacen Asambleas, todos hablan. Finalmente se ordena, por parte del Gobernador, la entrega del reloj a la parroquia de Los Remedios que, por mediación del Corregidor, se coloca en la torre que existe en la fachada para disfrute, servicio y gobierno de los laguneros, quienes dispondrán desde ahora de una sola medida del tiempo sirviendo para control de las horas de riego y de las faenas.
Anchieta describe en su Diario: “Martes, 22 de junio 1751, como a las once de la mañana subieron la campana grande del reloj en la torre de los Remedios; subiéronla la gente de mar de los navíos de las Indias, que a ello vinieron. A la tarde, todos fueron de diversión a las Mercedes, a caballo, y echando voladores, y al venir lo mismo, y a comer, que comieron en casa del mayordomo del Cabildo”.
Estado actual de la torre y el reloj.-
El deterioro de la torre y la fachada de la iglesia parroquial de los Remedios se hacía patente desde 1813, situación que advirtieron Cristóbal Bencomo, arzobispo de Heraclea, Pedro Bencomo, chantre de la catedral de Canaria y Santiago Bencomo, deán de Canarias, todos hermanos, que decidieron acometer una profunda renovación arquitectónica de aquella a costa de su propio patrimonio personal. Estos benefactores trajeron los planos de la catedral de Pamplona que había elaborado Ventura Rodríguez para realizar la modificación que exigía el frontis de la iglesia lagunera. Ya en este momento se había formado la diócesis Nivariense, en 1818, tras haberse segregado las cuatro islas occidentales como había referido al principio, situación que propició la transformación de parroquia a catedral,  en lo que tuvieron que ver mucho los hermanos Bencomo, instalándose el nuevo rango eclesiástico en diciembre de 1819.
Estos planos originales fueron modificados por Juan Nepomuceno Verdugo y Pedro Díaz quienes se encargaron de las obras que fueron finalizadas en 1825, tanto la torre sur como el pórtico, colocando en su cúspide una de las dos veletas de bronce que coronan los torreones. La falta de presupuesto económico hizo detener las obras hasta 1882 en que comenzó a edificarse la segunda planta de la fachada, finalizándose la torre norte, en 1916, aunque en 1897 tuvo que clausurarse la iglesia por amenaza de ruina del crucero y del cimborrio, situación que se corrigió a principios del siglo XX con proyecto del ingeniero Rodrigo Vallabriga, que derribó todo el edificio excepto el frontis original de 1820.

La fachada que hoy podemos contemplar es una muestra de estilo neoclásico con una sensación de poca altura, muy achatada,  si se compara con su copia de Pamplona y toda la obra pertenece a la realizada hasta 1915, a excepción de la última torre que se construyó un año después. Tras las modificaciones y reformas llevadas a cabo a lo largo de su historia, el templo conserva interiormente de su etapa primitiva la planta general, estando constituida por tres naves habiendo sido sustituidas las dos laterales previamente existentes para la ubicación de las capillas, y desde la última renovación arquitectónica poco queda de la configuración original de la iglesia parroquial.
De la fachada, como escribe Cioranescu, versión modificada de la catedral de Pamplona, se compone de dos cuerpos; el inferior con un atrio de cuatro columnas toscanas  flanqueadas por dos puertas; el superior con sus esquinas de cantería típicas canarias, se compone de cuatro ventanas rectangulares con otra de mayor dimensión circular y un frontón en el atrio de forma triangular. En las dos esquinas del frontis se alzan  sendas torres con las campanas y en una de ellas, el reloj. Subiendo a la torre donde se encuentra el reloj, visita realizada con el acompañamiento de uno de los encargados de darle cuerda y de su cuidado, el amigo Eloy, que  siempre de manera voluntaria lo realizó en su momento, lo mismo que acompañado y junto a Domingo el sacristán, pude verificar su funcionamiento y comprobar una serie de circunstancias que me parecen interesantes darlas a conocer. Muchos han sido los encargados de tal menester no pudiendo olvidar a los conocidos “Perita” que, además de campaneros, han colaborado en el cuidado de aquel.
Algo que me sorprendió fue descubrir las numerosas inscripciones y escritos que se hayan pintadas en la paredes que conforman el habitáculo donde se encuentra el reloj. Son numerosas y variadas las frases que podemos leer y que se tratan de anotaciones hechas por quienes han tenido a su cargo el mantenimiento y arreglo del reloj, por lo que podemos decir es un diario, una agenda de lo acontecido durante muchos años con respecto a los personajes y avatares por los que ha transcurrido la historia del aparato controlador del tiempo de La Laguna. Pero no solo en lo que se refiere al reloj sino incluso existen múltiples anotaciones de la vida social y cotidiana de la ciudad de La Laguna con datos de fallecimientos de personajes conocidos, de circunstancias distintas en el día a día ciudadano. Son pequeñas narraciones periódicas que conforman un verdadero diario social de la ciudad de Aguere.
Algunas de estas anotaciones quiero dejarlas mostradas en este escrito para que puedan conocerse y descubrir la temática que alude. Y como muestra de ellas existen muchas dedicadas a informaciones sobre fallecimientos de personas y vecinos como las siguientes:
El 2 de Junio de 1881 mataron a Pedro de Armas y Manuel Brito por asesinos
– El 7 de Marzo de 1906 murió D. José Leiva de Mesa
– Carmen García y Recco falleció el 1 de Agosto de 1910
– El 11 de Octubre de 1911 murió Dª Concha Salazar y Chirino
– Dª Trinidad Cambreleng falleció el 1 de Agosto de 1914
– El 16 de Septiembre de 1914 falleció Juan Alonso (a) Garrafón
– En Abril de 1914 murió la madre de D. Ramón Matías
– Juan Benítez de Lugo y García falleció el 27 de Octubre de 1914
– Juan Rodríguez y Rodríguez (a) Coneja) murió el 4 de Julio de 19…
– Murió Francisco García (a) El Largo el 20 de Diciembre de 1911
– El 9 de Abril de 1914 murió Dª Adela Amador esposa de D. Jesús Beyro
En otras podemos leer noticias sobre momentos determinados y hechos ocurridos en la ciudad  como las que dicen:
– 2 de Abril de 1901 se inauguró el tranvía eléctrico
– Se inauguró el alumbrado eléctrico del Instituto la noche del 4 de Octubre de 1911 siendo director de dicho centro D. Adolfo Cabrera Pinto
– Se hizo la primera acometida del agua en la casa de D. Francisco García calle de Pargo nº 15 el día 12 de Junio de 1911
Y por fin, otras informan de los arreglos y modificaciones que el reloj de la catedral ha venido manteniendo desde el siglo XVIII:
– S.P. 1842 (escrito con pintura negra y con grandes caracteres que sobresalen del resto)
– Se compuso el reloj el 25 de Abril de 1863
– El 1 de Enero de 1889 tomó Domingo Rodríguez el reloj
– El día 14 de Diciembre de 1895 se desmontó el reloj y se limpió por el relojero Juan Gutiérrez de Santa Cruz. 300 pesetas.
– En Junio del año 1899 se limpió el reloj porque se llevó una composición general hasta unas 500 pesetas y lo arregló D. Rafael F. Trujillo
– Me hice cargo de darle cuerda al reloj el 28 de Enero de 1906. José Bello
– Se puso esfera nueva el 28 de Marzo de 1923
– La instalación del nuevo cristal fue 3-9-66 colocado por el personal de la cristalería de don Santiago Martín siendo los mismos J. Ortega, M. Sosa, T. Rojas, L. Hormiga y J. Avalo
Ahora que el templo catedral de La Laguna, después de muchos años cerrado por reformas y tras las mejoras arquitectónicas en su nuevo diseño, deseamos que estas notas sobre las paredes y muros de la torre sur, la torre del reloj, se conserven y protejan como verdadero testimonio de un pasado ya lejano para que pueda seguir siendo conocido y contemplado por las futuras generaciones y que, por qué no, los actuales encargados de mantener y proteger la vieja esfera del tiempo, sigan escribiendo datos sobre las paredes blancas y continuar con esa tradición, que nadie sabe como y quién empezó, que nos ha servido para conocer algo más del pasado de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna sin necesidad de acceder a legajos, libros, periódicos o papeles viejos en ningún archivo sino solo con visitar la catedral y escudriñar entre sus paredes.

