Las Teresitas de antaño y los Duques de Würtemberg

por Charo Borges

En agosto de 2011 se publicó este reportaje en Loquepasaentenerife.com. Su autora ya ha publicado con anterioridad en este blog por lo que es suficientemente conocida por nuestros lectores. Pueden seguir el resto de sus artículos en sus blogs Paseando por la ciudad y Sin titulares.

En estos últimos días, la playa de Las Teresitas ha recobrado actualidad, porque el nuevo concejal responsable del área ha dispuesto su mejora, por medio de la remoción de determinadas zonas. En estas fechas, todo el que vaya por allí se encontrará brigadas de trabajadores dedicadas a reparar, aunque sea un poco, muchas de las deficiencias que muestra la citada playa. Quien esto les cuenta lleva acudiendo a ella hace más de cuarenta años y casi a diario. Haga sol, viento, lluvia o esté nublado. Por eso, he visto cómo la han ido transformando. Merece, pues, hacer algo de historia sobre ella.

Este rincón del litoral chicharrero se encuentra a unos ocho kilómetros de Santa Cruz de Tenerife y hasta los primeros años 70 era de fina arena negra, propia del asentamiento basáltico de gran parte del norte y noreste de esta isla tinerfeña. Hasta entonces, no existía ninguna clase de escollera que contuviera las fuertes corrientes marinas del invierno y, con la marea baja, – excepto en esa estación del año -, había una magnífica y amplia alfombra de arena que llegaba hasta una ancha franja de callaos de todo tamaño. Esos callaos llegaban hasta la base de los riscos que, a modo de pared, siguen jalonándola a todo lo largo. Cuando la pleamar estaba en su punto más alto, alcanzaba el borde de aquella zona de cantos rodados, pero apenas los cubría.

Dentro de este espacio de piedras había algunas construcciones que podríamos calificar de prefabricadas, con la excepción de una hermosa y recoleta residencia de dos plantas, que se encontraba poco antes del final de aquel gran arco natural. En el inicio y a la derecha de la playa, estaban el campo de fútbol y el minúsculo cementerio del cercano barrio de San Andrés. A la izquierda, un amplio chiringuito hecho de cañas y madera, propiedad de D. José Ramos. Fue punto de encuentro obligado, entre los que frecuentaban el lugar, para tomarse un buen arroz amarillo con mero o bocinegro frescos o unos calamares en anillas, casi vivos. Para acompañarlos, vino del país o cerveza bien fría. Se mantuvo en pie hasta no hace mucho tiempo.

Desde San Andrés, algo más allá del castillo caído, partía una pista de tierra que transcurría a lo largo de los laterales del campo de fútbol y del cementerio y desembocaba en una explanada, delante del Bar Ramos, hasta la que podían llegar los coches. Para adentrarse y llegar a la arena, había que hacerlo a pie. El que quisiera acceder directamente al final de la playa, tenía que bajar, – también a pie -, por otra pista de tierra, que arrancaba en la curva siguiente a los semáforos que hoy se encuentran en el acceso a Las Teresitas y su cruce con la carretera que se dirige a Las Gaviotas e Igueste de San Andrés. De ese camino, apenas quedan vestigios debido a los movimientos de tierra que se han hecho a lo largo de los anteriores intentos de transformación de la playa. Era relativamente corto y pasaba por detrás de aquella única edificación formal que se encontraba cerca de donde terminaba la playa.

Las únicas referencias de la ubicación de la citada vivienda, que se conservan hoy, son los dos grandes laureles de Indias, que están al borde del nivel de aparcamientos más alejado de la arena,- entre los accesos 7 y 8 – y un trozo del parapeto que defendía la construcción del oleaje de las mareas altas. Más atrás, aún hay restos de los muros que la sustentaban y protegían de la montaña, así como parte de los pisos de sus estancias.

Hay que tener en cuenta que el estacionamiento actual se levantó sobre el que, en la primera fase de transformación, fue de tierra y, éste, sobre la antigua explanada de arena, por lo que el mencionado parapeto era más alto que lo que hoy queda de él. Los laureles, hace cerca de cincuenta años, eran bastante más pequeños y estaban integrados en el bonito jardín que formaba parte de la gran terraza que antecedía a aquella casa. También había árboles frutales y, en particular, recuerdo un magnífico aguacatero, en la parte de atrás, que llamaba la atención por el buen aspecto de sus frutos.

Los propietarios de aquella especie de palacete, al borde del mar, fueron una princesa y un duque, que, por largas temporadas, disfrutaban de las excelencias de nuestra eterna primavera. Es probable que algunos de nuestros lectores recuerden que se trataba del matrimonio formado por la Princesa Diana de Orleáns, hija de los Condes de París, y el Duque Karl de Würtemberg, hijo de Felipe Alberto, Duque de Württemberg y antecesor en el mismo título. Ella tenía entonces 20 años y él, 24.

