La Laguna ilustrada

por Melchor Padilla

Al final del camino de las Peras de La Laguna y justo detrás de la fuente que proporciona agua a los muchos ciudadanos que hacen ejercicio en los laterales de esa vía, encontramos un muro de planta quebrada en el que se apoya un banco de piedra. Es lo que queda de una antigua estructura destinada al descanso de los viandantes que ocupaba de manera simétrica ambos lados del camino e, incluso, lo cerraba en el centro. En la época de su edificación era conocido con el nombre de Canapé Grande o Gran Canapé y su presencia nos sirve para recordar uno de los momentos de mayor brillo intelectual de la ciudad de Aguere.

En el siglo XVIII imperaban en el mundo occidental las ideas de la Ilustración, cuyo pensamiento se basaba en el espíritu crítico, la fe en la razón, confianza en la ciencia y un gran afán didáctico. Los ilustrados, que eran una minoría culta formada por nobles, funcionarios, burgueses y clérigos, se interesaron fundamentalmente por la reforma y reactivación de la economía a través del desarrollo de las ciencias útiles y la mejora del sistema educativo, la crítica moderada de algunos aspectos de la realidad social del país y el interés por las nuevas ideas políticas liberales.

Dos instituciones ilustradas. La difusión de las ideas ilustradas en las islas Canarias se debió a la llegada y residencia de extranjeros, a la introducción de publicaciones procedentes de Europa, que en muchos casos estaban prohibidas, y también a los viajes que algunos canarios realizaron por el continente europeo. En Tenerife, este movimiento se plasmó en torno a la existencia de dos instituciones de enorme importancia para la vida económica, cultural y social de la isla. La primera de ellas es la Tertulia de Nava, creada por Tomás de Nava-Grimón y Porlier (1734-79), V Marqués de Villanueva del Prado. A ella acudían sus miembros para discutir de todo tipo de temas o para leer los últimos libros (algunos prohibidos) llegados de fuera de las islas. Participaron en la tertulia, entre otros, personas de tanto peso intelectual como Agustín de Betancourt y, sobre todo, Viera y Clavijo. La segunda institución a la que nos referimos no es otra que la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, preocupada por divulgar las “ciencias útiles” y el desarrollo económico.

Como no podía ser menos, la actuación de los ilustrados también incidió en los planteamientos urbanísticos de la isla, sobre todo en la creación de alamedas para el disfrute de la población. Así, intervinieron en el trazado de la que transcurre entre la Cruz de Piedra y la ermita de San Cristóbal, la actual Avenida de Calvo Sotelo, que fue llevada a cabo en 1780 y que debía haber sido rematada con una estatua en mármol de Carlos III que no llegó a realizarse por falta de dinero.

El camino de las Peras. De la misma época es la que en su tiempo se denominó Alameda del Prado o del Tanque Grande que no es otra que el actual camino de las Peras. No sabemos la fecha exacta de su trazado pero ya en las memorias de Lope Antonio de la Guerra y Peña (1738-1823), del año 1780, se dice que “…los árboles que empiezan desde poco más allá de dicho puente (el puente del Tanque Grande) hasta la Cancela que sale azia las Mercedes”, lo que hace suponer que la alameda estaba ya iniciada en ese año; además añade que se “construyó un asiento que sirve de mucha comodidad que se llamó el canapé grande”, que sitúa en la Cancela; después dice que en 1781, “en la parte central se construyó un nuevo canapé con el escudo del Marqués de San Andrés”. En cualquier caso en el plano de la ciudad realizado en 1779 por el marino francés Le Chevalier Isle todavía no aparece.

Se conserva el plano original en el que podemos apreciar las tres calles que todavía hoy configuran el camino de las Peras, la del centro más ancha y ligeramente sobreelevada con respecto a las laterales. Al fondo vemos el Canapé cerrando con su línea quebrada la alameda. Aparece un estanque de cuya existencia no tenemos constancia en los planos posteriores de la ciudad como el de 1814, primero en el que figura esta vía.


El Jardín de Nava. La otra obra, ésta de carácter privado, en la que vemos reflejado el espíritu ilustrado lagunero es el desaparecido Jardín de Nava. Se hallaba situado en la esquina de las calles de Tabares de Cala y Anchieta que es todavía conocida por los vecinos como calle del Jardín, en memoria de aquél. Una placa recuerda en la actualidad la existencia de este jardín en el lugar que hoy ocupa un edificio de pisos. En una fotografía aérea de 1962 se puede apreciar perfectamente su ubicación.

El Jardín de Nava en una fotografía aérea de 1962 y en el dibujo del Prebendado Pacheco.

Diseñado por Monsieur Gró, Alejandro Cioranescu en su guía de La Laguna nos dice de él: “Propiedad del sexto marqués de Villanueva del Prado, Alonso de Nava Grimón (1756-1836), éste lo había transformado en jardín a la francesa, compuesto principalmente de una serie de salones formando un pabellón que corría a lo largo de todo el fondo del jardín, con puertas de cristales que daban al mismo; de un largo estanque que ocupaba el centro del jardín con sus bordes de cantería labrada y con su fondo de ladrillos de colores; y en fin de los paseos y calles de árboles correspondientes. Todo ello graciosamente dibujado y ejecutado hacía del jardín el sitio más ameno de la ciudad…”. Conocemos el diseño del jardín gracias al dibujo que nos dejó otro insigne ilustrado tinerfeño, el prebendado Pacheco.

En esos salones celebraron algunas sesiones los miembros de la Tertulia de Nava y en 1808 se reunió la Junta Suprema de Canarias en la histórica ocasión en que La Laguna estuvo a punto de convertirse en capital de España y sus colonias, pues la Junta Suprema Nacional temía que Cádiz cayera en manos francesas y planeó trasladarse a nuestra isla.

Después de la muerte del marqués, casi arruinado por haber pagado a su costa la creación y mantenimiento del Jardín Botánico del Puerto de La Cruz -otra gran obra impregnada del espíritu ilustrado-, el jardín fue dedicado a la siembra de papas por su sucesor, perdiéndose para siempre ese magnífico legado. Lo único que queda del Jardín del Marqués, como también se le conocía, son las escalinatas, que fueron trasladadas para dar acceso en la actualidad al Calvario de San Lázaro.

Estas son unas pinceladas de lo que fue La Laguna ilustrada del siglo XVIII. Ese espíritu curioso, optimista e innovador debería rebrotar en esta isla.

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