                                                           

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El reloj de la Catedral de La Laguna (I)

por Carlos García

La catedral de La Laguna, primero capilla y luego iglesia parroquial titulada “ Nuestra Señora de los Remedios”, fue mandada construir por el Adelantado Fernández de Lugo bajo la autoridad eclesiástica del obispo Fernando de Arce, por lo que el Cabildo, el 26 de Marzo de 1515, tomó la decisión de edificarla sobre los mismos solares que ocupó la primigenia ermita, levantada con el nombre de Santa María, bajo la advocación a la “Expectación del parto de la Virgen”  y existente con probabilidad antes de 1511, al lado de los corrales de la incipiente villa lagunera.

Se tomaron las disposiciones oportunas para que la nueva construcción parroquial englobara, dentro de su capilla mayor, la vieja ermita, dejando dispuesto que el terreno de los solares colindantes se dejaran libres con el fin de  acondicionar una plaza alrededor. Esta primera fabricación de la iglesia, realizada por el portugués Miguel Alonso y por Juan Valenciano, canteros de profesión, finalizó en 1517, fecha en la que se contrató los oficios de los carpinteros Luis Barba y Antón López quienes, con la madera de un solo pino, según afirma la tradición, realizaron el techo del edificio. En 1521 una iglesia de una sola nave, de tipología canaria, con 80 pies de largo y 48 de ancho se abría al culto, rodeada de zonas no construidas, consideradas públicas, en forma de solares libres, conocidos como corrales.
Años después, en la visita de 1588 del ingeniero Torriani a Tenerife, encuentra una ciudad con casas y calles bien conformadas y la iglesia de Los Remedios, con el callejón de las Monjas por su cabecera, y otros callejones en sus lados cuyos espacios serán usados para el crecimiento posterior de las naves laterales e incluso con las futuras Casas Capitulares. El resto del espacio que circundaba la parroquia, todos ellos de tierra, conformaron el lugar como punto de reunión de los vecinos utilizándose, incluso, como lugar de pregones públicos o para la colocación de una fuente de agua para abasto ciudadano, idea que no llegó nunca a realizarse a pesar de las disposiciones recogidas en las Ordenanzas de la isla de Tenerife.
La obra de esta parroquia fue modificada frecuentemente con el transcurso de los años conociéndose que, de una sola nave, pasó a disponer de tres en 1590, fecha en la que parece haberse fabricado el primer campanario que dispuso del reloj del Cabildo que, por el peso de las campanas se resquebrajó. El Obispo Corrionero, en 1618, mandó realizar una torre nueva para la iglesia más en consonancia con la verdadera importancia de la parroquia, por no tener donde colgar las campanas, que fue encargada al cantero Manuel Penedo quién derribó la primera torre del reloj y construyó la nueva a la derecha de la entrada principal. Trabajaron en su levantamiento Jorge de Silva y Diego Penedo quién la finalizó con cinco pisos de altura en 1656, siendo en su momento la más alta de las islas. Su duración se prolongó hasta 1691 en que fue derribada y cambiada por otra nueva.
El callejón trasero de la capilla mayor de la iglesia fue mandado cerrar por el Cabildo en 1745 lo que permitió crecer la capilla y la nave y, siete años mas tarde, en 1752, se construyó un nuevo crucero y se abrieron las capillas laterales por medio de arcos, lo que transformó la edificación en una iglesia de cinco naves. En la ultima fase como parroquia, 1795, fue cambiado el primitivo coro que ocupaba el centro de la nave mayor, trasladando el altar del fondo de la capilla al lado de las gradas, tras el que colocaron la sillería del nuevo coro. 
Pero antes de continuar con la evolución arquitectónica que tuvo el edificio hasta convertirse en lo que hoy conocemos, diré que, en 1751 fue colocado otro reloj, costeado por el Cabildo, en la torre que lo sustentaba. Es la historia que aquí nos ocupa sobre el reloj de la catedral de La Laguna.

La importancia de las campanas.-
Dos parroquias de prestigio en un corto espacio de terreno, en una misma calle, a la vista una de otra,  no podía sino traer problemas entre los feligreses de la ciudad lagunera. Problemas muy antiguos, litigios y luchas de siglos de existencia que comienzan en  1521 cuando se pleiteó la salida de la procesión del Corpus desde una u otra iglesia. Controversias entre cofradías y beneficiados, incluso antes, por la reducción de una a favor de la contraria. Ánimos exaltados en la defensa de la libertad e independencia de la jurisdicción del Cabildo en cuanto al afán de no reconocer la autonomía de la primera iglesia, la de Santa María de la Concepción, la Antigua, la Mayor; luchas por el asentamiento de la Catedral, tras la Bula de Pío VII, de 1818, separando las cuatro islas occidentales del Obispado de Canarias y conformando la diócesis  Nivariense , momento en que la parroquia de Los Remedios pasó a tener el rango catedralicio, por la residencia del Sagrario Catedral; y tantas otras cosas.
La Villa de Arriba con la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción donde habitaban los labradores, los artesanos, los trabajadores, el vulgo; la Villa de Abajo con la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, lugar de mayor abolengo social, de gentes nobles de apellidos linajudos, gentes adineradas, la aristocracia. Terreno y condicionantes, circunstancias propicias para la polémica, la disputa, las rencillas pueblerinas. Y en cada iglesia, en cada torre, las campanas que tañían, que sonaban con sus ecos en toda la población y que cada vecino identificaba con su entorno habitual.  La importancia de las campanas, su tamaño, su peso y su sonoridad siempre fue motivo de orgullo y diferenciación entre los pobladores.
Porque las campanas fueron siempre las voces de los pueblos, la comunicación entre los vecinos y feligreses, anunciando las festividades, informando sobre acontecimientos locales, refiriendo sucesos y dando noticias de peligros o alarmas. En épocas muy antiguas las campanas se utilizaban para distintos fines. Así los romanos, como nos informa Pascual Calvete en su “Historia de las Campanas”, anunciaban la apertura del mercado y la hora de los baños; o para anunciar el ajusticiamiento de los criminales o para informar sobre sucesos meteorológicos. Su uso en la iglesia de occidente aparece sobre el siglo VII y parece derivar su nombre de la región italiana de la Campania, por ser allí donde se fundían en bronce las más grandes y mejores por su calidad en el sonido.
Entre los años 604 y 606 se ordenó colocar campanas en todas las iglesias católicas para que se tocaran en los oficios, misas y en las festividades religiosas. Al ir creciendo su uso fue preciso construir torres mayores donde ubicarlas y para que su sonido se difundiera más y mejor. Más modernamente, durante los Concilios celebrados en 1584 y posteriores se prohibió que las campanas se destinaran a otros usos que no fueran los religiosos; pero ya en el siglo XVI se dispensó de tales prohibiciones siendo de uso para el anuncio de catástrofes, invasiones, fuego, mezclándose, desde entonces, los avisos religiosos con los civiles. 
Los toques de las campanas los realizan los  campaneros cuyo oficio fue de importancia en las sociedades de antaño ya que debían entregar mucho tiempo al mismo, estando prácticamente durante todo el día pendiente de repicar los diferentes toques que debían realizar además de encargarse del mantenimiento del reloj de la torre. Estos toques anunciaban tres momentos diferentes al día ofrecidos para la oración: por la mañana rememorando la Resurrección, al mediodía en memoria de la Pasión y por la tarde, en recuerdo de la Encarnación. Durante la Misa Mayor se toca, primero,  para convocar a los fieles a la misma y luego, en el momento de la consagración, al elevar la hostia, se toca la campana más grande del campanario, cumpliendo la norma de Gregorio IX, de 1240, para que los que no estén en la iglesia, oren y pidan a Dios en reverencia y adoración. 
En las grandes efemérides y festividades que conmemoran los aniversarios de los Cristos, Vírgenes y Santos las campanas suenan con alegría; mientras, en la Semana Santa no se tocan hasta el momento de la Resurrección. Y existen toques diferentes como los de bendición, los realizados  para las novenas, para las pascuas,  para las procesiones y para las festividades, los de oración, ya enunciados para el alba o el angelus; y los toques tristes para los funerales, a fuego, a rebato…Y existen toques de primera clase, segunda y tercera según sea la técnica del repique y las campanas utilizadas.
En resumen, las campanas son instrumentos musicales que con sus voces metálicas anuncian multitud de acontecimientos siendo su sonoridad lo más importante de sus elementos, mucho más que el tamaño o el peso y que viene dada en función de la nobleza y aleación de sus metales.
Las campanas de La Laguna y el litigio del reloj. 

