Carrito de D. Tomás

Manuel de Falla
Manuel de Falla

Pegado al costado de la Iglesia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, estaba el carrito de D. Tomás, llevado por el propio Don Tomás, hombre de carácter agrio y semblante serio imponía respeto a los niños que como yo se acercaban a comprar a su carrito. ¡No me toques las papas fritas niño, yo te las doy!, te decía cuando cogías el paquete dispuesto a pagárselo ya.

Su semblante recordaba al que aparecía en los billetes de 100 pesetas, con el rostro de Manuel de Falla, delgado, calvo y con gafas, Don Tomás imponía con su carácter un respeto que hacía que comprarle golosinas se convirtiera en algo tan serio como presentar una gestión en el ayuntamiento.

D. Tomás tenía en su carrito, judías, caramelos, piruletas, chupetes, pipas, millos, pero lo que más me gustaba, mi golosina favorita, eran esos triángulos de lujuria y placer, de disfrute de los sentidos, que se derretían en la boca dejando pedacitos de caramelo almendrado, que guardabas para el final y masticabas con deleite, esas riquísimas y maravillosas tabletas de Toblerone.

Aún hoy, en ese lugar hay un carrito que lleva su nombre. El otro día pregunté por él a la joven que trabaja dentro, y le conté que yo conocí a D. Tomás, me miró con cara de, «a mí que me importa» y sólo faltó decirme, «señor, no me toque las papas fritas, que yo se las doy», sonreí. D. Tomás, su espíritu sigue vivo en ese carrito, D.E.P.

Isidra

Hace unos días mi amiga Sophie Baillon, me preguntó si podía averiguar algo sobre la señora que vivió en el polvorín adosado a la Casa de la Real Aduana del Puerto de la Cruz. Mis conocimientos en este aspecto son muy limitados, pero como dicen, lo mejor es tener el teléfono del que sabe, y en este caso nadie mejor que mi estimado amigo Melecio Hernández que tuvo la deferencia de enviarme  estas líneas: Leer más

El cojolaburra

El Cojolaburra
El Cojolaburra sentado en la fachada de la ermita de San Telmo

Don Antonio Alvarado, «el cojolaburra», vivía en la garita grande que se encuentra en la parte trasera de la batería de San Telmo, en el Puerto de la Cruz. Hacía su trabajo de zapatero y albardero, con el que sacaba sus perrillas, en la misma garita donde vivía. Las mismas perrillas, que con su paso discordante, iba a comprar de vino a casa  Casiano en la calle de la Hoya.

Hombre de fuerte carácter y poco apocado, rudo y orgulloso, era tomado en muchas familias como referente para amendrentar a los niños cuando hacían travesuras. Mi abuela amenazaba a mis tíos Manolo y Peri con que o se portaban bien o llamaba al «cojolaburra». Mis tíos, cuando oían el rítmico ruido de su paseo hacia el bar situado a pocos metros de su casa, se asustaban y estaban quietos, porque pensaban que el «cojolaburra» venía a por ellos. Sólo descansaban cuando oían que sus pasos se dirigían hacia San Telmo con su fiel perro Luis y su gato Perico. Tenía a Luis entrenado para seguir a los extranjeros que le tiraban «penis», el perro las recogía en su boca y se  las llevaba a su dueño.

Al volver de pasear por la playa de Martiánez, cantaban mi madre y sus amigas:

«Las campanas de San Telmo
ya no pueden repicar
porque se ha muerto Juanito
y lo llevan a enterrar»

Fuente: Bernardo Cabo
Fuente: Bernardo Cabo

y al llegar a la altura de las piscinas de San Telmo, mi abuelo les decía que se callaran, para no enfadar al «cojolaburra» que estaba en su garita.

Allí, con el calor del vino en el cuerpo dormitaba en su garita soñando con cuando tenía dos piernas. Y cuando los niños, y no tan niños, le molestaban en su refugio, él les lanzaba sus orines, como castigo a la osadía, y una vez ahuyentados, volvía a soñar, con sus dos piernas, y como una mula, una inoportuna mula, le hizo perder una.

 

 

 

P.D.: Según leemos de Domi H. Torres «efectivamente perdió una pierna al caerle encima una mula que era propiedad del padre de mi tío Darío Franco».

 

Garita Grande San Telmo
Garita Grande San Telmo
El Robado

El Robado

Tradición Portuense

Para el presbítero don Manuel Díaz Pacheco,
conocedor del sitio del que trata este relato.

Casa del Robado
Casa situada en el Robado.

Aún conservo en mi memoria esta frase:

“En Cuaco hay brevas”, “brevas hay en Cuaco”,  la que, dicha de una a otra forma, fué oída siendo niño de labios que jamás mintieron (1) y la que, más tarde, vino a satisfacer mi curiosidad, en explicación categórica hecha con pelos y señales por la vieja medianera de Malpeis Alto, una tal cha Cecilia Amador, persona que sabía el por qué de ella, y aplicarle, si era menester, cuando llegase el caso. Leer más

La de los ojos de oro…

Cerina le nombran. No nació en Tanagra (Beoda), ni es poetisa como lo fue aquella  de quien nos habla Pausanías (1).

No es la Corina a quien Pindaro enseñara los primeros rudimentos del arte poético, guiándole, hasta llegar a competir con los más famosos cantores de su tiempo, no. Corina la niñera, Corina la de los ojos de oro la que, a los llorones infantititos hace acallar en la playa de las arenas negras, es una divinidad, es muy hermosa y muy angelical para servir de modelo a un genial artista, para creadora de otro sin igual cuadro pictórico que venga a representar a su tocaya e inspirada vate en el solemnísimo momento de ceñirse a su frente la triunfal cinta ganada en el Parnaso. Leer más

El loco de Martiánez ha muerto

Ha dos días, con sol abrasador, respiraba libremente, vivía la viva troglodita,

Aquel, que sin ser marinero, que sin ser pescador de oficio, sabía pescar; aquel que, con su raspona, se afanaba en el campo haciendo las labores cotidianas primorosamente. Leer más

El loco de Martiánez

Bajo mis plantas y en declive se bifurca serpenteando estrecha vereda, la que finaliza junto a la charca de la fuente…

Estamos rodeados de palmeras. Por entre unas y otras, medios cubiertos de ramajes, lucen los claros que apartan sus obscuros troncos;  y entrelazadas sus espinosas cortezas, y a plena luz solar, se deja ver él horizonte lontano.

Estamos en la Plazoleta de la Paz. La silueta de la tierra de Tanausú se destaca majestuosa, señalando multítud de penachos, de verdinegros pinos que la coronan; y abajo el bravo mar rizado de espumas, que, indómito, viene a luchar con los guijarros del bajío tapizado de amarillentos musgos. Sus olas moribundas besan las playas taorinas, las playas de Martiánez, las playas de Arautápala. Leer más