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Los usos industriales del agua en La Orotava.

José Luis Sánchez Perera

El agua del Naciente o Río de Aguamansa en el Valle de Taoro se convirtió en elemento decisivo para el origen de La Orotava. Favoreció el desarrollo económico y social de la nueva urbe a lo largo de su  historia, permitiendo la expansión de diferentes plantaciones agrícolas con diversidad de cultivos: caña azucarera, vid, platanera,  destinados a la  economía de exportación,  o  cereales y papas para el mercado local.

IMAGEN DE LA OROTAVA EN EL SIGLO XVI

El agua fue, así mismo, energía y motor de varias instalaciones industriales que, a lo largo de los siglos y con la tecnología de la época, se implantaron en los desniveles de la Villa. Una  serrería, molinos, ingenios azucareros, una tenería, y dos centrales hidroeléctricas se activaron, así, con su impulso.

LA SERRERÍA.

Entre las primeras industrias establecidas en la Orotava, hay que destacar una serrería hidráulica. En ella se preparaban las maderas obtenidas en los bosques cercanos. Bosques de laurisilva y pinares, de donde se extraían troncos de barbusano, pino canario –tan codiciado por su tea–, cedro, acebiño, til, brezo, follado y otras variedades que convenientemente tratados eran usados, principalmente, como elementos en la arquitectura civil, religiosa e industrial.

La serrería se instaló en la entrada a La Orotava por la cara Sur. En la actualidad  subsiste  el topónimo de Camino de La Sierra, que nos recuerda su ubicación.

Se levantó en 1503 por Martín Sánchez y desde entonces, a través de continuos arriendos, se utilizó por los aserradores para desarrollar una labor de especial importancia. La sierra hidráulica que aun figuraba en un plano de La Orotava del siglo XVII, conservado en el archivo de Simancas, bien pudo desaparecer, como elemento en uso, en las postrimerías del siglo XVIII.

Modelo de sierra medieval.

Este sería el tipo del realizado en La Orotava.

La estructura y composición de la sierra hidráulica probablemente sería similar a la de los modelos aplicados en Europa en el Medievo. En ella el proceso de conversión de energía hidráulica en movimiento de piezas mecánicas era esencialmente el mismo que el de los molinos pero aquí los rodeznos y poleas permitían accionar la sierra metálica en lugar de las muelas. Se aserraban así las diferentes maderas que, destinadas a las construcciones y dependiendo de sus funciones, recibían diferentes nombres: “nudillo” – para marcos y soportes de viga –, “tijeras” para armaduras, “tablas” cuya función era cubrir superficies, como suelos, paredes, escaleras, “xebrones”, “tirantes, vigas y frechales”. Sus medidas se adecuaban tanto a la función  a la que se  dedicaran las piezas como a las partes del edificio a las que fueran destinadas.


Sierra de la Orotava, dibujo del aserradero y la ermita de Santa Catalina de 1700. Se encuentra en la Colección Zarate Cólogan en el Archivo Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

Para el mantenimiento de esta serrería se requería el trabajo de otros oficios como los “cortadores” o “fragueros de hacha”, que por su trabajo tenían estrecha relación con los aserradores y carpinteros.

En los aserradores trabajaban tanto personas libres, que arrendaban la sierra a ricos  propietarios, bien de la localidad o de fuera, como esclavos, en muchos casos pertenecientes a otras etnias pero con conocimientos especializados así aparecen  menciones a  “moriscos aserradores” o a “negros aserradores”.

La instalación de una obra de este tipo requería la inversión de grandes cantidades de dinero –  se considera que montar un aserradero a principios del siglo XVI podía estar sobre los 100.000 maravedíes – y, por ello, el arriendo era el sistema más empleado para su explotación.

El intenso trabajo realizado haciendo uso de la madera fue de especial importancia a lo largo de ese periodo que se extiende a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII como bien atestiguan los múltiples vestigios que aún perduran en las numerosas construcciones religiosas, donde puede apreciarse la riqueza de sus artesonados, la diversidad de tipos de puertas o ventanas,  los retablos, o  los balcones que ornamentan las construcciones civiles. Todo ello acabaría dando carácter a nuestra arquitectura vernácula. El trabajo de la carpintería y de la ebanistería en la Orotava se  convertiría así, con el paso de los siglos, en una  auténtica manifestación artística de amplio renombre en Canarias.

Las maderas de nuestros bosques se utilizaron, además, bien para construir, cajas en las que se exportaba el azúcar, duelas para los toneles que almacenaban el malvasía, naos para la pesca, muebles y materiales para la construcción de casas de alto y bajo o terreras, o bien para ser usadas como leña.

Esta utilización intensiva provocó que los bosques fueran brutalmente talados, a pesar de las restricciones establecidas por el Cabildo de Tenerife con el objeto de defender la importancia de los árboles en la captación del agua. Se prohibió así, cortarlos en las cercanías de los nacientes y exportar las maderas. Como sucede a menudo las normas no se cumplieron porque los intereses en juego eran múltiples: en este caso concreto porque existía un importante comercio para abastecer los ingenios de Las Palmas, del que el mismo Cabildo obtenía buenos fondos para desarrollar sus proyectos.

La riqueza obtenida por la exportación del azúcar o del vino permitió, más adelante, la adquisición y la entrada de otras maderas foráneas desde Europa o América. El pinabete, el roble, el pinsapo, el ébano, constituirían las principales maderas importadas que, muchas veces, llegaban bien, ya manufacturadas, en forma de obras de arte y mobiliario o bien como base para los trabajos de los artesanos de la carpintería.

Aserradero hidráulico Valsaín. Ejemplo de la Industria maderera del  s. XIX

Es cierto que la sierra hidráulica de la Orotava contribuyó, desde los inicios del  siglo XVI, a crear la ciudad y a desarrollar sus industrias madereras, pero también favoreció, junto a los existentes en otros lugares, el rápido agotamiento de los recursos forestales. La repercusión de estas acciones acabaría siendo muy negativa para el suelo, la vegetación y el clima de la zona. La profundidad de este deterioro se pondría de manifiesto, de forma trágica, durante el terrible temporal que asoló el Valle la noche del veintisiete de Noviembre de 1826. Las enormes lluvias y las tierras arrastradas hacia el mar, por falta  del manto vegetal y la arboleda que las retuviese, provocaron la mayor calamidad ocurrida en La Orotava. Murieron 118 personas y a este hecho luctuoso le acompañarían cuantiosos daños materiales en forma de derrumbamientos de casas y pérdida de ganado de todo tipo que arrastrado por las aguas que circulaban por los barrancos y torrenteras acabaría en el mar. Se había roto el equilibrio ecológico y la Naturaleza encontró mayor facilidad para imponer su poderío.

Las noticias sobre la actividad de la serrería desaparecen hasta que en las primeras décadas del siglo XX, con la llegada de las innovaciones de la Segunda Revolución Industrial,  se planteó en La Orotava la necesidad de ampliar la producción de energía en la primera hidroeléctrica “Servicio Eléctrico Orotava” con la finalidad de favorecer el desarrollo industrial. Se indicaba, entonces y entre otras, la posibilidad de instalar un aserradero que, movido por la electricidad producida por dicha central, permitiera fabricar huacales para la exportación de los plátanos hacia los mercados de Inglaterra y resto de Europa. Parecía un intento de querer resurgir el viejo aserradero, pero  movido esta vez por otra energía. El intento no prosperó.


Fuente: https://historiavillalba.wordpress.com/el-agua-y-la-serreria-en-la-historia-de-la-orotava/

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