Las de la Villa de Arriba, las de la Concepción, fueron primeras ya que en 1541 existían tres campanas que fueron cambiadas y aumentadas con otras nuevas años después. En su momento la campana mayor fue la más grande en la isla, pudiendo contener en su parte cóncava hasta doce fanegadas de trigo y que, para subirla, se precisaron doce parejas de bueyes debiendo perforarse todos los pisos en el centro para poder colocarla definitivamente en la torre. Esta campana se trajo de Flandes y su sonido no se correspondía con su gran tamaño por estar colocada, según se ha dicho, en el centro de la torre y no en sus huecos que no eran capaces de albergar semejante mole.

Las de Los Remedios, las de la Villa de Abajo fueron consideradas por sus feligreses como de mayor importancia que las otras; más grandes, mas pesadas; de veinte quintales la llamada Santa María y San José,  fundida en Holanda de un cañón inservible que donó el Ayuntamiento o Cabildo de la isla, y la Inglesa, la menor, de quince quintales de peso y fundida en Inglaterra, todas ellas consagradas un 11 de Diciembre de 1649 por el Arzobispo Francisco Sánchez de Villanueva con asistencia de numeroso público.

Las campanas que en la actualidad tañen en la catedral lagunera se distinguen cada una por su nombre. La principal, de clase, tiene la inscripción que dice” Santa María de los Remedios” que según información de del Gremi de Campaners Valencians, la hizo traer don Gonzalo de Castro, mayordomo de dicha iglesia, debiendo ser de 1700, aunque la fecha que tiene grabada es ininteligible. Otra se nombra La Esquila, de 1808; la siguiente La Chueca en la que se lee “me fecit Hijos Marcos”; en una más dice “reinaba Pontífice Máximo León XIII. Obispo D. Raimundo Torrijos Gómez. Me fecit Carolus Marcus et Ragel. Anno 1893”; la última es la María Antonia en la que pone “Deus meus et omnia. Año 1914. Construida por Esteban Puig. Gerona. Año 1914”.
Esta situación de pique entre los habitantes laguneros trajo como consecuencia la aparición de una copla, sin duda nacida de la mente de un vecino próximo a la Concepción, que recorrió las calles y que se recitaba por las esquinas:
            Las campanas de arriba
            son los clarines
            con que cantan y bailan
            los serafines.
            Las campanas de Abajo
            son las calderas
            donde calientan agua
            las panaderas.

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Los taros, una joya de nuestro patrimonio etnográfico

Los taros, una joya de nuestro patrimonio etnográfico

por Arminda Arteta Viotti

Taro en las inmediaciones del Volcán de La Corona. Fotografía tomada de pixcelarte.com

La autora de este artículo es Licenciada en Historia del Arte, realizó estudios de doctorado centrados en el arte canario contemporáneo y, más específicamente, en el escultor Pancho Lasso, al que ha dedicado algunos artículos de investigación. Sus trabajos como documentalista en la Memoria Digital de Lanzarote y como guía, tanto de senderismo interpretado como de la obra pública de César Manrique, le han permitido profundizar en el patrimonio histórico, cultural y artístico de Lanzarote. Asimismo, ha sido tutora de Arte Antiguo en el Centro Asociado de la U.N.E.D. de Lanzarote. Mantiene un magnífico blog dedicado a la defensa del patrimonio histórico y cultural de su isla Lanzarote Inédita. Es un honor para mí recibirla en estas páginas.

En nuestros paseos por los siempre sorprendentes campos de Lanzarote a menudo nos vemos recompensados con la visión de unas estructuras de piedras de un fuerte carácter megalítico. En ocasiones pasan desapercibidas y sólo se hacen visibles cuando pasamos junto a ellas, pues se encuentran absolutamente mimetizadas con el lugar donde se erigen.
Taro o choza adosada a los abrigos de los frutales en la Vega Grande de Ye

Hablamos de los “taros”, “refugios” o “chozas”, términos con frecuencia empleados como sinónimos para designar uno de los elementos más característicos y bellos de nuestro patrimonio etnográfico. Se trata de estructuras de piedra, normalmente seca,  sin argamasa de ningún tipo (aunque algunas, las más desarrolladas, tienen barro y paja en su interior), de planta circular o cuadrangular,  que se encuentran en zonas agrícolas o ganaderas. Pueden hallarse exentas, como un pequeño edificio, o bien adosadas a una pared, o incluso insertas en las paredes que delimitan los terrenos, para así no perder espacio de suelo productivo.

Sus techos, la mayor parte de las veces, están formados por aproximación de hiladas, en lo que se conoce como “falsa cúpula” o “falsa bóveda”, sobre las que, en ocasiones, se colocan piedras de pequeño tamaño. Su entrada es siempre pequeña, para proteger contra las inclemencias del tiempo, y evitar el acceso a los animales. La “puerta” suele presentar una estructura adintelada, con una laja de grandes dimensiones como elemento horizontal, existiendo algún caso de acceso con forma de arco.

Taro de cubierta cónica en las inmediaciones del volcán de La Corona.   “El que es amañao hace una choza con su cucurucho” (palabras de Dorina Torres, vecina de Máguez, recogida en el libro “La cultura del agua”). Fotografía de Alexis Arteta

Las funciones de estas construcciones entre los agricultores y pastores eran múltiples:

a) Por un lado, servían de protección contra el sol, el viento, la lluvia o el granizo. En el caso de los agricultores, si la finca estaba lejos de sus casas y las labores tomaban mucho tiempo, podían pasar la noche en ellos.

b) Por otro lado, ejercían funciones de almacenamiento de los aperos de labranza y la cosecha que se iba recogiendo, así como de los alimentos y el agua llevados para sobrellevar la dura jornada de trabajo.

 

c) Este tipo de estructuras también han sido utilizadas, desde tiempos remotos, como torres de vigilancia, como es el caso del “taro” que se encuentra en las faldas del Volcán de La Corona, en el barrio de El Tefío, en Ye, cuya finalidad era evitar que el ganado se metiera en las fincas.

