Las antiguas casas pajizas de Tenerife

por Melchor Padilla

Si recorremos la zona de medianías del Valle de La Orotava, en el entorno de los barrios de La Florida y Pinolere notaremos la existencia de una serie de construcciones que tienen como característica peculiar que su cubierta está compuesta por materia vegetal. Son las casas pajizas, pajeros o pajales, que fueron las primeras casas de la isla tras la conquista y que, no sólo en los campos sino también en los pueblos y ciudades de Tenerife, ofrecieron desde sus inicios un paisaje de paredes de piedra y techumbres de paja.

Sirvieron para acoger a los grupos menos favorecidos de la sociedad insular de aquellos tiempos y prueba de su importante presencia en nuestro paisaje es que, en una fecha tan temprana como el 12 de febrero de 1512, el Cabildo insular, tras deliberar sobre “los inconvenientes y daños por ser las casas cubiertas con paja, que son que los que viven en ellas pueden peligrar de muerte, como a acaescido, quemándose las dichas casas e prenderse en una e quemarse otras muchas que son comarcanas e demás desto son muy costosas en madera y paja y latas y todo se pierde y no aprovecha” acuerda que “ninguno sea usado de hacer casas cubiertas de paja”. En los siglos sucesivos se generalizaron como viviendas de los campesinos no sólo en Tenerife sino también en La Palma o en El Hierro. En esta última isla son de destacar los conjuntos del Pozo de las Calcosas o del Poblado de Guinea.

Básicamente un pajal es una construcción de muros de piedra seca de planta rectangular sobre la que se eleva una estructura de madera cubierta de paja de centeno, trigo o, en ocasiones, de ramas de árboles. Todos estos materiales provienen del entorno inmediato, que es la zona de medianías de la vertiente de barlovento de la isla. La piedra se utilizaba sin apenas tratamiento, aunque a veces podía añadirse la mampostería de barro para reforzarla. En su interior estas paredes se enlucían con mortero y se pintaban.

La madera, obtenida en los próximos bosques de monteverde, podía ser de castañero para la solera -base del armazón que descansaba sobre el muro- o de árboles de especies de la laurisilva como aceviño, follao, brezo o haya que, según su grosor, se utilizaban para los hibrones –palos en paralelo que iban desde la solera a la traviesa superior de toda la estructura: la cumbrera. Una vez finalizado este armazón se procedía al enlatado, palos finos que se disponían en paralelo a la solera cada veinticinco centímetros y que se sujetaban a los hibrones con clavos. Por último, se procedía a tapar la cubierta con paja, para lo que se prefería la de centeno, pues es más larga y con más caña, lo que aislaba mejor el interior del pajal creando una temperatura regular todo el año. Además, se pudría más difícilmente. Para tapar se iban disponiendo los manojos de paja empezando desde la solera y cosiéndolos al enlatado con verga (alambre). Se finalizaba en la cumbrera, tarea delicada, pues de su perfecto acabado dependía la impermeabilización de la cubierta.

A partir de mediados del siglo XX, con la generalización de los nuevos materiales de construcción, se comenzó a producir el progresivo abandono en la construcción de casas pajizas, que se vieron sustituidas en las zonas de medianías por viviendas de bloques y cemento. Como afirma el profesor Fernando Sabaté “El avance del hormigón armado trae de la mano la definitiva y casi total desaparición de los oficios artesanos de la construcción. (…) A la vez que esto ocurre, en los lugares más aislados del Archipiélago se extinguen para siempre los últimos vestigios de una arquitectura vernácula estrechamente vinculada al lugar, a cada lugar”.

No fue hasta los años noventa cuando, por iniciativa de la Asociación Cultural Pinolere, se comienza con la inmensa tarea de catalogación de los pajales existentes en el valle de La Orotava, al tiempo que se inicia la tarea de reconstrucción y rehabilitación de algunos de ellos. Se identificaron trescientas casas de cubierta vegetal en la zona y se ha seguido a los largo de los últimos años con esta tarea de conservación patrimonial. Entre las actuaciones llevadas a cabo hay que destacar la puesta en marcha de un interesante museo etnográfico en Pinolere, en el que se recrean la historia y las costumbres de esta zona de medianías del norte de Tenerife y donde podemos visitar tres pajeros restaurados.

La asociación ha impulsado, asimismo, programas de investigación, de concienciación ciudadana y de conservación que tienen como fin la recuperación de este bien cultural canario. Asimismo le han dado una enorme importancia a la formación de jóvenes en los oficios relacionados con la construcción de pajeros, pues es la garantía de que no se van a perder esos saberes populares.

Hay que destacar que esta asociación  lleva solicitando sin éxito desde 2002 que se promueva el expediente para que se otorgue la declaración de Bien de Interés Cultural tanto a los pajares del Valle de La Orotava como al oficio de tapador, con el fin de evitar la desaparición de estas construcciones que todavía salpican nuestro paisaje.

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