En Septiembre de 1960, ambos pasaron algunos días de su luna de miel en aquella desaparecida vivienda. Se habían casado, en Alemania, el 21 de Julio del mismo año y, desde allí, iniciaron su viaje de novios por varios lugares del mundo. Uno de ellos fue este pequeño, pero incomparable rincón, según sus propias palabras. Habían llegado a nuestra isla casi de incógnito. Tanto, que algún periodista local que sabía del acontecimiento reciente de su boda, trató de confirmar su presencia en estas tierras, en el consulado alemán, y siempre se le dijo que no sabían nada. Era la consigna ordenada desde su país, para preservar la intimidad de la real pareja. Pero, como “el que la sigue, la consigue”, ese mismo periodista vio premiada su tenacidad, logrando una entrevista en exclusiva, en el mismo escenario en que vivían los Duques.

Junto con el fotógrafo, – alemán, por cierto -, después de varios intentos de contactar con la pareja, lograron acceder a su residencia de Las Teresitas. En aquellos tiempos, no se estilaba contar con una férrea protección como la que proporcionan los guardaespaldas de hoy en día, y si los sujetos, objeto de la entrevista, eran amables y educados, el acercamiento a su domicilio solía tener un final provechoso. Fue lo que le ocurrió a Martin Herzberg y a Vicente Borges, profesionales colaboradores del diario La Tarde.

Según relata Borges en la publicación de la entrevista, fueron atendidos con mucha cordialidad y cortesía al exponerles su deseo de mantener una conversación con ellos. La sorpresa fue descubrir que a la primera pregunta formulada en alemán por M. Herzberg, la princesa contestó en un español prácticamente perfecto. La charla surgió fácil y fluida, a partir de aquel momento. Les explicaron que su presencia aquí, además de formar parte de su periplo de celebración de la boda, se debía a que querían acabar de equipar la casa y para ello, también se encontraban en ella los padres del Duque, que habían llegado en la víspera y estarían allí por más tiempo. Ella se mostró encantada con lo poco que había visto de nuestra tierra y, aunque salían hacia Portugal al día siguiente, tenían ya previsto regresar en 1961, para pasar dos o tres meses y conocer a fondo las islas. El Duque ya había estado en Tenerife, años antes, y le llevaron a ver el Teide. Se quedó tan impresionado que esperaba volver con Diana, para que ella lo conociera. Tenían fama de ser muy sencillos y afables y se cuenta que hoy continúan siéndolo. Recuerdo haberles visto en más de un verano, acompañados de sus primeros hijos, asomados a la terraza de su residencia.

Para completar esta crónica, me van a permitir que les haga una semblanza de cada uno de ellos, porque, en especial la de la princesa, la descubre como un personaje interesante. Diana de Orleáns, princesa de Francia, nació en el Brasil, en la ciudad de Petrópolis, en Marzo de 1940. Es la sexta de once hermanos y tuvo seis hijos con el Duque de Würtemberg. Su infancia transcurrió entre Marruecos, España y Portugal. Durante los años de la II Guerra Mundial, sus padres se vinieron a vivir a Pamplona con toda su familia y de ahí su dominio de nuestra lengua. Desde niña, nunca se manifestó como una princesa al uso y su personalidad la ha hecho romper el molde, generalmente estereotipado, de estas figuras monárquicas. Toda su vida ha sido una enamorada de las Artes, en especial, de la Pintura y siempre se ha dedicado a practicarlas con total entrega. El mundo de la escultura, en sus distintas técnicas, no le es desconocido, y una peculiaridad suya es la creación de muñecas artesanales. Expone sus obras por todo el mundo con la finalidad de venderlas y destinar, todo lo ganado, a las muchas fundaciones que auspicia, patrocina y preside. Están dedicadas a la nutrición, salud y educación de niños enfermos y desafortunados, de todo el planeta.

Su esposo, Karl, Duque de Württemberg, nació el 1 de agosto de 1936, en Friedrichshafen, en el estado alemán de Baden-Württemberg. A raíz de la renuncia de su hermano mayor, Luis, se convirtió en Jefe de la Casa Real de este estado. Se doctoró en Leyes y, desde siempre, se ha dedicado al mundo empresarial y a la administración del amplio patrimonio familiar. Su hobby preferido ha sido la fotografía y se caracteriza por su defensa y conservación de la fauna y vegetación de los grandes bosques que han formado parte de sus propiedades. Actualmente, a sus 71 y 75 años, respectivamente, viven entre Alemania y Mallorca, donde hace más de 30 años que pasan gran parte de su tiempo, en su residencia de Esporles.

Las imágenes que ilustran la presencia de los Duques en la antigua playa santacrucera, las he escaneado de la entrevista concedida a Vicente Borges y de la cual conservo un ejemplar del miércoles, 28 de Septiembre de 1960. No en balde era mi padre y, en gran cantidad de ocasiones, disfruté del privilegio de acompañarle a muchas de sus entrevistas, aunque, esta vez, me la perdí. En dos de esas imágenes, se puede observar, como fondo, el roque de San Andrés, sin las numerosas viviendas que hoy trepan por él. La foto en color muestra al matrimonio en la actualidad y, como todos los mortales, el tiempo también ha pasado por ellos y ha dejado las huellas de las canas, las arrugas y el sobrepeso. Sus muchos títulos nobiliarios, su gran patrimonio y sus posesiones no les han librado de nada.

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