 

Taro con función de vigilancia en Ye

d) Por último, otra acepción de la palabra “taro” es aquella que hace referencia a las construcciones anexas o cercanas a las viviendas que eran usadas a modo de neveras, para secar los quesos o el pescado, o bien para almacenar cereales.

POSIBLE HERENCIA PREHISPÁNICA
Para algunos historiadores, como el arqueólogo José de León, el sistema constructivo que presentan los taros podría ser una clara herencia de los majos, población existente antes de la Conquista. La falta de madera en la isla habría determinado la necesidad de realizar cerramientos con piedras, y, para ello, la forma más sencilla es la aproximación de hiladas hasta generar una falsa bóveda o falsa cúpula. Sencilla, en el sentido de ofrecer una solución con los materiales existentes, pero muy compleja en su ejecución. No obstante, los majos alcanzaron un gran dominio de esta técnica con la elaboración de las “casas hondas”, viviendas semienterradas de planta circular, de una o varias estancias, que sobresalían únicamente unos 80 ó 100 cm por encima del suelo para buscar protección frente a los vientos y la humedad.
Reconstrucción de una casa honda según Santiago Alemán

Este sistema constructivo se habría heredado para la realización de los taros (o chozas) y también para los techos de los aljibes, especialmente los más antiguos.

 

 

Aljibe del antiguo pueblo de Santa Margarita (Guatiza)

Ya decíamos al comienzo que, agudizando la vista, es posible encontrar múltiples taros o chozas “decorando” los campos conejeros. No obstante, el topónimo “taro”, por cierto, de origen prehispánico según los estudiosos, se ha mantenido en algunas zonas de la isla, destacando dos: el taro de Testeyna y el de Tahíche. a) El taro de TesteynaTAROS DESTACADOS

Testeyna era una antigua aldea (posiblemente existente desde época aborigen, a juzgar por su topónimo), que quedó enterrada por la lava y las arenas de las erupciones de Timanfaya. Se encontraría en las inmediaciones de la montaña de su mismo nombre. Los caprichos de la naturaleza hicieron que una de sus construcciones sobreviviese al volcán para presentarse ante nosotros como testimonio de la antigua aldea: un taro, que hoy da nombre a la zona.

 

 

Taro de Testeyna

Se trata de un inmueble de planta circular y techumbre abovedada, por aproximación de hiladas, que en la actualidad se presenta semienterrado, si bien, a juzgar por las excavaciones realizadas en el 2001 por el quipo de José de León, no fue así en su origen. Además de su incalculable valor arqueológico, presenta otro interés añadido: según una documentación encontrada por el investigador Jaime Gil, el taro, junto al conjunto de casas que había en la zona, habrían pertenecido a los abuelos del célebre escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo, cuya vida, además, inspiró al mismísimo Göethe.

 

 b) El taro de Tahíche

 

En medio de las coladas volcánicas que, emitidas por el volcán de las Nueces, llegan hasta Arrecife, se encuentra, en el pueblo de Tahíche, un taro que hoy se encuentra semiderruido.

Taro de Tahíche. Reproducido en el libro “Lanzarote. Arquitectura inédita”

Es bien sabido que Manrique, tras regresar de Nueva York e instalarse en Lanzarote, escogió como terreno para su construir su casa precisamente una parte de ese “volcán” (como llamamos en Lanzarote a las coladas), en el cual se encontraban cinco burbujas que posteriormente se transformarían en su vivienda y, desde 1992, sede de su Fundación. En honor al taro que se encontraban en sus inmediaciones, denominó a su casa “Taro de Tahíche”, pues para el artista esa construcción presentaba los mismos valores de refugio y cobijo que él deseaba dar a su hogar.

 

 

 

Taro en Tinache. Fotografía tomada del libro “Tinajo, el lenguaje de la tierra”
Taro en el jable de Mala

 

 

Taro adosado a un muro en La Cerca (Guinate)

El progresivo abandono de los campos ha hecho que los taros, refugios o chozas hayan ido perdiendo su uso, mostrándose hoy como un testimonio de incalculable valor etnográfico que debemos proteger y mantener vivo.

FUENTES:
– FARRAY BARRETO, José y MONTELONGO FRANQUIZ, Antonio J.: “Refugios agrícolas, torres de vigilancia y taros en Lanzarote,” en X Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura. Tomo II, Cabildo Insular de Lanzarote y Cabildo Insular de Fuerteventura, Arrecife, 2004.
– VV.AA:: La cultura del agua en Lanzarote, Cabildo Insular de Lanzarote, 2006.
– DE LEÓN HERNÁNDEZ, José: Lanzarote bajo el volcán, Cabildo Insular de Lanzarote, Arrecife, 2008.
– GIL LEÓN, Javier, MORENO MEDINA, Claudio y MARTÍN CABRERA, Nicolás: Tinajo, el lenguaje de la tierra, Aderlan, Ayto. de Tinajo, Cabildo de Lanzarote, 2008.
– MANRIQUE, César: Lanzarote. Arquitectura inédita, Cabildo Insular, 1988.
– ALEMÁN, Santiago: Tesoros de la isla, Cabildo de Lanzarote, 2000.
– PERERA BETANCORT, Francisca: Arquitectura tradicional y elementos asociados de Lanzarote, Aderlan, 2009.

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La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (y II)

por Carlos García

Elementos folklóricos tradicionales de La Laguna.-  A la fiesta se le agregan, con el transcurso del tiempo, una serie de elementos festi­vos que van acorde con el sentimiento popular de una comunidad que se encuentra celebrando algo. Estos elementos folklóricos son, por decirlo de algún modo, tí­picamente laguneros, apareciendo en la romería desde sus comienzos más primitivos. Uno de ellos, y casi identificativos de la romería lagunera, es la presencia de los “barcos”. Los barcos laguneros o como también se les identifica en algún momento,”barcos de San Diego”, son una de las reliquias folklóricas de las que se enaltece la romería de San Benito. La procedencia histórica de estos barcos de tierra adentro no está del todo aclarada, pero la teoría de más vigencia propone que provienen de residuos, de restos de antiguas representaciones teatra­les de origen eucarístico de ciertos Autos Sacramentales que, desde el siglo XVII y XVIII, se celebraban en La Laguna. Estos elementos con el tiempo se separan de su entronque primitivo y entonces pierden su valor específico, entrando a formar parte de una transculturación que lleva posteriormente a engaño.

Hay una referencia de un Auto Sacramental celebrado en la ciudad de Aguere en 1699 en honor de la Virgen de los Remedios, pa­trona de la ciudad, en la que, para divertimento del pueblo, se represen­taron autos sacramentales, haciéndose dos navíos sobre carretas y un castillo entre los que se producía una batalla de tipo alegórico.  El castillo se colocó, según versión de Rodríguez Moure, en la esquina que da a la calle de


Sobre la “cama” de la carreta, a la que se le quitan las estacas, se hace una especie de barco, cuyo casco construyen de un ripiado formando rejas y de él nacen las arboladuras, vergas, jar­cias, velas, gallardetes y banderolas. Tiran del barco una pareja de bueyes escogida para el caso. Es el mismo tipo de representación teatral que se mantiene hoy día en Santa Cruz de La Palma en sus fiestas lustrales, con la batalla entre el castillo y la nave, o las de las libreas que se representan en Valle Guerra y en otros lugares. De aquel auto deriva, al parecer, el nacimiento de nuestros populares barcos laguneros, pues finalizada aquella representación sacramental, estos barcos acompañaron a la imagen de la Virgen de los Remedios, a modo de procesión a su iglesia. Desde éste momento la costumbre de utilizar a los barcos en las procesiones y en las fiestas arraigó en el pueblo y comenzaron a ser frecuentes en éste tipo de manifestaciones.


