La Cruz

Leyenda oriental

Al señor prioste actual de la festividad de la Patrona
de mí pueblo, don Alonso del Hoyo y Hernández Peraza

I

Vivía a algunas leguas de Jerusalén, un hombre llamado Elifás, próximamente un siglo antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y este hombre, habiéndose hecho culpable de un feroz crimen, llevaba una vida miserable, atormentado por negros remordimientos.

¡Cuantas veces se le ocurrió tirarse al Jordán!

Muchas veces se le había ocurrido poner fin a su existir, pero el instinto de conservación le alejó del suicidio.

II

Cierto día que vagaba por las orillas del rio, encontró a un solitario—de esos de cuya vida ha escrito Filón—, y que se llamaban en el país Terapeutas, remediadores.de enfermedades.

Elifás, presuroso, le hizo conocer el estado de su alma, y preguntado el remedio para apaciguar sus remordimientos el solitario le responde:

– Haciendo penitencia, solamente penitencia.

– ¿Y qué penitencia tengo que hacer?, – preguntó Elifás,

– Sigúeme, no temas y te iridicaré.

Al solitario siguió Elifás, y ambos pronto llegaron a una pequeña colina que se hallaba plantada da terebintos, y mostrándole el solitario uno de éstos árboles todavía jóvenes pero raquíticos, le dijo:

– Elifás, vas a regarlo hasta que crezca bastante; todos los días irás al Jordán antes de ponerse el sol, llenarás un cántaro de agua de aquel rio y lo verterás al pié del terebinto…

III

Muchos meses hacía ya que Elifás, muy exactamente, cumplía su tarea, cuando una tarde de Mayo, al regresar del río con su cántaro rebosando de agua, vio venir hasta él un pobre hombre que tenía aspecto de mendigo y éste le pedía de beber.

Aquel mendigo tenía sed rehuso Elifás apagar la sed al aparente pobre hambre, temiendo que no le quedara agua para regar el terebinto, pero luego, reflexionó y presentándole su cántaro le dio de beber con toda caridad y conmiseración, aquel triste mendigo aplicó sus ardientes labios al cántaro, y de un solo trago le dejó vacío.

Se ardió en llamas, desapareció como por encanto, voló y riéndose, siguió volando hasta perderse…El eco de las sarcásticas carcajadas se repercutían en la colina y dicen que tal mendigo era el diablo, el demonio mismo, el ángel malo en persona, que había venido de los infierno para quitar a Elifás la penitencia, arrojándole a su primitiva desesperación.

IV

Quedó Elifás tan sorprendido como triste.

Era ya tarde y el sol creyó que estaría de seguro puesto antes de que él hubiese hecho su nuevo viaja al Jordán, para llenar de nuevo el cántaro de agua.

Se retiró con el alma llena de  negra tristeza y, pensando en su infortunio, pasó la noche sin poder conciliar el sueño.

El pensamiento en su terebinto  no se la borró de la mente.

V

Llegó el amanecer y se levantó. Corriendo se fué a ver si estaba el árbol muerto, y cual no seria su sorpresa, al contemplar que había crecido más sin regarle.

De Elifás había sido su caridad recompensada; el demonio perdió todo su tiempo,  y su trabajo resultó infructuoso…

Con este terebinto, añade la leyenda, de este árbol, fué hecha la Cruz donde murió Cristo.

 

El Barón de IMOBACH

Puerto de la Cruz, 3 de Mayo de 1922.

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