Luego de las procesiones religiosas, los barcos vuelven, a los días siguientes a la fiesta, para ejecutar las carreras que el público sigue con interés. Puesto el barco en el lugar conveniente    ­el mozo que se coloca delante del yugo pone su mano sobre aquel   en­pu­ñando en la otra la “ahijada”, y a una voz, rejoneados los bue­yes, parten a la carrera. Otra versión diferente es la que propugna la aparición de los barcos como promesa realizada en el pueblo de Tegueste a su patrón San Marcos, allá por 1582 en que se produjo una terrible epidemia de peste, en plena época de Corpus lagunero, tras desembarcar en Santa Cruz unos tapices traídos de Levante. Esta promesa surge en pago de no haber permitido el contagio del pueblo. No obstante me inclino personalmente por la primera versión del origen de los barcos.

Referencias como la de Juan Primo de la Guerra en su Diario de 1808 nos confirman la presencia de éstos navíos en las fiestas:”…éste se forma con algunos maderos ligeros sobre una carreta tirada por bueyes, llevando dentro algunas muchachas que canta­ban…”.  “…en la víspera, por la noche hubo fuegos, entremeses y navíos, todo conforme al gusto de las fiestas que se hacen en los campos…” Otra es la del licenciado Pereyra Pacheco que nos informa sobre 1854, “que en la festividad de Ntra. Sra. de los Remedios u­na de las dos principales de Tegueste, con la de San Marcos, desta­ca la antiquísima costumbre de correr la víspera en la tarde y el día por la mañana, ­ concluida la procesión, unos barcos que figura, tirados por bue­yes, que forman el embeleso y reunión de estas gentes, y que si se quitaran cesaría sin duda la concurrencia de ésta fiesta”. Y bien dice el autor cuando refiere la costumbre de co­rrer, porque tras las procesiones, se realizaban carreras de bar­cos, con el afán de conocer que yunta era la más fuerte y rápida, en­tronque sin duda con el arrastre de ganado que hoy ha vuelto a ponerse de moda, en franca recuperación de una tradición abandonada. Estas carreras de barcos hace ya muchos años que no se realizan en la romería. 

Pasemos ahora a otra de las reliquias folklóricas que perduran en la romería de San Benito, una de las más coloristas, no exclusiva de la comarca lagunera, pero que desde luego sí que nace de los pagos y lugares del contorno como es “el baile de las cintas de San Diego”.

El baile de las cintas está bastante extendido por la geogra­fía de Tenerife, conservándose buenos ejemplos en la zona de Güi­mar, Candelaria, y en la zona de Valle Guerra, Guamasa y La Laguna. Otro baile emparentado con aquel es el que se puede ver en la zona norte de la isla que es la Danzade las varas o de las Vegas que utiliza varas o palos en vez de cintas. Del mismo modo en Guamasa se entrecruzan estos palos adornados de flores, y en otros lugares se cambian por arcos. Las danzas son un elemento imprescindible en la celebración de cualquier fiesta y ésta aparición en nuestra romería no iba a ser una excepción. La procedencia del baile de las cintas hay que buscarla en las costumbres de las sociedades primitivas de bailar en torno a un árbol sagrado o en torno a una figura o símbolo divino. La dendrola­tría es la costumbre de adorar a una divinidad en forma de árbol o de piedra (monolito), y esta danza viene a ser el resultado final de una larga evolución que dio comienzo con los ritos primitivos de bailar en torno a un árbol o piedra, a decir de Esquivel Navarro, en lo que él denomina Danza del cordón. No es una costumbre exclusiva de Canarias ya que bailes similares los encontramos en el folklore de otras regiones peninsu­lares, ya sean hispanas o portuguesas. El bailar en las procesiones es por tanto costumbre antigua, ­siendo algo mas peculiar entre nuestras fiestas realizar el baile delante del santo, ya que es tradición de las romerías canarias, en­cabe­zarlas el ganado y no la divinidad.


Estas danzas que preceden al santo se efectúan al son de tambor, flauta y castañue­las o chácaras, y fundamentalmente y casi en exclusividad, se practi­ca en ritmo de tajaraste. El baile se realiza alrededor de un palo del que cuelgan cintas de colores que los danzantes enrollan y desenrollan mientras ejecutan la danza a su alrededor. Podemos encontrar reminiscencias muy remotas en las danzas cívico-religiosas que nuestros aborígenes realizaban en ocasiones principales, sin olvidar por ejemplo las que se ejecutan en la fiesta de La Candelaria. Nos refiere Bethencourt Alfonso que en la danza de las cin­tas, ahora como en los tiempos aborígenes, formaban la cuadrilla 14 individuos: 12 danzantes y 1 tamborilero, el cual toca a la vez la flauta, además del conductor del palo. Al compás del tamboril se dividen los danzantes en dos tandas de a seis, llevando cada una guía delantera y otra postrera, y marchan bailando dando dos pasos atrás y dos delante, trazando círculos alrededor de la pértiga en sentido inverso cada tanda, una sobre la derecha y otra sobre la izquierda, pasando por dentro y fuera cada vez que se cruzan. Estriba el mérito en trenzar o vestir al palo y luego desves­tirlo sin trabar la danza.

Los danzantes visten con camisas blancas adornadas con dos cintas de colores cruzadas en el pecho, utilizando el color de la cinta que entreteje en el baile, y según viejas referencias, en algunos pueblos del sur de Tenerife, como Adeje, se usó la presencia de una niña que seguía cada bailador cogida de una banda, muy adornada y bailando. En lo que a la romería de San Benito se refiere desde muy temprano en su cronología aparece en la fiesta un grupo de baile de las cintas que llevaba el nombre de San Diego, que de nuevo vuelve a dar nombre a una manifestación folklórica de Hemos sabido por uno de sus actuales danzantes que ese baile data de muy viejo, ya que según el informante, lo bailaba su padre y su abuelo y sin duda fue la primera en salir en la festividad de San Benito. No conocemos el origen del baile pero parece ser una promesa a San Benito lo que motivó la constitución de un grupo de devotos de la zona de San Diego para organizar un baile de las cintas. Comenzaron a bailarla los hombres y siempre ha sido tradición que las mujeres no danzaran, aunque en alguna ocasión, y por ausencia masculina, han sido ellas las danzantes. Este grupo no lleva sino tamborilero y chácaras o castañue­las, no apareciendo la flauta, y ejecutan básicamente el ritmo de tajaraste que es el único que se toca en la procesión del santo­, aunque también tienen otros toques distintos como pasodoble y la isa, desde luego de procedencia mas moderna. Se compone el baile de unos 12 danzantes, aunque también pueden ser más, y la indumentaria consiste en pantalón azul con una cinta roja a los lados, camisa blanca y lonas, y el escudo de San Diego en el lado izquierdo de la camisa.

El baile de las cintas de San Diego solo sale la víspera de la festividad, acompañando a San Benito en la procesión que realiza en los alrededores de su ermita, no teniendo la costumbre de salir en la romería.

Termino expresando el interés que todos debemos mostrar por evitar que nuestras fiestas tradicionales desaparezcan. La revitalización y el robustecimiento de ellas es primor­dial sin querer aferrarnos al pasado e intentar copiar lo que se hacía en el pasado, lo que se hacía de viejo.  Sin olvidar nuestras raíces, nuestro entronque primitivo, conociendo de donde provienen nuestras fiestas populares, debe­mos apostar por nuevas aportaciones, introduciendo ideas novedosas y modernas, para que la fiesta evolucione  y no se pierda con el transcurso de los años venideros.  

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

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La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (I)

por Carlos García 

En el calendario popular, el de los pueblos, persisten tradicio­nes y costumbres que se repiten año tras año  que definen y diferencian las labores agrícolas en momen­tos distin­tos. En plena primavera, al comienzo del verano, tiempo de recogida de las cose­chas, las comunidades rurales acostumbran realizar fiestas que fundamentalmente mantienen un predominio lúdico, aunque sin olvidar el substrato religioso que gira en torno al agradeci­miento de algún santo o devoción, y sobre el que se basan una serie de ritos y manifestaciones folklóricas. El caso de la Romeríade San Benito Abad, en la ciudad de La Laguna, es uno de los muchos y diversos que existen en nuestra pequeña, pero variopinta geografía insular, y que sirve como excusa para desarrollar un sin fin de elementos folklóricos. Admitamos que una manifestación festera que tiene más de 480 años tiene un arraigo popular fuertemente enrai­zado desde sus comienzos, cosa no muy habitual entre las pervivencias culturales de nuestro archipiélago.


Es cierto que la fiesta de San Benito, tal y como la conocemos hoy, tiene tan solo una existencia que deriva de 1947 en que da comienzo la romería moderna, y no como erróneamente siempre se ha venido diciendo en 1948 como informa, con datos irrefutables Julio Torres.  Pero también es cierto que la romería, ­que la fiesta con su comienzo religioso de agradecimiento al santo, tiene su primer origen en 1532 cuando se elige a San Benito Abad, fundador de la orden benedictina, como protector y abogado de los campos y cosechas laguneras por parte de los labradores de la primera ciudad de Tenerife. Históricamente no conocemos la razón por la que San Benito fue elegido patrón de los labradores de La Laguna. Sísabemos que fue un golpe de suerte el que influyó para tal decisión, pero no el por qué de haber introducido su nombre entre los distintos santos para ser sorteado, existiendo santos como San Isidro que ya ejercían de patrones y benefactores del gremio campesino. Incluso fue tan extraña su elección que, según cuentan las cróni­cas, fue necesario extraer de la urna donde se encontraban las papeletas con los nombres de los santos en cuestión, en tres ocasio­nes diferentes el nombre del elegido, saliendo en las tres San Benito, siendo incuestionable desde ese momento su designación. 


San Benito de Nursia, fundador de la Orden monacal Benedicti­na, allá por el siglo VI, introdujo por vez primera su famoso lema de “ora et labora” en sus abadías y prioratos, dándole así un contexto diferente a la vida religiosa, imponiendo a sus monjes, junto con el rezo, la obligación de trabajar la tierra, de labrarla. Creo que éste es el nexo de unión que relaciona a la ciudad de La Laguna con su patrón San Benito. Ciudad eminentemente agrícola que debía protegerse bajo la intersección de un santo que supiera de labradores, de sequías y de cosechas. Pero sin olvidar nunca su condición de ciudad de conventos, de religiosidad histórica, de obispado y recoletas iglesias.  

   

Los orígenes de las romerías.-Antiguamente se denominaban romeros a los que iban a Roma, de donde deriva luego el término ir en romería .De igual modo, a los que acudían a Santiago de Compostela, se les denominaba peregrinos, e incluso a los que caminaban rumbo a la ciudad santa de Jerusalén se les llamaba palmeros. Por tanto el viaje que se hace a una ermita o santuario para agradecer favores a un santo o a una virgen, casi siempre patrones de la zona, se conoce como romería. Esta afluencia de personas de forma colectiva termina siempre de manera festiva y lúdica, con cantes y bailes donde lo religioso y lo festivo se confunde en un solo cuerpo.


El comienzo de la romería lagunera tiene su origen en la procesión que a San Benito se le hacía en su ermita, hecho recogido ya en el año antes mencionado y que luego las ordenanzas de 1540 obligan realizar. Estas primitivas procesiones que apenas se alejaban de los alrededores de la ermita, son los humildes comienzos que darán paso, con los años, a una manifestación de fiesta popular que los propios campesinos, los romeros, acudiendo desde los distintos pagos de la ciudad, e incluso de otros, a lomos de sus bestias de transportes, o sobre los medios de transportes de entonces, las carretas y carros, en compañía de sus ganados, tributa homenaje de agradecimiento al patrón implorando su bendición y favores. En éste contexto es de suponer que las expresiones de alegría y fiesta estén representadas por los bailes, las canciones, las comidas y viandas, que en definitiva conforman  los elementos que dan lugar a una participación popular, cada vez más grande, y que termina por consolidarse en las costumbres de los habitantes del lugar. 

Es por tanto nuestra romería una celebración festiva que tiene su origen en una sociedad rural, en una sociedad labradora, en este caso de La Laguna, que es la receptora y propagadora de una supervi­ven­cia, del mantenimiento de algunas tradiciones del pasado. Porque casi siempre el estrato popular de la población, mucho más que el aristo­crático o el acomodado, es el verdadero caldo de cultivo donde germina y crece, donde se conservan todas las  manifestaciones tradicionales y folklóricas de un sector. De aquí es de donde, probablemente, derive la estructura que hoy conocemos de la romería, constituyendo un cortejo popular, con las carretas, como viejos medios de transportes, con las parrandas, o grupos de romeros que caminan hacia la ermita cantando y divirtién­dose como corresponde a un día de fiesta, vestidos a la usanza tradicional, haciendo uso de la gastronomía local, y acompañándose de sus ganados en pos de obtener un beneficio sobrenatural del santo patrón o para pagar una promesa de algo recibido.


Las fiestas primitivas.- Mucho antes de comenzar las romerías organizadas, con la intervención de una comisión para tal efecto y como veremos más adelante, las fiestas de San Benito tuvieron un fuerte arraigo popular entre los vecinos y parroquianos del lugar. Fueron fiestas de barrio, modestas pero mantenidas por los lugareños con un orgullo que sirvió como base para su consolidación posterior, y se nombran como de las mas importantes que tiene La Laguna junto con las del Corpus y la del Santísimo Cristo en Septiembre. Así por ejemplo en la primera veintena de siglo, la fiesta de San Benito ofrecía en la noche de su víspera la aparición de un pequeño des­file que se realizaba desde la propia plaza de la ermita con la aparición de una pareja de gigantes hechos de cañas y papel, de los que sa­lían, como escupidos, cohetes y fuegos de artifi­cios de sus pechos o brazos, cohetes que confeccio­naba Cho Juan “el foguetero”­, aquel que tenía su taller artesanal en la calle del  Adelantado, en pleno barrio. Se hacían carreras de sortijas en bicicletas, con las que se obtenían las preciadas cintas de colores; se montaban en la pequeña plaza ventorrillos, puestos de turroneras, juegos de ruletas, etc., que eran la admiración de todos, chicos y grandes; y por supuesto se hacía lo más importante de la fiesta que era la procesión.

La procesión del santo se realizaba saliendo de la ermita y bajando en un trayecto de recorrido muy corto, por la antigua calle de la Empedrada, hoy calle Marqués de Celada, tras cruzar por el callejón de la Cordera, antes llamada de la Encantada, retornaba a su lugar subiendo por la del Adelantado, nombre que recuerda los prime­ros solares que Fernández de Lugo utilizó para su vivienda transi­toria a comienzos de la ciudad. Incluso este trayecto viario, la calle de la Empedrada y su comienzo del Adelantado, llegó a denomi­narse en algún momento como calle de San Benito, sin duda referen­ciando al trayecto  que lleva a la ermita.

En éste recuerdo hay que mencionar que la procesión, como acto más importante de las fiestas, se acompañaba por el párroco de la Concepción, tal y como ocurre en la primera romería de 1947 en la que asisten los vecinos con sus ganados, que acudían en busca de la bendición y protección del santo patrón. Las calles a su paso eran engalanadas de pétalos de flores, con alfombras de hojas verdes y girasoles, y los estallidos de los cohetes se confundían con el bullicio, gritos y ajijides de los habitantes del barrio y los de la villa de arriba que acudían. Documentos solicitando ayuda económica al Ayuntamiento, aportados por Julio Torres y localizados en los archivos municipales, avalan esta fecha de manera irrefutableY poco más daba de sí este acto festero, que se reducía a lo expuesto, pero que con el paso de los años iba a dar lugar al nacimiento de una fiesta mucho más importante.

Nacimiento de la primera comisión de fiesta.-   La romería de San Benito, tal y como hoy la conocemos,  se gestó por una serie de laguneros que con su empeño y trabajo hicieron posible,  la primera “romería moderna” de ésta fiesta lagunera tan entrañable. Ha venido manteniéndose  en el recuerdo popular, y así lo corrobora doña Dolores Padrón, que recuerda de sus años jóvenes, siendo aún novia de D. Antonio Hernández Arrón, su asistencia a las procesiones de San Benito tal y como antes he definido. El que fuera luego su marido fue uno de los verdaderos artífices y gestores de la revitalización y resurgimiento de lo que sería desde entonces, la romería de San Benito, aunque antes ya otros, como Virgilio Martín, a la sazón concejal de La Laguna, y primer presidente de la romería, motivaron el comienzo de la misma.

D. Antonio Hernández Arrón, hijo de un conocido lagunero, D. Cirilo Hernández, mayordomo de la ermita de San Benito, en compañía de un grupo importante de jóvenes de la Villade Arriba, entusiastas en las tradiciones canarias, recordando entre ellos a Cipriano Hernández, Juan Ferrera, Juan y Luis Marrero ( hermanos),a Eliseo Izquierdo, Isidro Gutiérrez, Antonio del Rosario, Juan Ríos Tejera, ­Juan Ríos del Castillo, Manuel Gutiérrez, Juan Hernández, Antonio Padrón y algunos otros de feliz memoria, fueron los que dieron comienzo, los devotos vecinos que organizaron la  romería ya estructurada. A­demás la ayuda muy valiosa de Andrés Rosa, que también fue mayordomo de la ermita, y la de Virgilio Martín, sin obviar la presencia de Ángel Álvarez de Ar­mas, panadero, que fue un destacado partici­pante e impulsor en la organización primige­nia. No olvido tampoco el entusiasmo y colabora­ción de Doña Luisa Machado que formó parte de la organización, y que además colaboró personalmente participando en las obras de teatro tradicional que hacía junto a Ángel Álvarez, en sus memorables recreaciones de diálogos campesinos, en el papel de Seña Rita o Mariquilla. Todas estas personas, laguneros de bien, son los verdaderos protagonistas que organizan definitivamente y sacan a la calle la romería entendi­da como la actual en los años siguientes. Se reunían, a decir de Eliseo Izquierdo, en El Comercio, tiendas de ultramarinos, propiedad de Don Cirilo en la parte alta del barrio.

Aquella primera romería contó tan solo con seis carretas, con cuatro rondallas o parrandas, una del propio barrio, otra de la Punta y una de Taco, tres o cuatro grupos de danzas, la de San Diego y la de San Benito, mucho ganado e incluso con algunos camellos que, al pasar casualmente por el lugar cargados de cardos, fueron incorporados a la comitiva a petición de Manuel Hernández Gutiérrez, hecho que con el tiempo se transforma en costumbre y tradición pues, la presencia de éstos  fueron siempre emblemáticas en San Benito. También hubo balie organizado por un vecino de la zona conocido por Juan en unos salones de su propiedad. Para mayor lucimiento de la rome­ría, las carre­tas fueron llena­das con niños del barrio. Su trayecto no pasó de la iglesia de la Concepciónretornando desde allí a la ermita.

Nos cuenta Eliseo Izquierdo que, en 1952, fue a quién se le ocurrió realizar la Fiesta de la Copla con el premio de la Espiga de Oro, encargando al orfebre Rafael Trujillo la elaboración de aquel símbolo. El primer ganador fue Sebastián Padrón Acosta  con una copla hoy popularmente conocida, logrando el galardón presidiendo el jurado Amaro Lefranc. Pero al no haber finalizado el artesano la misma, realizada en plata y bañada en oro, se le entregó en un estuche una espiga de trigo verdadera hasta que, posteriormente, se le entregó la verdadera que, a su vez, donó a las joyas de la Virgen de Candelaria donde hoy se encuentra. Sebastián Padrón, muy enfermo en la ocasión, no pudo recoger su premio que le fue llevado a su domicilio donde falleció pocos días después. Dice la copla: “Si subes a La Laguna, entra en el Cristo a rezar, para que Dios de perdone, lo que me has hecho penar”.


Esta revisión y actualización de las fiestas fue muy importan­te y trascendente para la continuación de las mismas, ya que por desgracia, la devoción y lucimiento de las antiguas fiestas habían decrecido a consecuencia de una serie de vicisitudes, como la de la utilización de la ermita como sede de enfermos de la epidemia de fiebre amarilla en 1862, o su posterior pertenencia a la jurisdic­ción militar que usó el recinto como cuadras de caballos hasta el año 1898 en que fue devuelta y reabierta al culto. Todas estas causas motivaron el que los vecinos y fieles de­bilitaran su devoción que estuvo a punto de desaparecer, y desde entonces las fiestas no tuvieron el lucimiento de antaño, debiendo transcurrir el tiempo para que las fiestas de San Benito fueran nuevamente de las principales de la ciudad, hasta la llegada de éstos promotores que la revitalizan extraordinariamente.

Tras el éxito de la primera romería que sirvió a modo de ensayo y como precedente el regocijo vivido por los habitantes de la Villa de Arriba, no fue posible dejar de organizarla en años venideros, hasta el punto de ir ganando cada año transcurrido en categoría e importancia, pasando de una fiesta de barrio a romería insular y más tarde a regional. En aras de enaltecer esta fiesta popular, fiesta de un barrio en las afueras del casco urbano, los promotores tuvieron la feliz idea de recabar ayuda a las familias nobles de La Laguna, incluyendo en los primeros momentos a hijas de aquellas para que formaran parte como Romeras Mayores, idea afortunada para el patrocinio económico que necesitaba el evento. Así, una de las primeras familias laguneras que acudieron en ayuda de los organizadores fue la se Monteverde-Ascanio, sumándo­se pronto otras de gran abolengo y solera. Lo mismo ocurrió con D.Manuel Cerviá Cabrera, Magistrado del Tribunal Supremo, hijo de Tenerife, que aportó ayudas inestimables a la romería lagunera, motivo por el que ostentó la Presidencia de Honor de la misma.

Como ejemplo del rápido e importante auge que obtuvo la fiesta, solo un año después, en 1949, el programa de festejos que se celebró en junio tenía un “Pregón anunciador” que dio paso años mas tarde al pregón radiofónico que se hacía en Radio Club, la “proce­sión de la víspera”,”diana floreada”,”misa y función religio­sa”, “b­endición del ganado”,”fiesta de exaltación regional” que se convertirá luego en la Fiestade la Copladonde se falla el certa­men mas presti­gioso de coplas, la Espiga de Oro,”carreras ciclis­tas, fútbol y luchas cana­rias”,”concierto musical” y por supuesto “la romería” que ya hizo un trayecto por toda la ciudad, bajando por San Agustín y subiendo por La Carrera. Ytodo ello en tan solo un año de organi­zación.

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

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Castillos de Lanzarote: Torre de las Coloradas y Castillo de San José

por Agustín Pallarés Padilla


Castillo de las Coloradas

A comienzos de 1741 fue enviado a Lanzarote por el entonces Capitán General de Canarias Andrés Bonito Pignatelli, que había tomado posesión de su cargo poco antes, el ingeniero militar Claudio de Lisle con la misión de fijar el lugar en que se habría de construir una pequeña fortaleza o torre que se tenía proyectado hacer al sur de la isla en el estrecho de La Bocaina. Para tal fin eligió el citado funcionario la Punta del Águila, un promontorio que alcanza una altura de unos 15 m sobre el nivel medio de las mareas desde el que se domina prácticamente toda la costa de la isla correspondiente al estrecho citado. Las obras se llevaron a cabo con toda celeridad, pues habiendo sido iniciadas en ese mismo año de 1741 ya estaban terminadas al año siguiente.

La forma de esta torre es troncocónica, con un diámetro en la base de unos 14 m y una altura de poco más de 8 m sobre el suelo. La puerta de entrada se abre a media altura de la pared por el lado que mira hacia tierra, accediéndose a la misma mediante una meseta escalonada separada del edificio sobre la que se tendía el puente levadizo.

El interior del edificio se dividía en dos grandes salas superpuestas, la superior que servía de alojamiento a la tropa, a la que se entraba, una vez traspasada la puerta exterior y un pequeño pasillo que seguía a continuación, cubierta por el techo en bóveda de cañón del castillo, con el piso de madera, que se hallaba sostenido por un grueso pilar central de sillería apoyado en todo su perímetro en un saliente de la pared. A los lados tenía esta sala dos pequeñas habitaciones, una frente a la otra, y en la pared del fondo un ventanuco para permitir la entrada de la luz exterior.
La sala inferior, que servía de almacén, era de menor amplitud, y su techo era el piso de madera de la sala de arriba, disponiendo, como la superior, de un ventanuco para permitir, asimismo, su iluminación diurna.
En este nivel inferior se encontraba el calabozo y el almacén de la pólvora. Luego en lo alto, por encima de la bóveda, en el grosor del techo, había dos cisternas situadas en posición diametralmente opuestas, cuyas bocas, protegidas con las correspondientes tapas de madera, se abrían en la azotea.

En 1749, apenas siete años después de su construcción, recibió ya la pequeña fortaleza su bautismo de fuego. Dos jabeques argelinos dotados de una tripulación de unas cuatrocientas personas atacaron la torre, y después de rendir la guarnición redujeron el maderamen interior del edificio a cenizas, quedando con ello la fortaleza totalmente inhabilitada para realizar su función ofensivo-defensiva, en cuyo estado se mantuvo durante veinte años.


Fue, pues, en 1769, siendo Comandante General del archipiélago don Miguel López Fernández de Heredia cuando fueron reparados por el ingeniero Alejandro de los Ángeles los desperfectos sufridos en 1749, quedando con ello de nuevo el fuerte en normales condiciones de operatividad.

Al finalizarse estos trabajos se colocó sobre la puerta de entrada una placa con la leyenda siguiente:
REINANDO EL SR. D. CARLOS III MANDANDO ESTAS ISLAS EL EXCMO SR. D. MIGUEL LOPEZ FERNANDEZ DE HEREDIA MARISCAL DE CAMPO SE REDIFICO ESTA TORRE DE SAN MARCIAL PUERTO DE LAS COLORADAS PUNTA DEL AGUILA AÑO DE 1769.

En este letrero se observa un error de identificación de la torre al llamarla ‘de San Marcial’, ya que se trata de una confusión con el castillo betancuriano al creerse entonces erróneamente que el de los franceses se había construido en este mismo lugar.

Castillo de San José. Las obras de este castillo se comenzaron en abril de 1776 siendo Comandante General de Canarias Eugenio Fernández de Alvarado, marqués de Tabalosos, corriendo el proyecto a cargo del ingeniero Andrés Amat de Tortosa.
 

Al frente de las obras fue puesto en un principio el ingeniero José Arana acompañado del teniente de artillería Rafael de Arce y Albalá, pero en octubre de ese mismo año cesó Arana al marchar a la Península, quedando al frente de las obras el mencionado teniente de artillería, y en ejecución material de las mismas el maestro mayor José Nicolás Hernández con su cuadrilla de obreros. El teniente Arce cesó a su vez en estas funciones el 30 de julio de 1778, figurando en las etapas finales como técnico director de la obra el ingeniero Alfonso Ochando.

Se dice que la construcción de este castillo obedeció más a una gracia del monarca Carlos III concedida para aliviar el estado de miseria reinante entonces en la isla dando trabajo a parte de la población –de donde el título de ‘fortaleza del hambre’ por el que fue también conocido–, que a necesidades defensivas propias de su carácter militar. 

Su planta es de forma cuadrada entre el frontis, que mira hacia tierra, de 35 m de largo, y los laterales rectos, de unos 15 m, en tanto que en el resto o parte trasera, que da hacia el mar, es curva en arco de circunferencia. 

Consta en primer término de dos amplias cámaras alargadas en sentido transversal, que ocupan algo más de la mitad anterior del edificio, con techos en bóveda de cañón de sólida sillería de roca basáltica y piso empedrado, a las que se denominaron cuartel alto y cuartel bajo al hallarse una sobre la otra. En la mitad de la derecha de la primera de estas salas, accesible directamente por el portalón de entrada del edificio, se encontraban los dormitorios de los oficiales y la cocina, y en la segunda, a la que se llegaba a través de una escalera del mismo material, que se inicia en el lado izquierdo de la puerta de entrada, el dormitorio de los soldados. En el resto de la planta alta estaban, a la izquierda entrando el calabozo o mazmorra, a continuación el aljibe, cuya boca se abría en la plaza de armas o azotea, protegida por una recia tapa de madera; en el centro, el depósito de efectos de artillería, y en el lado derecho el almacén de la pólvora.


El acceso al portalón de entrada se efectuaba mediante una escalera de piedra separada de la fortaleza, que quedaba unida a la puerta mediante un rastrillo levadizo que salvaba un foso seco de unos 4 m de anchura que corría a lo largo del frontis del edificio. En la plaza de armas, de piso enlosado, cuyo acceso se efectúa por una escalera, asimismo de sillería, que se encuentra a la derecha de la puerta de entrada se construyó, en cada extremo del frontis, una garita, y entre ambas, en el centro, una espadaña. En el parapeto que circunda al castillo se abren once cañoneras, dos en el frontis, otras dos en cada lateral recto y cinco en la parte curva trasera.

Hacia mediados del siglo XIX dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de esa fecha, sobre esta fortaleza, después de ensalzar la solidez de su fábrica, que “monta 12 cañones de bronce, pero que tiene la desventaja de poder ser dominada por una batería que se construya en las colinas que se hallan a tiro de fusil por el frente de su puerta y foso”, a lo que añade:“Además desmerece mucho de su importancia por razón de la elevación a que por la parte del mar están sus fuegos; pues que los buques pueden introducirse en la bahía lamiendo el pie del risco sin ser incomodados ni en la entrada ni en la salida, hasta cierta distancia que los proyectiles son siempre menos certeros y menos eficaces.

Finalmente decir que en 1976 fue instalado en este castillo, por iniciativa y obra de César Manrique, el Museo de Arte Contemporáneo, modelo de esta clase de establecimientos en Canarias.

NOTA: Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor Prehistoria, Historia y Toponimia de Lanzarote, Canarias

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